andres_dm Andrés Díaz

Un policía traumatizado relata el peor de los casos que tuvo entre las manos. Una pesquisa en busca de dos jóvenes desaparecidos y un hallazgo absolutamente macabro y abominable. Relato dedicado al escritor argentino, Luca Domina, inspirado en su microrrelato "INSACIABLE" https://getinkspired.com/es/microfiction/insaciable-7873/ --------------------------- © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS, 2020 No se reclama derecho alguno por la imagen usada para la portada.


Crimen Sólo para mayores de 18.

#canibal #delirio #misterio #policiaco #gore #ElSecretodelWendigo #laguaridadelwendigo #novela-negra #terror #crimen
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Insaciable


Dedicado con admiración al autor argentino, Luca Domina.



Fue en una vieja casa abandonada donde González y yo lo encontramos, a poco más de cien kilómetros de la ciudad, yendo por la carretera rural. Su madre lo había reportado como desaparecido hace casi un mes en las oficinas del Ministerio Público y desde entonces no se tenía noticias del paradero del chico. Su nombre: Lucio D., varón de veintiún años, hijo único que había vivido toda su vida en compañía de su madre hasta su desaparición. Redacto este… intento de informe personal porque necesito... hablarlo, sacarlo de mi mente, a ver si así puedo librarme de esa puta imagen en mi cabeza. Hace ya dos semanas que todo concluyó y aún no puedo conciliar el sueño. González está todavía peor: solicitó unos días de descanso para reponerse del trauma.

La señora, (quien por cierto, al día de hoy permanece hospitalizada y grave de salud), hizo la denuncia; Lucio y un vecino y amigo de este, Ramiro, de dieciocho años, habían desaparecido después de salir a ver un partido de fútbol en el estadio municipal, el equipo local estaba en su última oportunidad para el ascenso a la Liga. Los esperaban de vuelta a más tardar a las nueve de la noche después del juego. La madre de Ramiro dijo que este le había mandado un mensaje poco antes de abandonar las gradas, la gente andaba un poco violenta por la derrota de los locales, pero tanto Lucio como él estaban bien. Tomarían el bus y tan tan, llegarían a casa a comer pizza, beber cervezas, ver porno, qué sé yo. Pero en vez de eso, se los tragó la tierra, nunca llegaron.

Dieron las diez, las once y las doce, y no había rastro de ellos. Ambas mujeres acudieron aterradas a las oficinas del Ministerio a primera hora del día siguiente: se les pidió toda la información necesaria, datos y fotografías de los jóvenes para iniciar la pesquisa. Se compartieron sus retratos en redes sociales durante varios días, vigilamos los alrededores, buscamos testimonios de conocidos. Nada. Ellas seguían afligidas porque nadie sabía nada de sus hijos; las jornadas se hicieron todavía más pesadas en la oficina, ellas no daban tregua al teléfono, exigían resultados, armaron varias escenas.

Pasaron tres semanas y todavía no teníamos nada: para entonces ya se esperaba lo peor. Se sospechaba que ambos chicos habían sido secuestrados por miembros de algún cartel, como tantos otros jóvenes y mujeres de la ciudad que estuvieron en el momento y el lugar equivocados, y las cifras en estos casos seguían creciendo después de que se dispararon durante los últimos años (pero quizá no hace falta decir que todo se ha estado yendo a la mierda).

Sin embargo... las cosas resultaron ser todavía peores.

Las posteriores investigaciones acerca de los jóvenes en cuestión arrojaron datos muy dispares: el tal Ramiro era un estudiante cualquiera, hijo de padres separados, con un hermano muerto en un accidente de coche y la madre todavía en duelo por el hijo fallecido; promedio bajo en la preparatoria, sin planes de ir a la universidad; además, había sospechas de consumo de droga, nada tan fuera de lo común dadas las condiciones de vida del joven. Con Lucio, las cosas eran más interesantes, pero perturbadoras sin duda alguna: padecía de cierto trastorno psiquiátricos desde los doce años; en las entrevistas, la madre mencionó que su muchacho se hizo varios cortes en brazos y piernas durante la adolescencia, se daba constantes atracones de comida, tenía pesadillas, alucinaciones auditivas, baja autoestima, rechazo a su propio cuerpo robusto y poco agraciado; también era violento, causó destrozos en más de un salón de clases durante la secundaria ante una que otra crisis; no se llevaba bien con sus compañeros ni era común que hiciera amigos (y cómo no si le tenían miedo). El mismo Ramiro había sido el más constante de sus allegados desde que la medicación niveló correctamente a Lucio hace dos años; no seguía estudiando, se dedicó a trabajar en un centro comercial tras concluir el bachillerato; por otra parte, el padre de Lucio había sido un abusador despiadado (la señora se guardó varios detalles al respecto hasta las últimas entrevistas que tuvimos, quizá por pena, quizá por encubrir, la verdad ya no sé), nos comentó sobre la recurrencia de insultos, trabajos forzados, castigos corporales y tratos denigrantes. Ella no dijo más, pero sospecho de un posible abuso sexual: cuando insistí al respecto, la mujer lo negó apenada, como si temiese admitirlo.

La familia vivió siempre en la zona urbana, pero el señor había muerto varios años atrás en un incidente dentro de una antigua propiedad, casi abandonada, que heredó a su vez de su padre. La causa de muerte: fractura total de las cervicales tras caer de un tejado desvaído y debilitado (sí, el accidente le rompió el cuello al papito abusador). La señora declaró que tanto ella como el hijo estaban presentes aquella vez cuando todo ocurrió... Trataban de darle mantenimiento al inmueble por si este podía venderse y así mejorar la situación económica. Después de eso, jamás volvieron a visitar la vieja propiedad. A Lucio le vinieron las primeras crisis graves: sueños espantosos, según dijo su madre, alucinaciones de su padre que todavía lo regañaba por ser gordo y le obligaba a tragar como un animal. Los episodios fueron agravándose con el tiempo. Estuvo yendo a terapias y a consulta psiquiátrica durante casi toda la preparatoria.

Unos días después de estas entrevistas, González y yo decidimos ir a investigar. Llamé por teléfono a la señora media hora antes de dirigirnos al desolado domicilio para avisarle que iríamos hasta allá a indagar; primero se quedó callada, pero escuché ruidos al otro lado de la línea, como si revisara cajones o algo (estaba esculcando, tal vez limpiando la habitación del hijo extraviado), y de pronto noté que contuvo un gemido desesperado. Comenzó a sollozar débilmente, Dios bendito… No, mi hijo, mi Lucio, decía afligida, no lo lastimen, oficial, por favor, suplicó y colgó enseguida. Intenté marcar de nuevo pero no contestó a la llamada. Por si acaso, envié una unidad a su domicilio para corroborar que estuviera bien. Para ese momento ya todo daba una pinta nefasta. Sentí que las palabras de la señora auguraban el peor desenlace posible.

Subimos a la patrulla. La carretera rural era larga, sinuosa, llevaba desde la ciudad hasta los pueblitos de más allá, donde todo empieza a ser solo montes y campos de siembra, y el aire tiene aroma a yerba fresca , a ganado, y hay árboles de todo tipo que se van volviendo siluetas oscuras durante la tarde, como vigilantes a cada lado del camino, y apenas se ve una que otra vieja parada de autobús cada tantos kilómetros. Ya se estaba haciendo noche para cuando llegamos a la vieja residencia: tuvimos que tomar una desviación y adentrarnos en la nada durante otros diez minutos para hallarla.

Era un terreno inmenso, de más de veinte metros de frente. Estaba bordeado por un muro de roca y cemento, no muy alto, coronado por alambre de púas como el que se usa para delimitar granjas. Más allá se veía un edificio de dos pisos, la casa donde había muerto el padre maltratador. Desde fuera no parecía más que una casona decrépita, pero incluso con el sol besando el horizonte y las nubes rosadas del atardecer, aquello no podía más que ser el preámbulo para una noche larga y siniestra. El zaguán en la entrada no daba señas de intrusión, permanecía cerrada. González y yo brincamos por un muro, tal como creímos que lo habrían hecho los chicos o cualquier curioso lo bastante intrépido. La puerta del edificio estaba rota, entramos, todo era oscuridad y aire cargado de polvo. También había un hedor espantoso a podrido. Olía a muerto. Podría tratarse de algún animal en descomposición por ahí, oculto entre las sombras y los resquicios, o quizá ya era muy tarde y ambos muchachos estaban muertos.

Ni mi compañero ni yo imaginábamos siquiera la atrocidad que estábamos a punto de ver. Buscamos algún interruptor pero no había corriente eléctrica desde quién sabe cuánto tiempo atrás. Con lámparas en mano, comenzamos a indagar en las estancias silenciosas, y notamos las huellas de dos pares de pies distintos marcadas sobre el polvoriento suelo.

No tardamos en percibir un murmullo distante, como una voz afligida, casi al fondo del primer nivel. Fuimos hacia allá y cruzamos los restos de lo que alguna vez fue una sala, pasamos un par de puertas roídas y desvencijadas; la siguiente escena que hallamos se nos mostró grotesca y sanguinaria. Al fondo de la habitación continua, había una mesa de madera y un joven sentado en una silla, era Lucio, estaba de espaldas a la puerta por la que cruzamos. Frente a él se veía una charola metálica extensa, cubierta en sangre. Al otro lado de la mesa, en otra silla igual, estaba Ramiro, lo que quedaba de él: un cuerpo desnudo, verdoso y en descomposición, ya no tenía quijada ni lengua, y miraba a su acompañante con unos ojos sin brillo. Le faltaban ambos brazos y tenía el vientre abierto por la mitad en un corte que bajaba desde el esternón. Tuve que contener una arcada cuando vi su panza hueca, sin nada dentro. Su amigo Lucio le había sacado todas las tripas. Eso que estaba ahí era un despojo humano, sostenido al respaldo de una silla con una varilla atravesada.

Parecía una cita de pesadilla.

Oímos masticar a Lucio, con total tranquilidad, como si estuviese en una cena de navidad. ¡Policía! ¡Pon las manos en alto!, gritó González, notablemente conmocionado, apuntando su arma y su lámpara en dirección al asesino. El haz de luz blanca cayó sobre la nunca de este e iluminó los ojos del cadáver. Un ligero ruido metálico resonó en el tenso silencio de la habitación. Lucio estaba cortando un trozo de carne sobre la charola con un par de cubiertos. Luego, volvió a masticar y enseguida tragó el bocado. ¡Pon las manos en alto y dáte vuelta! No contestó. ¡Las manos en alto y dáte vuelta!, ordenamos de nuevo. Nada. Los segundos se hacían eternos y nos aproximamos cautelosamente para rodear la mesa.

Lo escuché murmurar, el maldito lunático estaba murmurando. Así como mi padre, así debería ser yo, eso que hicimos estuvo muy mal, Ramiro, papá nunca lo hubiera aceptado; por eso tuve que comerte… Por eso estás así, y yo soy como mi padre. Tengo hambre, tengo tanta hambre. Caminamos lentamente sobre la vieja duela roída, la madera crujía con cada paso, haciendo un rechinido macabro. Había polvo cubriéndolo todo, las paredes, un viejo calentador de agua, varios trozos de leña, trastos oxidados, cacharros, herramientas para un mantenimiento que nunca se concretó. La mesa y las sillas al centro de la estancia parecían los únicos objetos medianamente libres de polvo, aunque estaban bañados en sangre. ¡Lucio, pon las manos en alto, no te lo diremos otra vez, obedece!, pero este no parecía escucharnos, tan solo susurraba: Deberías haber guardado algo para más tarde. Sí papá. ¡Maldito gordo impulsivo! Lo siento, papá. Mi estómago sigue gruñendo… ¡Todavía tengo hambre! Tu amiguito ya está todo podrido, huele a mierda. ¡Mejor corta tus piernas! Pero… las necesito, las necesitamos para salir de aquí. Maldito seas. ¿Qué tal un dedo más? Eso no te hará ningún daño. Sí, quizá un trocito más, sí, solo eso, solo un trocito. ¿Qué dices, papá? Para... ya no grites, por favor…

Rodeamos la mesa con el más sumo cuidado, Gonzáles por la derecha y yo por el flanco izquierdo, apuntándole firmemente con armas y linternas. El cuerpo mutilado de Ramiro nos devolvía una mirada inerte pero sumamente expresiva: había un terror puro grabado en sus pupilas, quién sabe cuánto habría visto de la carnicería antes de poder morir. Cuando le dimos la vuelta y dirigimos la luz hacia el rostro de Lucio, un brillo escarlata me causó escalofríos y sentí que la sangre se me coaguló en las venas. Él no nos miró, tenía los ojos clavados en la charola, con un tenedor en una mano y un cuchillo filoso en la otra. Él… ¡se había arrancado la cara, no le quedaba rastro alguno de sus mejillas! Ese desgraciado se había cortado los labios y también parte de la nariz, parecía una calavera viviente, estaba todo cubierto en sangre, como una masa de pulpa roja y brillante. Sentí que se me nublaba la vista al contemplar el horror de su locura criminal. El maldito demente se había comido a su amigo y también se había mutilado a sí mismo para devorarse.

Oí a González exclamar con pánico, Santa Madre de… ¿qué carajos se hizo? Ortiz, ¿pero qué mierdas es esto?, me preguntó. No pude responder nada, tenía la garganta cerrada. El demente seguía balbuceando cosas, sus dientes estaban desnudos, había piel atorada entre ellos, masticaba todavía, tenía la boca llena de… carne. ¡Su puta carne! Seguía mascando trozos de su propia cara. ¡Todavía tengo hambre…! ¡Todavía tengo hambre…! Ramiro, ¿no quieres otro pedazo? ja, ja, ¡anda, yo sé que quieres! Papá dejará que comas un poco, que tú también pruebes, ¿a que sí, papá? González me miró aterrado, y yo lo vi de vuelta con las manos casi temblando al sostener el arma. Ortiz, me dijo, ¿qué putas es esto? Este cabrón está poseído o qué sé yo...

Tragué saliva y traté de hablar fuerte: Lucio, somos de la policía, levanta las manos. Esto se acabó, estás arrestado. Y entonces él volteó a verme. Mi corazón dio un golpe muy fuerte. Me miró con sus ojos vidriosos, quizá por el dolor del martirio autoinfligido en su propia demencia, esos ojos que parecían llorar sangre porque las lágrimas se mezclaban con los fluidos rojizos de su cara cercenada.

¿Policía? ¿Qué hace la policía en mi casa?, dijo con tranquilidad, luego hizo una pausa, Mi padre… mi padre… él sigue en la casa, y tiene hambre… Mucha hambre. Lo sé, puedo sentirlo. Él tiene hambre, oficiales. Permanecí vigilándolo, sin apartar el arma, sin bajarla. Tantos años aquí encerrado, esperando por un bocado, esperando por verme de nuevo porque me quiere... Y tiene tanta, tanta, tanta hambre. Lo sé. Él me habla, él me dijo que viniera y trajera a mi amigo. Sí. Me necesitaba.

González estaba a punto de quebrarse, podía verlo por el rabillo del ojo, tenía el rostro pálido. Yo no estaba muy lejos de su estado, pero necesitaba mantenerme lo más cuerdo posible. Tu padre está muerto, Lucio, murió cuando tenías doce años, ¿no recuerdas? Suelta ese cuchillo. Debes venir con nosotros. Anda, te llevaremos a un hospital. Y el chico me miró, me atravesó con esos ojos rojos. Estaba totalmente destrozado, los cortes en su rostro eran grotescos pero no parecía importarle un carajo. ¡Anda, muchacho, vamos, pon las manos en alto!, le grité entonces, y él dijo: Tenemos hambre, oficial, mucha hambre… Comemos y comemos pero no dejamos de sentir hambre. González se aproximó a la mesa, ¿Pero de qué mierda estás hablando, puto demente? Mira lo que hiciste, hijo de puta, mataste a un chico y te lo comiste. ¿Por qué carajos hablas de “nosotros”? ¿Quiénes están hambrientos, pedazo de escoria? Ordené a González que se apartara y cerrara el pico, el miedo se había apoderado de él. Me miró de reojo. Lucio se le arrojó encima en cuanto se distrajo.

González apenas alcanzó a darle un disparo en el hombro antes de que el otro lo degollara con el filoso cuchillo que sostenía en su mano. El chico cayó de espaldas en el piso. Mierda, González, ¿estás bien? Él asintió meneando la cabeza, el cuerpo temblando. Y mientras tanto, Lucio se llevó una mano a la herida y enterró su dedo en la carne donde penetró la bala. Luego lo sacó y se lo llevó a la boca. Se chupó el dedo como si fuera mermelada, entonces dio una mordida... ¡El hijo de puta se había arrancado el dedo así como así! Y rio como loco, rio bastante mientras masticaba, volvió a decir barbaridades cuando lo esposamos, llenos de asco y terror, para llevarlo hasta el coche patrulla. ¡Nosotros tenemos hambre, oficial! ¡Mi padre y yo! Él es insaciable, siempre fue así, nunca paraba de comer. Y yo… yo soy igual que él...

Avisamos a los compañeros del Ministerio sobre lo encontrado, pedimos refuerzos y antes de la medianoche el equipo forense ya estaba estudiando la escena de la masacre. En cuanto a Lucio, lo llevamos a atender a un hospital (la gente que lo vio casi se desmayó), no dejó de balbucear con su boca desnuda de carne y esos dientes sin labios que los resguardaran. Era una calavera. Una puta calavera viviente. Un demonio. El personal médico que lo atendió estaba asombrado y horrorizado con el estado del caníbal. Nadie creería que él mismo se había hecho eso. Los del equipo forense encontraron restos de coca en la nariz del “amiguito” muerto: ese Ramiro era también toda una caja de sorpresas después de todo, en especial por los chicos con quienes se juntaba... Nada como una tarde de fútbol con tu amigo, un viaje en la carretera, un lugar tranquilo y privado, drogas y un festín de tripas humanas, pensé sarcásticamente al enterarme de esto.

Análisis posteriores revelaron que Lucio también estuvo bajo los efectos de la coca cuando asesinó a su amigo y empezó a comérselo. La droga y el reencuentro con la casa reavivaron los viejos fantasmas de un pasado turbio, lleno de abusos y maltratos espantosos. El trastornado muchacho se alimentó del cadáver durante las primeras dos semanas, aún cuando la carne ya estaba podrida. Luego de eso, comenzó a hacerse cortes él mismo, guiado por una voz que, según decía, era su propio padre, su viejo y muerto papito que necesitaba comer, que no había comido en años, que le gritaba y lo insultaba para que le diera algo de carne fresca.

En cuanto a la madre de Lucio, acabó en el hospital esa misma noche por un intento de suicidio. Los oficiales que envié a su casa la hallaron casi muerta por una mezcla de pastillas para dormir y vodka: resulta que la mujer se había encontrado con un diario secreto de su hijo, una libreta llena de garabatos escondida en el fondo de un ropero. Cuando lo leímos, encontramos que llevaba delirando bastante tiempo, el medicamento no lo tenía del todo controlado, además de que mantenía un amorío homosexual con su amigo Ramiro, del que ninguna de las dos madres sospechaban. En el diario, Lucio confesaba que le daba miedo visitar la vieja casa, creía que podría ver al espectro de su padre porque “sabía que lo estaba esperando allá”, pero el novio lo convenció tras mucho insistir; habían planeado “celebrar” juntos después del partido, irían a la vieja casa por algo de privacidad, para sentir la adrenalina de hacer lo indebido, Lucio sospechaba que Ramiro solo llevaría marihuana.

Parece que la coca fue toda una sorpresa para Lucio, así como el canibalismo psicótico lo fue para Ramiro. Las cosas se salieron de control completamente. Y la cita se convirtió en una cena de carne humana.

Después de tres semanas imparables de búsqueda por un par de posibles víctimas del narco, encontramos, en cambio, esto... que parecía más bien un ritual de magia negra o una imagen sacada de una película de terror. Ha sido, sin dudas, el puto peor momento de toda mi carrera hasta ahora en el Ministerio, junto con docenas de feminicidios y las primeras fosas clandestinas detectadas en los alrededores de la ciudad. Jamás olvidaré la mirada de esos chicos: el terror perpetuo, grabado en los ojos de Ramiro, con la cara partida por la mitad, y la demencia absoluta de Lucio, su rostro cadavérico y sanguinolento, sus delirios sobre un padre muerto, maltratador, que lo había poseído para saciar un hambre voraz.



Historia escrita entre el 20 y 21 de septiembre de 2020, inspirada en el microrrelato "Insaciable", de Luca Domina.
21 de Septiembre de 2020 a las 22:06 17 Reporte Insertar Seguir historia
16
Fin

Conoce al autor

Andrés Díaz Bienvenida/o a mi perfil, acá encontrarás historias macabras y de ficción. Soy psicólogo clínico. Escribo desde los 12 años. Mis autores favoritos son Poe, Lovecraft, King, Pacheco, Rulfo, Dávila, Quiroga, Cortázar, Borges, entre otros. Sígueme en: Instagram: andresdiaz_escritor Cuenta en inglés: andres_dm_eng Wattpad: Andres22DM

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Samantha Hirszenberg Samantha Hirszenberg
Santo Señor Jesús de las Ampollas. Me quedo corta diciendo que amé cada maldito detalle. Hacía tanto tiempo que una historia no me hacía chillar de la emoción sjjssjjsjs. ¡Mil gracias por escribir! Amé mucho, tanto el trasfondo del protagonista, su pasado y el tono tan humano con el que narra todo. Es decir... No sé, se me hace muy real. Las historias en primera persona no suelen ser mis favoritas, pero este narrador testigo se ganó mi corazón. Jajaja. ¡Gran historia!

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Muchísimas gracias por tu lindo comentario. Me da mucha alegría leer cuánto te gustó. También te agradezco muchísimo por la bella reseña que me dejaste n.n Espero que encuentres interesantes otras de mis historias y me daré una vuelta ya mismo por tu perfil para leer algo de ti ;) Te mando un saludo inmenso desde México! 1 week ago
Fred Trespalacios Fred Trespalacios
Excelente redacción y recursos narrativos! Una prosa policial sin tantos estereotipos de la novela noire que la hace una historia fresca y creíble!!! Muy buena obra, Andrés

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Muchísimas gracias por el comentario, mi estimado Fred. Aprecio de verdad tus palabras y qué bueno que te haya gustado la historia. Te mando un saludo inmenso! 1 week ago
Is Bel Is Bel
Madre mía... mi mente se ha transportado a aquella escena tan grotesca, sentí que mi sangre también se coagulaba al leer sobre la atrocidad que hizo Lucio, y por su propia condición. Punto extra por el trastorno, muy intresante la justificación. Una historia excelente, muy bien detallada pero contada ágilmente. Estoy impactada.
September 24, 2020, 16:05

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Muchísimas gracias por el comentario Isa. Te debía la respuesta desde hace tiempo. Admiro mucho tu escritura y también la forma en la que construyes tus historias. Aprecio tus palabras y te agradezco este mensajito tan alentador. Te mando un saludo enorme! n.n 1 week ago
N.V. Scuderi N.V. Scuderi
Lograste totalmente transmitir las sensaciones de lo que los oficiales presenciaron. ¡Una verdadera maravilla de relato de horror, Andrés! 👏🏻👏🏻👏🏻
September 23, 2020, 21:24

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Muchísimas gracias, Nat! Me alegra que te haya gustado y en definitiva nos seguimos leyendo porque aprendo mucho de ti y tu creatividad n.n 3 weeks ago
Martin Girona Martin Girona
¡Que bestialidad! Tienes una capacidad admirable para describir y transmitir el terror visceral, con una estrategia narrativa muy bien trabajada que va develando de a poco el horror, dosificándolo y entregándolo a través de la perspectiva de los conmocionados personajes. Felicitaciones! Es un cuento magistral que muestra un gran manejo del género!
September 23, 2020, 17:07

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Muchísimas gracias por el comentario, mi estimado Martín. Te debía la respuesta desde hace tiempo. Admiro muchísimo tu escritura y estas palabras me llenan de ánimos y motivación a seguir escribiendo. ¡Te mando un saludo enorme y nos seguimos leyendo! 1 week ago
Rowena Draugr Rowena Draugr
Estoy impactada, sentí mi estómago apretarse con cada línea que me acercaba al clímax de este relato. Lograste completamente entregar el horror y las sórdidas náuseas del personaje, amé sus acotaciones a lo largo del texto con los paréntesis!! Sin duda un relato que vale la pena leer pero no lo hagan mientras comen ❤️
September 23, 2020, 15:20

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Muchísimas gracias por el comentario, en verdad aprecio tus palabras y me disculpo por arruinarte el almuerzo o el bocado que creo que debiste interrumpir jajaja Te mando un saludo inmenso! :D 3 weeks ago
Jancev Jancev
No tengo palabras... La pericia con la que narras las escenas más escabrosas de la historia me hacen imaginar cada centímetro de la escena, de los movimientos y de las sensaciones, has logrado una mescolanza entre un relato policial, el desarrollo de una enfermedad psicológica y lo más terrorífico de la naturaleza humana en su máxima precariedad. Escribes con maestría y soltura y el cuidado en los detalles y en la ortografía y gramática se hace notar. ¡Aplausos de pie, querido Andrés!
September 22, 2020, 03:19

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Muchísimas gracias, Jan :') Sabes que te admiro y admiro tu talento y tu dedicación para escribir historias fascinantes. Significa mucho leer estas bellas palabras. Justo releí y corregí varios detallitos para dejarla lo mejor posible jaja #porqueneurótico Te mando un abrazo y te agradezco de nuevo por el comentario, por la bella reseña y también porque te luciste con Artrópoda ;) September 22, 2020, 13:47
Luca Domina Luca Domina
Wow Andrés!! Superaste cualquier tipo de expectativa que tenía con respecto a lo que se le podía sacar al microrrelato! Es una historia macabra y grotesca como ninguna! jajaja Tiene horror para dar y regalar. Me gustó muchísimo! Muchas felicitaciones! No dejas de mejorar. Te mando un gran saludo, compa! Gracias por tan genial historia!
September 21, 2020, 23:48

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Muchísimas gracias, Luca. Te confieso que me emocioné bastante cuando vi que me había tocado escribir basado en tu micro, pero a la vez fue todo un reto porque ya desde ahí el tema era bastante atroz. Lo que me encanta de ese micro es la sutileza de la aberración. Escribí esto inspirado en otras historias tuyas, en esas que rayan también en la novela negra y en el gore. Te admiro como escritor y aprecio muchísimo tus palabras y tu comentario. Un abrazo enorme hasta Argentina, bro! Y aguas con los bocadillos de medianoche, no vaya ser que también te muerdas un dedo jajaja September 22, 2020, 03:26
  • Luca Domina Luca Domina
    Sí! Noté esos pequeños guiños a mi forma de escribir y mis historias. Te has lucido :) September 22, 2020, 03:36
~

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