luisrodriguezmi Luis Rodríguez

Amigos, amor, venganza...¿Qué puede hacerte más daño en la vida? ¿Y después, merece la pena vivir?


Horror Sólo para mayores de 18.

#muerte #horror
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Morir en vida

Morir. El proceso más democrático de la sociedad. Da igual que hayas sido rico, pobre, exitoso, fracasado, feliz, infeliz, bueno o malo. A todos nos acaba llegando. La forma puede ser distinta: asesinado de un disparo, acuchillado por una hoja afilada de acero, ahogado, quemado, de un accidente, de una enfermedad... Yo estoy a punto de morir. Estoy a punto de suicidarme.

Contaba con un puesto de reconocido renombre en una de las principales empresas a nivel internacional. Gran salario, dietas, viajes, invitaciones. Todo lo que cualquier trabajador querría. No hacía falta que me presentara. A donde iba ya me conocían. Mel, mi mejor amigo y compañero desde la universidad era todo para mí. Habíamos entrado juntos en la empresa, como becarios, y poco a poco fuimos adquiriendo puestos de responsabilidad hasta que un día mi jefe se decantó por mí entre los dos para sucederle. Mel lo acepto a sabiendas de que era uno de sus sueños desde que entramos. Cuantas veces habíamos soñado en ser como nuestro jefe: con su coche, su casa, sus viajes... todo esto mientras parábamos a cenar en el burguer con ofertas 2x1. Pero Mel nunca sintió celos. Al contrario, ha sido mi mano derecha desde entones.

Fuera del trabajo tenía una vida maravillosa. Una preciosa esposa, Johana, a la que conocí en la facultad. Historia típica de amor que años después se cierra como en las más bellas novelas románticas. Aquella boda fue genial. El momento más importante de toda mi vida. Dar el sí quiero a mi compañera y amiga, a mi consuelo, a mi principal apoyo. Luego fueron llegando Sarah y Aaron. Mis hijos de 3 y 4 años. Lo más importante de mi vida.

Pero aquella noche de otoño todo cambio. Recibí una llamada del médico de la empresa. Hacia unos días me había sometido a un chequeo general que incluía todo tipo de análisis. Unos pequeños dolores en la zona pélvica habían provocado que acudiera al especialista. El médico me habló por teléfono con voz de preocupación y me remitió a primera hora en su despacho. Se lo comenté a Johana y me dijo que si quería me acompañaba pero preferí ir solo.- No será nada que no tenga remedio-, pensé.

El médico me estaba esperando desde hacía 15 minutos. Llegué tarde. Recuerdo su cara, estaba preocupado, como dando vueltas a como me iba a decir aquello que cambiaría mi vida. – John, hemos detectado un tumor en ambos testículos. Creemos que llevas con él bastante tiempo. Es necesario que hagamos alguna prueba más-. Me soltó sin más preámbulos. Existía mucha confianza entre nosotros.

Me quedé helado. No podía escuchar más lo que me decía. Mi cabeza no pensaba. Vacio. Volví en mí. ¿Cómo se lo iba a contar a Johana y a mis 2 hijos? ¿Cómo se lo contaría a Mel?

El médico me dio la dirección de una clínica especializada en estos temas y dejé todas mis tareas del día a Mel. – Mel, tengo que ausentarme toda la mañana. Acabo de recordad que tengo una serie de asuntos que resolver con los clientes chinos. No te preocupes, mañana te cuento con más detalle. - Mel me guiño el ojo. Siempre puedo contar con él.

Estuve toda la mañana de pruebas. Me tomaron muestras nuevamente. Durante esa semana, a la espera de más resultados, intenté mantenerme como siempre, sin decirles ninguna palabra a mi esposa y a mi mejor amigo. No quería preocuparles hasta que no tuviera un diagnóstico claro y supiera los pasos que debería seguir mi vida.

El médico de la empresa volvió a llamarme para decirme el resultado de los análisis. Esta vez el doctor estaba más preocupado. Sentí un sudor frío por dentro y mi corazón aumentó de pulsaciones. Tenía la sensación que mi vida terminaría pronto.

- John. Las pruebas han confirmado mi diagnóstico. Estamos ante un cáncer bastante extenso y cuanto antes deberás ponerte en manos de los médicos para iniciar la quimio. Hizo una pausa mientras con su mano derecha cerraba lentamente informe. - Eso no es todo-.

- ¿Hay algo más? Le dije con cara de incredulidad. Que podía ser peor.

- Al hacerte los análisis hemos detectado que en tus testículos no hay espermatozoides. Es decir, creemos que jamás los has tenido. He hablado con mis colegas y pensamos que has podido padecer algún tipo de trastorno desde siempre. No es el primer caso que veo en mi vida. John, te puedo asegurar, por mis años de experiencia, que padeces esterilidad masculina .

- ¡Pero doctor, yo tengo 2 hijos!. No paraban de sudarme las manos. Los nervios no sabían por donde salir.

- Eso es lo que no logro entender. Estuvimos viendo ayer con mis colegas cómo esto era posible y no logramos llegar a nada en concreto. Una vez podría ser remotamente posible ¿Pero dos? En caso de ser así sería algo fuera de lo normal, nunca visto. Como te he comentado hemos tratado esto otras veces y el resultado siempre ha sido el mismo.

Abandoné la consulta del doctor con los pasos a seguir a partir de mañana en mi tratamiento. Pero eso ya no me importaba. Lo que tenía en mente era mi problema de infertilidad. Cómo era posible que hubiera podido tener dos hijos si no soy capaz.

Cogí el teléfono para llamar a Johana y vi un mensaje suyo. “Cariño hoy llegaré más tarde, tengo que hacer guardia en el hospital. Los niños están con Verónica. No te preocupes que ella los lleva al colegio. Te amo.”

Me quedé acostado en la cama. Pensaba en cómo mañana le iba a contar, primero a Mel y más tarde en casa a Johana mi cáncer y mi problema de infertilidad. Estuve dando vueltas en la cama durante horas, no podía parar mi mente de pensar. Me levanté y fui a la cocina a por un poco de agua. De camino algo me hizo parar frente al escritorio de Johana. Ella, como buena médico y mujer organizada, guardaba con celo todos los datos médicos de nuestros pequeños. Nunca solía entrar al despacho de ella sin que estuviera allí. Pese a nuestra confianza, todavía había cosas que considerábamos de ámbito íntimo.

Me senté en su silla, me balanceé pensativo. Abrí unos de los cajones y encontré ambas carpetas. Sarah y Aaron. Todo su historial médico: vacunas, medicamentos, revisiones, etc. – Johana es más obsesiva de lo que yo pensaba-. Revisé las pruebas durante el embarazo y no encontré ningún tipo de problema. Todo perfecto. Durante ambos embarazos, Mel fue de gran ayuda. Fueron tiempos de mucho trabajo en el extranjero. Como unos de los principales representantes de la empresa tuve que hacer constantes viajes a Emiratos Árabes, China y Japón, en busca de nuevas relaciones comerciales. Fue duro para Johana y para mí.

Me senté en el escritorio y abrí su portátil. Se había dejado el ordenador encendido. De fondo de pantalla estaban nuestros hijos. Ahí estaban, sonriendo con esa inocencia que poco a poco vamos perdiendo y que siempre debería estar ahí, dentro de nosotros. Como contarles a ellos lo que me sucede. Eso si que será difícil.

Aproveché para abrir mi correo. Al día recibo más de 200 e-mail y, ahora que no podía dormir, podría ser el momento de avanzar un poco lo que me espera mañana. Hice click en el icono y automáticamente apareció el correo de Johana. Cogí el ratón y puse el cursor sobre la pestaña “cerrar sesión” cuando algo me hizo frenar en seco. Nunca había leído el correo de mi mujer. No me parece lo más sano en una relación. Cualquier mal entendido podría crear desconfianza en nosotros. Y eso nunca había pasado. Ni iba a pasar.

Había un correo de hacía 3 horas sin leer. Eran las 3:17 de la madrugada. El remitente era una tal Mónica con asunto ¿Dónde estás? Lo abrí y comencé a leerlo: “Te he estado llamado toda la noche pero no da tu móvil señal. Estoy frente al hotel, en el bar Done. Creo que tenemos un problema, lo sabe. Llámame”.

¿Un problema? ¿Quién es Mónica? Johana termina su turno sobre las 6. No creo que la tal Mónica la esté esperando toda la noche allí. A no ser que... ¿me habrá mentido?.Nunca me ha mentido. Johana no es capaz de mentir. Prefiero contarle un secreto a Mel que a ella porque es imposible fingir.

Apagué su ordenador y me volví a acostar en la cama. No entendía nada. No tenía sentido. ¿De qué problema se trata? Cogí mi teléfono y busqué el número de Johana. Cuando me disponía a pulsar el botón verde de llamada me eché atrás. Mañana hablaría con ella. Seguro que era un mal entendido, como mi problema de infertilidad.

Abrí el navegador en mi móvil y busqué el bar Done. -Tiene que haber un error-. El bar Done esta a las afueras de la ciudad. ¿Por qué Johana iría allí? ¿Y si está en problemas? Debo ir. En 5 minutos estaba montado en mi coche dirección al bar Done. Algo dentro de mí me estaba empujando a ir allí, algo dentro de mí me decía que algo iba mal. Mi cáncer había pasado a un segundo plano.

Eran las 5 de la mañana y el bar Done estaba cerrado. No había nadie en la calle. En frente, un pequeño hotel de 2 estrellas poco iluminado y un aspecto un tanto pintoresco. Estaba nervioso, el corazón me latía a mil pulsaciones. ¿Por qué Johana quedaría aquí con esa Mónica? Me quedé allí, escuchando en la radio de mi auto las primeras noticias de la mañana.

El sol empezaba a tener presencia en la noche, despertándome de mi pequeño letargo. Hoy iba a ser un día importante para mí. La cuenta atrás de mi vida. Hoy debería de afrontar el mayor problema de mi vida. ¿Estoy preparado? Arranqué el coche, eché la última mirada al hotel y metí la primera marcha. En ese momento mi vista se distorsionó, como cuando la lluvia corretea por el parabrisas del coche. No podía creer lo que estaba viendo. Era Johana, saliendo del hotel, sola. Un taxi se acercaba a la puerta. Ella se estaba montando cuando se detuvo, había alguien más. - ¡No, no es posible! ¡Era Mel! Pero que hacían...no...¿Mónica?. ¿Mónica era el nombre que Mel utilizaba como seudónimo?. ¿A sí es como me engañaban? No, ellos no, no!!!. Una sensación recorría mi columna vertebral hasta el cuello. Mis músculos se apretaban. Los brazos se dormían. Tensión. Me faltaba el aire. Las lágrimas llenaban mis ojos y mi corazón me presionaba el pecho queriendo huir de mí. Esto no podía estar sucediendo. Mel y Johana. ¿Cómo no pude verlo antes? ¿Por qué Mel? Siempre confié en ti y tú me haces esto.

Pero había algo más. Mi cerebro volvió a conectar. No puede ser. Mis manos presionaban mi cabeza. Angustia. Un nudo en el estómago. Si el médico estaba en lo cierto... Sarah y Aaron no serían mis hijos. Y no hay duda de que el padre le tengo a escasos 200 metros de mí. Será ca...¿Cómo me la han jugado? Las mañanas en las que Mel llegaba dormido a trabajar, sus historias de desamor, los turnos de Johana, mis viajes. Nunca dude. Sarah y Aaron son de Mel y no he notado nada. ¿Es una venganza por ser su jefe? ¿Se venga Johana de mi por mis continuos viajes?...No puedo razonar. Siento odio. En apenas dos días mi vida se había echo añicos. ¿En quién podría confiar ahora? ¿Qué debería hacer? ¿Continúo como si nada y dejo que mi vida siga siendo igual de falsa o hago algo para remediarlo? La rabia me invadía por dentro y no me dejaba pensar. Ahora mismo podría bajar de mi coche e ir hacia los dos. Podía pedirles explicaciones o podía... matarlos sin compasión. ¿Y que sería de mí, que les diría a mis...a Aaron y Sarah? ¿Que maté a sus padres verdaderos?. No, ellos no tienen culpa. Son Johana y Mel los que deben sufrir. Deberán llevar esa carga de por vida.

Arranqué el coche y me fui casa de nuestra amiga Verónica. ¿Ella estaría al tanto de todo? ¿He sido el imbécil de la historia? Cuando llegué estaba saliendo de casa con mis dos... con los niños.

- Hola John. ¿Qué haces aquí? Tienes mala cara. Johana me dijo que no ibas a poder hacerte cargo de los niños hoy. Se han portado muy bien esta noche.

- No te preocupes Verónica. Yo los llevo. Vete tranquilamente a trabajar. Al final he trabajado toda la noche y he aprovechado que estaba cerca para llevarles yo mismo.

- ¿Seguro John? No me cuesta nada..

- Tranquila Verónica. Para eso son mis hijos.

Monté a Sarah y Aaron en el coche. Ambos estaban medio dormidos todavía. Les ha costado madrugar siempre. Algo en lo que no se parecen a mí. Bueno, no deberían parecerse.

Nos estábamos acercando al colegio cuando sentí la sensación de no parar, de continuar el viaje.

- ¡Papá! Este es el cole. ¡Te lo pasas!- Me dijo Sarah.

- Lo se cariño. Pero hoy me ha llamado la profesora y me ha dicho que no hacía falta que fuerais. Hoy toca día con papá.

- ¡Bien! ¿Y a dónde vamos?

- Nos vamos al Zoo, a ver animales.

De camino paré en un supermercado. Tenía que comprar unas cosas que me iban a hacer falta para el largo día de hoy.

Durante el viaje iba pensando en mi plan. Algo me decía que estaba en lo correcto, que esto debería ser así. Mi vida no iba a tener sentido nunca más. Cualquier camino que tomara me llevaría al mismo destino: desolación. Si han estado manteniendo esta mentira desde la universidad para ellos no sería un problema que yo desapareciera. Si mi cáncer empeora y fallezco, problema resuelto. Pero no puedo irme de este mundo sin decirles a ellos cómo me siento, como me han matado durante estos años ¡No!, y ya sé la forma.

Cogí el teléfono y envié un mensaje a Johana. “Hola cariño. Tengo que contarte algo muy importante hoy. Después del colegio llevaré a los niños con mis padres para que pasen el fin de semana juntos. Necesitamos ver que hacer. Avisa a Mel, me gustaría que el también estuviera. Nos vemos a las 20:00 en casa. Te amo”. Ella leerá el mensaje cuando yo ya esté de camino a casa. Si no me equivoco y ella no me ha mentido, no tiene que volver al trabajo hasta el lunes.

La casa de mis padres se encuentra a 60 kilómetros de la ciudad, en una pequeño pueblo lleno de jubilados que gastan sus últimos días de vida dando pequeños paseos y cultivando sus huertos. Pero yo no me dirigía allí. Había un desvío a 20 kilómetros de llegar. Ahí estarían mejor “mis hijos”.

Detuve el coche. Sarah se había quedado despierta, mirando por la ventana y Aaron se entretenía pasando hojas de un libro de dibujos. Les saqué del vehículo.

- Papa, ¿Dónde estamos? Me dijo Aaron, mirándome con esos pequeños ojos azules, como los de su madre Johana.

- Estamos cerca del Zoo pero aquí también vais a ver muchos animales.

- Pero aquí sólo hay árboles, yo no veo animales. – Me dijo Sarah, con cara de desconfianza. La misma que me ponía Mel cuando no veía clara alguna de mis ideas.

Andamos unos cuantos metros cuando me detuve. Tenía que ser rápido. Debía dar una lección a Mel y a Johana por lo que me habían hecho.

Sólo oía el silencio. Todo empezó a moverse a cámara lenta. Alcé el brazo y señalé a una pequeña ardilla que correteaba por el suelo, con una castaña en su mano, sin ser consciente de lo que iba a presenciar.

Los niños se quedaron atónitos, mirando fijamente a la ardilla. Sonreían. Entonces abrí mi mochila y saqué la navaja suiza que acababa de comprar en el supermercado para hacer bocadillos. Pero su destino era diferente. Cuando di dos pasos hacia atrás, pude ver lo que había hecho. Aaron y Sarah estaban en el suelo, como si durmieran. Sin embargo nunca volverían a despertar. El filo de la navaja suiza les cortó limpiamente el cuello a ambos. No gritaron. Eché una vista a mí alrededor. No había nadie. Ni si quiera la pequeña ardilla quiso verlo. Había acabado con la vida de dos niños, fruto de la relación entre las dos personas que más confiaba en esta vida. Había escrito el mensaje. Ahora sólo quedaba enviarlo.

Las 19:00. Dejé el coche en el parking de mi casa y cogí las bolsas con las cosas que había comprado. Tenía la sensación extraña de estar haciendo las cosas bien. Hacia unas horas había matado a dos criaturas inocentes, a sangre fría. Pero el odio pudo conmigo. La lucha interna con el malvado yo terminó en k.o. para la razón. Quizá sería porque mi subconsciente sabía mi destino, sabía que posiblemente el cáncer me iba a matar, que mi vida iba a terminar pronto y que no podía abandonar este mundo sin destrozar la vida a los que me habían mentido durante tantos años.

Entré por la puerta. No sabía cuál podría ser mi reacción si veía a Johana o a Mel. Quizá acabaría con ellos de la misma forma que con sus hijos. Pero ese no era mi plan.

No había nadie. Johana había dejado una nota: “estoy fuera comprando algo, la nevera esta vacía”. Abrí las bolsas y me puse a preparar la cena al horno. Sería mejor que les contase mi problema cenando algo.

Sonaron unas llaves. Alguien venía. Yo estaba sentado viendo la televisión mientras el horno terminaba de dar los últimos golpes de calor a la comida. Oía risas, tacones. Era Johana...y Mel.

- Hola cariño. ¿Qué te ocurre? Siento no poder haberte llamado. Ayer terminé cansadísima del turno y me he quedado dormida hasta casi las 18:00. Leí el mensaje. Los niños estarán bien unos días con los abuelos, les hace falta salir de esta ciudad. Voy a llamarlos.

- ¡No! No te preocupes, acabo de dejarles y estaban muy cansados.

- ¿Estás bien? – Me dijo Mel. Te noto muy nervioso. ¿Algo va mal con los clientes chinos?

En ese instante. El “clin” del horno me libró de seguir hablando del tema. – Tranquilos chicos, sentaros cómodamente. Ahora os sirvo y os cuento por qué os he reunido hoy.

- Qué buena pinta tiene esa carne. Hacía tiempo que no comía algo asado, con tanto trabajo sólo tengo tiempo para ensaladas.

A Mel se le hacía la boca agua. Creo que el hambre no iba a ser su único problema hoy.

- Bueno John, cuéntanos. Que eso tan importante que nos tienes que decir. – Johana me cogió de la mano y me miró a los ojos.

- Antes probar la carne, quiero saber vuestra opinión.

- Uhmmm buenísima. Ambos la probaron como si no hubieran comido algo igual en su vida. ¡Que tierna está! ¿Dónde la has comprado cariño?- Me dijo Johana saboreando hasta el último pedazo-. Últimamente la carne en esta ciudad no sabe a nada. Tantos antibióticos en animales están acabando con los sabores.

-No la he comprado. Son partes de las piernas de vuestros hijos Aaron y Sarah.

El tiempo se detuvo nuevamente. El tenedor y el cuchillo de ambos se cayeron sobre la mesa. No había apenas gravedad. Los objetos caían más lentos. La cara de Johana era como si hubiera visto a su propia muerte, o aún peor, si hubiera visto al asesino de sus dos hijos, los hijos que me había echo creer que eran de los dos. Mel empezó a vomitar sobre la mesa. Mi lección había sido dada. El mensaje había sido recibido.

Saqué la navaja suiza con la que degollé a los niños y corté la carne de la cena. La abrí y les mostré el filo con los restos de la sangre de los niños. Ellos estaban en estado de shock. Pude ver en sus ojos el terror. Pude ver como se iban muriendo por dentro. Como estaban ante una escena que ni en las peores películas de terror hubiera sucedido. Me acerqué la hoja de acero al cuello y la hundí. El pinchazo fue doloroso. Sentí que tragaba sangre. Eché el brazo hacia atrás mientras me iba rebañando todo el cuello. La sangre caía a borbotones. Sentía que mi cuello se resquebrajaba ante la atónita mirada de los que habían convertido mi vida en una mentira y que, a partir de ese momento, iban a vivir atormentados.

Morir. El proceso más democrático de la sociedad. Da igual que hayas sido rico, pobre, exitoso, fracasado, feliz, infeliz, bueno o malo. A todos nos acaba llegando. La forma puede ser distinta: asesinado de un disparo, acuchillado por una hoja afilada de acero, ahogado, quemado, de un accidente, de una enfermedad... o en vida.

14 de Julio de 2020 a las 15:37 2 Reporte Insertar Seguir historia
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