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Las ultimas noches de invierno guardaban secretos que Odell no estaba dispuesto a soportar, por eso agudizaba el oído a la espera que no aparecieran.


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Abedul

30 de abril. Sajonia Anhalt, Alemania siglo xv.

La hoguera se había encendido horas atrás y podía verse desde lejos, mientras, el viento silbaba y se colaba entre los abedules que envolvían la aldea y llevaban el olor a ceniza a la cumbre del monte Brocken para advertir a quien pudiera estar allí, que no tenían miedo.

De las puertas de las casas se asomaba un pequeño ramo de hierbas, escobas con las hebras hacia arriba o algo de sal en el piso. Uno que otro pueblerino chasqueaba un látigo o provocaba ruidos con cacerolas para espantar los malos espíritus, aunque la mayoría de las personas evitaba permanecer demasiado tiempo bajo la oscuridad aquella noche.

Se sentía un aire extraño y para quien se atreviera a mirar hacia el bosque, el espectáculo no era prometedor. La niebla se entrelazaba en medio de los árboles y los más imaginativos podían ver siluetas escondiéndose entre las sombras. El pueblo estaba quieto, expectante y deseoso porque la noche avanzara y los primeros rayos del sol se asomaran para ahuyentar sus miedos.

Odell agudizaba el oído y no podía escuchar más que a las personas que avivaban el fuego. A veces oía el silbido del viento filtrándose por las aberturas de la casa y otras, oía a personas conversar tan lejos que pensaba que era su imaginación. Arrullaba a su hija que dormía entre sus brazos cuando oyó golpeteos en la puerta, no oyó las pisadas y por eso no se movió. Dos golpes seguidos y luego uno sonaron después y por fin pudo reconocer quien lo buscaba.

Cuando estuvo en frente de la puerta, respiró con fuerza y abrió.

De pie en aquel umbral se hallaba Gerda. Tan hermosa como la recordaba y tan fría, que sus huesos se estremecieron. Vestía solo con una blusa y el corsé rojizo típico, que se ajustaba a su joven figura, mientras el cabello lo traia trenzado y cubierto con un delicado pañuelo, eludiendo el frio de la noche primaveral. Miró al suelo y vio la sal esparcida en la entrada, arrugó la nariz y luego miró a Odell.

—Sabias que vendría —le reclamó, a propósito de la sal que formaba una línea delante de sus pies y que amenazaba con tocarla.

—Temía que no vinieras y que se presentara otro en tu lugar. —Se excusó, mientras fruncía el ceño.

Gerda se rascó el cuello permitiendo que Odell viera una cicatriz provocada por una soga antigua que no recordaba y que le provocó escalofríos.

—¿Me vas a dejar pasar? No puedo entrar si no me invitas. —Insistió con la mirada fija.

Odell sintió una punzada en el corazón que lo decepcionó. Deseó que este día no hubiese llegado. Se agachó y sacudió la sal con la mano derecha, luego se puso de pie. Con la izquierda señaló a Gerda el interior de la casa para invitarla a entrar con un gesto, dando a entender que era bienvenida.

A lo lejos los perros ladraban y las gentes seguían avivando el fuego, lo que hizo que Gerda antes de entrar, de soslayo, mirara hacia la oscuridad. Odell caminó hacia el pequeño caldero en un rincón de la habitación y le ofreció a Gerda un poco de comida que todavía permanecía caliente, pero ella negó con la cabeza.

—Odell —dijo. Miró hacia el suelo y apretó los labios.

—Entiendo —respondió él—, pero no lo acepto. Desearía que no te la llevaras.

—Hicimos un acuerdo, Odell. La necesito, he estado demasiado tiempo estancada y las señales se empiezan a notar.

Gerda se recogió las mangas de la blusa y mostró cómo la piel comenzaba a resquebrajarse, se tocó la trenza que llevaba debajo del pañuelo y se quitó un mechón de pelo.

—Si espero un año más desapareceré.

—No sé si pueda, me encariñé con ella.

Gerda dio vuelta la cara, siempre mirando el suelo, luego giró el resto del cuerpo y se alejó de Odell con paso ligero, como si flotara. Estaba inquieta e impaciente. Él oyó su largo suspiro retumbar en las paredes de madera.

—No puedo obligarte —dijo con desdén— este territorio es tuyo y lo protegiste bien, pero sabes que no estará segura para siempre. Supongo que imaginas que volveré año tras año y suplica tras suplica me la vas a entregar de todas formas. Porque si no es ella, será su hija o la hija de su hija. Y ellas no sabrán la verdad y será más doloroso no entender la razón.

—¡Basta! —protestó Odell—. Hace tres años me pediste que la cuidara, pero hace tres años estaba deprimido y pensaba que no importaba, no tenía un propósito. Cambié.

—Soy su madre, es lo único que debe importarte. Soy quien debe quedarse con ella.

—Ni siquiera la consideras tu hija, la quieres para poder vivir más.

—¿Me la vas a negar? —reclamó, mientras juntaba las manos y caminaba por la habitación.

Gerda perdía la paciencia a cada palabra que oía de Odell. Miraba en dirección a la habitación de la niña sabiendo que no podía acercarse a menos que la propia chiquilla la invitara a entrar. La necesitaba, debía llevársela para poder seguir existiendo y debía ser ahora, antes que se acabara la noche, antes que sus compañeras la abandonaran, porque el viaje hasta la cima del monte Brocken le tomaría tiempo y la aldea completa estaba protegida contra ella.

Pensaba en cómo convencerlo y se arrepentía de haberle dejado a su hija hace un par de años, pero en ese entonces no tenía el conocimiento suficiente para el maleficio; solo ahora que su entrenamiento había terminado podía utilizarla para rejuvenecer y recobrar vitalidad hasta que necesitara volver a engendrar una nueva criatura, salvo que la próxima vez no necesitaría dejarla al cuidado de nadie que no se la quisiera entregar después.

Miró al hombre que había sido el cuidador de la niña y lo odió, sintió verdaderas ganas de acabar con él, pero se resistió, no porque no quisiera, sino porque la sal que Odell quitó de la puerta se la había puesto en los bolsillos y esta le impedía tocarlo e incluso estar demasiado cerca de él. No podía envenenarlo porque él se había preocupado de proteger bien ese lugar para que no pudiese moverse con libertad y por eso se sintió prisionera. También quiso llorar, pero recordó que las lágrimas de una bruja solo estaban reservadas para él, para su amo, para el gran maestro que de seguro la esperaba en la montaña junto con las demás.

—Odell, querido Odell —dijo, esta vez con dulzura—, Olga no es tu hija, hicimos un trato recuerdas. Me la devolverías cuando regresara. Éramos amigos, me conoces.

—Conozco a la Gerda necesitada de atención que me dejó una nota junto a un bebé, prometiendo que no demoraría en regresar. Intenté guardar el secreto, pero esa bebé tenía marcas en la piel difíciles de ocultar y sabes lo que pasa cuando las personas las ven.

—Oh, eso. No es nada. Verás, las ratas a veces estaban demasiado hambrientas y mordían lo que fuese.

—Tobías y Hahn vieron a la pequeña, ambos estuvieron de acuerdo en el origen de las marcas. prometieron guardar el secreto porque creen que viviendo en un buen hogar pueda reformarse y convertirse a nuestra fe.

—¿Fe? —cuestionó y escupió el piso—. Ella lleva mi sangre, sangre que sirve para una sola cosa. Sangre que me pertenece y que le pertenece a él. Además, que crees que va a pensar tu hija cuando sepa que no la dejaste ver a su madre.

—Y qué crees que va a pensar cuando le diga que su madre es una bruja y la engendró para matarla. Va a estar feliz de estar conmigo.

Sin que lo esperaran golpearon la puerta con una piedra. Ambos se giraron en esa dirección y cuando Odell avanzó, Gerda levanto la mano señalándole que no diera ni un paso más.

—¿Sabes quién puede ser? —susurró.

—No —respondió él, pero mintió.

—¡Odell! —se oyó una voz—. ¡Odell!

Por un momento Gerda se estremeció, porque sabía que más personas en esa casa sería peligroso para ella. Aun cuando se arrepintiera de llevarse a Olga y esperara al año próximo.

La aldea entera estaba al tanto de los focos de brujería que se extendían por la región, por eso se aseguraban cada 30 de abril y 1 de mayo de proteger sus casas para evitar los maleficios de la montaña. Estaba encerrada, y si era cierto que Tobías y Hahn sabían de su existencia, no tardarían en asociar su presencia con la existencia de Olga.

—No abras —suplicó—. Déjame ir ahora y prometo que hablaremos de Olga luego, tal vez hasta desista de llevármela. No puedo hacer nada hasta el año próximo y tal vez para entonces tenga un nuevo hijo y no la necesite. —Se oía desesperada y afligida, imaginando lo que pasaría si la atrapaban. Tocó su cuello y recordó esta vez la marca de la soga.

—¡Odell! —se volvió a escuchar, esta vez más cerca.

Se oyeron varias voces, pero esta vez Odell decidió acercarse a la ventana. Gerda para impedirlo lo tomó del brazo provocando un chasquido y un hilo de humo que salió de su mano. Era cierto que no podía tocarlo. Extendió la mano y se vio con pedazos de piel quemada. Maldijo y volvió a escupir el suelo. Odell entretanto, se sacudió la ropa al ver la mano de Gerda y la ignoró para asomarse por fin a la ventana y ver quien lo llamaba con tanta insistencia. Era Hahn y su mujer, Sabine.

—Tengo que abrir. Si no lo hago pueden pensar que tengo algo que ver con brujería —ironizó.

Ella miro la habitación con desesperación, no había lugar en donde Odell no hubiera puesto protección, no había lugar en donde no se quemaría. Se paralizó otra vez y miro en dirección a la habitación de Olga, luego miró a Odell que había puesto su mano en la puerta para abrirla y corrió hacia la puerta entreabierta donde dormía su hija, oyéndose otra vez un chasquido que alertó a Odell.

Él abrió la puerta y gritó pidiendo ayuda. Corrió a la habitación de su hija y cuando entro vio a Gerda con la niña en brazos, ardiendo. Con claras llagas en la piel y con la respiración entrecortada.

Mientras Olga se despertaba y lloraba, se veía en brazos de esa mujer que se transformaba debido a las quemaduras y Odell que las miraba aterrorizado. Sabine y su esposo también entraban en el lugar y veían el horrible espectáculo.

—Si te acercas la mato, no me importa el ceremonial.

—Gerda, por favor no le hagas daño. Todo lo que le pase a Olga no te servirá de nada. Pero si la sueltas puedes irte, nadie lo va a impedir, te lo prometo.

—¿Y ellos? —dijo.

—No dirán nada, por el bien de Olga. —le respondió, suplicando a Hahn y a su mujer—. Vete tranquila.

Sabine intentó acercarse, pero solo consiguió que Gerda se aferrase aún más a Olga que lloraba y se ahogaba con el pestilente hedor que su madre emanaba y que se hacía cada vez más fuerte.

—¡Suéltala! —imploró Hahn—. Suéltala y dejaremos despejada la salida, o el lugar por donde desees marcharte.

Gerda estaba asustada y furiosa, sentía que Odell la había traicionado, pensaba que Hahn y Sabine estaban ahí a propósito para impedirle que se llevara a su hija, y lo estaban consiguiendo. Se quemaba y le dolía, se ahogaba con su propio olor y respiraba las brasas de su piel consumiéndose. Si no soltaba a la niña pronto perdería sus extremidades.

Por eso desistió y lloró por primera vez en mucho tiempo, dejó caer a Olga sobre la cama y Sabine esta vez pudo acercarse para cogerla y la estrechó entre sus brazos que solo desprendían dulzura y que la niña reconoció de inmediato.

Gerda mientras tanto seguía humeando y desprendiéndose de su piel, que por suerte podría regenerar con el paso del tiempo y otro bebé asesinado. Se agazapó y odió a Odell que la miraba sin querer acercarse.

—Déjame salir en silencio —susurró, y los hombres despejaron la puerta de la habitación de Olga.

Gerda se puso de pie afirmándose en las paredes, con los brazos cubiertos de piel quemada, con las heridas abiertas. El pecho también le ardía, pero no se había quemado con la misma intensidad de sus brazos gracias a los amuletos que colgaban de su cuello.

—Prométeme que no volverás, Gerda —dijo Odell.

—Primero dime que le han hecho para que no arda como yo. —dijo, refiriéndose a su hija.

—Fue bañada en sal poco después que te fueras. Ardió y se sanó gracias a Sabine. Y aun cuando sea tu hija y lleve tu sangre, no es una bruja, ni nunca lo será.

Hizo el gesto de escupir el suelo, pero esta vez escupió el rostro de Odell, no le perdonaría lo que había hecho con su hija aun cuando no la quisiera, ni pretendiera quedársela para criarla.

—Te odio y odio a todos en este lugar. No valen la pena, no vale la pena volver por ustedes, ni por esa criatura llorona y malcriada, puedes quedarte con ella. Puedo engendrar otra criatura las veces que necesite sangre nueva. Pero óyeme bien, ni tú, ni la mocosa serán felices. Y por más que salga el sol ustedes solo verán tinieblas y cuando llegue el momento. —No dijo más y volvió a escupir, esta vez en los pies de Odell.

La dejaron salir como acordaron y cuando pasó por su lado se miraron y luego le hicieron un gesto a Sabine para que se quedara con Olga y la cuidara. Luego, salieron tras Gerda, pero ya no estaba, se había escurrido con eficacia bajo la oscuridad. Aunque si hubieran querido podría haberla seguido por el olor nauseabundo que desprendía su piel, sin embargo, no lo hicieron. Dejaron que se fuera, usando sus pociones y sus ungüentos.

Habían causado un gran barullo y no podrían ocultarlo para siempre, por eso decidieron dar a conocer la visita de la bruja, aunque no pudieran encontrarla; eso aseguraría a Odell de que ella no volviera por un tiempo a molestarlo y cuando eso sucediera tal vez ellos ya habrían abandonado la aldea y estarían muy lejos donde la brujería no los encontrara y pudieran vivir seguros.

Hablaron los tres y fue Hahn quien decidió actuar. Corrió todo lo que pudo hasta la iglesia que se encontraba cerca de la hoguera y subió por las escaleras. Preparó el rustico cañón, lo montó sobre su base de madera y con la mano izquierda prendió la mecha. El disparo impreciso salió disparado por la ventana, hacia los abedules, provocando una ruidosa alerta y advirtiendo que se encontraban bajo la presencia de una bruja.

De a poco hombres y mujeres salieron de sus casas, iluminándose con pequeñas lamparas que no eran suficientes para encontrar a un ser humano y caminaron hacia la hoguera que todavía iluminaba la plaza.

No entendían lo que pasaba, ni a quien debían buscar, hasta que, en medio de la multitud, Hahn hablaba en voz baja con Ulrich Schulz, el juez de la aldea, quien dio a conocer la identidad de Gerda a quien varios habitantes habían visto años anteriores de pasada por el lugar.

Voces de asombro y murmullos se encendieron, elevándose cada vez más, mientras un grupo de hombres se avivaban para buscar en la oscuridad y las mujeres se estremecían al recordarla.

Por suerte para Odell que observaba desde atrás, Hahn había sido fiel a su palabra y no había decidido contar que en verdad Gerda Kanzler era la progenitora de Olga, aquella niña que cuidaba y hacía pasar por su hija. Aquella niña que al crecer seguiría siendo bruja, porque Sabine no había podido curarla. Esa Olga Kanzler, que dieciséis años después desataría la mayor plaga que esa aldea conoció.

15 de Julio de 2020 a las 22:01 0 Reporte Insertar Seguir historia
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