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u15958318051595831805 Emy F. Ledo

Yaretzi, estudiante de arqueología, amante de los gatos; ella que vive en libros de historia tuvo un día que enfrentarse a ellos. Condenados, seres que fueron contaminados, envenenados para hacer que el mundo volviera a ser verde, a su antigua gloria. Error. Ahora tiene que buscar a su familia, o lo que queda de ella. Un trip road por México. Intriga, un país extinto, seres que devoran corazones... Yaretzi, su hermana pequeña Abigail y Alex, su mejor amigo buscarán llegar a la Ciudad de Mexico así sea lo último que hagan.


Post-apocalíptico Sólo para mayores de 18.

#zombies #roadtrip #rock
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El gran fin


Yaretzi suspiro. Parecía que últimamente era lo único que sabía hacer. Todo iba mal o al menos así iban las cosas. Se levantó del frío piso de su departamento, el cual estaba repleto de libros hasta el tope del techo; libros de historia prehispánica mexicana, culturas perdidas del Sudamérica, egipcios, griegos, romanos y demás culturas que en ese instante no importaban en absoluto.
Se acercó a la ventana a ver que sucedía. Cientos de cadáveres apestando en las aceras de su amado Guanajuato decoraban la ciudad. Se había apagado el sol... Sí, eso resultaba tan gracioso y semejando aquella profecía que el sol renacería; y exactamente eso había pasado. El sol había hecho una explosión y se había apagado, ahora emitía un brillo débil, menor que el de la luna. Cuando eso sucedió, ella había llegado de ir al supermercado, sería un largo fin de semana haciendo el ensayo sobre el diseño perteneciente a las pirámides de Teotihuacán y entonces sucedió. Un gran brillo la hizo tirarse al piso, pensó que una explosión tuvo lugar cerca y decidió esperar... Su cerebro no habría pensado que tendría que ingeniárselas más que nunca para poder sobrevivir a lo que apenas empezaba en el mundo.
Las telecomunicaciones habían cesado de golpe desde ese día y una estación de radio muy débil emitía a veces las noticias que parecían empeorar con el tiempo. Yaretzi corrió al baño a vomitar. El olor a putrefacción siempre hacia que se la pasara en el baño.


Malditos bastardos – dijo ella limpiándose los labios. Tiro de la palanca e hizo que se fuera lejos aquel desayuno que tanto le había costado hacer. El agua que apareció en el váter era rosa, ese rosa que igual le daba asco. Las cosas habían cambiado desde aquel día. El gobierno único que había surgido después del apagón solar había tenido la maravillosa solución de pelear por agua... Y entre tanto para ganar la poca agua que existía, la habían envenenado pretendiendo así poder retener el líquido vital sin saber que solo empeorarían las cosas. Mucha gente termino envenenada al igual que animales y plantas, aunque algunas habían sobrevivido. Yaretzi tenía agua potable debido a aquel ingeniero, el cual aún le agradaba ver cada que podía salir sin ser atacada por aquellos sobrevivientes sedientos y enloquecidos por el veneno que corría por sus venas.
Sonrió. Vaya que no tenía ganas de hacerlo y tampoco había una razón pero al escuchar la puerta principal abrirse y escuchar a Alejandro entrar fue la razón de aquella sonrisa que dejaba ver toda la blanca dentadura. Alejandro era el ingeniero que ese día iría a verla si podía lograr llegar al departamento de Yaretzi. Él quería ir a la Ciudad de México, ahí estaba su familia e ir solo en esa travesía, era de pensarse no solo dos veces. Salió del baño con el pañuelo azul mojado con agua de colonia de naranja. Alejandro estaba ahí, leyendo de nuevo ''Una emperatriz en la noche. Correspondencia desde la locura de la emperatriz Carlota de México, febrero a julio 1869'', uno de sus favoritos.
Idiota, deja ese libro en su lugar, que con esta sociedad o lo que queda de sociedad ese libro es un tesoro —dijo ella con la voz amortiguada por el pañuelo.
Alejandro llevaba en la cara un cubre boca blanco y una mochila cargando en los hombros. Ese día emprenderían su viaje. Lo habían planeado bastante con todas las posibles situaciones que pudieran tener. Los pocos recursos que aún tenían a su alcance les habían contado bastante; la pequeña camioneta que tenían guardada en una iglesia la habían robado, y no decir de la gasolina... Durante meses habían estado saliendo cada noche con una sartén y una raqueta en mano para robar la poca gasolina aun existente en los autos. Lo más difícil había sido la comida, fueron unos ladrones desde que el agua había sido contaminada y los seres humanos parecían zombis solo que estos no comían cerebros, les arrancaban el corazón y después los ojos de sus víctimas, para finalizar con el resto de cuerpo, aunque disfrutaban bastante matar a los dueños antes de quitarles ese latiente órgano. Eso le causaba muchísima gracia a Yaretzi, puesto que parecía un sacrificio que la gente creía que hacían antiguas civilizaciones.

Alejandro dejó el libro en su lugar y se quitó el cubre bocas, sonrió mostrando su dentadura con brackets al momento en que se acercaba a la ventana.
Son las 10 de la mañana, los condenados aparecerán tarde o temprano, sabes que ellos aún tienen rasgos humanos —mencionó mientras veía a través de las maderas de la ventana a unos condenados caminar como cualquier persona sana. La diferencia entre un condenado y una persona sana eran los ojos y aquellas úlceras en la piel color morado. Sus ojos, era el primer síntoma de que estaban "condenados". Su esclerótica se volvía color escarlata y de ahí iba cambiando su tonalidad hasta estar completamente negra. Los que iban caminando ese día iban con los ojos negros. Una ventaja para los demás, era que eran algo torpes pero no por eso lentos como tortuga. Sus pasos eran cortos y pausados, aunque si varios condenados se reunían, eso podía ser el fin. El gobierno había intentado crear una cura, la cual en lugar de ayudar, había afectado aún más la situación haciendo que ciertos casos de condenados pudieran soportar más antes de matarlos definitivamente. Alejandro suspiró y vio como Yaretzi repasaba la lista de cosas que llevarían a su viaje.


Cuando la gente empezó a morir, se hicieron de armas poco convencionales para poder defenderse entre ese caos. Habían robado unas cuantas espadas que habían sido ocupadas en la independencia, bolas de cañón, raquetas, sartenes, dos hoces, machetes, ácido muriático al por mayor, cloro, tijeras para podar. Asaltaron cuanta casa abierta vieron en búsqueda de comida y demás, ya que los condenados atraían a sus presas fingiendo que había casas seguras, cuando la realidad era otra. Tenían tiempo suficiente para poder dormir antes de poder escapar hacia el Distrito Federal. Yaretzi alzo la vista hacia Alejandro mirándolo fijamente tratando de recordar algo, o al menos esa expresión parecía tener.
¿Trajiste los discos? No quiero andar por la carretera sin tener nada que escuchar más que tus tonterías de ingeniero —tomo una almohada y la lanzo al chico que señalaba su maleta y una mochila.
Todo está listo para irnos a las 12 de la noche. —Alejandro miro su reloj para ver la hora y volvió asomarse hacia la ventana donde había unos cuantos condenados comiendo cadáveres en la calle y observo la tenue luz que daba el sol.
Y en lugar de dormir, tenemos que repasar el viaje. Tardaremos bastante en llegar al Distrito y aún no sé nada de mi familia, pero lo lograremos con tu sagrado cerebro —decía el chico haciendo una reverencia mientras se reía.
Y tus técnicas de cómo romperle los hue...sos a esos malditos condenados —Se acercó a Yaretzi para ayudarle a doblar un mapa.— ¿Crees que en el DF este más controlado conforme a los condenados?
Yaretzi dio un respingo y empezó a reír.
¿Estás loco, verdad? Allá estará peor. Quizá un poco controlado, imagino —dijo al ver el rostro de espanto de su amigo— O sea, allá esta la central y debe estar mejor que aquí.


El chico hizo una débil sonrisa y fue a la habitación. Yaretzi pensó en que era mejor no tener esperanza y así no llevar una sorpresa desagradable. Ella sabía que era perder a su familia, aunque había corrido con la suerte de tener aun a alguien a quien aferrarse y no darse por vencido. Su hermanita Abigail. Habían asesinado a su familia cuando ellos regresaban de Celaya. La pequeña Abi de 8 años había visto como unos condenados mataban a su padre y madre mientras ella y su hermano mayor huían para no ser devorados por una horda de condenados que avanzaba hambrientos de carne fresca.


Santiago, su hermano mayor se había ido con el ejército de nuevo. Él ya era General de Brigada y al no saber si volvería, decidió dejar a Abigail a cargo con Yaretzi. Así que solo eran ellos dos. Desde aquel día no habían tenido noticias sobre él.
Yaretzi fue hacia su habitación por las últimas cosas faltantes. Santiago la había provisionado de armas al poco tiempo de haber dejado a Abigail; las cuales solo las ocuparía en caso de extrema necesidad. Camino por la habitación hasta la pared izquierda y retiro con cuidado un póster de Lykke Li dejando ver un agujero del cual salía una cinta azul. Yaretzi jalo con fuerza haciendo que esa pared falsa se desprendiese y dejara ver armas exclusivas de la armada mexicana. Revólveres calibre .357 Magnum, pistolas calibre 9 mm, pistolas con sistema de ráfaga, escopetas de calibre 18; todas estas con sus respectivas municiones de sobra, tres bayonetas, una bolsa con granadas y unos rifles americanos.

Empezó a reír al darse cuenta que ahí estaba el gato de peluche que su hermano le había regalado cuando tenía 5 años. Era gracioso que algo "inocente" estuviese custodiando armas. Tomo el gato y lo arrojo a la cama, donde yacían dormidos Abigail y Alejandro. Fue sacando las armas con cuidado y las municiones para cada arma que tenía ahí. Sabia manejar todo ese armamento, su hermano había tenido la amabilidad de entrenarla siempre que podía verla. Suspiro cargando las escopetas para llevarlas a la sala. Dejo las armas sobre un sillón y fue a la ventana. Bastantes condenados se reunían afuera. Habían acorralado a unas personas y las estaban devorando. Tomo aire para no vomitar y volvió hacia la habitación para ir llevando las armas. Abigail estaba despierta jugando con el gato de peluche.
¿Tenemos que irnos hoy, nita? —pregunto la niña que tomaba otro suéter para abrigarse. Yaretzi sonrió queriendo darle seguridad a su hermana.
Sí, hoy nos iremos de viaje. Así que pon tus juguetes en tu maletita rosa para que nos vayamos —La niña se levantó de la cama y fue a la otra habitación. Yaretzi se sentó en la orilla de la cama, empezando a llorar por no saber que más hacer para proteger a su hermana. Alejandro despertó y tomo su mano.
Todo saldrá bien, tranquila. Somos más inteligentes que ellos —Alejandro la jalo para abrazarla y ella, sin dejar de llorar se quedó dormida abrazada a la otra persona que aún tenía viva en el mundo.

27 de Julio de 2020 a las 06:47 0 Reporte Insertar Seguir historia
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