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Titán de Acero

Cuando vi por primera vez el cabezal del noticiero, mis labios por poco ahogan un grito. De fondo, una de esas colosales armas biológicas se dirigía a nuestra ciudad. Habían despertado a un titán de acero, frío y colérico, que arremetía contra todo lo que había a su paso.

"La Resistencia", me dije a mí misma, rechinando los dientes. "Esos malditos vagos come plantas, inconformistas. ¿Acaso no entienden que necesitamos este petróleo?". No, no lo entendían. Y no tenían mejor idea que desatar la furia de los antiguos dioses sobre nosotros.

"...muestran que el gigante tiene un objetivo y es consciente de lo que hace." Informaba la voz en off. "Malditos", susurré, aplastando la mesa con el puño. Sí, seguro. El objetivo, éramos nosotros. Esta vez sentirían nuestra ira.

Ingresé el código de activación de los cañones de plasma en la pantalla que tenía en frente. "¡Hora del show, McGuire!", grité al astillero demente a mi derecha, John McGuire, íntimo amigo y colega del período de entrenamiento.

"Ja, ja, ja, ¿así que le revelaremos a esos sucios verdes nuestro nuevo juguete, comandante?", dijo con una sonrisa desquisiada y un brillo maniático en los ojos.
Asentí. "¡Ya era hora, mi sensual cabra loca! ¡No podía esperar a que me lo pidieras!"

"Ya cállate y hazlo, John".

Los segundos pasaban lentamente mientras McGuire preparaba el cañón. No podía esperar. Les demostraríamos a esos malditos que con nosotros no se juega. Los aplastaríamos de una vez y para siempre.

Chequeé las novedades. El titán se había hecho más grande en la pantalla, y el locutor seguía hablando sin quedarse sin saliva. "Actualmente, se dirige al distrito de Kenamath en su camino..."

El tiempo se detuvo. Kenamath. Era donde vivíamos.

"Uuuuh uh uh" soltó McGuire. "Esto se puso feo, ¿no es así, milady?"

No reaccioné. Mi vida pasó frente a mis ojos. Con mi corazón, era soldado desde el momento en que nací. Pero también era madre. Y había dejado a mis hijos allí. Vi sus pequeños rostros, y sentí el calor de su piel. Debía correr. Debía correr ya y ponerlos a salvo, si quería poder estar allí una vez más. Sentir sus caricias. Oír sus voces aunque fuese por una última vez. Debía correr, y ya. Ya.

"Horace, habilítame una salida. Ya. ¡YA!", grité desesperada al transportero.

"Nave 02 lista para usar, señora."

"¡McGuire! ¡Ocúpate de darles una lección a estos bebés antes de que vuelva!", le ordené, lanzándole la memoria externa donde guardábamos los códigos de acceso. Sus maniáticos ojos sonrieron, eufóricos.

Corrí. Pasé por al lado del general VonHauser sin llegar a oír lo que me decía. Ya no importaba, de todas formas no podía quedarme, aún si me lo pedía un superior. Las cartas estaban tiradas. Ahora sólo me quedaba actuar. Mis hijos. Los había dejado con la niñera está mañana antes de venir aquí. Mis piernas seguían corriendo, conociendo el camino de memoria. Llegué a la Nave 02. Mi antigua compañera, Allie La Rompecráneos. Éramos como uña y carne. Apoyé el pulgar en el panel y hablé. "Vamos a casa bebé, es una urgencia." El motor se encendió casi sin inmutarse y aceleró hasta la máxima velocidad.

Sobrevolé la ciudad, y un pensamiento se apoderó de mí. "Dejé a mis hijos con la niñera". "Los dejé. Los dejé con la niñera". ¿En qué había estado pensando? Sabía que algo así podía ocurrir. Pero no quería creérmelo. ¡Maldita confianza! ¿En qué mundo era un trabajo más importante que mis hijos?

Intenté calmarme. No. No podría haber previsto esto, ni en un millón de años. No tenía que dejarme vencer.

Los misiles de McGuire comenzaron a volar hasta Kenemath. "Espero que ese idiota esté apuntando bien", pensé. Miré hacia abajo, al apocalíptico panorama de una ciudad aterrada. Las calles inundadas de gente que se movía desordenadamente, gritos en el aire, y las pantallas anunciando los sucesos a todo volumen. El miedo se olía desde dentro de la nave y me ponía la piel de gallina.

"¡Más rápido, Allie! ¡¡Deprisa!!"

Sentí el empujón del cambio de velocidad, y en menos de lo que esperaba, la vi: había llegado a la frontera sur de Kenemath. A lo lejos, asomándose, estaba el maldito gigante furioso, fresco como una lechuga. ¿Había evadido los misiles? "No te creas invencible, pedazo de ojalata antigua", susurré, inspeccionándolo. Cuerpo grande - como todos. Peso: probablemente cien o ciento cincuenta toneladas. Resistente. Cabeza pequeña. Demonios estos tipos eran todos iguales. Miré debajo mío: una hilera de gente escapaba del lugar, con ojos hundidos, derrotada. Me detuve: quizás mis hijos estaban allí. Sobrevolé la hilera persona por persona. Pero por más que buscara, no aparecían. No estaban allí. Se habían quedado en casa.

Llegué. La casa estaba a salvo. Abrí la puerta, y mis hijos se abalanzaron contra mí. Mi corazón dio un vuelco al ver sus rostros, y sentí las lágrimas corriendo por mis mejillas. Estaban a salvo. Y ahora que estaba aquí, podía cuidarlos. Sequé sus pequeñas lágrimas y noté la expresión de terror en sus ojos. "Mamá está aquí. Mamá está aquí. Tranquilos", me encontré diciéndoles. Sólo ellos eran capaces de sacar palabras tiernas de mí. "¿Son pequeños valientes, ¿no? Son mis dos héroes valerosos. No hay a qué temer mientras estemos juntos. ¿Bien? Sólo vámonos de aquí."

Busqué a la niñera. Según mis cálculos, el estúpido titán ya debía encontrarse a casi un kilómetro de aquí. Era hora de salir de este apestoso lugar, o no la contaríamos.

Revisé la planta superior, y volví a chequear la planta baja. No aparecía. Esa mocosa...

--Te estábamos esperando - dijo un voz que no era la de la niñera.

-- ¿Stu?- dije, sobresaltada.

-- Pude llegar antes. Vamos. El auto ya está encendido.

Mis ojos brillaron como la primera vez. Con ambos niños aún colgando de mi cuello, lo abracé con fuerza. Los llevé hasta el auto y até a cada uno a su asiento, mientras una idea inundaba mi cabeza.

Stu se subió al volante, chequeando a los niños. Los observé: que alguien como yo hubiera podido tener esta familia, luego de todo lo que había pasado, los años en la calle, el trabajo forzado... Habían llenado mi vida de felicidad. Tenía que cuidarlos.

Todo mi esfuerzo era por y para ellos.

Cerré la puerta delante de mí, y bloqueé el resto con el controlador remoto. Vi sus rostros mirándome, confundidos, incrédulos; hasta que Stu supo exactamente lo que estaba pensando.

Me alejé. Corrí hasta Allie antes de ver sus gritos pidiéndome que no me fuera. Era mi deber. Tenía que protegerlos. Ahora que Stu estaba con ellos, tenía vía libre para encargarme de la estúpida ojalata vieja.

Encendí a Allie. Levantándome en el aire, extraje el comando para misiles de la consola principal, y puse mi ojo en la mirilla. Ahí estaba el bastardo. Bloqueé la mira en él: no podría escapar. "Deja tranquilos a mis hijos, ¡pedazo de chatarra!", le grité mientras lanzaba los misiles. "¡Toma eso!" Asesté. En el medio y en la cabeza. Dos huecos enormes se formaron en el asqueroso ser, mientras gemía de dolor y rabia.

Frenó, y me encontró, mirando con el ojo restante. "¿Qué sucede? No quieres morir, ¿eh? Maldito bastardo". Los misiles no le habían hecho prácticamente nada. Me había engañado, el muy maldito. Engendro del demonio. Dos misiles más. El suelo tembló con las explosiones, y el humo cubrió la escena. Me detuve. No podía ver nada. ¿Le había dado?

De pronto surgió de entre el humo, justo en frente de mí. Ordené a Allie retroceder, a toda marcha, mientras tiraba misil tras misil en cualquier dirección, hasta que sentí el gatillo en falso. Temblé, y la respiración se me cortó. Estaba desarmada.

Seguí retrocediendo, esquivando los golpes del gigante. "¡Piensa, piensa, piensa!", me decía. Nada. Mi cerebro estaba absolutamente en blanco.

Hasta que una opción se ideó en mi cabeza. La última opción.

Cambié a vuelo manual y tomé aire. Ya no había vuelta atrás. No podía ganarle desarmada. Y no podría escapar. No sin destruir al menos media ciudad. Y ese era un riesgo que no estaba dispuesta a tomar. Tampoco podía esperar refuerzos: si los misiles de McGuire no habían funcionado, nada lo haría. No tenía opción.

Levanté la nave hacia el cielo, hasta que pude ver la ciudad entera desde arriba, e invertí mi posición. Me dejé caer. Con esto sería suficiente.

Vi a mis hijos dentro de mí. Vi a Stu, cuando nos conocimos, cuando nos casamos. Sostuve a mis hijos recién nacidos una vez más. Besé sus suaves frentecitas, los arruyé, y me dormí con ellos. Abracé a mi esposo por última vez, y estrujé a los niños, diciéndoles que los amaba, que los amaba tanto. Y caí. Caí sobre el gigante, hundiéndome directo en su núcleo, con el recuerdo de mi familia en mis brazos una vez más.

14 de Julio de 2020 a las 00:12 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Natalia Reale Queriendo soñar mundos para volar ~

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