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Autodestrucción

"No pasa nada si la oscuridad te asusta", recordó en su cabeza lo que le dijo su padre siendo pequeño.

¿Quién tenía miedo a un poco de oscuridad? Él no había tenido miedo jamás. Pero realmente no sabía lo que era la verdadera oscuridad hasta hoy. La oscuridad de la cueva que le asfixiaba, era absoluta e impenetrable, tenía sed, se sentía pesado, muy pesado, el cuerpo le ardía, su cabeza quería explotar. Igual de asfixiante era el silencio y ningún soplo de aire se movía a su alrededor.

El eco de una voz sonó en el vacío negro "Un poco más adelante, debes arrastrarte".

No reconocía, ni sabía quién le hablaba y menos cómo llegó allí, arrastrándose por el accidentado suelo, tanteo con su mano en círculos.

Trato de recordar como llego allí y a quien seguía, pero no lo conseguía. Encontró lo que creyó ser una grieta en la parte baja de la pared. A duras penas fue entrando por la estrecha grieta, primero los brazos, sintiendo como la roca le pinchaba y rasgaba la piel, luego la cabeza, su pelo se enganchaba en la roca como si tratara de frenarlo, al pasar su cuerpo la ropa fue rompiéndose y la oscuridad aún más profunda se lo fue tragando.

Pensó que aquello era un infierno debido a la estrechez, la humedad y el calor sofocante, mientras se arrastraba hacia adelante sentía como los muros de piedra se acercaban más a su cuerpo, casi no podía llenar los pulmones. Conforme avanzaba por la grieta se empezó a sentir cansado, cada vez más. “Rápido sigue adelante”, volvió a pronunciarse la voz, esa voz que no conocía, pero que sonaba afilada como cristales rotos.

No recordaba cómo había entrado en aquella gruta, de dónde había venido, su propio nombre. La oscuridad de la cueva se fue inundando poco a poco de un penetrante olor a vinagre, que le resultaba familiar. Uno de sus brazos consiguió salir de aquella estrechez, con él, el resto de su cuerpo. Cuando sus ojos se adaptaron vio que las paredes que le rodeaban tenían una tenue y siniestra iluminación. El suelo, las paredes y la bóveda que lo rodeaba estaban plagados de piedras llenas de aristas y ángulos rectos como estiletes.

—Hola —dijo la voz desde la penumbra.

Su corazón latía sin piedad.

— ¿Quién eres? —buscaba con sus ojos entre las sombras.

—hace tiempo que te espero —dijo el extraño.

— ¿Pero quién eres y que hago aquí?

—Tenemos que seguir el camino.

Entonces lo vio, la tenue luz le dejo ver las facciones del desconocido, era viejo, decrépito y con cara de cuervo, de pelo cano como la nieve, estaba allí de pie junto a las aristas, mirándolo con una mueca en su cara, vestía ropa sucia y desprendía un penetrante olor.

— ¿Quién eres tú? —pregunto asustado.

—Aun no lo sabes, ¿no es así? —Hablo el desconocido. —Es malo que no estés preparado y peor que ni siquiera tienes idea del porqué.

El anciano se acercó dejando caer la mano suavemente sobre su hombro y en ese momento su cuerpo experimento dolor. Sintió nauseas, el aire cambio y el olor a vinagre se volvió aún más penetrante y pesado, tenía mucho calor y sus manos estaban frías, le entro somnolencia, hasta un punto que apenas podía mantener los ojos abiertos. En la piel de sus brazos observó pequeñas gotas secas de sangre. Su cuerpo experimento una sobrecarga de sensaciones.

—Escúchame — le dijo el anciano, hablo como compañero, te ofrezco seguir contigo hacia adelante y que compartamos el camino hasta el final.

—Hace mucho que te espero, era cuestión de tiempo que nos conociéramos.

Quiso salir de allí, pero permanecía inmóvil. Le pregunto de qué estaba hablando.

Si me acompañas prometo protegerte de ti mismo y dejaras el sufrimiento que hasta ahora has infligido a los que te quieren. Cada vez se encontraba más cansado, el aire denso de la cueva le dificultaba la respiración y además estaba ese olor penetrante capaz de marchitar cualquier signo de vida.

A duras penas y arrastrando sus pesados pies, siguió los lentos pasos del anciano sin saber porque, con el presentimiento de ir hacia ninguna parte. Encaro una galería, que no supo ver como apareció frente a ellos. Siguió caminando y esquivando las aristas que sobresalían del suelo como lanzas de cristal, cada vez se encontraba más débil, la galería se estrechaba cada más y la sensación de presión y asfixia era mayor, pero le parecía un camino fácil. El camino se bifurcaba y ya no era un camino si no dos, el viejo eligió el más oscuro, en el otro la luz era suave pero iluminaba hasta el más pequeño detalle.

—Vamos, el tuyo es este —le dijo.

Se negó a seguirlo más por la oscura gruta, quería ir por el camino iluminado, dejarlo atrás, salir de allí, estaba muy asustado.

—No puedes ganar en esto —recalco el viejo.

—Vamos acompáñame y todo terminara pronto.

—Quiero salir de aquí, ¿qué es lo que quiere de mí?

—Recuerda. Recuerda tus primeros intentos de creerte libre, recuerda las primeras veces que pretendías dar forma a tu nuevo mundo aislándote de los demás, recuerda el daño que te hacías con las mentiras. Tan solo quiero ayudarte —le argumento.

No quiso escucharlo más y decidió entrar en la galería débilmente iluminada.

— ¿Crees que puedes huir sin más? —Gritó— Debes entender, que no hay forma posible en la que puedas ocultarte de mí. Si vuelves al origen de todo, ahí estoy yo, si llegas al fin del todo, yo seré tu fin.

—El camino que has elegido no será fácil, se volverá más espinoso y cuando eso ocurra —dijo, abriendo sus brazos —ya sabes dónde estaré.

No lo pensó un momento, siguió solo y con gran agitación comenzó una pequeña subida dentro de la galería, una galería que se le antojaba más ancha que el resto.

Mientras se marchaba, podía escuchar al viejo tararear “no te hace libre, te hace débil y esclavo”, “no te hace libre…………”

Caminando pensó que era verdad y que era mentira en todo lo que le dijo el viejo ¿Estaría en un sueño? Deseaba que fuera así y que la verdad se le ofrecería más simple cuando despertara.

La luz se intensificaba, a cada paso que daba su maltrecho cuerpo, su malestar se fue suavizando a medida que subía hacia el foco de luz, el cargante olor a vinagre fue desapareciendo conforme avanzaba.

Percibió unos extraños sonidos que quebraron el silencio, se detuvo y agudizo el oído, era una voz agradable y remota más adelante, con gran esfuerzo aceleró el paso, el camino a pesar de ser hacia arriba cada vez era más transitable, atrás quedaron las peligrosas aristas, la oscuridad y el desconocido personaje. Se encontraba caminando por lo que él creía que era el final del camino.

La luz fue cambiando a más intensa, tanto que sus ojos dilataron con dolor y se produjo un brillo intenso muy intenso.

—Vamos, vamos, estas de vuelta, muy bien —dijo alguien.

Lo único que podía ver era el techo, donde tenía los ojos fijados. No tenía visión periférica y no podía moverse. Estaba paralizado. Un alma flotante mirando a través de un cuerpo sin vida. Se quedó observando largo rato sin decir palabra, estaba aturdido y somnoliento.

— ¿Qué ha pasado? —pregunto con dificultad.

—Has tenido una sobredosis —le dijo —Te hemos dado Naloxona.

—"Pensamos que esta vez no ibas a recuperarte". Exhaló un entrecortado suspiro.

— "No había vida en tus ojos, esta vez no. Te habías ido".

—Es el momento de Reiniciar tu vida.

12 de Julio de 2020 a las 09:54 0 Reporte Insertar Seguir historia
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