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Acompaña a una joven pareja a través de un viaje sensorial que no es lo que parece.


Drama Todo público.

#drama
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Realidad danzante

Sentada en un banco de madera, esperaba a que las manecillas del reloj, finas agujas de sutura, marcaran el instante preciso. No se percató de la presencia del joven, enfrascada como estaba en la doma de los rebeldes pliegues de su falda. Pasó caminando por delante de ella, arrastrando su soledad cual peso muerto, añorando un alma ilusionada con quien pudiera compartir su realidad.

Haciendo modelar sus ojos por la pasarela entre sus párpados, la joven observó al muchacho, pincel andante de fino talante y gruesa verdad. Lo vio detenerse sobre el pedestal de piedra, extendiendo una mano hacia el cielo y, con una floritura, bajarla hasta apuntar directamente hacia ella. No pudo sino responder a tan cautivador llamado, resbalando por el borde del asiento sobre sus zapatos de charol. Con largos pasos cadenciosos, se plantó a solo unos centímetros de su rostro, acompasando su respiración al nítido latir del joven. Sus manos se entrelazaron y dio comienzo su viaje.

La arrastró colina arriba, hasta detenerse en la zona más alta, donde con sus manos enlazadas siguieron el trazado de un pájaro en el cielo. El joven extendió su cuerpo hacia un lado, sin llegar a soltar la mano de la muchacha, y se deslizó de vuelta hacia ella. Le tendió con calculada solemnidad el fruto servido por el árbol bajo cuya sombra se cobijaban. Ella simuló desmayarse, su cuello inclinándose hacia atrás. Él la sostuvo con la mano libre, deslizándola por su espalda, sobre el fino vestido de seda, hasta alcanzar la altura de sus omóplatos. Sus cuerpos se aproximaron, tomándose medidas, calculando distancias. Ella cerró los ojos y rodeó su cuello.

Un nuevo giro los hizo tropezar con una piedra olvidada a propósito entre las briznas de hierba. Cayeron ambos a plomo, con la liviandad de una pluma, siendo acogidos en el seno del manto verde cubierto de rocío. Atravesaron capas y capas de tierra, hasta precipitarse en un vacío oscuro y frío. El joven aterrizó con una rodilla hincada en el suelo etéreo. Extendió los brazos y detuvo la caída de ella, apoyada de espaldas sobre su fuerte hombro, alargando sus brazos para mantener el equilibrio próximo a desaparecer.

Se alzaron de nuevo, rodeando él su cintura con una sola mano. Ella extendió un brazo por encima de sus hombros, situándose a escasos centímetros de su cuerpo. Sus aromas se mezclaban y confundían, sus presencias se convertían en una sola que llenaba la nada a su alrededor. Volvieron a girar y sus cuerpos se inclinaron simultáneamente hacia un lado, esquivando un destello, una estrella fugaz que cruzaba aquel firmamento terrenal. Otras la imitaron y la pareja se afanó en sortearlas trazando improvisados vaivenes, sin llegar a separarse el uno del otro, por miedo a perderse en aquel esotérico emplazamiento.

Sin darse cuenta, el trazo de sus pasos los guio hasta el borde de un precipicio. Sus pies lo bordearon, rozaron el abismo igualmente oscuro que se abría más allá. Pero, en ese momento, una luz se materializó a un lado. Se hizo cada vez más grande e intensa, acompañada por un ruido atronador. La locomotora no tardó en pasar fugaz a su lado, barriendo el precipicio y dejando tras ella una estela de aire que los alejó del peligro y mutó el escenario.

Cuando sus ojos se adaptaron a la luz, se descubrieron en el centro de una concurrida estación de tren. A su alrededor, una multitud de viajeros se afanaba en recorrer el andén, acompasando sus zancadas al tictac del gran reloj en la pared, consumiendo sus rutinas. Sus murmullos y conversaciones se mezclaban con el ruido de las bocinas y los mecanismos, componiendo una partitura digna de los más laureados autores. Pronto los dos jóvenes se vieron arrastrados por la masa. Los pasajeros parecían transitar a su lado, sin reparar en su presencia, con la mirada perdida al frente, mientras los hacían deslizarse adelante y atrás, a izquierda y derecha, siempre juntos e inseparables, evitando ser arroyados.

Entre indómitos vaivenes guiados por la aleatoria concurrencia, una farola de pie se interpuso entre los dos. El puzle completo que sus figuras habían formado se vio súbitamente fracturado. Ella resultó arrastrada por la marea, alejada de su joven caballero que, armado con nada más que su afán por reencontrarla, se dejó arrastrar también, siguiendo su estela. La encontró subida al escalón de entrada a uno de los vagones. Se detuvo frente a ella, sus rostros a la misma altura, sus labios separados por la peligrosa distancia de un suspiro. Les costaba reprimir aquello que sabían ambos sentían desde el primer instante, desde el inicial cruce de miradas. Resolvieron tácitamente dejarse llevar, consumar aquello que llevaba fraguándose entre ellos desde que el tiempo es tiempo.

La sacudida del tren, repentinamente puesto en marcha, aproximó todavía más sus cuerpos, aproximándolos a un punto de no retorno que ambos ansiaban alcanzar. Cerraron los ojos y aguzaron sus sentidos, dispuestos a atesorar cada matiz de la experiencia. La nube de vapor exhalada por la chimenea de la locomotora los rodeó, invadiendo sus pulmones, forzándolos a abrir los ojos.

Ya no estaban en la estación; tampoco en la colina o en la nada. Se encontraban en una cuerda floja, extendida sobre el infinito mar. Las olas danzaban un metro más abajo, haciéndoles llegar su salado aroma y una fresca brisa azulada. Se mantenían en perfecto equilibrio, sujetándose el uno al otro para evitar caerse, buceando en sus miradas, aprovechando aquel instante de forzada calma. La brisa fue más tenaz que ellos y logró hacerlos caer hacia un lado.

Pero sus pies permanecieron unidos a la cuerda y, en lugar de sumergirse en las frías aguas del océano, quedaron colgando de la cuerda, que se convirtió en el suelo azulejado de una piscina. Sobre sus cabezas, la superficie del agua desdibujaba un techo adornado por dorados frescos más allá de esta. En el extremo opuesto del ilógico emplazamiento, una puerta se abría, ocultando tras una luz resplandeciente aquello que se hallara al otro lado. La sensación de que aquel era el lugar al que debían ir, de que allí encontrarían aquello que habían anhelado desde el primer instante, invadió sus corazones. Inspiraron, llenando sus pulmones misteriosamente no del agua que los rodeaba, sino de aire, al tiempo que unas diminutas burbujas gaseosas se elevaban hacia la superficie en lo alto. Dieron un primer paso y sintieron cómo sus pies se veían atraídos hacia el suelo, en lugar de alejarse flotando de la base, como hubiera sido de esperar. Con la primera zancada, avanzaron a través de la masa líquida, aterrizando algo más adelante con extrema ligereza, como si lo que dieran fuera un paseo por la superficie de la Luna.

Continuaron avanzando, él siguiéndola a solo un paso de distancia, aproximándose cada vez más hacia esa puerta, hacia esa luz cegadora, hacia ese desconocido y ansiado destino que los esperaba más allá. Con el último salto, atravesaron el portal y sintieron sus cuerpos caer, hasta aterrizar ambos en idéntica posición, sobre un suelo de madera, con las piernas cruzadas, la de atrás flexionada y la delantera estirada hasta la punta del pie, con los brazos extendidos cual alas desplegadas a su espalda y con el torso y la cabeza inclinados hacia delante.

Un atronador sonido los hizo reaccionar. Tras dedicarse entre ellos una cómplice sonrisa, levantaron la mirada hacia el frente y descubrieron el patio de butacas abarrotado de engalanadas damas y caballeros, de pie delante de sus asientos, deshaciéndose las manos en una emocionada ovación, agradeciendo a la pareja de bailarines el haberlos transportado en un viaje a través de mundos imposibles sobre aquel escenario.

12 de Agosto de 2020 a las 10:46 0 Reporte Insertar Seguir historia
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