danae13 Daniela Corzo

Lidia es una joven amable y dulce que vive bajo el cuidado de su hermana mayor, Leila. Todo es paz en su pequeña aldea hasta que los rumores sobre una peligrosa criatura viviendo entre ellos la amenazan. Lidia no sabe el riesgo que corre hasta que descubre que aquella criatura tan temida podría estar más cerca de lo que piensa. *** -Ésta historia es la tercera de una saga de cuentos sobrenaturales. -Puedes encontrar las demás historias en mi perfil: 1: Elisa 2: Siena 4: Kelani 5: Amira


Cuento No para niños menores de 13.

#cuento #urbano #brujas #fantasia
Cuento corto
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Leila

Leila

Leila, de cabellos rojizos y piel bronceada.

Leila, de esbelta figura y voz aterciopelada.

Leila, cuyos deseos fueron negados por el mundo provocando el rencor y la ira.

Leila, cual astucia ha cautivado al ser más maligno y conseguido un terrible objetivo.

Leila, con un poder de seducción capaz de enloquecer y de arrebatar al hombre ajeno.

Leila, de belleza humana y fiereza animal.

Leila, con garras y colmillos que destrozan la carne.

Leila, de maldad ciega que acabará con una desdichada vida.

***

La aldea Bella Esperanza era un lugar pequeño pero seguro, no había ningún peligro que pusiera a la gente nerviosa hasta esa noche. La noche en la que todo comenzó.

Esa oscura noche un niño fue encontrado muerto en el bosque, aparentemente atacado por una bestia hambrienta. Y es que su pequeño cuerpo había sido despedazado. Apenas y era reconocible.

El infante había sido marginado y despreciado por su padre al nacer. Contaban los rumores que su madre tuvo una aventura con uno de los hombres más respetables de la aldea, quien al saber de su nacimiento había renegado de ella y de la criatura en su vientre, para continuar con su matrimonio. Decían también que su muerte se debía al pecado cometido por sus padres.

Ahora, las protectoras madres comenzaron a vigilar mejor a sus hijos y los hombres a esconder a sus amantes.

En su momento, fue uno de los escándalos más sonados, desventaja de vivir en un pueblo con apenas 200 habitantes. Pero las habladurías habían parado y ahora todos habían regresado a la rutina. Sin embargo, la madre del niño aún se paseaba por la aldea como alma en pena, entre lágrimas y pedidos de auxilio que nadie atendía.

En el camino, la mujer se encontró con una hermosa joven a quien tomó de las vestiduras limpiando sus lágrimas en ellas.

­­­— ¡Socorro, bella dama! ¡Ayúdeme, por favor! Es mi hijo…mi hijo ha sido asesinado. Necesito unas monedas para poder darle sepultura.

La joven negó compulsivamente, sorprendida por el arrebato de llanto de la mujer. No era la primera vez que la veía vagando por el centro de la aldea, pero nunca se le había acercado hasta ahora.

La joven poseía una figura esbelta y largos cabellos oscuros como la noche, sus ojos estaban adornados con un tono verdoso que recordaba a la hierba mañanera. Su nombre era Lidia.

Lidia hizo lo que pudo para quitarse a la mujer de encima y continuar con sus tareas; su hermana había sido muy clara, debía ir y volver sin distracciones ni contratiempos. Temerosa por ella, se deshizo de la mujer y continúo de frente.

Todos los días se veían los mismos rostros pasear por las calles. La aldea de la Bella Esperanza era un lugar común y corriente, un pequeño pueblo en medio del bosque que nadie echaría de menos si desapareciera. Pero para Lidia, aquel era todo su mundo.

Ella iba a la carnicería todas las mañanas, donde la señora Felicita le vendía lo necesario para preparar la comida, atendiéndola con una sonrisa. Luego continuaba su camino hacia la panadería donde el hijo del panadero le coqueteaba descaradamente sin obtener respuesta, aunque desde hace unos días Lidia comenzaba a sentir algo en su vientre cada que la veía a los ojos, atribuyó aquello a sus hormonas de adolescente.

Para finalizar, Lidia iba a la verdulería donde las damas de casa se peleaban por unas buenas zanahorias.

Era una rutina que disfrutaba como ninguna otra. Aquellas eran las personas con las que había crecido luego de que perdiera a sus padres y se quedara al cuidado de su única hermana.

La hermana de Lidia era una mujer muy distinta a ella; en donde Lidia tenía bondad, Leila poseía amargura. Pero no la culpaba, después de todo, al irse sus padres Leila tuvo que renunciar a sus deseos para cuidar de una niña muda, enseñarle a defenderse y darle el sustento.

Para lograr sobrevivir Leila se pasaba el día cuidando de niños ajenos y enseñándoles a leer y escribir. Lo que nadie sabía era que dentro de ella guardaba un anhelo prohibido. Deseaba poder enseñar a sus propios hijos y esperar a un hombre que llegase a casa y cuidara de ella como los aldeanos hacían con sus esposas. Sin embargo, sabía que nadie se haría de ella con una hermana más que solventar y sin un padre o una madre que hablaran por ella no tenía posibilidades de que ningún hombre se interesara en ofrecerle una familia. Era aquello lo que llenaba de amargura su corazón.

Leila desquitaba esa amargura con su hermana, a quien no cesaba en prohibiciones y riñas.

—Lidia, ven aquí —la llamó esa mañana luego de cortar la carne y lavar las verduras.

Su hermana acudió a su llamado.

—Te dije muy claro que no te distrajeras en el camino.

“Y no lo hice”, le respondió Lidia con señas.

—Entonces, ¿por qué estas lechugas están podridas y la carne pasada? Te distrajiste y echaste a perder la comida. ¿Qué esperas que haga ahora, eh?

Cuando Leila usaba ese tono de voz con ella, Lidia llegaba a temblar de miedo. Se podía ver lo frágil que era en comparación de su hermana. Leila era una belleza despampanante, tenía los cabellos largos hasta la cintura de un rojo cobrizo que destacada entre las aldeanas y simulaba una cascada en llamas, su figura era fina y sus ojos aunque no del hermoso color verde de su hermana, eran del color ámbar de un atardecer. En mañanas soleadas como la de hoy Lidia incluso podía verlos brillar en un tono carmín que la dejaba sin aliento.

“Perdóname, hermana. No volverá a pasar”, se disculpó inclinando la mirada.

—Lo olvidaré por hoy, pero no puede suceder de nuevo Lidia. Sabes que no podemos darnos los lujos de otras mujeres cuyos maridos comprarían un rebaño si ellas se lo pidieran. Nosotras debemos comer con lo que paga nuestro trabajo, y ¿sabes cuánto paga un trabajo de institutriz?

“Muy poco”.

—Exacto, muy poco. Ahora ven, ayúdame a preparar el guiso.

Obediente, Lidia asintió e hizo lo que su hermana le pidió. Por la ventana, se observaba como una mujer despedía a su marido, quien se dirigía a su jornada laboral.

El hombre era de apariencia fuerte y de altura que imponía ser visto. Al fijarse en Leila, Lidia notó la forma en que ésta lo miraba y cuando regreso la vista hacia el hombre, distinguió que él también estaba prendado de su hermana.

Lidia no sabía porque, pero el estómago se le encogió con aquel descubrimiento. Era el presentimiento de que se avecinaba una tragedia.

***

Esa noche, Lidia sintió a su hermana levantarse de la cama que compartían en medio de la noche. Sin que ésta lo notara la siguió sigilosamente, observándola salir de la cabaña y desaparecer en medio de unos arbustos.

Intrigada, Lidia dudó si seguirla para descubrir lo que tramaba, pero sintió temor y decidió regresar a la cama, esforzándose por conciliar el sueño.

***

A la mañana siguiente Lidia realizó su rutina, dándose cuenta de que la gente susurraba a sus espaldas. La señora Felicita no la atendió con una sonrisa esta vez, y cuando llegó a la panadería el hijo del panadero la ignoró por completo, al llegar a la verdulería ya estaba segura de que algo extraño pasara. Las mujeres la miraban con furia y se decían cosas entre ellas, sin quitarle la mirada. Nadie quiso venderle ni una sola zanahoria por lo que se retiró con la cabeza gacha.

Al llegar a la cabaña vio que su hermana estaba sentada en la cocina con las manos enlazadas sobre la mesa. El corazón se le detuvo cuando ésta la miro, también estaba furiosa.

“¿Qué está pasando?”, le pregunto nada más estuvo a su alcance.

— ¿Y todavía me lo preguntas? ¿Qué has hecho, Lidia?

“Nada”, aseguró. “Y no entiendo, ¿de qué me acusan?”

—Ésta mañana debía recibir a cuatro niños, ninguno se apareció. Al principio pensé que se trataba de un inconveniente, pero cuando salí a averiguar las mujeres me cerraron las puertas en las narices. No comprendía, hasta que una de ellas me lo dijo. Ayer encontraron a otro niño muerto en el bosque, era uno de mis estudiantes. Ellas temen dejar a sus hijos aquí.

“Pero, ¿qué tenemos que ver con los ataques?”

—Lidia, ellas crees que tú eres la causa. Dicen que se trata de una bruja, que ella pacto con el demonio para llevarle almas inocentes a cambio de obtener un favor especial. Ellas aseguran que lo haces para conseguir el habla.

Lidia se paraliza con lo que su hermana le dice, ¿cómo podría ella hacer algo tan terrible?

—Debes decirme, Lidia. Dime si lo que dicen es verdad.

“No, claro que no hermana. Yo nunca dañaría a nadie, y menos a unos pobres niños indefensos. Debes creerme, por favor créeme”, le suplico en su lenguaje especial, con lágrimas cayendo de sus ojos.

Los ojos de Leila la miraron con suspicacia, siempre pensó que había algo inexplicable en su hermana pequeña. Desde que nació sus padres habían atravesado por un infierno, por las noches escuchaba como rezaban fervientemente llamando a un Dios que fuese a socorrerlos, alegaban que algo no los dejaba tranquilos, y los veía enloquecer. Los dos desaparecieron a los días del nacimiento de Lidia, sin explicación alguna. Desde entonces, Leila sentía que algo la perseguía también.

Leila mira a su hermana y termina por asentir.

—No quiero que salgas de la cabaña, desde ahora seré yo quien haga las compras y quien se encargue de la leña. Harás las tareas de casa; cocinarás, limpiarás y lavarás ¿entendido?

Lidia se muestra de acuerdo y desde entonces así fue.

***

Pasaron muchas noches hasta que Lidia presenciara que su hermana desaparecía de nuevo.

A la media noche, Leila se levantó de la cama, pero a diferencia de la noche anterior se inclinó hacia ella y deposito un beso en su frente. Para Lidia se sintió como el beso de Judas.

Leila abandonó la cabaña y se internó en el espeso bosque con Lidia siguiendo sus pasos. La siguió hasta una colina en donde un hombre la esperaba.

—Temía que no llegarás —le dijo el hombre, Lidia no lo distinguía entre las sombras pero podía afirmar que era el mismo hombre que vio observando a su hermana aquel día.

—Nunca dudes de mí, amor mío.

Leila caminó hacia el hombre y cuando estuvo frente a él se despojó de sus vestiduras y se perdió entre sus brazos. Anonadada, Lidia retrocedió tropezando con una piedra y rodando por la colina. Al levantarse se encontró desorientada, no sabía cuánto había recorrido pero parecía ser una larga distancia.

La noche apremiaba y se podía escuchar el aullar de los lobos.

Desesperada al hallarse sola, Lidia aceleró el paso intentando volver a la aldea, pero se desorientó aún más y no encontró la salida del bosque.

Cansada y perdida, se recostó en la hierba y esperó hasta que el sol se pusiera.

***

Despertó porque alguien la removió y llamo su nombre, al principio pensó que estaba dormida pero al abrir los ojos encontró que el hijo del panadero la miraba.

—Lidia, ¿qué haces aquí? Es muy temprano para estar en el bosque.

Sin poder explicarse, Lidia solo negó con la cabeza.

Tras de él, un grupo de pueblerinos se acercaron.

— ¿Hallaste algo, Rafael? —le preguntó una muchacha que Lidia había visto numerosas veces paseando junto a él.

—No lo que buscamos, hermana.

La muchacha observó a Lidia, quien estaba cubierta de barro.

— ¡Por aquí! —gritó otro de los pueblerinos que los acompañaban. El grupo corrió en la dirección que el hombre señalaba.

— ¡No puede ser! —exclamó una de las jóvenes del grupo.

— ¿Está muerto? —preguntó otra.

Confundida, Lidia intentó acercarse al grupo para saber que habían encontrado pero Rafael la detuvo, él permanecía a su lado y la veía asustado.

—Debes irte, huye y no regreses.

Lidia negaba con desesperación, sin entender lo que el joven le pedía.

—Te culparán a ti, dirán que tú lo hiciste.

“Pero yo no hice nada, yo no sé qué pasó”, intentó decirle Lidia, pero él no parecía entenderle.

A lo lejos, Lidia escuchó que uno de los pueblerinos la acusaba:

— ¡Fue ella! Fue la chica muda, la hallamos dormida a unos metros del cuerpo…

— ¡Vete, rápido! —le gritó Rafael.

Lidia observó los ojos azul cielo del chico por una última vez antes de obedecerle.

Corrió todo lo que sus piernas le permitían, hasta que sus músculos se quejaron. Tropezó y cayó en la hierba una y otra vez, pero consiguió levantarse y continuar. Eran muchos pueblerinos tras de ella, y Lidia no estaba segura de que tanto la buscarían.

Siguió avanzando, cada vez a paso más lento hasta que volvió a llegar la noche y se encontró débil.

Llegó hasta un arroyo, en donde se sumergió. El agua le llegó hasta los hombros y bebió de ella recuperando fuerzas.

Salió del arroyo y se quedó dormida por lo que creyó fueron muchas horas.

***

Lidia se despertó al escuchar la voz de su hermana, sobrecogida por la ilusión de que ésta la rescataría de aquella pesadilla, se levantó y avanzo siguiendo el sonido de su voz aterciopelada. Estaba hipnotizada cómo si fuese un bebé en la cuna cautivada por su voz.

Observo una fogata a unos metros de ella y con la esperanza de encontrar a Leila corrió hasta alcanzarla, pero lo que halló fue algo que jamás se hubiera esperado.

Leila estaba danzando desnuda alrededor de la fogata, su cuerpo esbelto estaba bañado en sangre. Los ojos de Lidia se abrieron con sorpresa. Temiendo que su hermana estuviera herida se acercó un poco más, descubriendo de quien provenía la sangre. Era la sangre de un niño que yacía inconsciente a unos metros de su hermana, con el pecho descubierto y la sangre brotando de su cuello.

Lidia se cubrió los labios, ahogando un sollozo, su cuerpo tembló y le advirtió que huyera, pero sus piernas no le obedecían. Se paralizo hasta que unas manos la tomaron por la espalda cargando con ella.

Lidia se resistió pero no pudo contra la fuerza de aquel hombre.

—Miren nada más a quien tenemos aquí, una intrusa —dijo el hombre.

Leila miro a Lidia y contrario de lo que ella esperaba esbozó una sonrisa.

—Bienvenida, querida hermana.

El amante de Leila hizo a Lidia arrodillarse frente a su hermana y la sujetó de los cabellos.

Lidia observó a su hermana y pudo ver que ya no era la mujer que conocía, ahora era una criatura temible y peligrosa. Su cuerpo comenzó a sufrir espasmos nerviosos, estaba segura de que Leila no la dejaría irse luego de haber presenciado su secreto.

— ¿Por qué Lidia? ¿Por qué tenías que seguirme? Lo último que hubiera querido sería hacerte algún daño —se inclinó hacia ella y acarició su delicado rostro.

Frente a las llamas, Leila lucía como una criatura preciosa y maquiavélica, el fuego parecía acoplarse a sus ojos como si formara parte de ellos.

Lidia no necesitó comunicarse con su hermana para expresar lo que sentía, de sus ojos brotaban lágrimas. Estaba más asustada de lo que se había sentido jamás.

—Lo sé, querida, sé que sientes miedo y que estás confundida. Pero no temas, te lo voy explicaré todo—Se inclinó y le dio un beso en la cabeza.

Leila le explicó a su hermana el propósito que la trajo hasta allí, mientras su amante la ataba.

Le contó que llevaba mucho tiempo intentando concebir un hijo y que al no lograrlo recurrió a un método sobrenatural. Hace unos años había pactado con un demonio pidiéndole un niño. El demonio prometió otorgárselo si le entregaba el alma de cinco inocentes, tres de ellos ya habían sido asesinados por lo que Leila estaba cada vez más cerca de conseguir su propósito. Pero, algo había salido mal en el trato y ahora, Leila se estaba transformando en algo que desconocía.

—…Sufro dolencias en las noches que no me dejan dormir, tengo deseos prohibidos por cosas que no puedo tener —Leila camina hacia el hombre y le roba un beso—, y no solo sexualmente…

Las lágrimas de Lidia no cesaban mientras observaba a su hermana. “El alma de cinco inocentes”, aquello se había quedado atascado en su mente. Leila la sacrificaría. La mataría para conseguir su deseo.

Leila se inclina tras de su hermana y le susurra al oído:

—Siento deseos por la carne humana…

La bruja vuelve a acariciar el rostro de Lidia, limpiando sus lágrimas. Verla tan indefensa hace que los deseos por devorar su carne se incrementen. Escucha a su estómago crujir y comienza a sentir la transformación.

Lidia se agita, intentando soltarse, pero el hombre le ha atado las manos.

Leila se coloca frente a su hermana, transformándose ante sus petrificados ojos. Su cuerpo se retuerce en el suelo, sus huesos se desfiguran, comienza a salirle pelos por todos lados, sus dientes se convierten en colmillos y sus manos en garras. Convertida en un enorme león rojo Leila pega un brinco saltando sobre su hermana. Le arranca la ropa y la deja tendida sobre la hierba.

Lidia cierra los ojos, esperando sentir sus colmillos enterrarse en su piel pálida. Sin embargo, Leila pasa sobre ella y devora la carne del niño.

***

El sol había resurgido pero la luz no alcanzó a Lidia, la pobre criatura se había desmayado por la impresión, al presenciar aquella infamia, despertando en un infierno aún peor.

Los pueblerinos la habían encontrado nuevamente cerca del cuerpo de otro de los niños desaparecidos, ya no tenían dudas de que aquella era la bruja que buscaban.

La ataron de manos y pies y la condujeron hasta el centro de la aldea, en donde hombres y mujeres se congregaron para presenciar su ejecución.

En medio de la aldea había un árbol, que según contaban los ancestros era una réplica del árbol del edén, el cual había condenado a la humanidad. Pusieron a la chica bajo él como prueba de redención a los pecados de la humanidad y la colgaron entre sus ramas, en dónde encontraría la muerte.

Lidia no se resistió, sabía que aquel destino era mejor que lo que le esperaba en vida, viviendo con aquella bestia. Lo último que vio fueron los ojos color carmín de su hermana, quien le sonrió en medio de la multitud, antes de perderse en el bosque para conseguir a su siguiente víctima. Ya solo le quedaba un alma inocente antes de conseguir lo que tanto anhelaba.

***

Leila se mezcla entre los árboles y las flores para encontrarse con su amante.

Leila le hace el amor antes de que éste le entregue su nueva víctima.

Leila cumple con lo prometido y devora la carne del quinto sacrificio.

Leila, quien acaba de concebir al tan ansiado niño en su vientre.

Leila, que traicionó a aquel ser puro que tanto la amaba, con tal de cumplir sus deseos.

Leila, quien ahora amenaza a la aldea con sus garras y los persigue por las noches como venganza por la sangre de su hermana derramada.

Leila, quien arrulla a un niño en brazos cuyos ojos color esmeralda recuerdan a la hierba mañanera.

1 de Julio de 2020 a las 13:46 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Daniela Corzo Hola, en este perfil encontraras desde cuentos clásicos hasta novelas de misterio, suspenso y fantasía. Te invito a seguirme y a leerme, prometo sorprenderte con los giros en mis tramas y mi originalidad.

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Angélica Plaza Angélica Plaza
WOW simplemente genial
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