in_volur I.N. Völur

Por primera vez, en toda su vida, Axel fue capaz de rechazar el bombardeo de estímulos. Las detonaciones, los acelerados protestantes y estudiantes intentando huir; incluso la onda eléctrica que propulsaba el calor a través de su cuerpo. Todo cesó en un minúsculo instante, y entonces, lo visualizó. Recordó al varón de la noche; las pláticas graciosas e incomprensibles de cuando tenía unos 7 años. Ahora tenían todo el sentido del mundo. . Quizás reflexionar en medio de un atentado, con un cadáver a la escasez de un metro de distancia y siendo el principal sospechoso en un entramado de conspiraciones, había sido la opción más incoherente. A su vez, había sido lo más esclarecedor en 23 años. . Axel Roth, al ojo de muchos, tenía la vida llena de oportunidades que sólo pertenecer a la familia de arquitectos más prestigiosa en Eagle’s Eye podía ofrecer. ¿Su error? Decidir mirar hacia el pasado apoyado en una única referencia: los números romanos sobre su muñeca. --------------------- Esta historia está registrada en safecreative bajo el número 2006214487154. Trabajemos en contra del plagio por el bien de los escritores y lectores.


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Prólogo

11 DE DICIEMBRE

Lúcida era poco para describir la pesadilla que estaba experimentando. Sin embargo, sabía que todo a su alrededor era real: Las personas, los lugares, los eventos. Conocía todo a la perfección ¿no?


En un abrir y cerrar de ojos, lo dudó.


Por primera vez, en toda su vida, hubo un completo silencio. No había gritos ni respiraciones, incluso las vibraciones y el retumbar de su acelerado corazón; todo el bombardeo de estímulos conoció un alto. Su vista seguía nublada, y estaba seguro que seguía con la boca entreabierta en busca de aire, pero ni siquiera el nudo que obstruía su pecho se dignó a hacer aparición. Nada seguía las costumbres y no tenía forma de corroborar lo que ocurría a su alrededor. No sabía si los protestantes seguían allí, no había rastro de detonaciones o de las sirenas que, lejanas, habían estado tensando sus nervios.


De lo único que estaba seguro es que seguía de rodillas, completamente petrificado por lo que alguna vez deseo con tanto esmero. El silencio era aterrador.


Profesores, estudiantes e invitados conformaron el bravo oleaje; fuera y dentro de la galería todo era un caos: un intento desesperado de huir, detonaciones que no tenían idea de dónde provenían. Los colores vivaces de las bombas de humo y el asfixiante picor en el aire lograron su cometido: Dispersar y desorientar.


Cada colisión retumbó sobre su piel. Los cuerpos, los llantos, las esculturas quebrándose igual o peor que cualquier otro objeto. Por un momento, se encogió ante la simple idea de sentirlos a todos a la vez; pero no, eso no ocurriría. No ahora, aunque sus ojos escocían frente al bombardeo de información.


Llevando una de sus manos al pie de su oído, lo verificó. El biochip estaba adherido a su piel. Aquel aparato le permitía esa asombrosa hazaña.


—¡Maldición! —pensó al recordar que el edificio que mayores consecuencias arrastraría se trataba del departamento de biotecnia. A quién le debía ese aparato y que, por alguna razón, despertó una alarma en su interior.


—¡Axel! ¡¿A dónde demonios vas?!


No pudo evitar maldecir más de una vez. Se movió a pesar del resentimiento y la decepción. No sabía por qué, pero haciendo caso omiso a los llamados de su nombre, se vio obligado a actuar. Surcó los pasillos como nunca antes, aprendiendo en la marcha, a esquivar los obstáculos sin premeditarlos con una gran brecha de ventaja. Sobre todo, se repetía constantemente que tenía prohibido arrancar ese aparato de sus oídos. De lo contrario, no podría seguir adelante.


Su antiguo y altanero miedo había sido un grave error. Frente a él, no sólo se evidenciaban las consecuencias de esa decisión de apariencia simple. Los minúsculos detalles de seguir corriendo, haciendo a un lado lo que fuera que se atravesara, lo encaminaron hasta la trampa que lo esperaba con ansias.


Sin ninguna perdida, sabían que, a pesar de su enojo por semejante traición, no podría evitar volver; materializaría la peor de las escenas que sus sueños solían censurar.



«La incertidumbre a veces se encuentra allí por una razón. Seguramente encierra algo. Asombro, corrosión... ese detalle capaz de hacer temblar el suelo, para bien o para mal»



Por muy asombroso, el aparato que lo respaldaba no era mágico. La pequeña sombra que corría, señalándole el camino, seguía más viva que nunca. La voz en su interior seguía más clara que el agua. ¿Tan sucia podía ser su propia mente? Que aquello fuera una malintencionada jugarreta mientras dormía y que pronto, la falta de aire le obligara a despertar, por enésima vez, justo antes de alcanzar su destino.


Alcanzado su destino, el impacto le obligó a cerrar los ojos.


—¡Vamos, reacciona! —se gritó, asimismo mientras apretaba los labios con los nudillos contra el concreto. De levantar un golpe, ambos conocerían las consecuencias.



—Axel, necesito que respires ¿De acuerdo?



Entonces, ocurrió. Lo visualizó como si estuviera junto a él; esa voz que conocía muy bien a pesar de la cantidad de años que habían transcurrido. El pelinegro seguía en la niebla por el estallido, el golpe y el ardor que irradiaba lo largo y ancho de su hombro. No obstante, sus ojos se abrieron de forma casi instantánea porque necesitaba corroborarlo: Todo estaba en su mente; más bien, en su memoria.



—No... no puedo —respondió, aunque sus labios seguían inmutados.



No era él precisamente sino el Axel de unos siete años, sujeto a un hilo de voz más agudo y tembloroso, al fondo de una habitación estéril y recientemente destruida. También la conocía a la perfección.



—Claro que puedes. Sólo deja de abrazarte al miedo, no pasa nada.



Guiado por el instinto de huir, su viejo yo seguía sin razonar; intentaba lo posible para fusionarse con la pared. Su imagen actual, a tan solo unos metros de distancia, tragó saliva. El remanente de la presión que ese niño sentía en el pecho, le recordaba esa falta de aire severa y paralizante. Algo que había aprendido a manejar, pero sin estar muy seguro de cómo.


Quizás esa era la respuesta.


Inconsciente, llevó la diestra a la coronilla de sus cabellos, tal como lo haría esa mano enguantada sobre la cabeza del infante para tranquilizarlo. Quieto pero firme, recordó el calor tras esa textura lisa; el fuerte aroma de eucalipto, la colonia amaderada.


Por fin, después de años de enfrentarse a una cara sin rostro, el varón de la noche se reveló más nítido que nunca. Siempre lo había llamado así, pero aquello reafirmó su elección. Esos densos e indescifrables ojos negros lo absorbían todo.



—¿Lo ves? Somos capaces de muchas cosas, cosas que seguro nos atemorizan. Es natural, está en nuestra forma de ser. Pequeñeces desastrosas que con el tiempo aprendemos a manejar.



Un vibrar en la voz firme, una intensidad que seguramente podía llegar a ser autoritaria si se lo proponía. Su altura, su calma, toda su apariencia arcana destilaban eso: grandeza y conquista.


Existían detalles de fondo, detalles que se sumían a ese hombre, pero que no tenían valor ahora. No obstante, estaba seguro. Aquel garbo, aquel rostro regio y angular, despertaba inquietud a pesar de que, con él, su expresión se mostrara compasiva. Al igual que la escena, comenzaba a tranquilizarse. Su visión comenzó a definir los contornos de su realidad y a desvanecer los recuerdos.



—Quizás no lo entiendas ahora, pero el hombre es capaz de...hacer muchas cosas. Por placer, por miedo, por poder; por el simple hecho de eso, de ser hombres. Esto sólo ha sido una reacción propia del momento, lo importante es que estás bien.


—¿Qué debo hacer?


—Todo a su tiempo, Axel. Tú debes descansar, y seguir tu ritmo. Crecer... Crecer para enfrentar la realidad y continuar. De momento, yo me encargo.



El varón retomó su postura erguida, movió con el pie algunos de los vidrios y pequeños escombros esparcidos alrededor del suelo circundante a ellos. Hizo caso omiso al polvillo que comenzaba a adherirse a su oscuro traje.


Vamos. Eso era lo que, seguramente, seguía en su discurso tras extenderle la mano a su pequeño. Quería que salieran de una buena vez de ese lugar. El momento de enfrentarse a la realidad, sin él, había llegado.



Quizás reflexionar en medio de un atentado, con un cadáver a la escasez de un metro de distancia y siendo el principal detonante de toda la serie de eventos, no fue la opción más coherente. Sin embargo, parecía ser lo que se necesitaba para esclarecer 23 años de lagunas mentales.


Un impacto que debía ser asimilado con rapidez para sobrevivir.


Eso no era un sueño, era el mediodía del 11 de diciembre. Se encontraba en el pasillo central del Vytor Tech, tras la estampida de personas que había irrumpido en el último evento del semestre; los protestantes habían tomado el campus.


Axel se recuperaba de la repentina sucesión de ataques que le llevaron a perder todos los progresos que había dado. Un pie tras otro, inestable, intentaba colocare en pie; aunque el cuerpo que perdía los últimos rasgos de vitalidad, parecía jalarlo con el quebradizo hilo de respiración.


Esa palidez de mármol ajena a lo humano amenazaba con volver a nublarle la vista con lo que, años atrás, juró impedirse frente a otros: lágrimas.


Estaba conociendo las desventajas de la solución a sus problemas y era demasiado tarde para arrepentirse. El daño era palpable en esos ojos vidriosos que le gritaban, utilizando sus últimas reservas de energía, para incitarlo a lo que debió haber hecho desde el momento que se le presentó aquella oportunidad.


Aunque el jalar de esos delicados circuitos le abrieran otra herida, arrancó el biochip de su sistema. Una carcajada no muy lejana se levantó en la amplitud del espacio.


Terminemos con esto —dijo el caballo del tablero.


El de cabellos rizados se vanagloriaba en un único pensamiento: Axel no podría hacer nada para revertir los hechos. Él contaba con la planificación perfecta, su obstáculo muriendo a fuego lento y la orden que esperaba, lanzada. Con el sedante especialmente confeccionado para su contrincante, tenía todas las luces de una salida campal. Ayudar a acelerar el proceso no le molestaba en lo absoluto.


Los ojos verdes de Cairo centellaron. Aunque no lo quisiera admitir, era tan necesario que hubiera ventajas como un atentado, un sedante y una emboscada para poder capturar a Axel; aunque el imbécil no tuviera ni la más mínima idea.


Cairo desprendió un artefacto alargado de su cinturón, y con el pulsar de un interruptor, seria cuestión de segundos para que adquiriera el aspecto de una pequeña bazuca, amoldada a su brazo. Apuntó con determinación y sí, el sedante tenía un buen efecto.


Del hombro a los torrentes vitales, sería cuestión de minutos para que las luces fueran perdiendo fuerza. Aun así, no sería suficiente para inmovilizarlo hasta que eso ocurriera. No con todos los sentidos de Axel libres de controles.


Una vez más, los estímulos lo acribillaban, pero, aunque percibía sus propias flaquezas, estaba seguro de algo: Los sonidos le guiarían. Podía percibir el aroma y el vibrar de la desesperación contraria.


Una respuesta natural al entorno —pensó. En esta ocasión no se paralizó ni se encogió frente esa túrbida intensidad. Ya tenía suficiente, estaba cansado de huir y resistir en un recuadro tan limitado.


La primera detonación se disparó hacía él. Cerró los ojos.


Al comienzo, nunca se hubiera creído capaz de semejante acto. Las decisiones que solía tomar siempre le guiaron a un camino sin salida. A ocultarse y seguir las pautas de un ciego rebaño, acogido por familia.


Ahora era distinto. Después de sucesivos golpes y gritos, retornaba a su eterna lucha por la libertad. Sólo así consiguió moverse y, sólo así, entendió que estar allí se remontaba a ese mismo movimiento que ejerció a inicios de octubre.

27 de Junio de 2020 a las 01:22 0 Reporte Insertar Seguir historia
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