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criseme Cris Eme

Erin Dunne es una bruja de diecisiete años, con una apacible vida en Kilronan junto a su familia hasta que una gran tormenta trae consigo a Aran, un joven selkie herido que se ve obligado a guarecerse en su casa hasta poder sanar y regresar al mar. La presencia de Aran despierta en Erin un fuego que la devora cada día que pasa junto a él que la llevará a tomar decisiones que cambiaran su destino y el de su familia.


Fantasía Todo público.

#brujería #selkies #irlanda
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Capítulo primero


El mar aún se encontraba revuelto cuando salieron a faenar tras días de tormentas encadenadas. El viento soplaba húmedo y la resaca aún era latente a su alrededor, enredándose en la proa de su barca currach todo tipo de desperdicios arrastrados por la corriente marina.

Fergus Dunne sabía que aquel momento era el idóneo para una buena pesca, los peces buscaban alimento y la turbiedad de las aguas provocaba que sus anzuelos pasasen completamente desapercibidos. Sin embargo, pasaban las horas y ninguno de los pasajeros de aquella barca estaba teniendo éxito en su empresa.

—Creo que deberíamos darle una ayuda a la madre naturaleza, Fergus —la voz grave de su hermano Colin le sacó de sus pensamientos—. Si no, terminaremos volviendo a casa con las manos vacías otra vez.

Fergus acariciaba su espesa barba pelirroja al tiempo que intercambiaba una mirada con su hijo mayor Bran, quien parecía impaciente y tanto desesperado por la falta de acción. Entonces tomó una decisión y dijo a sus acompañantes:

—Sacad vuestras varitas.

Ambos le obedecieron y se mostraron unas extensas varas de madera de roble cuyo poder oculto fue rápidamente perceptible para los demás. Fergus cerró los ojos y sintió cómo la sangre que corría por sus venas reaccionaba a aquel poder que manaba de su varita, mientras murmuraba unas palabras al unísono que sus acompañantes, provocando un estremecimiento desencadenarse en su interior.

Cuando abrió los ojos, notó un cambio repentino en el agua que les rodeaba y los tres intercambiaron una sonrisa satisfecha. Aquella vez sí iban a poder ofrecer una buena mercancía en el mercado de Inis Mor.

Una pequeña ola apareció moviendo ligeramente su embarcación hacia babor y rápidamente se colocaron en los remos dispuestos a girarse en esa dirección. Habían conectado con el mar y éste acudía presto a ayudarles, podía sentir aquella conexión fluir por sus venas.

Mientras se dejaban arrastrar por las corrientes marinas en busca de la tan deseada pesca, Fergus pensaba en aquel maravilloso poder con el que los dioses ancestrales habían brindado a su familia desde tiempos inmemoriales.

Una magia ligada a los elementos naturales y una especial sensibilidad mágica transmitida de generación en generación que los había acompañado a lo largo de toda la historia de su legado familiar.

Era consciente de las suspicacias que levantaban en el pueblo y de las leyendas que se habían evocado acerca de los extraños fenómenos que siempre rodeaban a los Dunne a lo largo de las islas Aran. Un halo de misticismo siempre les había envuelto en el pueblo de Kilronan que sólo se había visto minorado por el avance imparable de la era tecnológica entre sus vecinos. Las supersticiones quedaban relegadas a un segundo plano y no podía estar más contento por ello. Su secreto seguiría estando a salvo.

El mar seguía guiándoles y se aproximaban sorprendentemente hacia los acantilados, provocando que los tres tripulantes intercambiasen una mirada extrañada, pero decidieron dejar que el mar siguiera guiando sus pasos.

Una fina lluvia comenzó caer sobre sus cabezas, pero se encontraban bien resguardados por la lona que cubría la embarcación, la temperatura había vuelto a descender y Fergus pudo ver cómo Bran se arrebujaba con su impermeable buscando preservar un poco más su calor corporal.

Él tomó de la mano a su hijo y pudo notar cómo la magia del agua había invadido todo su cuerpo, haciéndole perder por completo la armonía con el resto de los elementos naturales que debían mantener en su cuerpo. Sin mediar palabra, tomó su varita y la posó sobre el pecho de Bran tras susurrar el conjuro adecuado.

—Evita que un elemento tome el control de tu cuerpo —le advirtió de forma queda— Podrías acabar muriendo de frío si tu magia del fuego disminuye tanto.

Bran asintió con una sonrisa y pudo ver que, tras aquel hechizo, volvía a recuperar el color de sus pecosas mejillas.

Más aliviado, volvió a retomar la atención a lo que tenía delante viéndose cada vez más cerca de las escarpadas rocas del acantilado donde las olas acudían a morir cada vez con más violencia a medida que el viento se volvía más intenso. Frunció el ceño, aquel no era un lugar habitual para la pesca.

—¡Fergus! —la voz de su hermano le sacó de sus pensamientos y se volvió en su dirección— Noto una presencia mágica no lejos de aquí.

Pudo ver cómo la varita iluminaba de Colin señalaba hacia los acantilados, justo en la misma dirección en la que la corriente les estaba dirigiendo. ¿Acaso ese era el objetivo al que les dirigía el mar?

—¡Sacad los remos! —les ordenó un poco alterado— Tenemos que sortear los riscos o si no, nos estrellaremos.

Se pusieron manos a la obra, pero cuando trataron de moverse para esquivar la primera roca que les asaltó, la corriente cambió de rumbo y les alejó del peligro, dejándoles patidifusos.

—Esto no me gusta nada, ¡remad! —bramó asustado y fue rápidamente obedecido.

Remaron con todas sus fuerzas, tratando de abandonar aquella corriente marina, pero ésta volvía a atraparles y a encaminarles en la misma dirección, agotándoles y empapándoles.

El remo de Bran se partió y finalmente los guardaron, resignados a lo que fuera a ocurrirles. Sus varitas no obedecían y parecían ser cómplices del cometido que el mar parecía reservar para ellos. Sólo pudieron agazaparse en el centro de la currach y permanecer apretados los unos a los otros buscando una protección que no esperaban recibir.

Entonces la barca detuvo su recorrido, dejándoles a la deriva entre los acantilados. Los tres se aproximaron al borde de la barca y escudriñaron su entorno con el gesto confundido en sus rostros.

Se encontraban en la parte del acantilado más expuesta a las inclemencias meteorológicas por lo que su superficie era completamente escarpada e imposible de acceder por ninguna parte.

—¡Papá, no se mueve el agua debajo de nosotros! —le avisó Bran obligándole a desviar su mirada hacia abajo.

Vio que su hijo tenía razón. El mar había creado un oasis alrededor de su barca en contraste con lo picado que se encontraba en la cara más externa de la isla, como si quisiera protegerles hasta que cumplieran la misión que les había impuesto.

Dándose cuenta de que no tenían otra opción, volvieron a sacar los remos y comenzaron a moverlos en el agua mientras Bran utilizaba su varita para guiarles en la dirección correcta.

—¡Allí veo algo! —anunció el joven, señalando con el dedo.

Fergus y Colin se volvieron siguiendo el sentido que les mostraba y pudieron apreciar algo, atrapado entre unos salientes del acantilado, como un pequeño bulto que se hacía más visible a medida que iban acercándose más.

—¡Es un náufrago! —cuando Bran gritó aquello, acababa de darse cuenta él de lo mismo.

Parecía un hombre, pero pudo apreciar una larga cabellera negra que ocultaba su rostro y hombros, haciéndole dudar de inmediato de si no se trataría de una mujer.

—¡Bran! —llamó a su hijo, quien se volvió hacia él con un gesto de emoción en su rostro— Busca la cuerda, voy a intentar escalar el risco.

Su hijo obedeció y Fergus contempló con fastidio que la lluvia se había vuelto más constante y la superficie de la roca estaría más resbaladiza que nunca, tendría que utilizar algún hechizo que le ayudase a no despeñarse.

—Aquí tienes, papá —dijo Bran entregándole la cuerda—. El tío y yo podemos impulsarte con algún hechizo del viento, no creo que puedas agarrarte a nada.

—El viento está descontrolándose, no creo que atienda a nuestro llamado —le indicó, descartando la idea—. Tengo una idea mejor.

Cuando la barca se quedó a la altura de la roca, Fergus posó su mano en ella y, con la varita, en la otra, invocó al elemento tierra. A pesar de que en su familia eran experimentados brujos en la magia del agua, podían invocar a los demás elementos cuando más los necesitasen.

Notó como todo su esqueleto reaccionaba a su ruego, liberando la magia que le permitía conectar con la tierra y ésta le respondió al instante, secando la roca del agua que caía sobre ella y creando unos pequeños salientes en la roca para ayudarle a escalarlo.

—Tengo sólo unos minutos —les informó mientras se disponía a subir— ¡mantened el bote cerca de la roca!

Colin y Bran asintieron y él se decidió a lanzar la cuerda a lo alto de la roca, hasta que se quedó atorada y firmemente sujeta para comenzar la escalada.

No se resultó difícil moverse por aquella roca y, en cuestión de minutos, alcanzó la cima posando los pies en un terreno mucho más estable. Seguía lloviendo, pero su impermeable aún le mantenía seco y continuó moviéndose hasta que divisó el cuerpo a pocos metros de él.

Se trataba de un hombre tendido del costado con la cabeza colocada detrás de una roca que le protegía de las olas que se estrellaban contra el acantilado. Una maraña de pelo negro despeinada envolvía su rosto, dificultándole la identificación.

Fergus se acercó despacio en el momento en que una ola moría contra la roca con violencia, salpicándole y empapándole de los pies a la cabeza. Se sacudió en un intento de librarse del exceso de agua en su cuerpo y continuó su trayecto.

Llegó hasta él y le inspeccionó ligeramente. Apartó el pelo de la cara y descubrió un rostro de bellas facciones un tanto maltrecho por los achaques de la tormenta, pero sin perder ni un atisbo de su belleza.

Sorprendido por el hallazgo, continuó observándole y descubrió una fea herida en el costado derecho con numerosos rasguños, la pierna derecha con una fractura abierta por la que asomaba ligeramente el hueso de la tibia y un fuerte golpe en la sien por la que seguramente habría perdido el conocimiento.

Con cuidado, lo movió para contemplarle mejor y descubrió bajo su cuerpo algo que le hizo sobresaltarse. Frente a él, encontró una piel de foca que aún se mantenía ligeramente adherida a la espalda del joven.

Fergus se llevó una mano a la cabeza y resopló ligeramente. Aquel hombre no era un simple marinero naufragado, era un selkie que no había podido terminar de mudar la piel antes de alcanzar la tierra y si no hacían algo para ayudarlo, moriría deshidratado y asfixiado.

Contempló absorto el mar que le rodeaba y entendió de inmediato que aquello era a lo que le había estado dirigiendo desde que invocaron la magia del mar. No podían abandonarlo allí, el mar no les permitiría volver a casa sin él.

Así que, sin pensarlo ni un segundo más, tomó aquel cuerpo inerte entre sus brazos y lo cargó cuidadosamente al hombro para comenzar a deshacer sus pasos hacia donde le esperaban sus acompañantes. El peso añadido de aquel ser dificultaba su caminar y sólo deseaba que no fuera demasiado tarde para él.

9 de Agosto de 2020 a las 20:02 0 Reporte Insertar Seguir historia
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