guillermo-pegoraro1586181522 Guillermo Pegoraro

Cuando el amor, la pasión y la lujuria entran en conflicto con la razón, siempre dejan heridas de batalla difíciles de suturar.


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Capítulo único

El Big Bang humano

Auditorio colmado. Las conferencias del profesor son míticas, nadie se las quiere perder. Primero entra ella. Dorados cabellos alisados, delgada, chaqueta a dos tonos y pollera por arriba de las rodillas. Lentes pequeños y rodete con hebilla plateada. Es profesora adjunta, y se sienta al costado del escenario cruzando las piernas.

Él espera en el pasillo, al lado de la entrada… dudando ingresar. Ha recibido una carta perfumada con beso estampado en la solapa. Beso de labios femeninos de color rojo perlado.

La coloca en un bolsillo, respira profundo y comienza su lento descender hacia el escenario. Saluda al auditorio y abre el maletín. Saca papeles sin prestarles atención. Su mente viaja como luz por miles de lugares, menos por el anfiteatro. De repente, como cámara en reversa, introduce los papeles en el portafolio. Su asistente lo observa y pretende ayudarlo, pero él se aparta de sus notas y va directo al micrófono.

Luego de secar su frente, mira de izquierda a derecha al alumnado. Esperan… el silencio exaspera.

— ¿Saben cuál es la fuerza humana más poderosa?

El auditorio reflexiona. Se comienzan a levantar manos de cada parecer. Algunos opinan que es la fuerza bruta del macho, otros la adrenalina, la locura, los actos desesperados o la unión como especie. No, no y no va respondiendo el profesor para desalentar a quienes pretenden apostar.

—Les pregunto por la energía psíquica que trasciende al cuerpo y modifica la realidad.

Nuevamente hay quienes pretenden encontrar respuesta a tan simple pregunta y apuntan… el amor, el odio, la felicidad, la avaricia, y nuevamente, no, no, no… hasta que al final alguien dice ¡El sexo! Por ahí, dice el disertante. La profesora adjunta revisa el programa del día; no entiende la estrategia de su colega. Parece haber perdido el rumbo.

—Biología y Sociología… ¿Qué es uno, sin otro? ¡Nada! Hasta la más simple molécula de vida no actúa sola. No existe el Robinson Crusoe en ningún ecosistema, porque hasta él tuvo que convivir con un indígena para que tomara fuerza la novela.

El profesor ahonda sobre el molde biológico que se viste de ropa, de las emociones herederas del sentido de supervivencia y de los sentimientos encubridores de instintos. Glorifica la naturaleza como regente del destino del planeta y destierra ideas de omnipotencia por encima de ella.

—El acto humano es careta de lo que es: títere de la naturaleza.

Les explica que el destino de la humanidad está ceñido a que machos y hembras se apareen y ¡punto!... nada más. Lo que sigue, cualquier expresión como residuo que no afecte al primer mandato.

—Entonces… volvemos a la pregunta. Si sexo es lo que todos buscan, ¿cuál es la fuerza más poderosa que lo consigue? ¿Cuál es el Big Bang humano?

Algunos insinúan la atracción, otros repiten el amor, los menos se arriesgan por las feromonas, pero sólo consiguen no, no, y no.

—El amor es producto final, no fuerza inicial. Pareja son, aquellos dos que ensamblan sus historias infantiles, alocadas adolescencias y actos maduros, en un territorio de nadie… pero mutuo. Aunque antes debió suceder algo, de aquella “incomodidad del rose de una mano” al “suicidio del pudor”, que bien lo define Woody Allen: “El sexo sólo es sucio si se hace bien”. Chicos… les hablo del enamoramiento como la fuerza más poderosa. La más biológica y social que se les puede ocurrir. La que hace arrancar ropas a mordiscos y que fogosamente se amen… con el oculto propósito biológico en que la especie continúe.

Risas y comentarios en el auditorio. Nuevas manos se levantan. Son los conservadores, puritanos, los menos liberales que desacuerdan, sosteniendo que el amor es más fuerte. Pero la respuesta desde el púlpito no se hace esperar.

—Se extiende más en el tiempo, pero no más poderoso. Es como comparar un mar calmo con un pequeño pero bravo rio.

El disertante develó la respuesta, los alumnos quedaron captados y la Adjunta no logra adivinar dónde se dirige. El docente vuelve a secar su frente, introduce el pañuelo en el bolsillo equivocado y recuerda la perfumada carta. Debe apurar pasos y resolver el dilema.

—Estar enamorado es “Dar lo que no se tiene a aquel que no es” como dice Lacán. Porque ofrecemos una versión de nosotros que no concuerda con la diaria; y vemos al otro idealizado, sin mácula, cuando en realidad tiene varias. La naturaleza practica la excepción en la regla, suprimiendo nuestro Yo narcisista, que protege, en busca de ese objeto amado… y llegar a historias de cama. Camino de glorificación por el otro, olvido de uno mismo. En vez de salvación, muchos sólo consiguen perdición. Ya lo dijo Freud “En la ceguera del amor, uno se convierte en criminal sin remordimientos”. Por suerte, cuando descubrimos las miserias en el otro, deja de ser dios para mostrarse… humano; y si lo aceptamos tal cual es, fallece el inestable enamoramiento, surge el largo amor, que todo lo puede. En palabras de Buda “El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor”.

Los alumnos concuerdan con lo expresado, aunque más de uno recuerda haberlo leído. Lo que ignoran, son los motivos del profesor al citarlo.

— ¿Y en esta familia de actuaciones encubiertas, quién sería el hermano malo del enamoramiento?

Todos se miran, nadie arriesga. Ya no quieren un NO como respuesta. El profesor sentencia.

— ¡El adulterio! ¿Se sorprenden? De qué otra forma la naturaleza potencia sus chances de supervivencia, si no es tentando por igual a célibes y a enlazados con la fuerza del enamoramiento. Piénsenlo. Para quien a jurado fidelidad de por vida, el amor lo calma, lo sosiega, lo devuelve al ser racional original. Pero basta que el código de atracción se reinicie con otro cuerpo, para volver a profesar ese loco alucinar de necesitar y sentirse necesitado; y ya no queda alternativa… que traicionar lo social y dejarse llevar por lo natural. ¿Pero saben? El enamoramiento no es igual al adulterio, porque mientras el primero se rige por reglas limpias, el segundo… siempre, pero siempre arrastra consecuencias nefastas.

El profesor ha dicho justamente lo que ha venido a decir. Se aparta del micrófono mientras observa su mano con el anillo consagrado. Al costado, la profesora adjunta ha comprendido el mensaje, y una lágrima rueda por sus mejillas hasta sus labios rojos perlados.

1 de Julio de 2020 a las 12:09 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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Guillermo Pegoraro Licenciado en Comunicación Social. Licenciado en Psicología. Escritor.

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