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Juan Pablo Avendaño


Esteban y Jessica, una joven pareja, parecen haber encontrado la casa perfecta para ellos y su pequeño hijo Benjamín. El lugar es amplio y tiene una hermosa vista del pueblo. Todo parece ir bien para la familia, pero las tablas se dan vuelta lentamente y lo que antes era comodidad y felicidad, se transforma en miedo e inseguridad.


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Un golpe de suerte

Esta es una historia real. Dos de sus protagonistas me la narraron directamente, en un ambiente absolutamente diferente al tenor de la misma. Entre comida y algunos tragos, la conversación banal, propia de la juventud, mutó a algo mucho mas íntimo, como si nada. No hubo grandes cuestionamientos cuando pasamos de charlar sobre antiguos programas de televisión y nuestras ocupadas realidades laborales, a contarnos historias personales donde alguna vez había reinado el miedo. Esta historia, vale la pena acotar, sufrirá modificaciones en los nombres de sus personajes ya que, estoy seguro, no es algo que quieran volver a experimentar.


Los hechos transcurrieron en un tranquilo pueblo de El Salvador, alejado de la peligrosa San Salvador, su capital. En esta pequeña localidad, cuyo nombre no recuerdo, pero que me fue descrita como "polvorienta, y rodeada de cerros", Esteban, su esposa Jessica y el pequeño hijo de ambos, Benjamín, buscaban de cualquier forma dejar la humilde habitación en la casa de los padres de Jessica, donde estaban viviendo desde que la mujer había quedado embarazada.

Benji ya había cumplido los siete años y, a modo de regalo de cumpleaños, les había pedido a sus progenitores el mudarse a un lugar más amplio, ojalá a una casa. No es que el niño no disfrutara de la compañía de sus abuelos, quienes prácticamente lo criaron ante la obligación de salir a trabajar de ambos padres. Lo que Benjamín más anhelaba en el mundo era tener un perro, y eso, lamentablemente, no iba a suceder nunca mientras estuvieran en el modesto hogar de los abuelos.

Esteban y Jessica, quienes se habían convertido en padres a la corta edad de quince años, se esforzaban de manera increíble para que a su retoño no le faltara nada. El hombre trabajaba cargando sacos de cemento por el día, y limpiaba calles por la noche. Su mujer, en tanto, laboraba como operadora en un call center y, cuando se daba la oportunidad, acompañaba a su esposo barriendo las calles vacías cuando el sol se escondía.

Tal ahínco por un mejor pasar les había traído buenos frutos: después de más de siete años viviendo de allegados donde los padres de Jessica, la joven pareja por fin había reunido el dinero suficiente para independizarse tanto en lo laboral como en lo inmobiliario. Años de trabajo sin descanso, sin siquiera una semana libre para salir de vacaciones, les daban la chance de instalar su propio negocio y cumplir el sueño de muchos jóvenes de su edad: ser sus propios jefes.

"Mire, amor, encontré esta casa en el cerro Altavista. Venga a verla, que está espectacular". La vivienda que Esteban había hallado en el más reputado sitio web de compraventa y arriendo de propiedades de El Salvador era, sin lugar a dudas, una joya. Cumplía con todos los requisitos que la pareja se había impuesto: amplia, con un pequeño patio trasero, y lo más importante, contaba con una espaciosa habitación en el frontis, donde podrían instalar su quesería.

"¡Y mire el precio!", espetó la mujer. "Es casi la mitad de lo que pensábamos. Tenemos que asegurarla rápido". Ambos se miraron cómplicemente, y sonrieron al mismo tiempo al percatarse, bajo su perspectiva, que les había llegado un golpe de suerte. "Voy a llamar de inmediato, antes que alguien nos gane la pulseada", dijo un emocionado Esteban, quien con sus ojos vidriosos, ya se avizoraba viviendo en la enorme casa. Tomó su teléfono celular, y marcó los dígitos del número que aparecía en la publicación, anunciada por una tal Alicia.

"¿Sí?", contestó una mujer adulta, con voz áspera y carraspeada. "Buenas tardes. Llamo para preguntar por la casa de Altavista. Estoy sumamente interesado. ¿Cuándo podría ir a verla?" Al otro lado de la línea, un silencio sepulcral por algunos segundos hizo dudar a Esteban, quien pensó que había marcado erróneamente el número telefónico.

"Lamentablemente no me encuentro en el pueblo en estos momentos. Pero dejé las llaves dentro del buzón de correo. Si gusta, puede visitarla, y luego me avisa. Pero debo decirle que la casa está impecable, tal cual aparece en las fotos. Y por el hecho de no poder estar ahí para que la recorra conmigo, estoy dispuesta a ofrecerle un 15% de descuento con respecto al precio listado". Esteban, quien había hecho la llamada ocupando el altavoz de su teléfono, miró instantáneamente a Jessica, quien le devolvió la mirada ansiosa. Ambos no podían creer la suerte que estaban teniendo. "¿Podríamos ir a verla mañana mismo?" preguntó el joven padre, notando que ya atardecía, y prefería ir a conocer la casa con luz de día. "Por supuesto. Sólo le advierto que no se asuste si por ahí ve a mi hijo. El diablillo se quedó allá y a veces le gusta molestar cuando yo no estoy". Ambos padres sonrieron tiernamente. "No se preocupe, doña Alicia. Tal vez y hasta se hace amigo de nuestro Benjamín, que tiene siete". Un pequeño ahogo se sintió de parte de la mujer, del que se percataron tanto Esteban como Jessica. "¿Siete? Por favor, no lo pierdan de vista. Los niños de hoy en día son más traviesos y audaces que antes. Y si ven a mi Carlitos, díganle que mamá ya va luego". Esta última frase inquietó un poco a los potenciales arrendadores. ¿Qué madre deja a un niño pequeño solo? Seguramente quedó con algún familiar, pensaron, mientras Alicia iba a otro lugar por trabajo o negocios. "No se preocupe. Mañana le llamaremos como a esta misma hora, para confirmarle nuestra decisión. Pero permítame adelantarle que su casa nos parece muy bonita, perfecta para nosotros". La mujer rió, agradada por el comentario emanado de parte de Esteban. "Les va a fascinar. Hablamos mañana".


La pareja había pedido el día libre en sus respectivos trabajos, afín de poder visitar la hermosa casa que querían arrendar. Pidieron prestado el auto al padre de Jessica, quien gentilmente se los cedió a cambio de que, a su retorno, lo lavaran, ya que el cerro Altavista era especialmente sucio, con muchos caminos de tierra y poco pavimento.

Ambos subieron al noventero Nissan Tsuru rojo, y partieron rumbo al cerro. El viaje les tomó alrededor de veinte minutos, los que aprovecharon para discutir todos los detalles en los que se debían fijar. Estos tenían que ver principalmente con la pequeña ampliación en el frontis que usarían para instalar su negocio de venta de quesos. El tamaño de la habitación, su conectividad con el resto de la casa, y la potencia eléctrica disponible fueron algunos de los temas a tratar.

Preguntando por aquí y por allá, ya que no contaban con un mapa del cerro, Esteban y Jessica finalmente dieron con la casa. Era espaciosa, pintada recientemente color damasco, con estacionamiento para dos autos, un pequeño jardín en la entrada, y un extenso patio en la parte de atrás.

"Es perfecta", señaló Jessica, visiblemente emocionada. "Vamos a ver qué tal es por dentro", añadió Esteban, quien se notaba más contenido que su esposa. No quería dar su veredicto sin aún revisar el inmueble en su interior.

La joven pareja recorrió los dos pisos completos, maravillándose con cada espacio, cada mueble, cada vista que ofrecía el lugar. Esto último era algo que Esteban destacó especialmente: desde la casa podía ver prácticamente todo el pueblo. Era una de las características del cerro Altavista, el último habitado antes de una pequeña cordillera que marcaba la frontera con otros pueblos aledaños.


Luego de revisar la habitación que ocuparían como quesería, y darse cuenta que cumplía con todos los requisitos que buscaban, ambos coincidieron en que la casa era justo lo que necesitaban para empezar a consolidarse como familia. Pensaron en Benjamín, quien al fin podría tener el espacio que todo niño requiere y, por qué no, darle la sorpresa de un perro para la Navidad, que ya se avecinaba. También pensaron en los padres de Jessica, quienes podrían gozar de mayores comodidades en su hogar, aunque ya sin la presencia de su único nieto.

"No lo pensemos dos veces", aseveró Esteban, tomando su teléfono celular para luego comunicarse con Alicia. "Nos encantó su casa, señora Alicia. La queremos arrendar".

25 de Julio de 2020 a las 22:47 0 Reporte Insertar Seguir historia
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