citadelle_etoilee Romane Lavoie

Por asuntos más allá de su control, Inneve Sauvagau debe regresar a un negocio sucio al que había pertenecido cuando era aún muy joven: una casa de sicarios. Sin embargo, no maneja las mismas habilidades que poseía cuando era una jovencita y la llegada de una oportunidad que promete una muy jugosa paga la pone a hacer malabares para probar que es digna de tomar el trabajo. Un trabajo de medianoche.


Crimen Sólo para mayores de 21 (adultos).

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Inneve estaba sentada junto al cadáver, dando la doceava calada a su cigarrillo. Tenía abiertos los primeros botones de la camisa y su chaqueta, manchada de sangre e inservible, reposaba sobre el rostro del muerto.

Le había irritado el color azulado de sus facciones.

El clima estaba húmedo, pero por la ventana cubierta de maderos clavados a modo de cortina, apenas podía entrar el aire. La muchacha se sentía sofocada, casi mareada, y el hecho de que Blaze aún no hubiese llegado a quemar la casa empeoraba su estado de ánimo.

Cuando había llegado a revisar la habitación del muchacho, este luchaba por respirar con todas sus fuerzas.

Inneve había estado cambiando sus pastillas para dormir por diferentes píldoras durante el último mes, pero matarlo esa mañana no estaba dentro de sus planes.

Al verlo, se había quedado de pie en el marco de la puerta contemplando al chico retorcerse y casi sintió asco, pero cuando estaba entrando para terminar de ahogarlo, el cuerpo había dejado de moverse por completo.

Se había quedado junto al cuerpo para revisar del todo sus signos vitales. Se acercó para escuchar sus latidos y su respiración e incluso presionó la caja torácica. Había restos de sangre en su camiseta, bastante fresca, pero no logró encontrar ninguna herida en el difunto. De todos modos no era como si importase.

Entonces, llamó al idiota de Blaze.

Al descolgarse el teléfono había contestado Carmilla y le había dicho que Blaze estaba haciendo servicio del otro lado de la ciudad, que eran por lo menos doce personas y que tardaría alrededor de media hora en dejar el asunto limpio.

Casi cayó sentada contra el suelo cuando escuchó el tiempo de espera, incluso le dedicó una mirada de odio al fallecido como diciendo "Muy bien, linda hora para morirte. Tuviste un maldito mes y decides hacerlo ahora" y luchó con todas sus fuerzas contra el impulso de gritarle a la chica al otro lado de la línea.

Había olvidado el dolor de cabeza que era encargarse de un cuerpo.

Esperó un tiempo considerable, mirando los pies descalzos del hombre frente a ella. No quería tocarlo, pero estaba entrando en el clásico "pánico post-crimen" en el que se preguntaba si realmente estaría muerto, si alguien más se habría enterado o si ella no podría salir de la casa nunca más. Bastaba mirar la piel del occiso para saber que estaba fría y húmeda como la de un pez y que su olor empeoraba, aunque quizás lo último era más sugestivo que real, pero la chica no podía saberlo. Era la primera vez en nueve años que pasaba tanto tiempo con un muerto a solas y, aunque no quería admitirlo, estaba un poco oxidada.

Trató de cantar una canción alegre, pero el trance paranoico la hizo callar al poco tiempo. Estaba comenzando a irritarse con la presencia pasiva del muchacho, recordando el tono molesto de sus quejas por la tarde y su deambular nocturno cuando no podía dormir.

Vivo o muerto, vaya que el idiota era molesto.

Elevó la vista hacia el reloj.

Eran las 12:37 de la tarde. Hace por lo menos diez minutos que lo eran. El aparato indicador de tiempo que contemplaba Inneve estaba descompuesto, pero estaba tan pendiente de la llegada del muchacho que no se había percatado.

—Blaze, desgraciado. Mira que si me abandonas con el cuerpo, serán dos cadáveres de los que tendrás que encargarte.

Se puso de pie y comenzó a caminar en círculos por la habitación para distraerse, pero de pronto las paredes que había aprendido a conocer de memoria eran demasiado estrechas para darle espacio a caminar.

¿Siempre habían vivido en esa maldita caja de fósforos?

Inneve sintió admiración por si misma cuando se dio cuenta de que toda la situación había sido insostenible para ella desde el instante en que accedió a vivir con Daniel y aún así había fingido que estaba cómoda.

Se había acostumbrado a la comida escasa, al contacto físico desagradable, al olor asqueroso del encierro y a escuchar los lloriqueos que pretendía que le importaban.

Era increíble lo que la necesidad llevaba a hacer.

Pasado un tiempo, la mujer empezó a sentir que las manos y los pies le hormigueaban. Empezó a escuchar con claridad el sonido de un segundero que en realidad no se movía y, como tenía los sentidos absolutamente maximizados, casi corrió al lugar en donde guardaba su arma cuando escuchó pisadas hacia la puerte principal.

A pesar de que la entrada tenía puesta ocho cerraduras, oyó el crujido característico de la hoja siendo abierta con cuidado y el sonido de unas pesadas botas que se estampaban contra las viejas tablas que cubrían el suelo del primer piso.

Dentro de poco el tamborileo se transladó hasta el inicio de las escaleras y esta vez Inneve también pudo oír un desafinado tarareo a medio masticar. Se trataba de la voz de un hombre atacado por muchos años de cigarrillo y tal vez otras sustancias; era indiscutible el resabio de la mala vida.

Dejó pasar un par de segundos antes de deslizarse sigilosamente hasta el centro de la habitación y apuntó el cañon de su arma hacia la puerta, en una posición tan firme y clásica que era imposible no adivinar el entrenamiento policial que sus músculos sabían de memoria.

Aguardó casi sin respirar.

—¿Donde estás, pequeño conejo? —la misma voz desgastada y ronca se dejó oír mucho más claramente esta vez.

La puerta contigua fue abierta con violencia, aunque fue evidente que el sujeto no ingresó a la habitación.

El lugar en donde ellos estaban era la única sala restante en el pasillo.

Inneve tragó en seco.

Los pasos se detuvieron lentamente frente a la puerta.

—¿Estás aquí?

En cuanto el chasquido que delataba la apertura de la hoja de madera resonó en el silencio de la habitación, Inneve puso el dedo sobre el gatillo.

La puerta se abrió por completo.

Inmediatamente vio un par de botas de color marrón repletas de cenizas y barro, aparentemente humedecidas por un líquido muy oscuro. Más arriba, unos pantalones de paño negros que apenas se podían identificar a través de un abrigo mal abotonado, de un negro un poco más intenso que la prenda inferior. Las manos estaban envueltas en gruesos guantes de vinilo blancos, absolutamente limpios.

Hacia la cabeza, lo único que era posible ver era una máscara de cuero blanco, redonda en la zona que iba adherida al rostro y muy aguzada en la zona de la nariz, desde donde se prolongaba varios centímetros para emular el pico de un ave. El resto del cráneo iba envuelto con un fino pañuelo de seda negro y, para coronar el enrevesado traje, un sombrero de paño de ala extremadamente ancha y rígida.

En cuanto el intruso divisó a la mujer, levantó las manos apenas sobre la cabeza para señalar que no estaba armado.

—¡Alto al fuego! Vengo por encargo.

La castaña liberó un poco de la tensión en su postura y soltó un sonoro suspiro de alivio, dejando caer su cabeza hacia atrás. Finalmente bajó el revólver.

—¡Blaze! No reconocí tu voz, por la mierda —replicó con un tono semi tembloroso guardando el arma en el bolsillo trasero de sus pantalones—. Debes haber estado fumando como chimenea.

El hombre se quitó el sombrero en una actitud solemne, dejando ver parte de su característico cabello anaranjado.

—He aspirado más humo de incendios que nicotina, te lo aseguro.

Inneve rió sin ganas.

—Como si la nicotina fuera lo peor del cigarrillo —se acercó a la puerta casi sin mirar a Blaze, desacostumbrada a su nueva y apoteósica indumentaria—. Ya sabes dónde está el cadáver, así que...

—¿Este es? —la interrumpió el hombre mientras caminaba hacia el cuerpo. Inneve no lo estaba mirando, pero pudo escuchar que había retirado la chaqueta de su rosto—. Tiene cara de niño rico.

—Lo es —acotó Inneve en un tono de voz excesivamente burocrático—, pero su familia dejó de buscarlo hace meses. Creen que está muerto.

Blaze se volteó a mirarla.

La máscara no dejaba ver mucho, pero la mujer adivinó que tenía una expresión irónica estampada de punta a punta.

—Digo, antes de que realmente lo estuviera.

—Claro.

Inneve reanudó la marcha, pero Blaze volvió a llamar su atención con una extraña exclamación.

Se detuvo para oírlo, aunque no se volteó.

—Te recomiendo que te cambies de ropa y te lleves las cosas absolutamente necesarias. Todo lo demás será historia.

La castaña resopló en un tono risueño.

—Ya lo tengo cubierto. Simplemente enciende la vela.

Luego de eso, bajó las escaleras con cuidado y tomó la pequeña bolsa que había preparado en caso de una emergencia.

Podía cambiarse la ropa en cualquier sector abierto del campo.

19 de Septiembre de 2020 a las 19:58 0 Reporte Insertar Seguir historia
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