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LUCES

No hace falta pararse y pensar en el futuro, cuando lo que has hecho en los últimos años es escapar de tu pasado. De lo que fuiste, lo que eres y en lo que te convertirás.

A quienes me han arrebatado todo. A quienes labraron mi futuro en un pasado ahora olvidado, como un rescoldo en la historia del fuego; a ellos el futuro debería haberlos castigado. Al menos ese es mi deseo final mientras miro a través de los barrotes de mi solitaria celda, esperando el regreso de Tanner, el guardia que me propinó la última golpiza que recuerdo antes de desplomarme en la negrura de mi inconsciencia.

Sentía los pasos acercándose, acechando como un viejo zorro a su zagal presa. No quería morir. No hoy. Mi vida se aferraba a mis lánguidas piernas, pensando en mis opciones, desmadejando el hilo de posibilidades que tenía a mi alcance, en esas cuatro paredes que se reducían a mi total existencia.

Al instante atisbé por el rabillo del ojo una rutilante luz que llamó toda mi atención. Puse todo mi brío en arrastrarme inútilmente y sin resultados, y sólo para descubrir que mi cuerpo colgaba a unos treinta centímetros del suelo.

Cuando tomé consciencia de la forma en que mis brazos colgaban, recién ahí el dolor se hizo presente. Mis axilas desprendían un hedor de aquel que no conoce el agua caliente. La costumbre indicaba un baño cada tres semanas, pero yo llevaba mas tiempo colgando del que dejan a un jamón cocer a la sal.

El dolor que me provocaba el peso que debían sostener mis brazos era insoportable, y se acentuaba más y más a medida que recobrara la razón. Sentía mi piel desgarrada y ardiendo debido al constante vaivén al que me sometían.

Miré a la negrura del techo para descubrir cual era el mecanismo que sostenía mi pesado cuerpo en el aire. Como esperaba, era un sistema de poleas con el que Tanner y otro sujeto que no reconocí, subieron mis ochenta y cinco kilogramos de músculos y huesos. Cavilé unos segundos para reconocer el gancho al que se anclaba todo el mecanismo. Balancearme era mi única opción, y si lo que buscaba era sacar el gancho de su lugar, esta era la mejor estrategia.

Comencé a corcovear mi cuerpo, combándolo con mis escasas fuerzas, y para mi asombro el techo comenzaba a ceder, desprendiendo un polvo cuyo olor se me antojaba pútrido, mezcla de heces y el olor a humedad de algo que no se ha ventilado en mucho tiempo. Me provocaba arcadas y mis ojos comenzaron a humedecerse dolorosamente.

Estaba al borde de lograr mi cometido cuando de improviso las sombras de las llamas que se filtraban por el umbral de la tosca puerta de metal forjado, comenzaron a bailar descontroladas.

Sólo tenía unos segundos antes de que todo se perdiera para siempre y volviera mi suplicio, sabía que de no lograr ahora el escape redoblarían la seguridad de la celda y no escatimarían en lo que costara cambiar aquellas viejas poleas por cadenas de buena calidad.

De golpe la puerta se abrió con estrépito, luego de lo cual vino un silencio espacial.

-¿Qué mierda es ese olor tan putrefacto Brion?... !Qué demonios! !!El prisionero ha escapado!!

-¡Pedazo de mierda te pedí que me relevaras cinco minutos para ir a mear y ni esa tarea puedes realizar sin estropearlo!-Brion lo miraba atónito, sin dar crédito a lo que sus ojos veían.

-Juro que me distraje sólo unos minutos para... para- Taner lo interrumpió violentamente, escupiendo millones de gotas de saliva.

-¡Te he dicho cientos de veces que este sujeto no puede quedar sin supervisión! -La ira se reflejaba en el rostro enjuto de aquel hombre.

Para cuando los guardias comenzaron a cercar el perímetro que lindaba con las inmediaciones de la antigua prisión yo ya me encontraba a más distancia de la que creí posible recorrer en mi decadente estado.

Durante el frenesí me movía mecánicamente, pero para aclarar las cosas puedo decir que los recuerdos venían a mi como cuchillas. Es como el oficio del carnicero que luego de largos años de trabajo, corta las piezas como si desarmara un puzzle cuyas partes conoce de memoria.

Gracias al peso de mi cuerpo, el techo cedió dando paso a un caudal de excrementos procedentes de las caballerizas y y los baños superiores, esto me dio tiempo de utilizar el asombro y los cuerpos de los dos escuderos que cayeron, como una escalera que me permitiera la salida al exterior.

Un vez arriba y sin pensarlo me acerqué a una daga que se encontraba en las estanterías botadas a causa del desprendimiento del suelo, y proseguí mi fuga con ambas manos presa de mis cordeles.

El éxtasis de la situación no me dejaba pensar en nada más que en salir lo antes posible de ese lugar, y no fue si no hasta que pude tranquilizar mis pulsaciones, que noté la suciedad humana que tenía sobre todo el cuerpo. El olor era tan fuerte que vomité dos veces seguidas un líquido tan verde como la piel de un sapo, mi pelo estaba húmedo y pegoteado a causa de mi huida y lamenté tristemente que el primer baño que me pudiera dar en mucho tiempo fuera con los desechos de mis custodios.

Cuando ya no pude divisar las luces que dejaba a mi espalda, procedentes de tan perdida ciudad, mi cuerpo logró recobrar su homeóestasis componiendo una sarta de sonidos que se me antojaban las más bellas melodías existentes, considerando que había perdido la cuenta del tiempo que había pasado en cautiverio sin escuchar nada más que el quejumbroso pesar de mis captores y de sus rutinarias vidas.

En el momento que consideré seguro dar un descanso a mi cuerpo, el sol comenzaba a esconderse en un lejano destello, cerrando a su paso cuanta montaña se cruzara. Era un espectáculo inefable.

No pude conciliar el sueño como deseaba, pasé un buen rato tratando de rememorar algo, pero todo era borroso. Los únicos recuerdos que lograba encontrar eran vagas conversaciones entre mi padre y yo, y sólo cuando estábamos de cacería. Era irritante.

Miré el cielo, sus astros y la inmensidad de su espectro.

Por alguna extraña razón me sentía observado, tenía terror de las criaturas que pudieran darme caza, pero mi cuerpo necesitaba una tregua, mis muñecas roídas por el jaleo de la cuerda que aún las aprisionaban se mostraban teñidas por mi propia sangre seca. Mis rodillas rojas y abiertas producto de las tantas caídas de unas débiles y temblorosas extremidades que ya no me obedecían, pedían a gritos desesperados un momento a solas en la oscuridad. Tan sólo mis pensamientos se cerraban a esa posibilidad. Pero ya no lo soportaba. Nuevamente el suelo se apiadó de mi. Oscuridad.

22 de Noviembre de 2016 a las 05:34 0 Reporte Insertar 4
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