mjjofre97 Mauricio Jofré

Una expedición de colonia ha descubierto un monolito extraterrestre en Astraeus, un planeta de Iota Persei ¿Es esta la prueba de que no estamos solos? ¿O puede ser algo mucho mas abrumador?


Ciencia ficción Todo público.

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Hijos de la Tierra

Aquello no podía ser posible. Lo supimos desde el momento en que comenzamos la excavación. Era imposible que estuviéramos solos en el universo, tenía que haber vida en alguna parte, y si no la encontrábamos, al menos, esperábamos ver algunos vestigios; fósiles, ruinas, restos de moléculas orgánicas o lo que fuera. Eso fue lo que encontramos cuando llegamos a Astraeus, el cuarto planeta del sistema Iota Persei. Fue un viaje de 35 años a una velocidad peligrosamente cercana a la de la luz, y había tremendas chances de que algo saliera mal. Nos propulsaba tecnología arcana, un agujero negro microscópico y sintético dentro de una burbuja magneto-óptica. La dominamos desde hace 200 años, y sepa dios como lo hicimos. Si había una falla de cálculo, nuestras naves serían pulverizadas en una explosión con una energía comparable a una mini-supernova, desintegrados antes de tener la mas minima chance de saber que mierda pasó.

Como sea, 150.000 personas llegamos con éxito a nuestro nuevo hogar, despertamos de un profundo letargo desde nuestras camas de hipersueño, moviéndonos tan ágilmente como polillas desde sus crisálidas, encandilados por la luz y con aspecto demacrado, sumado al hecho de que éramos mucho más altos y delgados que nuestros padres genéticos de la tierra, parecíamos vampiros anémicos y sedientos luego de haber pasado siglos dentro de su sarcofago. Así éramos la Gente de las Estrellas, como nos llamaron nuestros padres terranos, y no había nada romántico en ello. Rápidamente nos recuperamos y bajamos la maquinaria con nosotros; teníamos un arduo trabajo por delante.

Astraeus era un mundo muerto, se veía muy similar al Marte de nuestro sistema solar, y hasta podríamos haberlo considerado, su hermano mayor. Era un poco más pequeño que la tierra, y tenía un vistoso juego de anillos en la órbita, y además, sus polos tenían más hielo, así que cuando la inundación ocurriera al calentar la atmósfera, lo haría en grande. La superficie era de color óxido, y había mesetas elevadas que reconocimos como masas continentales. Había cuatro, los llamamos Westeros, Lemuria, Atlantis y Borealia. Nos asentamos en el primero.

Con las lanzaderas que parecían cucarachas mecanizadas descendimos a la superficie, y sin perder tiempo instalamos el primer campamento. Nuestra IA, Tiamat, buscó el lugar más apto para la primera fundación, y lo encontró en una cuenca de un río seco. Los drones bajaron primero e hicieron una división en parcelas; un espacio de manzanas rectangulares de 8x8, de 125 metros de lado cada una; una copia feliz del edén de cómo empezaron las grandes ciudades en la tierra. Una vez terminado el trabajo, llegaron los módulos presurizados de los hábitat. Junto con ellos, también bajamos nosotros, con trajes presurizados azules, pesadas botas negras y con cascos que parecían enormes burbujas transparentes con dos focos de luz blanca a los lados. Nuestros trajes se veían abultados y vetustos para estar en plena mitad del siglo XXVI, pero es que desde que ocurrió La Plaga Gris en el 2395, nos olvidamos de las Nanomáquinas para siempre, y las relegamos a usos estrictamente necesarios y controlados.

Con los primeros habitantes, también llegaron las chimeneas. Parecían enormes castillos andantes, montados sobre colosales orugas y que se movían lentamente a través de la superficie, arrojando gases de invernadero a la atmósfera. Apenas requerían supervisión humana, y de vez en cuando, uno o dos técnicos llegaban volando en un Quad para hacerles mantenimiento. Con ellos, también llegaron las bombas de Hidrógeno, dejándose caer sobre los polos. El otrora poder destructivo de aquellas armas primitivas se convirtió en un espectáculo de fuegos artificiales para nosotros, siendo observado en los ventanales de nuestras naves mientras celebrabamos, destapando una botella de champaña. Por un tiempo, nos gobernó el júbilo de la conquista, colonizando un mundo inhóspito y transformándolo en nuestro hogar.

Descubrimos los primeros restos un año después. Fue el 03 de Septiembre de 2552, cuando Tiamat fotografió una serie de formaciones anómalas en la planicie de Lannister, a 680 kilómetros al Este de nuestra colonia. En un principio, no parecían más que un grupo de montes, y debido a su forma de domo, les atribuimos origen volcánico. No pasó mucho tiempo cuando notamos que es lo que estaba mal. Me llamaron al Centro Geográfico a eso de las 10:30. Corría por los pasillos sosteniendo mi café y en el camino casi tropecé con una Cochinilla, un drone de limpieza. No pude evitar ver mi propio reflejo, y debo decir que me veía mucho menos elegante de lo que solía verme al dar clases de Arqueología en la Universidad de Nueva Osaka, en Marte. Mis mudas de ropa se reducían a una gama de monos de color verde petróleo y zapatillas sin cordones; me puse un chaleco sin mangas para hacer la diferencia. Mi barba estaba descuidada y con el cabello largo anudado con un moño, me hacía ver como un samurai ermitaño con síndrome de marfán.

Entré a la sala, estaba oscuro, y no había más luz que la de los hologramas azules y la del exterior; atardecía y entraba un brillo ámbar desde las ventanas. Me esperaban mis alumnos, en torno a un mesón donde se había desplegado un mapa topográfico del lugar en tres dimensiones. Natasha Igorievna, una colega arqueóloga que conocí durante la preparación me esperaba, observando el holograma con un grupo de jóvenes geólogos y técnicos. Me explicó todo. Había 19 puntos, que según ella, otros dos colegas y casi todos mis alumnos, afirmaban se parecía a la Constelación de Orión. No pude evitar soltar una carcajada involuntaria cuando me lo dijeron.

-. Eso no puede ser posible.- dije incrédulo mientras sostenía mi barbilla y se dibujaba una tonta sonrisa en mi rostro -. La Constelación de Orión no es visible desde este sistema.-

-. De hecho, ninguna lo es, profesor Yoshida.- saltó Rafael da Cruz en mi defensa, un Geofísico que venía de Nova Minas, también de Marte. No lo había reparado, pero casi todos los colonos que habíamos llegado hasta Astraeus, éramos marcianos -. Debe ser coincidencia.-

-. ¿Y tener la forma exacta de la Constelación de Orión?- le cuestionó Natasha, y esta vez fue ella quien se rió -. Disculpeme, profesor da Cruz, pero esto no puede ser coincidencia; fíjese bien, están las 19 estrellas en sus respectivas ubicaciones; eso no es natural, alguien construyó esto.-

Lo discutimos toda la mañana. Al final, llegamos a una conclusión unánime.

-. Habrá que ir a mirar.- fue lo que dije, y todos los presentes estuvieron de acuerdo. Nos tardamos más de lo esperado. Tuvimos que planear la logística, y luego de dos meses emprendimos el vuelo en tres lanzaderas. Ahí nos esperaban nuestros drones, que ya habían montado un campamento. Estaba incrédulo en un principio, pero cuando los vimos desde el aire, aquel sentimiento fue reemplazado por asombro. Tan pronto como puse un pie fuera de la rampa, me sentí totalmente abrumado. Nos quedamos todos paralizados. La profesora Igorievna tenía razón; no era una formación natural. Un domo de 1000 metros exactos se cernía frente a nosotros, increíblemente redondo y sin que hubiese fisuras en la superficie. Para colmo, había 18 estructuras iguales repartidas por toda la planicie -. Cuvier, ¿están viendo esto?- pregunté al control desde la colonia, y respondieron afirmativo. Los drones lo grabaron primero que nosotros, y ya había visto las imagenes, pero tenerlo en frente, era una sensación muy distinta.

Trajimos la maquinaria y enviamos los drones a explorar. Luego de una semana mapeando el primer domo nos atrevimos a entrar. Todo era redondo, abovedado y espacioso, como una catedral. El trabajo artificial era evidente, producto de tecnología que tal vez, ya conocíamos; los patrones producto del uso de fractales de nanomáquinas eran inconfundibles. Desde la parte superior entraba la luz, dispersandose en forma cónica, iluminando toda la base del domo. Al ver lo ominoso de la estructura, deducimos que se trataba de un monumento, un recordatorio de aquella civilización estuvo ahí. La superficie ascendía por medio de plataformas concéntricas como escalones, hasta llegar al centro, desde donde se elevaba un obelisco de 60 metros. Ahí encontramos el segundo descubrimiento; escritura.

No se parecía a nada de lo que hubiésemos visto en la tierra, y tal vez lo esperábamos; si había vida en el espacio, no se parecería en nada a nosotros. No teníamos cómo traducirlo ni darle sentido a aquellos símbolos; lo único que comprendimos, es que se trataba de una lengua No Lineal. Estábamos fascinados y no tardamos en traer fotografías y muestras a la colonia. No hicimos contacto con extraterrestres, pero si encontramos evidencia de ellos. El tiempo pasó y se inició una operación arqueológica a gran escala.

Con los meses encontramos más evidencia; arte, herramientas, jarrones, armas tal vez y representaciones gráficas de su vida. Teníamos material suficiente para hacer un museo con aquella antigua cultura extraterrestre que llamamos Astreanos, pero nada se comparaba al descubrimiento que hicimos después. Fue dos años después, mientras excavaban encontraron dos cosas que nos dejaron perplejos. El primero de ellos, era un esqueleto, estaba dentro de una especie de sarcofago, perfectamente fosilizado. Quedamos boquiabiertos cuando Tiamat nos dió su informe forense, más rápido y categórico de lo que hubiéramos esperado.

-. Se trata de una especie de Dromeosáurido Troodontino de 64 millones de años de antigüedad, correspondiente al Cretáceo Superior de nuestro planeta.- indicó Tiamat y cuando la escuchamos no pude hacer más que sacudir la cabeza y abrir los ojos en desconcierto -. La forma de la cadera es propia de los Saurisquios Terópodos y la forma de su cavidad craneal indica que tenía una inteligencia comparable a la nuestra; muy probablemente fabricaba herramientas…-

-. Eso es imposible.- le interrumpí. Aquello no podía ser posible. No había ninguna explicación lógica. Incluso llegué a pensar que alguien habría llegado antes que nosotros para montar toda una farsa y hacernos una broma de mal gusto, pero era imposible, si alguien hubiese llegado antes que nosotros, lo habríamos notado. Hicimos la datación de carbono de la estructura y de los fósiles; todas indicaban lo mismo; 64 millones de años de antigüedad.

Lo último que encontramos, fue la cereza del pastel. Era un disco de tres metros de radio hecho de obsidiana y cuando lo ví, no pude hacer más que reírme otra vez. Se me formó un nudo en la garganta y lo observé, por horas, por días, por semanas. Me negaba a aceptarlo, pero tarde o temprano lo hice. Un día, mi colega Natasha vino a verme, y yo no despegaba la mirada del disco, emocionado.

-. No son extraterrestres, Natasha.- fue lo que le dije entre lágrimas, pero eran lágrimas de felicidad y la vez de abrumo -. Son los hijos de la tierra, viajando por el espacio una y otra vez.- dije asintiendo -. No somos los primeros y seguro que ellos tampoco lo fueron.- ella se quedó mirando el disco, y su puso su mano en mi hombro, dandome la razón.

Lo que mostraba el disco hablaba por sí solo. Había un mapa estelar cuyo centro era nuestro sol, y se extendía por estrellas que ya conocíamos; Tau Ceti, Alfa Centauri, Epsilon Eridani, Delta Pavonis, llegaba hasta Upsilon Andromedae y Iota Persei, estaba señalado antes de este. En la esquina inferior derecha había dos individuos de su especie, dos troodones de aspecto aviar, con plumaje esponjoso y con rostro de aspecto inofensivo, como el de un pavo real. Debían ser una hembra y un macho, y uno de ellos hacía un gesto que reconocí como un saludo. A su izquierda, un diagrama de su sistema solar donde indicaban su planeta de origen, el tercero de una estrella de transición con un único satélite, al que nosotros, llamamos tierra.

1 de Julio de 2020 a las 20:24 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Mauricio Jofré Estudiante de Derecho, aficionado de la ciencia ficción, sobre todo del cyberpunk, dieselpunk (y casi todos los subgeneros que terminen en un punk xD), fanático de la música ochentera y escritor en mis tiempos libres.

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