clarence Clara de Narciso

Aitor, un ex académico dado al juego y la bebida, trata de enmendarse como padre y sale en busca de su hija, independizada a la fuerza para llevarla de vuelta a casa. No obstante, en el lugar donde se hospeda, empiezan a ocurrir sucesos que no sólo turban a Aitor, sino que también cuestionan su cordura. Esta es su experiencia.


Horror No para niños menores de 13.
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CARTA DE PRESENTACIÓN

Saludos, agentes.

Soy el señor Aitor Molina.

Les dejo aquí mi carta de presentación.

Para los que no me conozcan, trabajé como científico desde el 96 y, hasta la fecha, he tenido la oportunidad de colaborar en una investigación basada en el trabajo de fin de carrera que presenté a finales de año con antiguos colegas de la profesión. Nos llevó demasiado tiempo y no sólo eso, la universidad y la comunidad científica a partes iguales sopesaron el fracaso de mi tesis. No veían futuro en aquel proyecto. Los de mi promoción y yo sabíamos que querían ver resultados inmediatos e indagamos con otros grupos, comparando datos y estadísticas. A pesar de nuestro progreso, que era evidente, dejaron de reparar gastos en el equipo. Más tarde, me contrataron en un pequeño laboratorio de una empresa farmacéutica. Entonces ocurrió el declive. Todo fue cuesta abajo. Tenía una pequeña cuenta de ahorros para la investigación y desde que la rechazaron me dedicaba a gastar cada céntimo en las casas de apuestas. Me volví un ludópata. Normalmente es algo que afecta a los barrios obreros y en zonas marginales. Pero a mí esos anuncios patrocinados por personajes públicos que creía con un mínimo de decencia y conciencia social me convencieron desde el primer minuto. Pensaba que con lo que ganaba en el laboratorio tendría de sobra. No me bastaba con eso, sino que también tuve la falta de decoro al añadir en mi lista de adicciones el darle a la bebida. Si ganaba algo de dinero, pedía una copa para celebrarlo. Si perdía, una de consolación. Era la personificación de la decadencia.

Mi familia estaba hasta el gorro de mí. Llegaba a casa y Lupe, mi mujer, volvía del banco roja como un demonio y me tiraba las facturas. Nadie podía culparla. No pudimos pagar la luz ni el agua, mis suegros y unos amigos de mi mujer nos tuvieron que ayudar a llegar a fin de mes y a hacer la compra de la semana sin quedarnos en números rojos. Era una experiencia repulsiva, como comprar la última cena en una sentencia de muerte. Me despidieron del laboratorio aun cuando estaban faltos de personal. Como siempre, tras los recortes en sanidad, en la realización de ciertos medicamentos y en investigaciones para crear patógenos en las nuevas vacunas, tuvieron que hacer una criba entre los trabajadores aun cuando todos estábamos igual de cualificados. Mi mujer, con cero esperanzas en mí por la edad y mi condición de adicto, mandaba currículos a las empresas de limpieza a fregar escaleras. Mi hija, Mireya, estudiaba un grado superior de diseño en aquel momento y se sentía constantemente presionada por nuestra situación económica. Apenas supe de ella durante un año. Decidió mudarse a una zona costera donde podía pagarse una casa decente y trabajar de camarera en un sitio donde nadie la conocía. Así, a pelo, sin recomendaciones de los sitios donde había trabajado antes. Nos transfería parte de lo que ganaba en nuestra cuenta corriente. Lupe iba a visitarla una vez al mes cuando caía en fin de semana, le daba taperwares y la ropa que dejaba en casa por si podía coserle unos botones o ajustar unos pantalones de hace la tira de años. Todo eso porque la criatura no podía comprarse nada. Lo único bueno que sacaba de todo esto era que ya no tenía que verme el jeto. No recomiendo a nadie ver como su hijo se decepciona de ti diariamente, ni de recibir sus sermones como si se hubieran revertido los roles.

Se preguntarán por qué me he tomado las molestias de hacer este repaso innecesario de mi vida. No, no trato de enmendar lo que he hecho ni excusarme como un delincuente de película de tarde. No hay motivo detrás, sólo quiero dejar una pizca de lo que era en este mundo antes de que todo se fuera a la mierda. Ahora puedo decirlo. He seguido un camino tortuoso y me ha llevado al destino más fatal de todos. Me han comido las bestias. Ahora estoy impune de mi castigo terrenal, mis carnes lo han sufrido y todavía recuerdo el ardor y la furia que me carcomía las entrañas, mi cuerpo abrasaba de la aversión que sentía hacia mí mismo. Me estoy preparando para la penitencia que me espera más allá, en el mundo de las ideas. Cometí una atrocidad de proporciones bíblicas. Ahora mismo estaréis buscando como locos el reverso de la carta para comprobar la fecha en la que fue escrita. Ya os lo digo yo, es el 16 de Septiembre de 2003. Fecha de mi muerte. Podéis hacer conjeturas y adelantar acontecimientos si queréis, tergiversar la información que os han dado los detectives pero ya estoy aquí para abrirles los ojos. Antes debo ponerles en contexto. En el cajoncito de mi mesa de estudio encontraréis mi cuaderno de bitácora. Está toda la información de mi última semana, antes de morir. Espero que os sea de gran ayuda en la investigación.

Atentamente.

El señor Molina.

8 de Julio de 2020 a las 10:05 0 Reporte Insertar Seguir historia
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