martin-girona1583791253 Martin Girona

Mila trata de sobrellevar la rutina en el tercer año de cuarentena compulsiva, pero no está sola: alguien vive escondido en su casa y se prepara para asesinarla...


Horror Todo público.

#suspenso #enunmundoparalelo #encierro #asesino #terror #cuarentena #virus
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La otra mujer

Todo empezó con una mosca. Mila notó el zumbido a media tarde, mientras se preparaba un té. Se había levantado de una siesta de dos horas y seguía en pijama. Desde que estaba sin trabajo, pasaba mucho tiempo en pijama y sus siestas eran cada vez más largas.

Para evitar las discusiones y los reproches sobre su tendencia a levantarse cada vez menos de la cama, Mila tenía que aprovechar a dormir antes de que llegara su esposo, o al menos antes de que terminara de cumplir con todos los protocolos necesarios para entrar a la casa, que incluían desnudarse para una desinfección completa en una cabina antiviral que el gobierno había colocado en el frente y que les cobraba en cuotas con la factura de la luz (“porque todos tenemos que colaborar para mantenernos a salvo”).

Se sentó con el té frente a la computadora y se dispuso a buscar trabajo, como todos los días. El zumbido de la mosca se volvió más molesto y cercano. Sólo había dos ofertas laborales más que el día anterior, eran para la construcción de la ciudad subterránea y ya se habían anotado más de cuatro mil personas. La mosca se paró en su mano y Mila tiró un manotazo al aire. Entonces vio que no había una, sino tres moscas revoloteando sobre ella.

Golpeó a una que cayó sobre la servilleta y pudo verla mejor: era bastante grande y tenía unas manchas blancas en el cuerpo. La aplastó con la servilleta dejando una pequeña aureola de sangre y la tiró a la basura. Volvió a la cama a leer y notó que había varias moscas entrelazando sus zumbidos, eran más de diez y pudo ver que algunas tenían esas diminutas manchas blancas. Lo buscó en Internet.

Sarcophaginae. Moscas de la carne, en general son carroñeras.

Se durmió con el libro entre los brazos. Despertó con su esposo entrando a la casa. Se incorporó en la cama y lo vio pasar desnudo y corriendo por el pasillo hasta el baño. Mila alcanzó a ver una de sus manos llenas de sangre…

Se despertó temblando y escuchó el sonido de la ducha. Su esposo terminó de bañarse y se acostó. Le dio un beso en la frente sin decir nada, puso la alarma y se giró dándole la espalda. Ella tardó casi dos horas en dormirse nuevamente. Cuando volvió a despertar él ya no estaba y el atardecer apagaba los colores del cielo del otro lado de la ventana. Se había perdido todo el día durmiendo. Sintió una comezón en la pierna y cuando la sacudió salieron volando varias moscas. Había decenas de moscas sobre la cama.

Fue en ese momento cuando aquella idea la golpeó como un martillazo en el cerebro: no fue un sueño. Su esposo había asesinado a alguien y lo había escondido en la casa. Por eso estaba llena de esas moscas carroñeras de manchas blancas.

Se dedicó a revisar la casa con el celular en la mano, para poder estar atenta a la hora. Tenía cuarenta y cinco minutos antes de que su esposo regresara del trabajo. Revisó en todas las habitaciones y dejó la puerta verde para el final. Había sido el cuarto de su hijo que murió a los cuatro años. Mila no había vuelto a entrar y su esposo lo había clausurado en un esfuerzo por detener el tiempo del otro lado.

Se acercó lentamente, metió la llave en la cerradura, apoyó la mano en la fría madera verde con su respiración enloquecida oprimiéndole el pecho. Recordó a su hijo marchito en la cama del hospital y retiró la mano del picaporte con el estómago revuelto por el horror.

El aire no llegaba a sus pulmones, el pasillo se había vuelto más angosto, las ventanas llevaban tres años cerradas, un hedor asqueroso apestaba el encierro.

Sacudió la cabeza varias veces apretando los ojos, trató de controlar su respiración y sus latidos.

Abrió la puerta y la podredumbre y la peste se le metieron en la nariz y en la boca. Hacía unos años se habían ido de vacaciones por dos semanas, la heladera se quemó y cuando volvieron toda la carne estaba podrida y llena de hongos y gusanos y moscas. El cuarto de su hijo olía igual. Las moscas de manchas blancas zumbaban en el silencio, alegres y llenas y pesadas.

Mila cerró la puerta y contuvo las arcadas. Sonó la alarma, su esposo estaba por regresar. Se aseguró de dejar todo como estaba y se sentó con la computadora. Pasó una hora y él no llegó. No era la primera vez que sucedía algo así. Su esposo tenía una amante. Se lo había dicho hacía varios días. Llegaba tarde, entraba directo al baño y lavaba la ropa para ocultar sus olores.

—No hay otra cosa que desee con más fuerza que irme de esta casa y divorciarme —le había dicho durante la última discusión.

Pasaron otras tres horas y él no llegó. Entonces Mila lo llamó, pero tenía el celular apagado.

Finalmente la venció el sueño. Se despertó al otro día y vio que su lado de la cama estaba igual. Lo volvió a llamar, el celular seguía apagado. Decidió que era el momento para averiguar qué escondía en el cuarto de su hijo.

Abrió la puerta con la mascarilla puesta y revolvió hasta llegar al baúl azul, que estaba en el rincón debajo de una estantería con muñecos de acción. Mila trató de moverlo, pero estaba demasiado pesado. Se agachó bajo la estantería y lo abrió.

Tardó unos segundos en procesar lo que estaba viendo. Sus ojos se habían perdido en el anillo de casamiento envuelto en el dedo largo y raquítico. La muerte exhibía su obra frente a ella, prescindiendo del velo de la tumba y de los arreglos del maquillador. El cuerpo de su esposo estaba rígido y siniestramente quebrado y retorcido como para que entrara en ese baúl. Sus ojos opacos la miraban fijo y tenía una pregunta flotando en el hueco de su boca, sin aliento y lleno de moscas. Tenía la carne abierta con múltiples tajos y un cuchillo enterrado hasta el mango debajo de las costillas.

Entonces escuchó un golpe que sonó demasiado cercano. Salió del cuarto con dos zancadas y cuando estaba en el pasillo escuchó otro ruido proveniente de su dormitorio, la puerta estaba entreabierta y una sombra se movió frente a la rendija oscura.

Mila buscó las llaves con desesperación, las buscó por todas partes, hacía demasiado tiempo que no las usaba y no tenía idea de dónde las había dejado. La puerta del cuarto se abrió y escuchó una risa aguda y siniestra.

No se atrevió a voltear. Abrió la ventana y observó el suelo a casi tres metros de distancia. La risa y los pasos se acercaban, eran muchos pasos, no podía ser una sola persona...

Mila saltó y alcanzó a flexionar las piernas para amortiguar el impacto de la caída. Rengueó hasta llegar a la calle haciendo señas con los brazos. De inmediato se escuchó una estruendosa sirena, la cegaron con un potente reflector blanco y un grupo de policías la rodearon gritando.

—¡Al suelo, mantenga distancia, las manos sobre la cabeza!

—Tenemos un código verde, repito, código verde.

—¿Qué haces afuera de tu casa?

—¡Nos estás poniendo en peligro a todos!

—Código verde, código verde…

—¡Estás atentando contra la humanidad al salir de tu casa!

—¡Mi esposo está muerto! ¡Está muerto en la casa!

Los policías se alejaron y levantaron sus armas. Mila apenas podía verlos disueltos en la luz incandescente.

—¡Tenemos un código negro, necesitamos refuerzos y al equipo de control viral!

—¡No estoy infectada! ¡No salgo de casa desde hace seis meses! ¡A mi esposo lo apuñalaron!

—¿Está segura que sólo fue eso?

—¡Si! ¡Fue eso!

—Código verde, repito, se trata de un código verde, suspendan equipo de control viral.

Los policías la obligaron a volver al edificio mientras Mila gritaba:

—¡El asesino sigue adentro!

—El peor asesino está afuera —le respondió uno de los policías.

Después le pidió las llaves al portero del edificio, que hizo un gesto indescifrable bajo la mascarilla y empezó a caminar hacia las escaleras. El policía le hizo una seña con una mano a Mila para que avanzara y con la otra le apuntaba a la cabeza. Ella arrastró los pies y los dolores de la caída hasta llegar a la puerta de su casa. El portero la abrió y se hizo a un lado para dejarla pasar.

—Por favor... voy a morir… —rogó por última vez.

—En casa estás segura, tenemos que cuidarnos entre todos —le dijo el policía desde el interior de su casco hermético. El portero asentía con solemnidad bajo la mascarilla. Le cerró la puerta en la cara y la trancó con llave.

Mila se quedó ahí parada, en la entrada de su casa, frente al dibujo del búho que le había hecho su hijo. Escuchó los pasos desapareciendo hasta quedar en silencio.

Se pegó a la ventana y trató de respirar mientras prestaba atención a todos los sonidos. No tardó mucho en volver a escuchar esa risa. Era una risa infantil y chillona. Entonces escuchó una voz femenina rasposa, seguida del tamborileo de unos pasos por el pasillo.

En el umbral apareció una mujer pequeña, tetona y bizca, su pelo era rubio, su piel era casi transparente y tenía unos ojos verdes reptilianos. Sostenía una cuchilla con pulso trémulo, la hoja entera estaba untada en sangre seca y negruzca.

De atrás de su pierna asomó el rostro redondo de un niño de ojos grandes y pelo lacio por los hombros. Su pequeña mano estaba aferrada a la pollera de la mujer.

—Yo te conozco… —dijo Mila.

La mujer sonrió y apretó el mango del cuchillo.

—Claro que me conoces… ¡mi esposo me engañaba contigo! —respondió la mujer.

—Eres su amante…

—¡No! ¡Tu eres la amante, estábamos casados desde hacía catorce años! ¡Nuestro hijo tiene ocho! —dijo apoyando la mano en la cabeza del niño— Nos desalojaron en medio de la pandemia, no teníamos a dónde ir, nos iban a llevar a uno de esos Campos de Contención, así que vine a pedirle ayuda. Y se negó, estaba dispuesto a dejar que su hijo terminara encerrado con los moribundos, tratado como un animal sarnoso...

—Por eso lo mataste.

—¿Qué?

—¡Lo mataste y lo metiste en el baúl de mi hijo!

La mujer la miró con los ojos desorbitados y el cuchillo temblando en la mano.

—¿De verdad piensas eso? Tú lo mataste. Nos escuchaste hablando, gritaste y cuando salió al pasillo lo apuñalaste varias veces.

Mila miró a su alrededor y notó que las paredes estaban manchadas de sangre, que la biblioteca estaba caída y que la televisión se había reventado contra el piso.

—Lo arrastraste hasta ese cuarto y seguiste con tu vida, supuse que no nos habías visto. Estuvimos viviendo en esta casa los últimos días, escondiéndonos en las habitaciones en las que no estabas, al principio nos quedamos en el cuarto de tu hijo, pero el olor se volvió insoportable. Ya no podemos seguir así, no quiero que mi hijo tenga que vivir como una rata… —la mujer levantó el cuchillo, empujó suavemente al niño hacia atrás y empezó a caminar hacia Mila.

—No importa quién lo mató —dijo Mila— La casa es grande, podemos vivir los tres, hasta que todo pase, no tiene que morir nadie más.

La otra mujer frenó sus pasos y la miró de frente, sus ojos de reptil brillaban entre las sombras.

—Yo tampoco soporto esas moscas —dijo después de un prolongado silencio.

—Se están dando un festín.

—Él no se merecía nada mejor que eso.

—No, probablemente no —murmuró Mila.

Se sentaron los tres en el sillón frente al hueco que había dejado la televisión. Mila prendió la radio. Una empresa estaba contratado a personas feas como actores para una publicidad contra la violación de la cuarentena, en el marco de la campaña quédate en casa para siempre. Después de un poco de maquillaje, las personas seleccionadas por feos iban a dar testimonios actuando como contagiados al borde de la muerte.

—Es la primera vez que lamento ser hermosa —dijo la otra mujer y dejó escapar una risa viscosa, achinando los pequeños ojos verdes. Mila también río.

La otra mujer se llevó a su hijo dormido a la cama y después se acostó. Compartieron la cama de dos plazas. La primera noche, ninguna de las dos durmió. Mila podía escuchar la respiración y los movimientos vigilantes de su acompañante.

Escuchó un zumbido y sintió el cosquilleo de unas patas sobre su mejilla. Se levantó a buscar el insecticida y se dispuso a terminar con el problema de las moscas.

26 de Junio de 2020 a las 17:55 2 Reporte Insertar Seguir historia
10
Fin

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Fred Trespalacios Fred Trespalacios
Wow! Me encanto, una mezcla entre El gato negro y Silent Hill, y ese final... Me exploto xD un gusto haberte leído
Yaritza Moreno Yaritza Moreno
Me dejó en shock...
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