George-Little George Little

La separación entre ellas duele en sus corazones. Ahora se enfrentarán a una aventura desconocida por venir, de dos niñas suecas con dos destinos diferentes, y que se entrelazan en el futuro con grandes sorpresas.


Infantil Todo público.

#aventura #347
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UNA VISITA MUY ESPERADA

Una novela corta de George Little


OSO CANELA






CAPITULO 1



UNA VISITA MUY ESPERADA





© En un bello rincón de Suecia en el año de 1890, existía un orfanato de niñas, y se situaba en un campo abierto en los límites de un bosque. Allí, sucedió un día, que varias de las huérfanas se vieron reflejada su alegría en la gran sala de vestidores, porque esperaban ansiosas que pronto llegara un matrimonio sin hijos con fines de adopción.

Las pequeñas vestían sus hermosos uniformes de colores tradicionales; algunas no dejaban de mirarse a los espejos para corregirse cualquier defecto que pudieran encontrar en su apariencia física. Un día como ese, era importante lucir lo mejor posible, pues tenían la ilusión de ser una de las afortunadas.

Sin embargo, en esta ocasión, una niña de nombre Lucía y de hermosa apariencia, no parecía importarle verse bien, ni tampoco se mostraba entusiasmada.

Por otro lado, otra niña de nombre Fanny, se asomó por una de las ventanas rectangulares, y vio con asombro, el paso de un majestuoso carruaje conducido por uno de los cocheros que tiraban un par de hermosos caballos blancos.

Fanny, que observaba encantada, vio en ese instante el rostro de una joven y bella señora de elegante atuendo, que se asomó por la ventanilla de aquel carruaje para admirar la esplendorosa arquitectura de la mansión.

Para sorpresa de aquella mujer, su principal interés fue ver por unos segundos aquella hermosa niña que aparecía por la ventana del segundo piso.



La joven señora le dedicó una afectuosa sonrisa y un saludo.

Fanny también le sonrió al agitar su mano, gratamente sorprendida.

—¡Ya están aquí, vengan a ver! —anunció la pequeña Fanny a sus compañeras con gran energía, y brincando de alegría.

Rápidamente, muchas de las niñas corrieron hacia las ventanas, amontonadas con sus miradas curiosas.

Pero en cuanto a Lucía, se quedó sentada en el taburete de uno de los tocadores; se le veía algo triste por una razón que, hasta ese momento, nadie de los presentes parecía notar.

Fanny se acercó con rapidez a su más querida amiga.

—¡Lucía, que esperas! ¡Ven a ver! —Inmediatamente, la tomó de la mano, y casi jalándola, insistió—: ¡Vamos! ¡Es muy bella y tiene porte de una condesa! ¡Anda, ven a conocerla!

Lucía no quiso levantarse de aquel elegante taburete de seis patas ornamentales, cuyos bordes de madera fina estaban perfectamente labrados y pintados de barniz caoba. Su expresión hacia Fanny no demostraba ningún entusiasmo, y de sus pequeños labios no salían palabras.

Fanny no parecía aún darse cuenta de lo triste que estaba Lucía, ya que estaba cegada por la dichosa alegría que, con los ojos bien abiertos, seguía hablando con ese desbordante entusiasmo al decir:

—¿Puedes creer que no dejó de mirarme? ¡Tal vez me elija a mí! ¡Estoy segura que le agradé cuando me vio! —Acto seguido Fanny se vio reflejada en el espejo y se dio esa satisfacción de verse tan bonita que sonrió a sí misma. Luego volteó rápidamente hacia Lucía, y le exhortó—: ¡Anda, ven conmigo! ¡Tienes que verla antes de que entren!

No obstante, Lucía seguía resistiéndose a ir.

Extrañada por ello, Fanny se sentó a su lado en un taburete para tres, tapizado de rojo en terciopelo.

—¿Estás bien? ¿Ocurre algo? —preguntó Fanny sin obtener una respuesta rápida—. ¡Oye! ¿No vas a decirme nada? Si te miraras al espejo, verás que tienes una cara de rana triste —agregó Fanny, con un gesto gracioso y soltando una risita fugaz.

A Lucía no le causó ninguna gracia aquellas palabras. Se mantuvo tan seria que se limitó a contemplarse al espejo con esa cara aplastada de tristeza.

En consecuencia, el rostro de Fanny se pinchó como un globo volador, porque sus buenos pensamientos se cayeron al suelo, ahora se había puesto muy callada.

—¿En verdad estás triste por algo? —preguntó Fanny de la manera más atenta.

Lucía giró su cabeza para mirarla fijamente a los ojos, y empezó a responderle con algo de agobio:

—¡Oh, Fanny!, temo lo que pase a una de nosotras; especialmente a ti.

Lucía quería expresar su mayor temor, de que una de las dos fuese adoptada, pues eran las niñas más bellas entre todas del orfanato, de imagen casi angelical. Pero esto no era porque las demás no fueran bonitas también, sino que ellas sobresalían más en belleza.

Ante aquel comentario de Lucía, Fanny abrió más sus ojos como la mirada de una lechuza, muy sorprendida, y dijo intrigada:

—¿Qué cosa?

Lucía se puso de pie para soltar todo lo que sentía por dentro.

—No quiero tener padres —dijo de repente Lucía como si sufriese—. Ya no tengo esa ilusión. Deseo que tuviéramos mucha más edad, así ya nadie tendría interés en nosotras. Porque a las niñas más grandes nadie las quiere. Y eso sería bueno para nosotras.

—¿Por qué dices eso? —se apresuró a decir Fanny, sin comprender del todo.

Con la mirada apagada, Lucía no respondió, porque se le hizo un nudo en la garganta.

Esto no detuvo el entusiasmo de Fanny que se encendía rápidamente como la llama del fuego. Y se puso de pie frente a la bella Lucia.

—¡Yo creo que sería formidable tener unos padres que nos quieran y consientan con muchos regalos! —dijo ella en voz alta—. Mamá Helena ha dicho a todas... que ellos viven en Estocolmo. ¿No te parece maravilloso? ¡Algunas de nosotras podríamos conocer la ciudad! Dicen que es muy hermoso. Es el lugar donde tú y yo hemos nacido.

Lucía se sentó de nuevo en el taburete y volvió hablar en ese tono apagado.

—Si nos adoptaran a alguna de las dos, ya no estaríamos juntas... Nos separarían para siempre. ¿Has pensado en eso?

Esas palabras tomaron por sorpresa a Fanny, pues al fin empezaba a comprender.

—Bueno, yo... no había pensado en eso —dijo Fanny, algo desconcertada, y tomó asiento.

—Fanny, si nos quedáramos aquí juntas para siempre, seríamos mucho más felices —añadió Lucía.

—Sí... es verdad, pero sin padres en nuestras vidas. Y si no los tenemos, tendremos un hueco en nuestro corazón. Y yo anhelo tener padres, como muchos niños los tienen —respondió Fanny.

—Entonces, los tendrías si te escogieran a ti, pero ya no estarías conmigo.

—Pero podrías venirte conmigo, Lucia —dijo Fanny, un poco animada.

—Seguramente ellos no querrán adoptarnos a las dos. Solo han mencionado que vienen por una niña —dijo Lucía.

Fanny pudo captar el gran dilema del asunto, y esto la dejó realmente confundida.

De pronto entró a los vestidores una mujer rechoncha de cerca de cuarenta años. Tenía una cara redonda y regordeta, con la nariz respingona, con los cabellos bastantes canos, recogidos en un moño apretado en la nuca. Se llamaba Helena, a quien todas las niñas huérfanas llamaban con cariño «Mamá Helena.»

Aquella mujer, de mediana edad, estaba algo agitada por las prisas cuando se detuvo con la mirada distraída, y se puso a respirar muy, muy profundamente.

Mientras tanto, tres niñeras auxiliares presentes allí, daban algunas pequeñas correcciones de más al cabello de algunas niñas, pues ellas exigían verse mucho más bonitas que otras.

En ese instante, se abrió paso una de las niñas de nombre Elin, una lapona, indígena de Escandinavia de la provincia sur de Laponia, allá por Vasterbotten, que colindaba con la zona norte de Norrbotten, y cuya raza se les conoce ahora más apropiadamente como «sami».

La apariencia de la pequeña sami era de pelo corto oscuro, con rasgo esquimal en sus ojos, de color castaño claro; y cosa curiosa que, a su edad de seis años, aparentaba como una niña de casi cuatro años de edad, pues tenía una cabeza más pequeña de lo normal y una estatura baja; aunque por supuesto, no era una enana. Se veía tan frágil por su aspecto, pero lo compensaba con esa expresión tan tierna y dulce que conmovía el corazón de cualquier adulto.

Ella se había soltado diciendo muy alegre:

—¡Mamá Helena! ¡Anda, dime!, ¿luzco bonita? —se apresuró a decir.

Aquella niña de cara chica y redonda, y de un semblante gracioso, se había dado media vuelta, y estiró ese hermoso vestido para lucirse de todo a todo.

—¡Sí, mi niña! Luces hermosa —respondió Helena con un gesto de cariño; un afecto que siempre ha tenido con todas las niñas a quienes ella amaba tanto y había visto crecer.

—¿De verdad? ¡Oh, gracias! —agradeció Elin, tan feliz, que soltó unas risitas que sonaba tan curioso escucharlas.

—¿Por qué tanto alboroto en las ventanas? —preguntó Helena a todas las presentes. Como siempre, era algo distraída cuando estaba tan agitada y nerviosa para no darse cuenta pronto de lo que sucedía a su alrededor.

—Es porque ellos ya están aquí —dijo una de las criadas auxiliares—. Lo bueno que las niñas ya están listas para ser presentadas.

—Ya me lo esperaba que fueran a llegar en cualquier momento. Por eso vine tan pronto como pude. Quería asegurarme que estuvieran listas —dijo Helena, un tanto sorprendida, llevándose una mano al corazón. Y suspiró por el pesar—: ¡Oh!...Mis pobres nervios no me han dejado tranquila todo el día.

—¡Están a punto de entrar! —gritó una de las niñas en voz alta, desde la ventana.

Helena se sobresaltó al escuchar.

—¿A punto de entrar? ¡Por Dios! —reaccionó Helena con los ojos muy abiertos como dos bolas de naranjas.

Enseguida, Helena se apresuró para asomarse a una de las ventanas; la reacción de las pocas niñas a su alrededor no se hizo esperar, así que todas corrieron tras ella para amontonarse con el resto de las niñas con gran alboroto.

Lucía y Fanny, sentadas aún en aquel taburete, observaron el hecho sin ningún entusiasmo.

A Helena se le abrieron más los ojos al ver a la elegante pareja que habían sido recibidos por la agradable anciana Benefactora, Julia Seagrin, junto con otras de sus colaboradoras más cercanas en la entrada principal.

—¡Cierto, ya están entrando! —confirmó Helena, mortificada, llevándose las manos regordetas a las mejillas.

Inmediatamente, Helena se volvió hacia ellas y les ordenó:

—¡Niñas! Dejen de mirar por las ventanas. Saldrán en orden como de costumbre. Por favor, sean amables y muéstrense con una sonrisa.

—¿Una sonrisa como la mía? —dijo Elin que mostró su mejor sonrisa.

Elin estaba sin varios dientes frontales a sus seis años, pues algunos dientes de leche se le habían caído ya, como suele suceder normalmente con todos los niños a cierta edad. (Pero esto no debería asustarles a los niños, pues nuevos dientes saldrán de las tiernas encías en su momento apropiado, y ésas, serán para toda la vida si saben cuidarlos).

—Así es, una sonrisa encantadora como la tuya —respondió Helena con simpatía a aquella niña lapona. Entonces la mujer dirigió su atención a todas las demás—: Bien niñas, si una de ustedes quiere ser la afortunada, traten de ganarse la simpatía de la pareja. ¡Vamos, niñas! ¡Andando, andando!

Lucía y Fanny se vieron obligadas a levantarse de inmediato del taburete para enfilarse con las demás niñas.

Cuando aquellas dos grandes amigas salieron del salón de los vestidores e iban por el amplio pasillo, intercambiaron una mirada seria; estaban muy pensativas. Podría decirse que la alegría de Fanny por la ilusión de ser elegida... se había desvanecido, tal como sucede con la niebla cuando sale el sol. Y todo debido al comentario de Lucía. Ahora la pobre criatura estaba realmente confundida.

¿Que se podría esperar ahora de ellas dos... ante esta visita tan esperada por muchas de las niñas?







Capítulo 1 "Oso Canela" publicada en Inskpired el domingo 30 de Agosto 2020.


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Adeline

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