c_clemente_ C. Clemente

Matrópolis, ciudad avanzada donde la gente puede nacer con un superpoder, llamado avance. Nylia, una chica con la peculiaridad nunca antes vista de tener dos de ellos, intentará acabar con todos los avances para siempre. Este mini-relato pertenece al mismo universo de un libro de la saga principal de Arena Negra aún sin publicar. Puede leerse sin saber nada de la historia principal y viceversa pues, en su máximo exponente, sólo revela detalles menores de la trama. También sirve como pequeña introducción a mi mundo, siendo una historia concentrada en pocos capítulos que te puede dar una idea de como funciona esta saga.


Fantasía Todo público.
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Guerrera

Matrópolis, una perfecta utopía donde todo el mundo vive en perfecta armonía. Una ciudad donde cada individuo cuenta y donde, si tienes suerte, puedes ser un Avanzado, un humano con un superpoder que puede usar para proteger a los más indefensos. O eso, al menos, es lo que pone en el panfleto de la ciudad. La realidad, sabía Nylia, era bastante diferente.

Bueno, en parte era cierto que todo aquel que vive en Matrópolis tiene un nivel de vida digno de un dios, pero no contaban a los barrios bajos como parte de la maravillosa ciudad. Si cuentas la mitad de la historia, pensó Nylia, una ciudad decadente puede ser el nuevo destino preferido de todo el mundo. Era fácil ignorar a quien pisas cuando estás por encima de las nubes.

Este no es el momento, se regañó a sí misma, concéntrate en el rugir del estadio.

Nylia se encontraba en el interior de uno de los estadios de Avanzados. Un enorme coliseo que enfrentaba a dos Avanzados a muerte. El Avanzado que lograse ganar diez duelos era ascendido a Matrópolis siendo uno de los guardias de Gobernador, el poderoso hombre que movía los hilos desde lo más alto de esta podrida ciudad. Muy pocos han logrado aguantar diez peleas con vida (la mayoría caían en la séptima), pero el espectáculo era lo único que unía a clases altas y bajas. “Lo que el dinero separa lo une la sangre”, eso era lo que siempre le decía su madre, pero temía haberlo interpretado mal.

Se encontraba al lado de la puerta de entrada a la arena del coliseo. Desde ahí no sólo podía oír los gritos del público, sino que también los podía sentir, como graves vibraciones en sus pies. Era agradable escuchar cómo aclamaban su nombre.

—¡Hoy, tenemos una lucha interesante! —bramaba el comentarista a través de los altavoces hacia el público— ¡Hoy tenemos a la campeona de nueve luchas seguidas, la favorita de todos y la envidia de todas!, ¡Nydia, la chica de las alas que está despegando a lo más alto en nuestros corazones y…

Dejó de escucharlo. Tenía que concentrarse antes de salir. “la chica de las alas”, pensó Nylia de una forma divertida. Se suponía que cada persona sólo podía tener un avance, y lo lógico era pensar que el suyo eran sus alas. Eran todos unos malditos ilusos.

Su compañero entró por la puerta con una enorme maleta. Entre lo bajito que Kotu era (no llegaba al metro sesenta) y la enorme maleta parecía que se trataba de dos hermanos siameses.

Kotu era un estudioso de la mayor universidad de Matrópolis. Un muchacho de cara afable y un pelirrojo tan brillante que hacía daño a la vista, y eso que Nylia era tenía el pelo azul, considerado en su ciudad el más espantoso entre todos los tonos de pelo, como si fuera indigno. Temen al diferente y poseen armas por derecho de nacimiento, pensó, pues el tiempo le había demostrado que nadie usaba su poder para el bien.

No sabía lo que había hecho Kotu para ser expulsado a las afueras de la ciudad. Si ya era complicado entrar, salir era casi imposible. No porque la ciudad se aferre a ellos, sino porque ¿quién querría bajar del cielo para revolcarse en la basura? Sea como fuere, Kotu sabía mucho de Avanzados y eso era vital para su lucha. La gente sólo puede tener un avance, esa es la teoría. Cada avance sólo puede estar presente en un cuerpo y, cuando este fallece, el avance pasa a otro cuerpo. Nunca puede existir un mismo avance en dos cuerpos diferentes, eso quiere decir que siguen unas reglas y pueden ser estudiados.

—Por favor, cíñete al plan Atácale, pero déjale brillar. Insúltale, pero no le humilles. Sé ágil, pero no le esquives todos los golpes—decía Kotu. Su voz era tan grave que Nylia siempre se preguntaba dónde la guardaba en un cuerpo tan pequeño.

—Gracias, ya me lo has dicho diez veces. Tranquilo, me lo sé de memoria.

—¿Ah, si? es curioso porque yo sólo recuerdo que me has interrumpido nueve veces.

Era bueno estar con Kotu, pero disfrutaba muy poco de la vida. Necesitaba relajarse más, pues temía que su diminuto cuerpo explotase por la continua acumulación de nerviosismo y estrés, como cuando los críos meten un petardo dentro de una botella de cristal. Todo perfecto y de repente... ¡Pum!

Aunque no negaría que sería divertido de ver.

Nylia salió a la arena del coliseo y visualizó al contrincante. Era grande, de un metro noventa al menos. Estaba musculado, poseía una estilizada mandíbula cuadrada y, lo más curioso de todo, no tenía nada de pelo, incluyendo cejas y pestañas. Esta era la parte divertida de su trabajo.

Su contrincante, llamado Henar según lo que pudo oír por el presentador, estaba gritando al público, aclamando sus ánimos.

—Te aplastaré, niñita, lo juro por el poder de…

Nylia se tapó los ojos con la mano, preparando la actuación.

—Perdona, es que no puedo mirarte a la cara. Reflejas mucho el sol, amigo.

El contrincante gritó al aire, como un rugido de un león mientras ataca a otro. Se acercó corriendo a Nylia y, de su piel, empezaron a manar pequeñas llamas, decorando su cuerpo. A Nylia le recordó a los aves fénix de las leyendas. El plan parecía funcionar.

—Vaya, muy bonito. O has comido judías o tu poder es muy interesante.

Henar se enfadó aún más. Empezó a disparar pequeñas ráfagas de fuego, como flechas incendiadas, en dirección a Nylia. Ella alzó el vuelo y, con mucha agilidad, logró esquivar todos los ataques de su rival. Flechas de fuego, pensó, me lo apunto.

—Vaya, eres un hombre de pocas palabras. Yo tenía pensado hacer una pelea verbal de lenguas afiladas mientras nuestros poderosos músculos hacen crujir las gradas. Me estás dejando a medias, hombretón.

Henal volvió a lanzar esas flechas de fuego mientras Nylia volaba en círculos y los esquivaba.

—Parece ser que no es la primera vez que te lo dicen, eh. Pero no hay que avergonzarse, dejar a medias a una muj…

Henal imbuyó su cuerpo en llamas y, con alguna dificultad, voló hacia Nylia, propinándole un puñetazo que le quemó parte de la mejilla. Nylia cayó al suelo y, a pesar de estar algo mareada, logró ponerse de pie. Se envuelve en llamas, pensó, me le apunto.

Su contrincante estaba en el suelo, sin rastro de llamas por su cuerpo. No dura mucho en esa forma.

—Bueno, eso de volverte fuego puede explicar lo de tu pelo. Pero párate a pensar que, si llegas a ganar, te puedes comprar una peluca ignífuga… lástima que no vayas a ganar, siento darte esa irreal esperanza.

El enemigo corrió hacia ella e imbuyó sus brazos en llamas. Parecía que duraban más que cuando lo hizo con el cuerpo entero. Empezó a intentar pegar a Nylia, pero esta se movía entre sus puños como un colibrí de flor en flor. Sus golpes eran fuertes sí, pero lentos y erráticos.

—Sabes, me sé unos cuantos chistes de calvos, ¿quieres oír alguno?

El enemigo, lejos de querer oír su maravilloso juego de palabras, metió sus puños en el suelo, haciendo emerger unos pequeños cráteres que escupían bolas de fuego. Ingenioso y bonito, pensó, me lo apunto.

—Va un calvo al médico y le dice: Doctor, ¿cómo puedo hacer para conservar mi pelo? y el doctor le responde: pues en una caja, señor.

Henal, lejos de reírse de su increíble chiste sobre alopecia, gritó y se volvió a imbuir en llamas. Saltó, pero esta vez fue agrupando todo su fuego en las manos, haciendo una enorme bola de fuego. Nylia intentó huir, pero no la logró esquivar pues era demasiado grande. Henal la había derribado. Con una de sus alas estaba totalmente chamuscada y la otra gravemente herida casi no se podía ni arrastrar del dolor.

—Sí, tampoco es mi chiste favorito.

—Se acabó tu juego, niña. No sé cómo lograste acabar con los nueve anteriores siendo tan absurdamente mala en la batalla —Henal agarró a Nylia del cuello, ahogándola— despídete de tu vida.

Acabar con un enemigo sin usar tus poderes era visto como un acto de superioridad, lo que le daba al ganador más puntos para ser un buen lamebotas si lograba matar a diez avanzados en el coliseo.

Henal estaba apretando el cuello de Nylia, sonriendo al público. Este estaba abucheando descontroladamente.

—Parece que te tienen cariño. ¿Unas últimas palabras?

Henal dejó de apretar el cuello de Nylia. Ella, para sorpresa de su contrincante, le guiñó un ojo y le sacó la lengua.

—Gracias por ayudarme a matarle.

Rebobinó. Nylia usó su poder, su auténtico poder.

Todo desapareció en una niebla blanca y, como si fuese un sueño, apareció en frente de Kotu, que le hablaba del plan como si nada de lo anterior hubiera pasado… aunque, ¿realmente pasó?

—Por favor, cíñete al plan. Atácale, pero…

—Tiene fuego. Puede imbuirse en llamas y volar, pero no dura demasiado. También sabe el truquito de los mini volcanes y lanzar unas cuantas flechas y una gran bola de fuego. Parece que sabe usar lo que tiene, pero no ha explotado del todo su poder. Tal vez lleve un par de años aterrorizando las calles creyéndose un enviado del infierno y se ha acostumbrado a pisar a insectos con esos cuatro trucos.

Kotu se puso a buscar en su enorme mochila, farfullando para sí. “Nunca me dejas acabar las frases” decía mientras abría la enorme maleta. Nylia sonrió por aquel comentario. Era la última calma que se permitía antes de que saliera la tormenta. Kotu sacó uno de sus muchos libros, ‘Poderes de clase corpóreo, apéndice natural’ rezaba la portada.

—Tiene que estar completamente imbuido en llamas y, luego, atacarle en el pecho con un metal. Dame un minuto e intento descubrir cuál es.

Por supuesto esa no era la forma de matarlo, sino de arrebatarle su poder. ¿Para qué iba a matarlo si la finalidad de todo eso era acabar con los poderes? Arrebatar y matar a todos los que tienen super habilidades por un bien mayor. O por lo menos eso llevaba pensando todos esos años. Una vez dado el paso era difícil volverse atrás, así que decidió simplemente confiar ciegamente en ese pensamiento, sino ¿qué otra cosa podía hacer?

Matar por un bien mayor.

Matar por un bien mayor.

Matar por un bien mayor.

¿No era eso lo mismo que dijeron los guardias después de arrebatarle a su familia?

—Ajá, acero. Un simple arañazo de acero cuando está imbuido en llamas debería bastar. Creo que te puedo poner unos pinchos en las botas, dame un segundo.

Nylia asintió con la cabeza, indiferente. Sólo era un paso más, sólo un paso. Pero, si sólo era otro más, ¿por qué se sentía tan vacía?

En las gradas la multitud rugía su nombre. ‘Nylia, Nylia…’

“Nylia, huye de aquí. Que no te atrapen. Vuela, vuela lejos.”

—Hecho —interrumpió Kotu, con las botas llenas de clavos de acero—, vete fuera y patea ese culo de fuego.

Nylia agarró a Kotu por el hombro, preparándose para matar a su enemigo.

—Por lo que hay que hacer —dijo Nylia.

—Por los que han caído —continuó Kotu.

Por vengar a los que ya no pueden vengarse a sí mismos, terminó Nylia que salió a enfrentarse a su enemigo. Esta era la parte menos divertida.

Se había acabado su calma, ahora tenía que ser la tormenta.

Su enemigo estaba gritando al público, aclamando sus ánimos.

—Te aplastaré, niñita, lo juro por el poder de…

Nylia le pegó un puñetazo propulsado con sus alas y, mientras se alzaba al vuelo, le propinó una dolorosa patada en la barbilla a su enemigo, clavando los pinchos de acero en su perfecta mandíbula cuadrada. Las reglas no prohibían armas blancas, pues ya veían a los avances como tal.

He de clavarlos más profundo.

El enemigo gritó y juró venganza, se rodeó de llamas y voló hacia ella. Entonces, en un súbito movimiento, Nylia golpeó su pecho con la bota llena de pinchos de acero. El enemigo cayó al suelo desde varios metros de altura, sin rastro de las llamas que le caracterizaban.

Nylia se posó con suavidad en la arena, a escasos metros de su enemigo. Tenía unos cinco minutos para matar a ese hombre antes de que el avance volviera de donde demonios se haya ido.

Le sobraban cuatro.

—No, no. Esto es imposible.

Nylia ni se inmutó. El público, por primera vez desde que empezó y volvió a empezar la pelea, estaba en un silencio digno de los mayores entierros. El enemigo insistió en hablar.

—¿Quién eres?

—Alguien que no quiere más muertes.

Acto seguido agarró con ambas manos a su contrincante. Nylia volvió a hablar.

—Alguien que tiene que hacer lo necesario.

De un súbito movimiento partió el cuello de su enemigo. Ya nadie volvería a tener ese poder nunca más. Ahora las calles de la ciudad estaban algo más limpias.

13 de Agosto de 2020 a las 21:08 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Continuará…

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