balduino-ramos-smith1525039725 Balduino Ramos

Araviander es un joven elfo poseedor del don de la magia. Una noche de invierno es llevado a la torre de Coras Agaloth, donde vive el misterioso y extraño Archimago Supremo de su reino, con el objetivo de que este lo instruya en la utilización de sus poderes. Por otro lado, Alandier, el Archimago Supremo, es un antiguo y enfermo elfo que vive recluido en la torre desde que fue derrotado en una antigua batalla. Su única compañía es la de su sirviente y amigo Aleurian, quien le ayudó a fundar la academia que dirige ahora. Alandier y Araviander no tardan en congeniar y movidos por la curiosidad del uno hacia el otro, intentarán averiguar la historia que esconde cada uno, hasta el punto de alcanzar una estrecha relación. No obstante, conforme pasa el tiempo, Araviander se da cuenta de que el misterio que envuelve las verdades a medias de Alandier no será fácil de desentrañar.


Fantasía Épico No para niños menores de 13.

#cienciaficción #fantasía #aventura #magos #elfos
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La escuela de hechicería

El caballo negro sobre el que iba montado cruzaba el bosque a galope tendido en aquella gélida noche. La ausencia de la luna en el cielo la hacía mucho más oscura de lo habitual, así como el viejo bosque, cuyos árboles alzaban sus ramas retorcidas y desnudas en aquella época del año, haciendo que me estremeciera sin remedio.

Indiqué a mi caballo que acelerara aún más el paso, temiendo perder de vista al jinete que cabalgaba por delante, a una distancia considerable de mí. Podía sentir el aire helado entrando en mis pulmones cada vez que respiraba, llegando a producirme un ligero dolor que me obligaba a toser sin que pudiera evitarlo.

Trataba inútilmente de cubrirme con mi capa, que no cesaba de arremolinarse a mi espalda debido a la velocidad del paso de mi caballo.

—¿No podríamos aflojar el paso? —le pregunté a la figura que cabalgaba delante de mí. Pero no contestó—. No siento las manos, estoy congelándome —insistí ante su silencio.

Sin embrago, el otro continuó sin decir nada y, no siendo aquello suficiente, hizo que su caballo acelerara el paso.

—Supongo que es un "no" —murmuré para mí con resignación.

Continuamos nuestro camino sin mediar palabra alguna, incluso desistí en ponerme a su paso. Tras unos minutos más de viaje, por fin llegamos a nuestro destino. El jinete que me acompañaba detuvo su caballo haciendo que el animal relinchara a la vez que se volvía bruscamente para mirarme.

—Ya hemos llegado.

Poco a poco fui deteniendo mi montura hasta situarme junto al otro elfo. Me indicó con un gesto que mirara hacia mi derecha. Yo obedecí y, al hacerlo, divisé ante mí, a apenas un par de kilómetros de distancia, cómo se alzaba solemne una gran torre oscura, cuya silueta se recortaba contra el cielo estrellado.

Permanecí un instante observándola en absoluto silencio, con el gesto ligeramente torcido. Miré entonces a mi acompañante.

—Coras Agaloth, la escuela de hechicería de Nuldirth —me dijo en tono seco, respondiendo a la pregunta que, aunque no había formulado, estaba presente en mi mente—. Y el hogar de Alandier, el Archimago Supremo. Permanecerás aquí y aprenderás de él.

Mi gesto se torció aún más.

—Yo no quiero quedarme.

El elfo me miró con severidad.

—Ya lo hemos hablado...

—Pero... —lo interrumpí.

—Y hemos tomado una decisión —dijo tajante—. Tienes el don de la magia, este es tu lugar, el único sitio en el que puedes llegar a ser alguien.

—Yo quiero ser un guerrero —sentencié.

El otro se encogió de hombros.

—No debemos demorarnos —dijo con la intención de cambiar el tema de la conversación—, el Archimago te espera. Te acompañaré hasta la entrada —dijo a la vez que indicaba al caballo que se moviera.

Yo lo seguí.

Continuamos cabalgando por un estrecho sendero que atravesaba una extensa llanura. De nuevo, el otro llevaba la delantera y yo trataba en vano de seguir su paso, de cabalgar lo más cerca posible de él al menos.

A medida que avanzábamos en nuestro camino, veía cómo la torre aumentaba progresivamente de tamaño hasta el punto de sentirme insignificante cuando llegamos a su lado.

Detuvimos los caballos una vez más y alcé la mirada hasta clavarla en lo alto de la torre.

—De modo que este será mi hogar durante los próximos siglos —murmuré para mí.

—Bien, desmonta.

Obedecí la orden sin apartar la mirada de la impresionante construcción. En cuanto me posé sobre el suelo me envolví con mi capa, aunque ni siquiera aquello bastó para que dejara de temblar.

—Ten —escuché de repente, lo que me sacó de mi ensimismamiento.

Al volverme para encarar al otro descubrí que me tendía el poco equipaje que había traído conmigo.

—Gracias —dije cogiéndolo sin mucho entusiasmo.

Vi cómo volvía a montar sobre su caballo y agarraba al mío de las riendas para atarlo después al suyo. Me miró por última vez.

—No te demores demasiado.

Permanecí un breve instante en silencio, en gran parte debido a la fuerte opresión que sentía en el pecho y que casi me impedía hablar.

—¿V-vendrás a verme? —le pregunté al fin, tras una larga vacilación.

El otro me miró de abajo arriba antes de esbozar una cálida sonrisa.

—Pues claro, tenlo por seguro—. Hizo una breve pausa antes de continuar—. Mucha suerte, hijo.

Y dicho aquello indicó a su caballo que se pusiera en marcha. Permanecí en mi posición, observando cómo se adentraba en el bosque hasta que desapareció por completo en la oscuridad.

Tras un breve instante de duda, me eché el equipaje al hombro y abrí la verja que se interponía en mi camino hasta la entrada. Supe al instante que el Archimago había detectado nuestra presencia hacía ya mucho tiempo; realmente no me hubiera sorprendido encontrarlo tras las puertas.

De igual modo llamé pero, tal y como esperaba, las puertas se abrieron solas al instante.

—¿Cómo no? —murmuré para mí mientras cruzaba el marco de la gran entrada.

Me detuve en el recibidor y pude sentir cómo se me encogía el estómago cuando escuché las puertas cerrarse a mi espalda. Dejé caer el equipaje junto a mí y observé la estancia con detenimiento. La luminosidad que inundaba el lugar contrastaba con la oscura fachada que nos había recibido al llegar. Ante mí se alzaba una larga escalera que, a mi parecer, resultaba interminable.

Permanecí un largo instante observando maravillado el recibidor y no fue hasta unos minutos después cuando me percaté de que no había ni rastro del Archimago.

Escudriñé atentamente la escalera, esperando verlo aparecer por algún lugar, pero no había ni un alma aparte de mí. Fruncí el ceño, molesto por tan patético recibimiento e impaciente por no saber lo que tenía que hacer ahora.

Molesto, me volví dispuesto a recoger mi equipaje del suelo, y fue entonces cuando me vi cara a cara con un elfo. Dejé escapar un grito debido al asombro; quedé tan aturdido que tropecé con el equipaje y caí de espaldas al suelo.

Poco a poco empecé a recuperarme del golpe y entre gemidos de dolor intenté incorporarme sobre los codos y enfocar la vista. Ante mí se alzaba, efectivamente, la espectacular y majestuosa figura de un elfo.

Vestía con una túnica morada que acababa en forma de pico por debajo de sus rodillas, permitiéndome distinguir unas botas color beige; y que dejaba al descubierto parte de su pecho, hasta el comienzo del estómago, mostrando así un singular amuleto con forma de estrella que colgaba de su cuello.

Era delgado, y alto, con la característica piel color azul oscuro de los elfos de las estrellas, repleta de motivos blancos, diferentes en cada elfo. Su cabello blanco caía a la altura de su cintura y sobre su pecho, enmarcando un rostro joven, de rasgos suaves y ojos ambarinos, brillantes y de expresión ligeramente felina.

En cuanto fui consciente de la importancia del elfo ante el que estaba, me levanté de un salto y caí de rodillas a sus pies.

—Archimago —medio tartamudeé debido a los nervios—. Disculpad mis malas maneras, no os he oído llegar.

El otro permaneció un instante en silencio.

—Alzaos, por favor, y disculpad las mías. Empleé un conjuro de levitación para no tener que bajar todas las escaleras —admitió con una tímida sonrisa—. En ningún momento fue mi intención asustaros —dijo con un marcado acento propio del centro del reino.

"Pues casi le doy un beso" pensé a la vez que obedecía su orden y me erguía junto a él.

El Archimago me observó de arriba abajo con sus inquisitivos ojos ambarinos y esbozó una media sonrisa.

—Acompáñame —dijo a la vez que me lo indicaba con el dedo, remarcando su orden—, no nos quedemos aquí, la noche es fría hoy, debes de estar congelado —continuó diciendo con voz calmada mientras se dirigía con paso elástico y elegante hacia una habitación contigua.

Me eché de nuevo mi equipaje al hombro y seguí al elfo. Pude sentir un gran alivio en mis doloridas articulaciones en cuanto notaron el calor del fuego encendido en la sala.

—Siéntate, por favor, y disculpa por el desorden —dijo apilando unos libros que había sobre la mesa—, realmente no esperaba a nadie—. No pude evitar agachar la mirada con una profunda decepción al escuchar aquellas palabras—. Me habéis cogido completamente por sorpresa.

—Pero... la verja estaba abierta, pude entrar sin problemas. ¿Cuándo nos detectó?

El Archimago meneó la cabeza negando.

—No os detecté hasta que os escuché hablando abajo, estaba durmiendo —admitió con una sonrisa algo tímida.

—Lo suponía —dije con cierto abatimiento.

El otro me observaba con atención.

—Los Archimagos también dormimos —dijo ampliando su sonrisa.

—No, suponía que nadie me esperaba.

Hubo un breve silencio entre nosotros.

—¿Quién era ese que te acompañaba? —preguntó mientras seguía ordenando los libros y pergaminos que tenía esparcidos por los asientos y demás muebles.

—Era mi padre.

Enarcó una ceja.

—Pues anda que entra a saludar, la próxima vez que venga, por favor, dile que no me como a nadie.

—No creo que haya próxima vez —admití.

El mago levantó la mirada de sus libros y la posó en mí.

—Lo siento mucho, no era mi intención...

Meneé la cabeza negando.

—Lo tengo asumido.

El elfo bajó la mirada, dejó por fin sus libros y se sentó en el sillón que había frente al mío.

—¿De dónde vienes? —me preguntó.

—Del Riftag.

—El gran desierto, la frontera con el reino de los elfos de la Luna. Un lugar peligroso, ¿no?

—Uno se acostumbra.

—Por supuesto. ¿Y qué edad tienes?

—Acabo de cumplir los sesenta.

—Eres tan solo un niño.

Permaneció un momento en silencio, observándome.

—Me resultas curioso, tanto por tu color de piel como por tus marcas —dijo señalando los dos motivos triangulares que flanqueaban ambos lados de su mandíbula.

Miré ligeramente mi piel, de un color púrpura azulado.

—Soy mestizo, señor, de un elfo de la luna y otro de las estrellas.

Los ojos del Archimago se abrieron de par en par.

—Impresionante. Entonces juegas con ventaja, tienes facilidad para emplear tanto la magia de las estrellas como la de la Luna.

Sonreí tímidamente.

—Supongo que sí.

El Archimago se irguió en su asiento y cruzó los brazos sobre el pecho.

—Te veo futuro, muchacho, un gran futuro.

—¿Cuándo empezaré?

—No corras tanto, antes tendrás que esperar a tener la mayoría de edad.

—¿Y qué haré mientras tanto?

—Te asignaré un maestro, alguien que te vaya iniciando en el mundo de la magia.

—¿Cuándo lo conoceré?

—Está delante de ti.

Mis ojos se abrieron hasta no poder más.

—¿Vos seréis mi maestro?

—Si te parece bien.

—Será todo un honor poder aprender del Gran Archimago.

El otro sonrió.

—Me has caído bien. ¿Cuál es tu nombre?

—Araviander, señor.

—Araviander, un nombre propio del Riftag, sin duda. Arav-, que significa "tierra", e –iander, de i anderer, que significa "de nadie"; luego, tu nombre quiere decir "Tierra de nadie", algo que no pertenece a nada ni a nadie, lo que nadie domina... ni puede ser dominado —. Sonreí levemente mientras el Archimago guardaba silencio un breve instante. Vi que clavaba su mirada en el fuego encendido en la gran chimenea que ocupaba la parte central de la sala—. Espero que la insensatez tampoco pueda —murmuró a la vez que dejaba escapar un leve suspiro.

—No señor —dije, lo que hizo que el otro me mirara otra vez y sonriera levemente.

—Tu viaje ha sido largo, debes de estar agotado. Te llevaré hasta tu habitación —dijo mientras se levantaba. Yo lo imité —. Por cierto—, dijo a la vez que se detenía en el marco de la puerta y se volvía hacia mí—, soy Alandier.

El mago me guió por los estrechos pasillos de la vieja torre y después escaleras arriba. Pasamos el primer piso, el segundo, el tercero, el cuarto... hasta que perdí la cuenta.

Estaba completamente agotado, sin fuerzas ni siquiera para poder mantenerme en pié. Casi me daban ganas de tirarme sobre los escalones y pasar allí la noche.

—¿Cuánto queda? —pregunté con notable desesperación.

Alandier se asomó por el hueco de la escalera del piso que había por encima del mío.

—Todavía quedan tres o cuatro pisos más —. Dejé escapar un suspiro de exasperación—. Ya, muchas escaleras. Supongo que ahora entiendes lo del conjuro de levitación... creo que será lo primero que te enseñaré —dijo mientras continuaba como si nada su camino.

Cuando por fin conseguí llegar al piso deseado, me di cuenta de que el Archimago hacía ya rato que había llegado y me esperaba con su característica sonrisa.

"Más fresco que una rosa con sus ochocientos años y yo muriéndome con apenas sesenta" pensé.

—Ánimo, que ya queda poco —dijo con entusiasmo en el tono de su voz.

Lo seguí a través del estrecho pasillo, respirando con dificultad mientras el otro seguía hablándome.

—Demasiadas escaleras, creo yo. Si volviera a hacer la torre, no pondría tantas—. Hizo una breve pausa antes de continuar—. Por desgracia, ya estaba hecha cuando yo llegué.

—Me he fijado en que el recibidor es mucho más luminoso que el resto de la torre.

El Archimago frunció ligeramente el ceño.

—Pues claro, lo cambié en cuanto me instalé. La escalera medio la soporto, pero eso de entrar y encontrar un recibidor oscuro, viejo y que huele como tal, no, ni hablar, es deprimente. Aquí estamos para enseñar y aprender magia, no para morirnos de asco. ¿Quién iba a querer estudiar en una torre vieja y estropeada?

Miré los pasillos, tan viejos y estropeados como la torre que él describía con tanto desaire.

—Eh... no. Sé lo que estás pensando y no —me dijo de repente, sorprendiéndome—. Es posible que los pasillos estén un poco estropeados, pero las habitaciones están bien equipadas, no te voy a meter en un lugar cutre.

Sentí que me ruborizaba levemente.

—En ningún momento he dudado de vos, Archimago.

Alandier entrecerró los ojos y sonrió con cierta malicia.

—Sí lo has hecho —. Yo no dije nada—. Es esa —dijo señalando una de las puertas.

Al abrirla vi ante mí una habitación inmensa, la más espaciosa que jamás había visto. Constaba de una amplia cama, un escritorio, una estantería, un armario y un espejo. Al fondo de esta había otra puerta y el lateral lo ocupaba una gran ventana.

—Es impresionante —dije casi en un susurro debido al impacto que me produjo.

—Ya te dije que las habitaciones estaban bien amuebladas. La puerta del fondo es el baño.

Me volví hacia Alandier.

—Muchas gracias por todo, gran Archimago, y disculpad por haberos sacado de la cama tan tarde.

—Llámame Alandier, por favor y... no tiene importancia—. Vi que bajaba ligeramente la mirada antes de continuar—. Siento mucho lo que te ha ocurrido. Cualquier cosa que necesites, no dudes en llamarme, mi habitación es la del fondo—. Posó su mirada en mí de nuevo al tiempo que esbozaba una leve sonrisa—. Bienvenido a mi escuela de hechicería, Araviander.

—Gracias, Alandier —respondí con una leve inclinación de la cabeza.

El Archimago se retiró cerrando la puerta tras de sí. Dejé el equipaje en el suelo y me senté sobre la cama. Desde mi posición volví a inspeccionar la habitación. No podía creer que todo aquello fuera para mí, un día atrás hubiéramos dormido y convivido en un espacio similar mis tres hermanos, mis padres y yo.

En aquel momento sentí que una vez más me invadía una profunda tristeza al recordar que ahora estaba completamente solo, en un lugar que no conocía y que permanecería aquí el resto de mi vida, dedicándome a lo que menos me gustaba: la magia.

Me dejé caer sobre el colchón completamente abatido, incluso sentí que se me empezaban a humedecer los ojos, de modo que me pasé el dorso de la mano para secarlos a la vez que deslizaba la otra hasta la boca de mi estómago, donde descansaba una medalla con la insignia de mi familia.

La sostuve entre mis manos ante mis ojos y permanecí un instante observándola con detenimiento.

—Supongo que ya no la voy a necesitar —dije a la vez que pasaba el cordón por encima de mi cabeza y la dejaba sobre la mesita de noche.

A continuación, me quité la ropa de viaje, dejando sólo la interior, deshice la cama y me metí.

Kashaz —murmuré a la vez que realizaba un rápido movimiento con el brazo, haciendo que la luz que invadía la estancia desapareciera por completo, sumiéndome en la más absoluta oscuridad.

2 de Julio de 2020 a las 10:51 0 Reporte Insertar Seguir historia
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