miguel-ruiz1586881409 Miguel Ruiz

De todas las actividades banales que realizamos en esta vida monótona, la más subestimada es la de sentarse. En este breve ensayo abordaremos el tema desde un punto de vista filosófico.


Cuento Todo público.

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El arte de sentarse


De todas las actividades banales que tiene esta vida monótona, el acto de sentarse es la más interesante por lejos y a la que no se ha dado el tratamiento que merece pasando por alto la complejidad filosófica que encierra. Desmenucemos juntos este tema.

Lo primero que hacemos al despertar es sentarnos en la cama. Este momento, por mínimo que sea, se asemeja al check engine que tienen algunos autos —en particular los que salieron al mercado a fines del milenio pasado, y de allí en más— que nos puede alertar de cualquier complicación en el conjunto que da vida al vehículo cuerpo. Prestamos atención a los detalles y corroboramos que todo haya retornado del reino de Morfeo en una sola pieza. Por decirlo así, tratamos de ver cómo nos sentimos.

Este es un punto engañoso: nos sentamos en la cama a ver cómo nos sentimos... Recuerdo mi tierna infancia cuando acusado por un malestar existencial le decía a mi madre: “Me siento mal, mamá”, a lo que ella respondía, con esa intuición femenina que se ve acrecentada por el advenimiento de la maternidad: “Sentate mejor y vení a desayunar que se hace tarde para la escuela”.

Podríamos aventurar una conclusión al dilema planteado más arriba, apresurada tal vez, pero firme por lo que luego expondremos, que nuestras crisis comienzan en ese preciso momento.

Si nos sentamos para sentirnos y hallamos que lo hacemos mal, no podremos estar seguros de que enderezar la espalda y posar las manos sobre las rodillas hará que todos los malestares desaparezcan y alcancemos la plenitud como seres humanos. Después de todo, ¿quién es el que se siente mal? ¿Cómo puedo reconocer si, efectivamente, soy yo el que se siente y no alguien más que podríamos denominar supraconsciencia? ¿Cómo puedo sentarme bien? Los problemas con la autoestima comienzan allí. ¿Me siento bien conmigo mismo? Al fin de cuentas nos sentamos en la cama —decíamos— para corroborar que nos sintamos bien; nos levantamos para ir al baño y nos sentamos en el inodoro para deshacernos de los residuos de la noche; nos levantamos para ducharnos y luego nos sentamos a desayunar; nos levantamos para dirigirnos al trabajo o el estudio —sea la situación que se corresponda con nuestra edad— y nos sentamos en el transporte público, la bicicleta, moto o automóvil el cual, con media vuelta de llave chequea que esté bien el sistema, como nosotros una hora y media atrás; nos levantamos para entrar en la rutina y nos sentamos a estudiar o a trabajar durante cuatro horas para luego sentarnos a almorzar y volvernos a sentar a trabajar las otras cuatro horas, en el caso de los adultos, claro está.

Ahora bien, surge casi sin esfuerzo la pregunta: ¿Cómo me siento?

Si lo hacemos bien tendremos una vida saludable; si lo hacemos mal, estaremos deformando nuestros músculos y, a la larga, el esqueleto, lo que podría derivar en ansiedad, depresión, crisis existencial, pensamientos suicidas en el extremo de la patología, porque —recordemos— nos sentamos muy mal.

Es aquí cuando los especialistas nos recomiendan acudir a alguna terapia “ejercicional” en la que nos enseñen a sentarnos bien para sentarnos bien: el yoga o el zen en su variante del zazen pueden ser de las actividades estáticas más provechosas para avanzar en nuestro camino hacia adentro.

El ideal de estas prácticas es aprehender el arte de estar sentado sin hacer nada sintiéndose bien con el momento presente. Actividad que sienta al organismo como un bálsamo fresco y revitalizante.

De esta manera, con dedicación, esfuerzo y “no hacer” lo gramos recuperar la autoestima perdida una mañana de invierno al apoyar los pies descalzos en el suelo helado, acto que nos sentó muy mal aún estando correctamente sentados en el borde de la cama cuando oímos a nuestra progenitora minimizar el daño que acabamos de recibir, sentando un precedente que sólo el arte de estar sentado sin hacer nada nos sentó de maravilla para volver a sentar cabeza en esta monótona y superflua existencia.

Para cerrar este breve ensayo sobre la sentada, permítanme aconsejar la adquisición de unos hermosos zafús de madera de fabricación propia, artesanales, con almohadón de semillas antiestrés que pueden ser suyos por una módica suma si me escribe a la casilla de correo [email protected]con el que, le aseguro, amable lector, logrará sentarse a usted mismo de la mejor manera, de la forma en que siempre debimos habernos sentido: sentarse para sentirse holístico.

16 de Julio de 2020 a las 02:01 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Conoce al autor

Miguel Ruiz Lector empedernido desde que aprendí. La primera historia la escribí de niño, inspirado por Julio Verne y Ray Bradbury. La fascinación por lo que la lectura inducía en el ojo de la imaginación hizo emerger historias y aventuras propias. Hoy trato de aprender el oficio de escritor.

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