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leiyedeth AW Leiyedeth

La primera vez que pudo vislumbrar su figura fue cuando le correspondió hacer la guardia nocturna del primer muro del castillo feudal, en la frontera que daba con el antiguo bosque de San Pedro de Meeriath. ¿Era humano siquiera? ¿Un ángel?... no, se parecía más a esas criaturas que adoraban los paganos del norte, no podía ser una criatura cristiana, debía ser una de las novias de Satanás, un ser maligno, no había forma de que sus intenciones fueran buenas si rondaba por la noche como una sombra.


Fantasía Medieval No para niños menores de 13.

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Maleficae

La primera vez que pudo vislumbrar su figura fue cuando le correspondió hacer la guardia nocturna del primer muro del castillo feudal, en la frontera que daba con el antiguo bosque de San Pedro de Meeriath.


Su misión era permanecer atento a cualquier movimiento sospechoso o que pudiera atentar contra la seguridad del feudo. No era su primera vez como guardia, así que sabía muy bien qué era lo que tenía que buscar y podía distinguir cuales eran las señales humanas y las animales.


Estaba en altura, a varios pies del suelo, semioculto en las torretas para poder observar todo el panorama sin ser visto.


Las antorchas de la atalaya enviaron rayos luminosos a través de los añosos troncos de árboles y, entonces, vio un resplandor dorado. Sujetó con firmeza el arco y automáticamente buscó una flecha en su carcaj, en caso de que aquel reflejo fuera el indicio de algo peligroso.


Era extraño y no podía identificar si se trataba de un resplandor metálico, perteneciente a un escudo o armadura, o… o si era algo más.


Por un momento el brillo se perdió, pero no apartó sus ojos del bosque, alerta en todo momento.


Atento.


Y allí estaba de nuevo, el resplandor dorado y una fantasmal silueta pálida.


Forzó su vista hasta que pudo distinguir una forma humana. Era una persona, delgada, vestida con alguna ropa vaporosa de color blanco y su largo cabello rojizo suelto, cargaba un paquete de ramas en uno de sus brazos y con su mano libre acariciaba los troncos de los árboles, como buscando algo.


Se quedó mirando a aquel ser, lo más silencioso posible, rogando para no ser visto de vuelta.


¿Quién era? O… ¿qué era?


Era silencioso, ni siquiera podía oír sus pasos entre las ramas secas colocadas estratégicamente para alertar a los guardias. Parecía caminar a través de las trampas que estaban ocultas en la maleza.


Era imposible que no fuera detectado, ni siquiera por el complicado sistema de hilos y campanillas que el señor del pueblo mandó a construir para su seguridad.


¿Era humano siquiera? ¿Un ángel?... no, se parecía más a esas criaturas que adoraban los paganos del norte, no podía ser una criatura cristiana, debía ser una de las novias de Satanás, un ser maligno, no había forma de que sus intenciones fueran buenas si rondaba por la noche como una sombra.


Tensó el arco en torno a una flecha y apuntó directamente al centro de la criatura. No podía fallar, nunca fallaba, debía eliminar el peligro.


La flecha silbó cortando el viento pero de alguna manera se desvió y se clavó en un añoso roble. Aquello bastó para atraer la atención de esa… cosa.


Pudo verle el rostro cuando la figura se volvió, su piel era blanca, lechosa y resplandecía contra la oscuridad, su boca estaba abierta en una mueca de asombro y sus ojos como de ciervo, sorprendidos, refulgían como joyas verdes.


Ni siquiera fue un segundo, cuando la persona aquella se puso una capucha y salió corriendo bosque adentro.


Y las trampas no se activaron.


Nadie le iba a creer.


oOo


Radek repasaba los hechos de la noche anterior una y otra vez en su cabeza. Preguntándose si tal vez se había dormido en su deber y aquel encuentro fue sólo producto de su imaginación.


Se había asegurado, cuando rompió el alba, de revisar el linde del bosque en busca de huellas, pero no halló nada, ningún signo de que alguien hubiese pisado esas tierras. Las trampas de campanillas estaban intactas y la cama de ramas secas solo se rompió cuando él mismo las pisó sin notarlo.


Su flecha seguía clavada en el árbol, en el mismo lugar donde la había disparado.


Sí, podría haber pensado que fue un sueño, pero cerca de la flecha, había una huella de una mano cristalizada en resina; una mano más pequeña que la suya, una mano más acorde a la de ese ser el bosque.


oOo


Cada noche de la guardia nocturna, Radek se mantuvo mirando hacia el bosque, buscando por alguna pista de la criatura.


No hubo señal alguna.


Sin embargo, prestó más atención cuando sus compañeros de labores contaban historias sobre encuentros increíbles con seres mitológicos, pero ninguno parecía calzar con lo que había visto. Además, todos ellos hablaban de duendes, bestias y otras alimañas infernales, nadie hablaba de un ser hermoso y casi angélico.


No, no podía ser un ángel, se repitió Radek. El Diablo toma formas caprichosas y atractivas, se hace pasar por la imagen de la bondad y la pureza, busca alterar y desviar del camino de la rectitud.


Así que la segunda vez que lo volvió a ver, no creyó que sería a plena luz del día y en el mercado del pueblo.


Se veía mucho más humano al sol del mediodía.


Lo reconoció por su cabello rojizo y sus ojos verdes. Era un chico, no pasaba de los veinte y, aún vestido con esos viejos pantalones oscuros y la raída camisa marrón, parecía sobresalir entre la multitud.


O tal vez solo para Radek, porque nadie reparaba más de lo necesario en él.


De su brazo colgaba un canasto con diferentes alimentos, se detenía en algunos de los puestos para comprar, revisaba las diferentes frutas y verduras con sus pequeñas manos pálidas. Incluso desde la distancia, podía ver que tenía unos manchones de tinta en ellas, seguramente tatuajes por lo definido de sus formas, sus muñecas tenían brazaletes de cuentas y de metal bruñido.


Sin quererlo realmente, Radek comenzó a avanzar hacia el chico. No tenía ningún plan en mente, solo quería verlo de más cerca, como una brizna de hierro atraída por un poderoso imán.


Notó la gran piedra opaca que colgaba de su pecho, algunos frascos que pendían de su cinturón y tintineaban cuando se movía rebuscando manzanas en uno de los grandes barriles del mercado.


Su cabello se veía muy suave y hacía un mohín gracioso al reclamarle algo al tendero. No lo oyó hablar, porque estaba a menos de diez pies de distancia cuando el chico notó su presencia.


Le clavó su verde mirada antes de devolver las manzanas y huir a paso rápido.


Radek trató de seguirlo sin estar seguro del porqué, pero, una vez que el otro chico se mezcló con la gente, se disolvió en el aire.


oOo


Volvió a verlo, esta vez fue durante una de sus cacerías. No es que realmente necesitara cazar, pues con su puesto de guardia recibía las comidas necesarias para el día, pero había una viejecita, Anara, la madre de uno de sus compañeros caídos durante la defensa del castillo ante unos ladrones, que no tenía a nadie que velara por ella.


No era lástima, no, era su sentido del honor que le instaba a devolver la mano a su compañero de armas, proveyendo a la anciana madre con presas y monedas de plata suficientes para una vida frugal pero cómoda.


Quizás le recordaba un poco a su madre, quien fue arrancada de su vida cuando apenas tenía cinco años. Radek recordaba su sonrisa dulce, sus manos cálidas y la sedosa cascada de cabellos negros, recordaba sus cantos y su suave voz llamándolo cuando se oscurecía; el resto de los recuerdos se disolvió en la pena de perder a sus tres hermanas mayores, una por una, año por año, fueron al río a lavar ropa y jamás volvieron; su padre salió un día diciendo que pediría una audiencia con el señor del feudo para solicitar una investigación para saber qué pasó con sus hijas… al cabo de tres días dejó de esperarlo.


Para un niño huérfano y pobre, la mejor opción fue entrar a la milicia, prepararse como un soldado y morir en alguna guerra, sin nada que ganar y sin nada que perder.


Anara era lo más parecido a una familia, a pesar de que solo cruzaban un par de palabras; pero agradeció su lazo porque le permitió vislumbrar de nuevo a aquella persona tan extraña.


Estaba al pie de un árbol, arrodillado y excavando con sus delicadas manos; tarareaba alguna melodía desconocida y a su lado descansaba un canasto lleno hojas de árboles.


Intentó no hacer ruido para acercarse y lograr mirarlo con detalle, quería descubrir si se trataba de un humano o de algo no perteneciente a la creación de Dios.


Sea como fuere, Radek no esperaba que un conejo chillara muy alto, atrayendo la atención de la criatura y delatando su posición.


Los mismos ojos verdes determinados de antes se clavaron en su rostro, parecían dagas de hielo cuando el reconocimiento se reflejó en ellos.


—¡Espera!.— exclamó Radek, dejando caer sus armas y levantando sus manos en señal de rendición.


Frunció su ceño, el enojo en su frente de alabastro, sus labios pálidos fruncidos en una mueca de sorpresa. Fue solo un segundo, un segundo y se volvió, sólo un destello de su largo cabello rojizo y se perdió corriendo entre los árboles.


Quiso seguirlo, pero iba demasiado rápido, casi fundiéndose y esquivando troncos caídos con agilidad felina. El follaje parecía cerrarse después de su paso, en cuanto apoyaba su mano en las cortezas, las ramas temblaban y se juntaban bloquéandolo y no permitiéndole seguir su rastro.


Trató durante un par de minutos, buscando caminos alternativos, buscando alguna huella o algo que diera indicios de que estuvo allí, pero nada… fue como ese día que lo vio por primera vez: el bosque se lo tragó.


Desanimado, Radek deshizo el camino para volver por sus armas y lo primero con lo que se topó fue la cesta con hojas; en un acto impulsivo, la recogió y la llevó con él.


oOo


Ese día por la tarde, cuando le llevó a Anara un par de liebres y algunos pescados del río, la anciana mujer lo miró extrañada antes de invitarlo a pasar.


Como siempre le ofreció un poco de pan y queso, más una pinta de cerveza demasiado añeja. Aceptó, más que nada para acompañar a Anara un momento más.


—¿Esa canasta es tuya?.— preguntó con voz ronca mientras despellejaba la liebre.


—No, es… la encontré en el bosque.— murmuró sin levantar su vista del plato de greda.— parecía que alguien la olvidó allí… si es alguien del pueblo nos enteraremos.


—Mi dulce niño.— suspiró Anara.— esas son cosas de brujas, cosas del Diablo… debes deshacerte de eso, quémalo y disuelve las cenizas en agua bendita antes de que el mal toque a tu puerta.


Radek frunció el ceño. Creció con las historias de las brujas, las novias de Satanás, esas personas que se apartaron del buen camino y rechazan a Dios como su pastor, aquellos que buscaban la sabiduría prohibida y vendían su alma al Adversario, se regodeaban en hacer el mal, matar niños y separar familias; sus rituales profanos arruinaban las cosechas y lograban que el Creador desatara su furia sobre ellos a través de tormentas, terremotos y otras catástrofes.


Pero el ser del bosque no parecía…


—Se especializan en engañar, sobre todo a jóvenes incautos, para desviarlos utilizan sus malas artes, para juntar almas para el demonio.


Solo asintió, sabiendo que Anara lo miraba fijamente, esperando alguna clase de negación de su clase para juzgarlo.


—No sé de quién pueda ser esta canasta.— mintió Radek, y la culpa se sintió como bilis amarga en su garganta; no sabía porqué dijo eso, no es como si estuviese protegiendo a… a sea lo que sea esa creatura de cabellos rojos.


—Lo sabes, muchacho, lo veo en tus ojos.— dijo la anciana, arrojando las entrañas sanguinolentas de la liebre cerca de donde estaba.— viste a una mujer joven, bella como un ángel… no parecía de este mundo, tan delicada y fascinante.


Negó, abrumado por la intensidad de la voz de Anara. No estaba seguro de que el ser del bosque fuese una mujer… tampoco un hombre, pero la vez que lo vio en el mercado se veía más como un chico, un adolescente apenas.


—Una bruja era, una mujer que se vendió al mismísimo Diablo para satisfacer los deseos que ninguna mujer debiera tener, la avaricia y el egoísmo te arrastra al mal… son seductoras, Radek, debes tener cuidado, quieren apoderarse de ti.


—No vi a nadie.— se defendió, mirando fijamente a la anciana, deteniéndose en cómo el odio llenaba sus ojos cansados.— solo estaba allí tirada, la recogí porque pensé que podía ser de alguien del pueblo.


—Una de ellas se llevó a Yusef, mi hermano menor. Tienes que protegerte, desaste de ese canasto y pide la bendición al cardenal que vive en el palacio.


No se comprometió a una respuesta, solo se encogió de hombros y masculló una despedida, mientras se iba llevándose la cesta de la discordia.


oOo


En su pequeño espacio privado en las barracas de los soldados revisó el contenido de la canasta.


Radek revolvió con sumo cuidado el contenido, teniendo la precaución de ponerse sus ligeros guanteletes de aluminio para protegerse.


Solo habían hojas de diferentes clases de árboles: paquetes de agujas de pino y cipreses, las estrelladas hojas anaranjadas de ciertos robles, las hojas más grandes de las higueras, cortezas aromáticas extraídas de diferente troncos, pequeños frascos con líquidos verdes y marrones que, por las pequeñas etiquetas que tenían adheridas, descubrió que que se trataban de tinturas y extractos vegetales; algunas rocas de colores, unas que parecían ser piedras preciosas, como las que conservaba su madre.


Nada fuera de lo normal o que pudiera considerarse como un mal augurio, nada que luciera hereje o profano.


Nada que su madre o sus hermanas no hayan tenido en casa para curar los calambres en la panza cuando comía miel cruda o las fiebres en los meses de invierno.


Pasaron alrededor de dos semanas sin que volviera a ver al ser del bosque, al que mentalmente llamaba Kraznyi.


Trataba de estar más alerta de lo costumbre durante sus guardias, observando fijamente entre los árboles en busca de algún resplandor dorado o alguna señal, pero nada, sus compañeros le decían que lo veían algo pensativo, distraído… Radek no creía que fuera de esa manera, es decir, seguía siendo el mismo de siempre con la única diferencia de que ahora tenía un pensamiento en mente que iba más allá del mantenerse vivo a diario.


Quería encontrar a Kraznyi y devolverle su cesta, pedirle disculpas por haberle obligado a huir dejando sus pertenencias atrás. Si era una bruja, como decía Anara, le pediría que no lo maldijera, le ofrecería un intercambio, algunas de las baratijas que sus hermanas mayores atesoraban… incluso el colgante que llevaba siempre encima, oculto entre sus ropajes, sabía que era raro y debía ser valioso por el aspecto de la joya, además de que el cristal parecía tener atrapado un humo escarlata en su interior.


Era muy entrada la noche, podría calcular que era pasada la medianoche, puesto que la luna llena se alzaba majestuosa en la mitad del cielo, su delicado manto plata cubría las superficies más altas, como una telaraña. Ese día no le correspondía el turno nocturno, por lo que Radek ya estaba dormido, aunque, claro, su entrenamiento militar le condicionó a un sueño ligero donde el más pequeño ruido lo enviaba a un estado de alerta.


Así que escuchó claramente el pequeño crujido de los goznes de su puerta. Quién estaba tratando de irrumpir en su lugar creía que estaba siendo muy sigiloso, para un oído no entrenado tal vez lo era, no para un soldado.


Permaneció quieto en su colchón, moviendo apenas la mano para desplazarla hasta la daga bajo su almohada.


Pasos ligeros se plantaron en el centro de su rústica cabaña. Radek sabía que no había mucho que ver: la mesa destartalada, el tronco que servía de asiento, la alacena donde guardaba un par de mantas y sus armas, el roñoso colchón de paja donde dormía y…


Supo el momento exacto en que el extraño dio dos pasos cerca de su cama, por lo que de un movimiento rápido arrojó la manta sobre la persona para crear distracción antes de hundir su daga en algún punto.


La afilada hoja no pareció encajarse en nada más sólido que su manta. Desesperado, Radek dejó caer la daga y oyó al intruso apresurarse a escapar.


Se arriesgó lanzándose con todo su peso contra la silueta, aprisionándola contra el suelo.


—Suéltame, idiota bastardo.— escuchó un gruñido claramente masculino.


—¿Qué haces en mi hogar?.— le interrogó, presionando el cuello contrario con su antebrazo.— ¿eres un ladrón?


—Tú eres el ladrón.— murmuró con burla, a pesar de la obvia desventaja.— solo vine por mis cosas.


—¿Kraznyi?.— retrocedió un poco para que algo de luminosidad llegara a ellos.


Vio los ojos verdes gracias al débil resplandor de la luna que se colaba por el precario tragaluz de su techo. Su piel blanca parecía sombreada por algo que no le permitía reconocer sus facciones a cabalidad, pero supo de inmediato que no se equivocaba.


—¿Kraznyi? ¿Quién te crees que eres para ponerme sobrenombres estúpidos?


—Lo siento.— respondió sin estar muy seguro de porqué se estaba disculpando. Se levantó con agilidad y le ofreció una mano al chico en el suelo, pero este lo rechazó de un manotazo.


—Lo que sea, necesito mis cosas.— se apresuró a tomar la canasta que estaba encima de unos leños apilados.— no andes asustando a personas en el bosque y no robes sus cosas, imbécil. Ahora, si le dices a alguien que estuve aquí, me encargaré de poner sanguijuelas en tus ojos mientras duermes. Adiós.


Radek reaccionó y quiso sujetar la pálida mano, pero se escabulló como agua entre sus dedos.


—Espera.


—No me toques.— se alejó aún más, y estaba a punto de salir por su puerta cuando Radek prácticamente vomitó sus palabras:


—Lo siento, no era mi intención robarte… solo me preocupaba que dejaras tus cosas… tiradas en el bosque. Soy sincero, espero que esto no cause tu furia y desees maldecirme… si quieres… hum… tengo cosas que podrías querer, piedras como las que tienes en tu cesto.


—¿Maldecirte…? Espera… ¿revisaste mis cosas? No solo eres un ladrón estúpido, si no que eres un chismoso perdido. Nornas santas, ¿por qué me hacen esto?


El muchacho pelirrojo se iba a pasar las manos por el rostro pero recordó que llevaba una intrincada línea de puntos que cruzaba su nariz y una más gruesa que enmarcaba sus ojos.


—Puedo darte esto.— sacó el colgante para mostrárselo a Kraznyi, que seguía viéndolo como un bicho raro.— perteneció a mi madre y…


Kraznyi le hizo una seña para que se silenciara y, como si fuera una bestia del bosque, se acercó con cautela hasta la mano extendida que le ofrecía la joya. Radek se sintió como la primera vez que acarició a su caballo, solo que este parecía un animal menos manso que el equino.


Apenas el rubio rozó con su dedo el cristal, el humo rojizo en su interior se agitó violentamente, como si fuera un pequeño tornado carmesí atrapado. Esta vez, Kraznyi, puso su mano extendida con la palma hacia abajo sobre la joya, a unos veinte centímetros y Radek sintió que el cristal se calentaba y vibraba, incluso se levantó una pulgada de su mano.


—¿Qué…?.— preguntó a medias y Kraznyi clavó sus ojos verdes en él, grandes y sorprendidos, como la primera vez que lo vio.


—Me tengo que ir.— susurró, apurándose a salir de allí; cogiendo su cesta y echándose una capucha negra sobre su cabeza.


—¿Qué pasó?.— preguntó confundido, a la nada.


Fue hasta su puerta y se encontró con que Kraznyi había desaparecido en la noche.


Radek no pudo conciliar el sueño después de ese encuentro.


oOo


En las próximas semanas recibió tres amonestaciones por no estar pendiente de sus deberes. No podía dejar de pensar en lo sucedido con la joya, la manera en que ahora se sentía cálida contra su pecho, cómo ese misterioso humo se movía lentamente en su interior, formando figuras irregulares.


Se sentía extraño y sabía que podía ser eso. ¿Había sido realmente maldecido por Kraznyi?


Cuando dormía tenía pesadillas que no lograba recordar, pero las impresiones de miedo y agitación lo acompañaban al despertar, durante la vigilia se sentía adormecido y fácilmente se distraía; Anara no había querido recibir las presas que había cazado para ella, diciéndole que no quería nada que proviniera de él, que algo había cambiado, la última vez que hablaron le obsequió un pequeño vial con agua bendita para que se mantuviera del lado del Creador.


Estaba asustado. Más de alguna vez pensó que sus propios compañeros llegarían a su lugar y lo conducirían hasta el tribunal de la iglesia para ajusticiarlo por tener sociedad con los herejes.


No había alguna prueba contundente, pero la paranoia colectiva había desembocado en acusaciones entre vecinos calificándose como idólatras, demonólatras, apóstatas y blasfemos para deshacerse de ellos. Bastaba con que Anara corriera el rumor para que fuese acusado también, si llegaban a revisarlo verían el extraño colgante de su madre y sería el fin de todo.


Quizás no sería tan malo, podría reunirse por fin con el resto de su familia si fuese de esa manera.


Radek trataba de no pensar en eso, pero una parte de su mente cantaba fuerte y alto que todo aquello se debía a haber tomado la canasta de Kraznyi.


Nunca debió seguirlo, solo ignorarlo y jamás cruzar sus caminos.


La cuarta amonestación la sufrió durante un entrenamiento de campaña; seguía estando con su mente en otro lado, por lo que esta vez su desconcentración afectó a uno de sus camaradas más cercanos: casi fue arrollado por una cuadrilla de patrulleros montados, su compañero lo sacó del camino con un empujón, pero en el proceso se rompió la muñeca.


Todos tenían esas miradas acusadoras puestas en él, su superior directo le dio un puñetazo en la cara, gritándole lo irresponsable que estaba siendo; antes de que pudiera defenderse, el capitán, con su voz más oscura le dijo:


—Ve a hacer lo que tengas que hacer y vuelve cuando seas el de antes.


No estaba muy seguro de lo que debía hacer, pero Radek esa noche tomó su pequeña bolsa con un par de suministros y sus armas para internarse en el bosque.


oOo


Fue al decimotercer día, cuando sus suministros estaban agotados y Radek enfocó sus pocas energías en rastrear alguna presa para comer, que se dio cuenta de que había alguien cerca.


Quizás se había adentrado tanto en el bosque que había cruzado la frontera con el país vecino; si ese era el caso, estaría en problemas si le pedían algún documento que acreditara su estancia en esos terrenos.


Trató de pensar alguna excusa o algo, pero su cerebro agotado no le permitió juntar sus ideas correctamente: el hambre, el mal dormir y el frío habían hecho mella en sus sentidos; la herida en su pierna que se hizo mientras intentaba cazar un par de liebres palpitaba horrosamente, seguro al borde de la infección. Su ropa estaba mojada por el rocío matinal y el clima húmedo no ayudaba a secarla, ya no tenía flechas y la espada pesaba en su cinto.


Debía haber vuelto antes, al quinto día, cuando se perdió por primera vez y llegó a una impenetrable fortaleza de añosos robles, tan densos que apenas permitían el paso de la luz solar. Su porfía ganó y siguió caminando… y ahora estaba a merced del extraño.


—Toma, imbécil.— una pesada bota de agua rebotó contra su pecho y Radek no registró la acción hasta que el hombre frente a él se quitó la capucha.— es agua dulce, bébela, antes de que te mueras aquí mismo.


Con las manos entumecidas quitó la tapa y la inclinó para beber, sin quitar los ojos del rostro de Kraznyi, que había aparecido como su salvador.


Oh, Radek estaba más sediento de lo que creía, el agua estaba fresca y tenía un sabor afrutado que su estómago agradeció, bebió hasta que sintió que ya no podía bajar más líquidos por su garganta.


—Gracias.— dijo con la voz rasposa y ronca, sintiéndola ajena al no haber hablado en tantos días.


Kraznyi asintió y le arrojó media hogaza de pan, conservando una distancia. Estaba tibio, el aroma de la levadura y la corteza crujiente hicieron que la saliva se acumulara en la boca de Radek, estaba hambriento, famélico y, a pesar de que el pan se sentía incómodo, engulló todo rápidamente.


Cuando acabó de comer, sus rodillas cedieron. Por primera vez en días se sintió reconfortado y más tranquilo, se permitió sentarse y descansar bajo esos enigmáticos ojos verdes que lo estudiaban.


El silencio entre ambos solo era roto por los sonidos del bosque: la brisa entre el follaje, los pajarillos llamándose de un lugar a otro, la voz lejana de algunos animales… Radek sintió que respiraba por primera vez el aire limpio del bosque, demasiado frío y que llenaba su pecho de una sensación extraña, pero fue calmante.


—Gracias.— murmuró finalmente cuando encontró su voz. Estiró sus músculos cansados y hasta el dolor se sintió agradable.


—Viniste a morir casi a las puertas de mi casa, eso no sería un buen augurio.


—¿Dónde está tu casa?


Kraznyi hizo un gesto vago indicando el bosque en general.


—Levántate.— se puso la capucha ocultando sus rubios cabellos, y, acomodándose la gruesa capa sobre los hombros, comenzó a caminar entre los árboles con dirección al norte.


Le tomó unos segundos entender que Kraznyi le pedía que lo siguiera. Con las fuerzas repuestas gracias a la comida en su estómago, Radek se levantó y se internó más en el bosque tras su guía.


Era una pequeña casita, muy pequeña, si estuviese atento, no la habría avistado entre los troncos y hiedras. Adentro era cálida, más diminuta aún, todo parecía acondicionado para dos personas.


Los muebles apretujados uno al lado del otro, la chimenea que ocupaba un espacio importante de toda una pared, los cazos y ollas colgaban peligrosamente de los ladrillos antiguos, platos equilibrados, paquetes de ramas y plantas en varios lugares, gruesos libros de apariencia añeja en cada superficie disponible, frascos, pequeños armatostes de hierro, huesos, piedras de colores, plumas, insectos disecados, pieles, cuchillos de largas hojas y flechas. La luminosidad venía sólo del fuego del hogar y de las escuálidas velas sobre la mesa, aún así parecía suficiente para hacer relucir todos y cada uno de los artículos del cuarto.


Cada vez que Radek se volteaba parecía encontrar un nuevo detalle, algo que estaba semioculto en una repisa alta o en la esquina de un estante.


Kraznyi se quitó la capa y la colgó en una percha tras la desvencijada puerta, vestía sencillo y pasaría por un humano normal si no fuera por su cabellera y piel. Sus ojos eran de otro mundo, definitivamente, resplandecían con una sagacidad y ferocidad, como si se tratara de un antiguo sabio y un disciplinado soldado.


—¿Qué es lo que miras, idiota?.— le gruñó con su ronca voz sedosa.


Radek no dijo nada, observando como Kraznyi revivía el fuego y ponía a calentar un cazo con lo que se veía como una sopa.


La grácil figura se movía con gracia en el pequeño espacio abarrotado, cogiendo cosas y dejándolas sobre la mesa, murmurando algo que no se alcanzaba oír y retrocediendo sus pasos cuando olvidaba algo.


Mientras lo observaba, Radek sintió el colgante quemar en su pecho. No era que se mantuviera tibio, como cuando Kraznyi lo tomó, ahora parecía arder, por lo que se vio obligado a alejarlo de su pecho.


El humo escarlata serpenteaba en su interior, brillando y ondeando agitadamente, incluso, a riesgo de sonar como un loco, veía como la piedra empezaba a moverse de tal manera que parecía buscar la dirección en la que revoloteaba Kraznyi.


Y en algún momento él pareció notarlo porque se detuvo a mirarlo.


—¿Aún no sabes qué es eso?... ¿por qué diablos no te sientas? Nornas santas, saben que no tengo esa paciencia.


Prácticamente empujó a Radek a una de las rudimentarias sillas, que crujió ante su peso. Sirvió un plato de la sopa que estaba en el fuego y lo puso frente a él.


—Gracias.— murmuró tratando de atrapar los ojos verdes con los suyos, pero Kraznyi ya estaba medio colgado de una estantería tratando de alcanzar un libro.


Recogiendo sus mangas, dejó caer el grueso volumen en la mesa. Radek posó sus ojos en las marcas de las blancas manos, líneas, puntos, y símbolos que no entendía, pequeños e intricandos, figuras sinuosas que subían por su muñeca para perderse en su ropa, todas esas líneas no parecían que fueran a borrarse… parecían tatuados.


—Tu madre era amiga de mi madre.— dijo finalmente Kraznyi, hojeando el libro.— ellas… tus hermanas…


—¿Nos hemos visto antes?.— le interrumpió abruptamente, no había sido su intención, fue como una necesidad imperiosa.


—No lo creo, yo aún no nacía cuando tu madre y la mía se reunían


—¿Cómo lo sabes?


—Mi abuelo me lo contó, él me crío cuando mi madre.— hizo un gesto con su mano que Radek no comprendió.— pero sé que eres Radek, hijo de Iskra, tienes el colgante. Mi madre se llamaba Nadezhda, ella me dejó esto:


Kraznyi recogió su cabello y le mostró que en su pequeña oreja tenía un bonito pendiente plata con un joya en forma de lágrima muy similar a su colgante, también tenía esas cuerdas de humo rojo moviéndose vertiginosamente en su interior.


—¿Por qué son así? Como si estuviesen vivas…


—Las respuestas están aquí.— movió el libro para facilitarle la lectura.


Radek miró los símbolos y los dibujos sin comprender absolutamente nada.


Los soldados no sabían leer. Solo servían para luchar.


Iba a decírselo a Kraznyi, pero este ya estaba buscando su canasta y saliendo de su casa.


oOo


Radek no tenía idea de cómo o por qué, pero llevaba un par de días quedándose en la cabaña de Kraznyi. Ni siquiera hubo cuestionamiento alguno cuando le dijo que podía usar el colchón de paja que estaba junto al suyo y que utilizara alguna de su ropa mientras secaba la que llevaba; fue demasiado natural cuando al día siguiente se despertó y encontró el desayuno en la mesa, y, cuando salió al exterior, halló con Kraznyi removiendo la tierra de sus cultivos.


Le pareció correcto sostener el hacha y cortar madera para alimentar el fuego del hogar; ayudar a cargar las cosechas, alimentar a las gallinas, la oveja y las dos cabras, asistir en la preparación de las comidas y reparar el tejado de la casa. Radek aprovechó algo de su destreza en madera y construyó una mesa mucho más estable con un troncos secos que halló cerca, reforzó el gallinero y preparó las ventanas para el invierno.


Le gustaba estar allí, la vida parecía más simple y menos complicada. No había gente, ni expectativas.


—¿Entonces eres…?


—Bruja.


—¿No querrás decir brujo?


—Bruja, no tiene género. Los brujos son otra cosa. Nosotros estamos conectados con la naturaleza, la diosa madre y el dios astado nos dan todo lo que necesitamos.— explicó mientras recogía diferentes hierbas y las ponía en el canasto que colgaba de su brazo.— somos uno con el mundo, con el universo… recogemos la sabiduría de nuestros ancestros y la aplicamos a la vida.


—No he visto otra… bruja.— Radek saboreó la palabra en su lengua, aún le parecía incorrecta.— no por el pueblo, ni por la ciudad.


—Soy el último, nos están cazando. Creen que estamos en contra de su dios.


No hubo más explicación más allá de eso. Radek esperó ver todo aquello que se decía de las brujas, de los ritos sangrientos y sus pactos con Satanás… no había nada de esos cuentos terribles, sólo un muchacho joven amando su libertad y aprendiendo de la naturaleza.


Los días se hacían difusos y las noches, cálidas. Radek aprendía cada vez que miraba a Krasnyi hacer algo; a veces lo oía cantar en idiomas que no comprendía mientras cobijaba semillas bajo los torcidos surcos en la tierra, le susurraba secretos sus animales, acariciando su pelaje y sonriéndoles con demasiado cariño.


Le gustaba verle bailar bajo la lluvia, su largo pelo rojizo como una cascada de fuego, cayendo alrededor de sus hombros, riendo mientras levantaba los brazos al cielo y los agitaba al ritmo de la melodía de los bosques. Los pies desnudos hundiéndose en charcos de agua y lodazal con los que no resbalaba, parecía que flotaba con una gracia única, como el bailarín más elegante del palacio.


Giraba y hacía reverencias, la ropa empapada pegada a su cuerpo, la manta de suave lana cayendo pesada sobre sus brazos eran como alas, revoloteaba a su alrededor, levantándose con sus saltos, haciendo que todo se viera natural.


Bailar en medio de una tormenta estaba bien, correr descalzo entre los árboles, recostarse sobre el pasto y sentir el sol entibiando su cuerpo y cada brizna de pasto, acariciar su nuca. Estaba bien girar alrededor de perfumadas hogueras levantando las manos y recitando antiguos romances en lenguas olvidadas.


Radek estaba bien con eso, le gustaba la libertad que podía ver en Kraznyi, en cada una de sus acciones y gestos. Sentía como si le estuvieran dando una oportunidad que nadie más tenía y la empezaba a atesorar como tal.


No hablaban mucho, no era necesario. Quizás los momentos en que más dialogaban era mientras le enseñaba a juntar las letras de aquellos libros, le obligaba a repetir y copiar cada una de las letras hasta que el propio Kraznyi perdía la paciencia y le golpeaba las manos con una ramita seca y salía de la cabaña gruñendo nombres inmemoriales e invocando piedad; volvía al par de horas, con los brazos llenos de flores de diferentes colores y le pedía a Radek que las clasificara.


Se nombró a sí mismo como encargado de algunas tareas, componer algunas cosas, arar la tierra y vigilar a los animales, acompañar a Kraznyi en sus excursiones al bosque, lavar la ropa y mantener la chimenea siempre ardiendo. Nunca le fue dicho, pero Radek supo que nunca debía cazar; cada vez que se encontraban con un animal muerto, Kraznyi se arrodillaba para declamar una plegaria, y con la daga que colgaba de su cinto recogía un trozo de piel o la cornamenta del animal, agradeciendo la oportunidad.


El día que le correspondió ir por agua, Radek se encontró pensando en lo bueno que sería conseguir una nueva roldana de hierro para el pozo, pues la actual crujía y dificultaba mucho subir el cubo con agua, y que para eso necesitaría ir al pueblo a visitar al herrero, lo notó.


El pueblo… Sonaba tan lejano en ese momento, como si hubiese sido parte de otra vida, otro momento.


Los días se contaban de forma extraña en el bosque.


Sacudió su cabeza para espantar esos pensamientos extraños y buscó al rubio que estaba trabajando en algunas cosas con las plantas que recolectaba antes del anochecer.


Le tomó unos minutos encontrar las palabras para hablarle, ya que no sabía cómo dirigirse a él, estaban tan habituados a su convivencia que había días completos en los que no se comunicaban más que con miradas y gestos.


—Kraznyi.— le dijo finalmente y el aludido se volvió a verlo con el ceño fruncido.


—No me llames así.— gruñó como siempre, y le arrojó unas semillas secas sin la intención de dañarlo.— ¿qué sucede?


—Quiero ir al pueblo. Hay que cambiar la roldana, está cubierta de herrumbre y la cuerda se gasta rápido.— hizo girar la vieja rueda entre sus dedos, mostrándole lo arruinada que estaba.— con una nueva, la polea andará mejor.


Kraznyi lo consideró un momento y buscó algo en el pequeño bolso de hilo que colgaba de su cintura. De allí sacó un frasco negro, y extendió su manos.


Sin preguntas, Radek se la entregó y nada dijo cuando dibujó sobre su piel una serie de pequeños símbolos. Kraznyi se acercó lo suficiente como para poner su pulgar limpio sobre la frente y susurrar:


—"Qui affecto protego, mixtisque iubas serpentibus et posteris meis stirpiqu"


—Volveré al anochecer.— aseguró, olvidando por completo que en realidad desconocía el camino.


—Volverás cuando tengas que volver.— sentenció Kraznyi, volviendo a sus labores antes de ser interrumpido.


—Los animales aún no están en el cobertizo, pero tienen agua suficiente. Mantente a salvo.


—Me llamo Jaris.— dijo Kraznyi a modo de despedida.


Radek solo sonrió.


oOo


No tardó más de dos horas en salir del bosque. Dos horas.


Increíble.


El aire alrededor de los árboles se sentía extraño y le costó un poco encontrar el camino hacia el pueblo.


Al dar con las puertas del feudo, se encontró con sus compañeros soldados que estaban en la guardia habitual, estos lo miraron extrañado y saludándolo como si no lo hubiesen visto en semanas, le preguntaron qué lo traía de vuelta y bromearon con que prácticamente lo daban por muerto.


Radek se sintió incómodo con tantas voces de personas hablando e informó que necesitaba visitar al herrero.


—¿Después de estar más de un año desaparecido, lo único que haces es preguntar por el herrero?


No quiso cuestionarse lo que aquello significa e ignoró completamente a su antiguo compañero de armas y fue al mercado.


Todo le pareció familiar y distante a la vez. Las cosas eran como las recordaba, pero no podría estar completamente seguro; algo parecía deslucido, como si los colores se hubiesen diluido en agua.


Era casi increíble que hubiese pasado un año… debía ser una jugarreta, una exageración de sus compañeros… ex compañeros… como fuera. No había necesitado un corte de cabello y solo se había rasurado lo habitual para un mes, o quizás menos; ni siquiera mudaban de estación en el bosque… apenas llevaban un par de días preparándose para el invierno y las provisiones que recogieron aún no se terminaban, Kraznyi… no, Jaris… Jaris había dicho que por los vientos aún faltaban un par de semanas para la primera nevada.


Encontró la tienda del herrero donde siempre y le preguntó por la pieza que necesitaba. Artyom tomó la envejecida roldana y la examinó con cuidado, diciéndole que era algo vieja y pequeña, pero que podía hacer una igual en un plazo de tres días.


Radek se sintió un poco desanimado, pero aceptó de todos modos. Esperaba que fuera suficiente el agua en el abrevadero de los animales y que a Jaris le bastara con lo que dejó en las odres de la cocina.


oOo


Cuando Radek fue a su antiguo lugar a ver si había algo de provecho que pudiera llevar a la cabaña del bosque, se encontró con un desconocido viviendo allí. Ni siquiera le dio una explicación, solo le gritó y lo amenazó con una espada, diciéndole que se alejara o lo mataría.


Sin ánimos de armar una revuelta y llamar más la atención, se retiró. Sus antiguos compañeros solo lo miraban y evitaban hablar más de un par de minutos con él.


Decidió hablar con el capitán de la guardia y este dijo que debido al largo tiempo de ausencia había sido dado de baja y que, por lo tanto, sus servicios ya no eran necesarios. Le dijo que había confiado en él cuando lo dejó partir para que solucionara sus problemas, que nunca pensó que los abandonaría así.


No preguntó. Radek estaba cansado y solo quería abandonar pronto el pueblo.


Pidió disculpas y mintió acerca de que se había establecido en el pueblo vecino, diciendo que había encontrado a alguien que conocía a su familia.


Al capitán no le importó. Lo despidió con un ademán, diciéndole que nunca más volviera por esos lugares.


No lo comprendió de inmediato hasta que se encontró con la vieja Anara en la posada del pueblo.


La anciana mujer hizo un gesto invocando a Dios y retrocediendo varios pasos cuando Radek se acercó a saludarla.


—Oh, el destino te alcanzó, muchacho.— murmuró Anara negándose a mirarlo de frente.— debiste haberte alejado… cuando recogiste esa cesta, ella te iba a buscar… esas son mujeres fatales.


—Tranquila, no comprendo de qué…


La vieja dio un chillido que atrajo la atención de muchos de quienes estaba cerca. Anara se arrojó al suelo con lágrimas en los ojos y rezando en voz alta, pidiendo por su salvación y la del pueblo, clamando que ella no estaba asociada con herejes.


—En tu mano, muchacho… te han reclamado… ¡el Diablo te ha reclamado!


Radek bajó la manga de su camisa tan pronto como recordó los símbolos que Jaris puso en su mano


—Es de protección.— intentó explicar, esperando que las personas no prestaran atención a Anara, pero ya todos tenían esa mirada de sospecha puesta en él.— no es nada malo.


—Está bajo un hechizo.


—¡Hay una bruja entre nosotros!


El rumor se derramó tan rápido como el vino en una copa rota.


Los ojos estaban puestos en él, de gente desconocida, de personas que más de alguna vez había visto, incluso, de algunos compañeros de armas.


Lo acusaban, las voces subían de tono, denuncias e incriminaciones que no podía comprender. Muchas. Menciones a su familia. ¿Por qué?


—Es de los Kalinik.


—Las mujeres Kalinik ardieron en la hoguera por herejes e idólatras.


—Es un hijo de esa familia maldita, debe tener tratos con Satanás.


—El padre también era hechicero. No debieron compadecerse del niño huérfano.


—Una mala semilla es siempre problemática.


Radek trató de defenderse, de explicar… su voz se ahogaba entre los gritos de una habitación histérica.


Más gente llegaba. Las salidas se obstruían. El aire se agriaba.


El pueblo clamando justicia.


—Llamen al Abad del palacio.


—LLamen al Señor del feudo.


—¡Ajusticien a la bruja!


El pecho de Radek se apretaba, los ojos ardían y no podía enfocar su mirada. Seguían repitiendo el nombre de su familia, que debían buscar al responsable, que aún quedaba una bruja y que tenía al último de los Kalinik de su lado.


Un golpe brutal lo arrojó al suelo y pronto las cuerdas inmovilizaron sus brazos. Sabía que dos personas lo estaban manteniendo contra la maloliente madera, atando sus tobillos para impedir cualquier escape.


Anara levantó aún más la voz, diciendo que el alma de Radek era buena y que merecía el sacramento de la confesión.


El único pensamiento coherente que cruzó la mente de Radek fue el deseo de nunca haber ayudado a la anciana desamparada.


oOo


Era una celda húmeda y fría, o lo sería si pudiera sentirlo.


Había contado tres días gracias a la estrecha ventana que estaba en la parte superior de la gruesa pared de piedra.


Había escuchado toda clase de insultos hacia su persona y hacia la supuesta bruja que estaba ayudando. No volvió a intentar explicarse ni se dignó a hablar. Suponía que estaba siendo sometido al tormento del hambre y la sed, pero se sentía saciado y el frío no calaba en sus huesos.


El cansancio si lo notaba y deseaba poder dormir más tiempo, pero el ruido emitido por los guardias no se lo permitía.


Era a propósito, él lo sabía. Radek había sido aleccionado en los métodos de desgaste para los prisioneros; si necesitaban obtener una confesión, buscarían la manera de minar las fuerzas para que el preso revelara sus secretos.


¿Esperaban que delatara a Jaris?


Si bien Jaris había confesado ser una bruja, no era nada de lo que el pueblo lo acusaba. Ni siquiera le importaba la gente del pueblo, él solo quería vivir su vida en paz bajo sus reglas y aprendiendo de la naturaleza.


¿Estaría preocupado Jaris?


Le dijo que volvería al anochecer y ya habían pasado tres días. Si el agua empezaba a escasear estaría en problemas, ¿tendría suficiente agua para las tinturas? ¿le habría cambiado el abrevadero a los animales?


Buscó entre sus ropas el colgante para observarlo con la escasa luz. Ya lo había hecho hace unas horas atrás, y el día anterior, y el anterior a ese.


No brillaba y estaba frío. Era una roca inerte y el precioso humo escarlata no se movía, tal como antes de conocer a Jaris; no había formas caprichosas ni las oscilaciones fluidas. ¿La piedra del pendiente de Jaris estaría igual de muerta?


Radek se preguntó cuántos días le quedaban de vida y cuál sería el método elegido para arrebatarlo de este mundo.


Casi podía asegurar que sería en la hoguera, como su madre, como sus hermanas y su padre…


Miró los símbolos en su mano. Aún estaban claros como el primer día en que fueron hechos, supuso que eran los que le ayudaban a mantenerse en buen estado.


Dejó escapar un lento suspiro.


Extrañaba los ojos de Jaris.


oOo


El cansancio nublaba su mente. Nueve días. Ni siquiera quería abrir los ojos.


Los soldados le habían llevado pan mohoso, una sopa con una rata muerta y un agua estancada. Agradecía no haber tenido que alimentarse, pero no pudo evitar que su mente viajara a todas las personas que habían sufrido ese suplicio antes que él, personas comunes, normales, que ni siquiera tendrían la suerte de tener alguna protección mágica…


Atrapó el sollozo en su garganta. No se iba a quebrar.


Radek apoyó la frente en la gélida piedra, tratando de alejar las hórridas conversaciones de los guardias cada vez que hablaban de qué forma de tortura se le aplicarían para que hablara.


Habían pasado demasiados días y nadie fue a interrogarlo, no lo arrastraron a una habitación maloliente para aplicarle un hierro caliente y quebrar cada uno de sus huesos.


El no saber qué esperaban de él era una tortura. ¿Querrían que se liberara con sus supuestos poderes?


Había oído cómo se burlaban de su familia, que hablaban de su madre, tan bonita pero una bruja, de la manera en que le habían arrancado la lengua y pisoteado sus manos hasta dejarlas inservibles; los bastardos desalmados hablaban de su hermana menor, de cómo abusaron de ella hasta que se suicidó ahorcándose con los cordones de su falda. Hablaban de otros hombres y mujeres que fueron torturados de maneras inimaginables solo con el afán de arrancarles una confesión para arrojarlos a la hoguera.


Quería gritarles que si a ellos les estuvieran desollando vivos también confesarían tener pacto con el Diablo, que morir en la hoguera sería un premio en vez de pasar días y días de tortura física y mental.


¿Qué alma podrían tener estos seres que se decían hijos de Dios? No había bondad en sus corazones, no había nada de lo que predicaban en sus escrituras santas.


Destrucción, violencia… dominación del más débil y dinero. El abad vestido de oro y escondiéndose tras las faldas del señor del feudo, ninguno salió a las calles en la hambruna hace dos años, cuando la gente se moría porque el invierno duraba más de lo necesario. Se refugiaron en sus torres altas, lejos de la peste porque ya no habían sabios que supieran sobre el uso de las plantas para sanarlos.


Bruja por saber usar plantas medicinales. Bruja por ayudar a parir a sus amigas. Hechicero por saber la posición de las estrellas. Bruja por defenderse de un marido abusador. Hechicero por saber leer. Bruja por ser más hábil que un hombre. Bruja por la envidia de alguna vecina.


Personas inocentes.


Jaris.


Seres humanos que solo querían libertad, conocer, investigar, aprender. Venerar la naturaleza y a los dioses que habitan en ella.


Su madre no hacía mal. Sus hermanas eran buenas mujeres. Su padre era un hombre honesto.


Los conocimientos se perderían para siempre y la humanidad se consumía en una oscuridad interminable.


Jaris era el último y le enseñó a leer… leer las letras, el viento y las hojas de los árboles.


Dios no tenía las respuestas. Dios era el miedo, la codicia y la dependencia.


Radek empuñó sus manos y desató su rabia contra las paredes de piedra.


oOo


No tenía idea de los días, de cuánto había pasado y cuál era su aspecto, pero estaba débil. Ni hambriento, ni sediento, solo débil y cansado.


Los guardias lo tomaron firmemente por sus brazos y lo arrastraron por los pasillos de la prisión subterránea. Se reían y lo insultaban, pero a Radek no le importaba.


La claridad dañaba sus ojos a medida se acercaban a la salida. La luz solar directa se sintió como puñales caliente sobre su piel y apenas podía ver más allá de su nariz.


Oía el tumulto propio de una congregación numerosa. Ni siquiera necesitaba ver para saber que estaba siendo llevado al patio de los ajusticiamientos, ese infame lugar que daba a los balcones del palacio del señor del feudo, desde allí los poderosos podían ver en primera fila la muerte de quienes se oponían a sus mandamientos.


Los cánticos de “quemen a la bruja” se repetían como una letanía inacabable y arrítmica, perforando sus oídos.


El viento pútrido, el aroma de una ciudad, sucio y lleno de malos deseos se forzaba hacia sus pulmones, Radek deseó más que nunca estar de vuelta en el bosque.


La herrumbre del collar de hierro con el que fue atado al tronco de inmovilización le ardió contra la piel. Las esposas forzaron sus manos tras su espalda y sus piernas fueron atadas.


Abrió los ojos cuando los cánticos sagrados dieron la entrada al Abad y su cortejo.


Radek estaba en un juicio público, atado y listo para ser enjuiciado frente a personas que había conocido durante toda su vida. Sin embargo, aquello no fue el peor golpe.


—Kraznyi.— murmuró sintiendo que su corazón se paraba.


“No me digas así”, casi pudo oírlo reclamarle de vuelta, pero sus labios ensangrentados no se movieron.


Parecía sin vida, atado de la misma manera que él, su bonito pelo rojizo cubierto de manchas de lodo y sangre, recortado de forma desigual, su rostro amoratado e hinchado, la raída túnica de color ofensivo apenas lo cubría y ya casi no podía ver el blanco de su piel pues estaba cubierto de cortes, heridas, contusiones y suciedad. La sangre se arrastraba por sus piernas, manando de alguna herida abierta en su costado, los tatuajes en sus brazos y pecho se perdía entre las magulladuras violetas.


¿Por qué estaba ahí? ¿Por qué...?


Se removió contra sus ataduras, pero no había manera de que pudiera escapar. Sintió la rabia arder más grande que antes cuando uno de los soldados cogió los restos de cabello rojo y levantó el rostro de Jaris para abofetearlo.


Lo vio parpadear confundido e intentar enfocar sus ojos verdes, pero parecía completamente ido.


—¿Esta era tu esposa, Kalinik?.— se burló Fredek, el soldado que lo custodiaba, con quien había compartido cerca de tres años de entrenamiento en la milicia.— ¿sabías que era hombre?


—Cállate.


—Igoryok le iba a dar el primer castigo. Imagínate la sorpresa que se llevó, para creerse una mujer, el cabrón es bastante fuerte, Igoryok tuvo que pedirle a Motka que lo sujetara para darle una paliza, Zivon le cortó su cabellera, para que no fuera por ahí confundiendo, se ve mejor así, ¿no?


—Cállate, bastardo.


—No estás en ventaja de decirme nada, Kalinik. Fallaste a tu pueblo, a tu señor y a Dios. Hereje y pecador, como toda tu familia.


Radek gruñó y se movió con tanta fuerza que la cadenas provocaron un fuerte sonido que atrajo la atención sobre él.


Los ojos verdes se volvieron hacia el lugar donde estaba y podía leer la reprimenda pintada en ellos. Dibujó una media sonrisa y estuvo seguro del bufido que dio Jaris.


El abad, vestido con sus galas de seda y oro, se paseó delante de los condenados, orando y exclamando como el demonio seduce a los jóvenes y al pueblo, que toma formas que atraen a la perdición que todo el Diablo estaba cada vez más cerca de la tierra gracias a las brujas. Que nunca conseguirían paz hasta que exterminaran al mal.


Se mandó a llamar a algunos acólitos que cargaban paquetes de leña y ramas secas. El abad los bendijo y bañó la madera en óleos santos para purificar el alma del hereje idólatra.


Abrió su libro de tapas rojas y letras doradas, el verdadero libro maldito, el que contenía el castigo para crímenes inexistentes y las penurias para los inocentes.


La leña consagrada se apiló bajo los pies de Jaris y el hombre, con voz en cuello empezó:


—El pueblo de San Pedro de Meeriath te acusa de dedicarte a las artes oscuras, tener pacto con el enemigo de Dios y corromper a un joven soldado de nuestra comunidad. En nombre de Dios, ¿cómo te declaras?


Jaris apretó los labios y volteó el rostro, negándose a dignificar esa pregunta con una respuesta.


—Él sabe que es culpable.— dijo Fredek con una risita.— debería reconocerlo y no hacer que estemos perdiendo el tiempo aquí.


Radek lo ignoró. Sus entrañas ardiendo en el fuego vivo de su ira.


—¿Cómo te declaras?.— preguntó el abad una vez más, indicando a uno de los guardias que levantara el rostro del chico.— Responde, creatura del mal, ¿cómo te declaras?


Jaris le lanzó un escupitajo sanguinolento que aterrizó en la gorda mejilla del sacerdote. Se ganó un bofetón que hizo que más sangre brotara de su boca, pero solo sonrió desafiante.


—Solo puedes ser hijo de un demonio y una bruja, solo una unión tan profana podría engendrar a tal ser sin temor de Dios. Te declaro culpable, y pongo fin a tu estirpe demoníaca.— realizó la señal de la cruz e hizo un gesto para que, bajo el clamor del pueblo por justicia, encendieran un cirio.— antes de que el fuego haga su oficio, ¿aceptas a Dios, a Cristo y al Espíritu Santo?


Jaris enseñó sus dientes en una mueca salvaje, sus ojos verdes brillantes de determinación.


Radek temblaba de pies a cabeza. Esto no era justo.


No era justo.


No podía estar pasando.


Así murió toda su familia. No había manera de que él pudiera ayudar cuando era apenas un niño que empezaba a caminar… les fue arrebatado por creencias sin sentido… fue despojado de la única familia… y ahora...


—¿Renuncias a la idolatría, al pecado, al paganismo y la herejía?.— la expresión fiera de Jaris no cambió, por lo que el abad apuró el juicio.— ¿Reniegas de Satán y todo lo que representa? ¿Te arrepientes de haber vuelto tu espalda a la virtud y los principios de Dios?


La risa de Fredek solo conseguía enfurecerlo. La tristeza embargaba todos sus pensamientos, pero la ira ardía en cada poro de su piel.


Soltarse, soltarse… debía buscar una forma. Debía haber una manera...


Venganza.


Escapar.


Escapar. Llevarse a Jaris.


Desaparecer.


La naturaleza dirigiría su venganza al pueblo de Meeriath por el exterminio de sus hijos.


El Padre y la Madre. El Sol y la Luna.


Puella, Mater, Aviam.


La noche caería sobre Meeriath.


Las lágrimas de la Madre. El consuelo del Padre.


Noctis aeterna. Ignis caelesti. Aqua centrales.


Meeriath no se levantará.


Madre. Padre.


La oportunidad de huir.


Obsecro Mater. Obsecro Pater.


Cernunnos, la fuerza. Luna, la sabiduría.


—En nombre de Dios, tu alma se condena al sufrimiento eterno consecuencia de tus actos impíos y degenerados, yo Taras Matveyev, abad de San Pedro de Meeriath, dicto la sentencia y se te condena a la piadosa purificación del fuego como nuestro Señor lo hizo con los proscritos de Sodoma y Gomorra. Tu alma está en sus manos, encomiéndate.


Se acercaron con largos cirios para encender la pira bajo los pies de Jaris.


Todo había terminado.


oOo


Nadie supo cómo ocurrió.


Nadia podría explicarlo con palabras porque ningún hecho parecía ser coherente. No había una manera cuerda para explicar los hechos sucedidos en San Pedro de Meeriath.


Fueron varios días en que las personas se paseaban en un estado catatónico, sin atreverse hablar ni a mirarse. Murmuraban algunas cosas dentro de las paredes de sus casas, pero las calles estaban en silencio.


Incluso el cuerpo del Abad seguía estando allí mismo tirado, junto a la pila de leña que nunca se llegó a encender. Su corazón se detuvo de la impresión, eso se creía… decía el señor del feudo, que cayó de rodillas antes de que se desatara la tormenta.


Fue extraño, pero el día estaba soleado, el viento propicio, Dios estaba complacido del ajusticiamiento de estos herejes que se oponían a su voluntad y sólo buscaban el mal de un pueblo obediente a las reglas de la Biblia.


De pronto, el cielo se llenó de nubes grises. Ocurrió justo después de que el muchacho Kalinik gritara algunas palabras en un idioma extraño: hubo truenos, y la lluvia cayó furiosa sobre la tierra de Meeriath.


No sólo lluvia, sino que gruesos granizos y un viento gélido que arrojó por el suelo a gran parte de quienes estaban allí mirando. Era como una tempestad, los fuegos que los acólitos llevaban no alcanzaron a tocar al muchacho rubio, la bruja; quien se reía como si todo aquello fuese un juego.


El abad hizo la señal de la cruz e intentó a exorcizar al demonio, pero no pudo. Era más fuerte y aterrador.


Las ráfagas de viento se dispararon tan fuerte que arrancaron techumbres y estacas que llevaban años enterradas en el suelo. La oscuridad cayó sobre el pueblo y las personas rezaban a viva voz, algunos huían, algunos confesaban sus pecados y esperaban que Dios los recogiera en su seno.


Aquel día no hubo Dios en San Pedro de Meeriath.


El muchacho Kalinik se liberó cuando sus cadenas cayeron rotas, tenía un colgante rojo que flotaba en su pecho, la lluvia no lo mojaba y el viento no mecía sus cabellos. Era la encarnación de un demonio.


El abad clamó piedad, cuando el crucifijo lleno de joyas y oro no tuvo ningún efecto en el muchacho. Kalinik dijo algo que solo el abad escuchó y a los segundos cayó muerto.


Nadie se movió cuando liberó a la bruja, todos estaban atentos, inmóviles, pasmados, pensando que el juicio final estaba dándose en ese lugar perdido entre las montañas.


Los rayos cayeron del cielo como lanzas llameantes, cada cosa que alcanzaban eran consumidas en llamas. Las cosechas ardieron, las cabañas se vieron envueltas en un fuego que no se apagaba con la lluvia.


Era el fuego del infierno.


El señor del feudo estaba inmóvil, su mano temblorosa apenas sosteniendo su espada, pero no le importaba a nadie. Ni siquiera a los soldados, ni siquiera a sus sirvientes.


En ese momento, todos fueron iguales en San Pedro de Meriath.


Radek Kalinik, hijo de Satanás, aliado de las brujas y con pacto con el Adversario, tomó a la bruja entre sus brazos, y exclamando una maldición se alejó en medio de la tempestad.


Negras alas, como el carbón, habían brotado de su espalda, y eso le permitió alejarse rápido de allí.


Más tarde algunos dirían que sus ojos fueron rojos como la sangre o que tenía los cuernos de un macho cabrío, dirían que fue culpa de la bruja, que lo instigó a una venganza en nombre de Nadezhda, que fue mandada a matar por el abad cuando se enteró que la mujer llevó en su vientre a su hijo bastardo.


Se escribieron muchas historias luego de que el pueblo de San Pedro de Meeriath hubo desaparecido, y por el temor de pasar por lo mismo, varios pueblos dejaron los juicios de brujas.


Se decía, también, que en las ciudades donde se ajusticiaban a quienes practicaban la magia y se alejaban del rebaño de Dios, se veían a estos dos enviados del Diablo buscando salvar a sus hermanas y hermanos del fuego.





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Le tengo demasiado cariño a esta historia. Y de verdad, bruja no tiene género, hombres, mujeres y no binarios pueden ser brujas y es lo hermoso de toda esta cultura, somos iguales ante la madre y el padre.


Por cierto, el lugar es completamente inventado, es de un tiempo indeterminado y ustedes deciden cual es el final de esto.


Espero que les haya gustado, muchas gracias por darle una oportunidad a esto.


Un abrazo gigante



13 de Agosto de 2020 a las 23:23 0 Reporte Insertar Seguir historia
3
Fin

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AW Leiyedeth Cambiándome de hogar [Cat Lady] [Witch] Write 🔹Art 🔹Craft 💚Invítenme a un café: https://ko-fi.com/leiyedeth 💚Facebook: https://www.facebook.com/Leiyedeth/

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