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Valentino Valentino -

De mi libro "Cuentos Trumpianos". Es una serie de cuentos que reflejan en la vida cotidiana las consecuencias del gobierno de Trump y su impacto, a veces irónico y paradójico, debido al chovinismo, al cretinismo, la ignorancia científica, la realidad alternativa y al racismo que si bien eran evidentes en su campaña política, nadie se lo esperaba seriamente como parte de sus políticas primordiales y cardinales de su gobierno. Primero porque no era necesario, y segundo, porque era una estupidez. Que lo disfruten.


Cuento Todo público.

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La caja de palomitas de maíz

Mis acciones son mis únicas pertenencias. No puedo escapar de las consecuencias de mis acciones”, Thích Nhất Hạnh.


-O-


Bajo el nuboso y frío cielo de Washington, Distrito Central, a la siempre lista y estupenda tía Nikki se le había ocurrido una gran idea: asombrar a su sobrino el pelirrojo, Nicholas, con el mejor regalo de cumpleaños del Mundo. Se lo merecía por rubicundo, quizá el único en su familia, cuyo origen hindú era imposible de ocultar. Además, le sobraba tiempo, quizá dos semanas, para que pudiera recibir el pedido por correo.

Para tal efecto, caminó a su escritorio, tomó su estilográfica Montblanc Meisterstück, cubierta de oro rodiado de 18 quilates, valuada en 175 mil dólares, y la puso sobre una página blanca, no sin antes echarse a reír por el recuerdo que esta pluma estratosférica le traía a la mente. Recordó que el ex presidente checo y ahora lobbista libertario, el señor Klaus, se la “había traído” de Chile y que, inclinándose ante ella, se la obsequiaba ejecutando una parafernalia ridícula, la más jodida y ridícula que hayan podido imaginarse: nuestro Klaus se le había arrodillado y extendido sus dos brazos como si le ofrendara aquella joya a la encarnación de una diosa, su exótica e índica diosa, la furiosa y sensual Kali. Talvez por el hecho de que el señor Klaus viniera de Praga, más su fisonomía caucásica y violencia de maneras, la situación se le presentaba a sus ojos como una reminiscencia antigua y medieval, haciéndole recordar la anécdota que le susurró al oído el embajador alemán en su día, cuando auxiliaba a los embajadores en la ONU, sobre un tal Don Ulrich von Lichtenstein, gran caballero folletinesco, ilustre hombre del siglo XIII idiotizado por su propio tiempo, cuya dignidad y hombría no conocían el temor ni la vergüenza a causa del amor. Le aterraba que aquel hombre se explayara en su estupidez.

“ -¿Será posible?-le preguntó ella irradiada por la brillantez dorada que sobresalía de la pluma.

“El señor Klaus, sin emitir una sola palabra, habría cerrado humildemente los ojos con el puño en el pecho. Toda su entregada actitud parecía decir: “Tuyo por siempre, mi Señora”.

“-No puedo aceptar tan costoso presente -prosiguió ella, rechazándolo, más que todo midiéndolo.

“-No, no, no -se apresuró a gemir Klaus, dejándose caer a lo largo y ancho del piso, sobre sus pies, besándoselos repetidamente-. Acepte mi humilde obsequio, mi Señora. Es la representación de mi furibundo amor.

“-Basta, basta, basta-, había gritado Nikki, horrorizada; acto seguido, presa de los nervios y de forma involuntaria, le había lanzado un puntapié que le rajaría la frente al libertino expresidente.”

Fue un momento bochornoso. Ahora recordaba, carcajeándose, al tonto de Klaus tirado en el suelo, lloriqueando, mientras bebía su propia sangre y balbuceaba su nombre. Era un idiota. Y el tiempo le daría la razón. A la semana de aquel pantagruélico encuentro, se había desatado el escándalo: el señor Klaus, en una visita a Chile, le había robado la estilográfica al presidente Sebastián Piñeira, en vivo y en directo, ante las cámaras de la televisión mundial.

No era culpa de Nikki; enfurecida por aquella presencia rastrera, recordaba que había abierto la puerta y largado de la habitación. Pero con la estilográfica en el bolsillo. Muchos meses habían pasado y ahora vivía tranquila en su fastuosa casa de los suburbios, libre del desasosiego de Capitol Hill.

“Pobre Klaus”, se dijo al tiempo que escribía la siguiente nota:

“Señores PopCornWorld: Por medio de la presente nota, les pido que me envíen una orden de palomitas a la dirección especificada. Pagaré con tarjeta de crédito en su sitio web ”.

Esta última palabra la trajo a la realidad. ¿Qué estoy haciendo? En pleno siglo XXI, y yo con una pluma medieval en las manos para hacer las compras. Increíble. Voy a pedir la orden de palomitas por internet. Cogió el papel e hizo una bola que desechó en el bote de basura. Guardó la estilográfica en el estuche y después le puso llave a la gaveta.

Le cayó una llamada al celular mientras se enmontaba las gafas y buscaba a la empresa por Facebook.

-Hola, Nikki -escuchó del otro lado.

-Hola, Stepien.

-Donnie ha querido contactarte. Te has vuelto invisible. ¿Qué sucede?

-Disfruto de mi vida, amigo -le contestó sonriente-. Dime, ¿para qué quiere verme Donald?

-Bueno -dijo carraspeando Bill Stepien, director de campaña por la reelección, “Mantengamos a América Grande de Nuevo” (intraducible), del presidente Trump-, estamos consolidando los cuadros de trabajo para que sea reelegido. ¿Queremos saber si estás listas para involucrarte directamente con nosotros?

Nikki lo pensó dos veces. La proposición le traía malos recuerdos, principalmente porque desde ese mismo equipo de campaña habían trabajado para sacarla de su posición diplomática internacional. Dijeron de ella que no estaba de acuerdo con la personalidad “políticamente incorrecta” de Trump y que no lo apoyaba para que Estados Unidos se retirara de la “Agenda Globalista”, la camisa de fuerza que impedía a la nación más poderosa ejercer su dominio sobre las naciones más débiles, sin cortapisas. Unas malditas y putas mentiras.

-Donald sabe que tiene mi apoyo -dijo con tono escéptico, pulsando sobre el perfil de Stepien en la página de Wikipedia-. ¿Acaso no le has echado una mirada a mi cuenta de Twitter?

-Vamos, Nikki -dijo Stepien con su voz limpia y agradable-. Siempre fuiste la que sabía lo que se tenía qué hacer cuando las cosas se ponían difíciles.

“¿Tienes alguna idea de cómo superar esta bomba atómica del Coronavirus? Mira, es un hecho probado que vamos ganando y tenemos la reelección en la palma de la mano, pero no es apropiado confiarse, ¿entiendes?, más aún cuando las variables que la rodean son muy inestables y han convertido a este virus y a la economía en verdaderas amenazas para el presidente -acabó quejándose.

-Échale la culpa a China -replicó Nikki-. Después de todo, el chovinismo rural de los pueblos del interior juega a nuestro favor y el virus tiene su origen en China. Pan comido. Diles que es una arma biológica diseñada para acabar con la libertad y la república.

-Ya lo hicimos -le replicó Stepien-. No funciona. No impacta. Lo repetimos, repetimos y repetimos, créeme, pero ni el mismo Goebbels hubiera sido capaz de resucitar a ese muerto.

-Lo diré si tú no lo quieres. Creo que sientes que perderán la reelección. Vamos, hombre, dímelo con honestidad.

-Honestamente… -barbulló Stepien-, oye, ¿no estás grabando la llamada, o sí?

-Descuida, amigo.

-Las variables incógnitas, amiga -acabó confesándose Stepien-. ¿Entiendes lo que digo? Aquí no hay misterio, ni secretos: la economía se cae a pedazos, se hunde en una gran recesión; millones han ido a parar al desempleo, enfermos; y no me hables de la tasa de mortalidad, tú sabes, de la que tanto se han mofado sus enemigos en la cara del presidente; añádale a esto los recientes estallidos de convulsión social derivados del supuesto racismo institucional, tú sabes…

-Y el peculiar estilo de Donald…

-No toquemos ese punto.

-De acuerdo. Mira, ¿te sugiero algo?

-Dímelo.

-¿Por qué no retrasan o suspenden las elecciones? -propuso Nikki de ramplón, como si esa idea hubiera estado anidada en su cerebro por siempre; se escuchaba tan natural, lógica y fluida, que no era posible dejar de pensar en la verdad de aquella afirmación-. Es lo que hacen todos los presidentes alrededor del Mundo. Es algo normal. No debes verlo como algo ajeno a la política y la democracia. Es, por otro lado, un ejercicio democrático alternativo.

-Lo que me propones no tiene precedentes en Estados Unidos. Es decir, ¿cómo? -preguntó asombrado Stepien-. Nunca jamás ha ocurrido algo así.

-Ocurrirá si tú o Dios así lo desean -dijo Nikki-. Las condiciones están dadas, tú sabes, la gente no puede andar por allí en aglomeraciones debido a la mortalidad del virus. ¿Me captas?

-El presidente no cree en la fatalidad del virus.

-Lo sé. Pude ver su mitín en Tulsa -dijo Nikki estoicamente-. Él no cree, pero el pueblo sí, y eso es lo que realmente importa. ¿Me captas? Es su campaña, es cierto, pero el objetivo no es él sino la presidencia.

-¿Adónde me llevas, mujer?

-Escucha: el 3 de noviembre es el día señalado para las elecciones. Nada ni nadie podrá detenerlas, excepto… -dijo Nikki en suspenso.

-¡Excepto quién! -gritó Stepien impaciente, como un niño dócil y caprichoso.

-Excepto la Espada de Damócles -le contestó Nikki, relajada, riendo.

-Pero qué demonios -exclamó Stepien, burlado.

-Lo que quiero decirte es que por ningún motivo el presidente tiene que ser la causa para la suspensión de las elecciones. Lo puede sugerir pero no tiene que involucrarse en las operativos.

-No entiendo.

-Mira, Stepien. Es sencillo. El presidente siempre ha demostrado que es un escéptico acerca de la fatalidad del virus, por tanto, él está a favor de las elecciones y el voto presencial. Pero el pueblo y los demócratas no están de acuerdo con el voto presencial porque sí creen que el virus mata y están a favor de las elecciones pero a distancia. ¿Me captas?

-Todavía no.

-Aquí van las peras y las manzanas. Te lo explico. El presidente tiene que exigir que haya elecciones presenciales, lo que sus enemigos rechazarán por el riesgo de contagio masivo y convencerán al pueblo de que es verdad. En cambio, propondrán que haya elecciones a distancia, por correo. El presidente entonces, sutilmente, deberá desacreditar al Correo Nacional y su “fallida” infraestructura. ¿Me entiendes? Así deja a sus enemigos, ante los ojos del pueblo, en la situación que Damócles enfrentó con su espada de doble filo. Es la perfecta excusa para suspender el proceso. Ya estuvieran trabajando en eso.

Stepien se lanzó una gran carcajada, una y otra vez, mientras le gritaba por el teléfono:

“Eres una genio, Nikki, eres una genio”.

Al día siguiente, pudo ver cómo el presidente, gritando, recitaba en una entrevista del canal Fox News las siguientes palabras: “El Correo Nacional es una farsa, una maldita broma”. Incluso llamó, muy serio, al Director de Correos, el donante millonario de su campaña, Louis DeJoy para que arreglara el asunto y se comprometiera con la causa popular.

DeJoy comenzó a “arreglar el asunto” una vez colgado el teléfono; él era uno de los más grandes socios de los carriers multinacionales de los EEUU; y así como un feroz cazador que carga una arma potente para acabar con la vida de una víctima ignara e indefensa que pasta sola en las bajas praderas, así DeJoy calibró su mira con justa precisión para dar justo en el pecho de su ácerrimo enemigo, el Correo Nacional. Espero pacientemente hasta la medianoche, y entonces ejecutó su mórbido plan, que pasaría a llamarse “La masacre del viernes por la noche”, donde despidió a 23 de los gerentes más capaces y experimentados en logística postal. Nikki no podía estar más orgullosa.

El día del cumpleaños de Nicholas, Nikki estaba radiante. Los niños corrían de un lado a otro, con sus mejillas rosas y sus bracitos gordos blandiendo el garrote forrado con motivos mexicanos que golpeaba la piñata de charro michoacano.

De pronto, el timbre sonó. Nikki corrió a la puerta. Era el cartero. Ella retrocedió. Volvió a su oficina y sacó su Montblanc Meisterstück para firmar el recibo. El excelso regalo había llegado, la caja estaba ahí, puesta por el cartero en el filo de la puerta, aunque fuera de fecha y maltratada.

Algo no estaba bien. Abrió la caja y la esclerótica de sus ojos enrojeció. De la nada, Nikki pegó un grito de los mil demonios que juraba acabar con los anublados cielos y la vacuidad del universo.

-¿Y mi regalo tía? -le preguntó el inocente Nicholas, acercándose.

-Espera un momento… -le contestó ella, en seco.

-¿Tía, una caja de palomitas?

-¡Qué un rayo los parta a estos hijos de setenta mil putas!-gritó Nikki aventando la caja al descubrir que la bolsa de palomitas de maíz se había roto y desparramado por todo el recipiente.

-¡Estos hijos de ochenta mil putas! -repetía aumentado el número de putas vez tras vez-. ¡Estos hijos de noventa mil putas! Estos…

Nicholas se espantó de ver cómo un resplandor rojo salía de la cabeza de su tía, en tanto que sus ojos se abrían desmedidamente bajo sus lentes antirreflejos como si el kundalini de dos serpientes enroscadas alrededor de la columna vertebral de la diosa védica comenzara a elevarse y se aprestara a explotar como un bólido sacado de un manga japonesa, mientras estallaba profiriendo las más altas profanidades.

Corrió tras la caja, la rompió y la apuñaló sin remilgos con su luminosa Montblanc Meisterstück.

-¿Tía? -volvió a preguntar Nicholas, preocupado y con asombro.

Nikki, avergonzada de su tremenda rabieta, respiró en silencio y bajó las manos, que colocó en un acto sumiso dentro de la agujereada caja. Era demasiado riesgoso para la salud mental del niño que presenciara aquel acto de suprema violencia. A Nicholas no le importó en lo absoluto, salvo al principio, cuando lo agarró desprevenido; acercó el rostro para ver en el fondo de la caja y pronto avistó el brillo dorado de la estilográfica.

-¡Mi regalo, mi regalo! -gritó eufórico arrebatándosela de las manos sin previo aviso.

-¡Nicholas, no, no, Nicholas, no, no! ¡Entrégame el bolígrafo! Esto es un error… -balbuceó Nikki-. ¡Nicholas…! Por favor...

-¡Mira, mamá, lo que me regaló la tía Nikki! ¡Una pluma de oro!

Su madre abrazó a Nicholas y ambos se fusionaron en abrazo de alegría y amor; los dos le echaron una mirada tierna de gratitud; de sus redondos ojos empezaron a caer unas cuantas lágrimas que hicieron que Nikki se mordiera los labios.

Se limpió el rostro de manera gatuna. Alguien tenía que pagar por esta desgracia. De ninguna manera era culpa suya, ni de Stepien, ni de Trump, ni de Louis DeJoy, por desmantelar el Correo Nacional, ¡sino de la maléfica compañía de palomitas de maíz! ¡Malditos idiotas!

Impotente, agarró su teléfono y posteó en su cuenta de Twitter, sumamente indignada:

“Ok @PopCornWorld: Hice un pedido de una cajita de palomitas de maíz para el cumpleaños de mi sobrino Nick; llegó desordenada y no cumplieron con las fechas de entrega sin explicación. No volveré a comprarles. #SobrinoDecepcionado.”

Casi al instante, el presidente Trump escribió el siguiente mensaje, también Twitter:

“[En un Gif insertado, la imagen del presidente se planta sobre la leyenda TRUMP 2020] CÓMO EL TRUMPISMO SOBREVIVIRÁ A TRUMP – LA FORTALEZA DE SU RESPALDO (POLÍTICO). [Luego en el Gif aparecen imágenes de banderines que se suceden uno arriba del otro y que caen hasta el infinito] TRUMP 2024… TRUMP 2028… TRUMP 2032... TRUMP 2036… - TRUMP 5000... TRUMP 6000... TRUMP 7000... TRUMP 8000... TRUMP 9000… - TRUMP EEEE… - TRUMP 4EVA….”

12 de Agosto de 2020 a las 01:04 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Valentino - Al principio fue el Verbo.

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