snowcostero Nieves Costero

Somnifobia: miedo a dormir. Pero, ¿por qué alguien tendría miedo a dormir? Drake no lo sabe. Él no tiene razones para temerle a ese acto tan simple y tranquilizador. Hasta que llegan ellos, seres de otro mundo, con todas las herramientas necesarias para exterminar a la humanidad. Ellos vienen de noche. Nadie sabe por qué, porque nadie sabe que están aquí. Entonces, Drake deberá intentar sobrevivir en un mundo apocaliptico. No está solo: otras personas lo ayudan en este desafío. Él no conoce al resto de sus compañeros. Pero ellos sí lo conocen a él, aunque no podrán decir nada hasta que sea el momento indicado. Y todos juntos deberán correr contra sus miedos, si quieren demostrar cuánto valen sus vidas en el universo infinito.


Ciencia ficción No para niños menores de 13.

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01.1 Un cielo gris

Antes de empezar, aclaro que la novela está dividida en dos partes. Por eso capítulo 01 de parte 1 :)


Drake Stanley abre los ojos, después de una larga noche. Aún no sabe que esa será la última vez que podrá descansar sin sentir que la muerte lo acecha.

Es una mañana fría. Afuera llueve, con mucha lentitud y los sonidos de las gotas se escuchan con facilidad. El despertador se hace escuchar a las 7:00 am. Drake lo apaga con rapidez. No pudo dormir bien. Escuchó sonidos extraños y por unos instantes, incluso se sintió observado, a pesar que no había nadie más en su dormitorio. ¿Quién más podría estar allí? Quizás era Robinson, su hijo de ocho años. Pero Robin no acostumbra a caminar solo de noche, pues le aterra la oscuridad. Si hubiese querido ir con su padre, habría corrido con su linterna azul.

¿Su esposa, tal vez? No, eso es imposible. Maddison Lee murió hace tres años.

Sin embargo, Drake está más que seguro de que la mirada penetrante de alguien lo acechó durante toda la noche.

Quizá solo fue mi imaginación, piensa para tranquilizarse. No tiene miedo.

A decir verdad, sí tiene miedo. ¿Y si hubo algo en su ventana?

Las ventanas están ocultas tras las cortinas de colores blancos. Se acerca hacia ellas, y corre las telas, con un poco de precaución. No ve nada extraño. Solo llueve, monótono. El cielo está gris, con algunos rayos.

De repente, una luz azul destella, rápido. La distingue con facilidad. Fue un azul eléctrico y brillante.

Drake cierra las cortinas, con un movimiento brusco. Quizás aún está dormido. O tal vez fue una mala pasada. ¿Y si lo imaginó?

Cuando era niño, su hermano mayor, Andrew, solía decirle que él era demasiado imaginativo. Inventaba historias con tanta facilidad como calculaba cuentas numéricas. Sacaba miles de historias de su cabeza, algunas un tanto disparatadas. Una vez, le recomendó incluso que deje Star Wars, porque sus cuentos ya eran demasiado inverosímiles. Drake no le prestó atención. Entre su hermano y él había diez años de diferencia. Ni siquiera compartieron juegos de niños. Eran muchachos de épocas diferentes.

Si Drake ahora tuviese doce, pensaría que esas luces son parte del Millennium Falcon, y no dudaría en ir al FBI para pedir una cita con Fox Mulder. Pero tiene treinta y cuatro años, un hijo pequeño, y un trabajo al que ir. A lo mejor, está adormilado y eso explica por qué ve cosas que no existen.

Pero... ¿Y si es verdad? ¿Y si realmente hay algo extraño en el cielo? Con solo pensar en ello, siente un poco de frío repentino.

¿Y si son extraterrestres? A Drake le fascinan esos temas... Pero no está muy seguro de querer despertarse y encontrarse con uno de ellos en el patio trasero de su casa. A pesar de que siempre quiso tener la posibilidad de ver algo extraordinario en el cielo, ahora le parece un tanto terrorífico.

Otra vez, piensa que todo es producto del sueño. Camina hacia el baño y se moja un poco la cara. Si Maddie estuviese con él, lo tranquilizaría y le diría que solo fue un efecto de la lluvia. Ella sabía controlar cada problema.

Maddie falleció en un accidente automovilístico. Drake se ha sentido un poco solo desde ese entonces, y Robin aún más, aunque no lo diga. Esa es una de las tantas cosas que hacen que Robin y él sean parecidos: ninguno de los dos querrá admitir que se siente solo.

¿Por qué no? Pues porque tienen miedo a las reacciones de los demás. ¿Les creerán? ¿Los ayudarán? ¿Y si se burlan? Han pasado tres años, ya deberían haberlo superado.

Drake camina hasta la habitación de su hijo. Piensa que debe apagar el velador de la mesa de noche de su hijo. Robin lo enciende todas las noches. Drake sabe que solo es un miedo de niño, se le pasará en unos años. Él también le tenía miedo a la oscuridad cuando tenía ocho años.

Aunque el velador ya estaba apagado. Pero el interruptor no indicaba que así fuera.

Debe de haberse quemado el foco, razona.

Se acerca a su hijo y le susurra las mismas palabras matutinas de cada día para despertarlo. Su pequeño hijo se rehúsa a levantarse y se voltea hacia el lado opuesto. Drake sabe que está despierto, solo tiene fiaca mañanera.

—Vamos, Robin, que es viernes —agrega—. Mañana podrás dormir hasta tarde.

Sin embargo, Robin se mueve en su cama y se cubre con las sábanas de su caricatura preferida.

Drake sale de la habitación. Puede predecir los movimientos de su hijo y está seguro de que se mantendrá así por unos cuantos minutos más.

Entonces, baja las escaleras y se dirige a la cocina. A los pocos minutos, el ruido de unos pasos le avisan a Drake que su hijo ya se despabiló.

—¿Has dormido bien, Robin?

El pequeño asiente con la cabeza. Robin no suele hablar mucho.

Cuando Maddie murió, Robin solía decir que algún día la volvería a ver y que le contaría todo lo que ocurrió en su ausencia. Hasta que, de un instante al otro, dejó de creer en que ella regresaría a casa. Dejó de contar sus ocurrencias, dejó de correr por la casa con sus muñecos, dejó de ser ese niño parlanchín, juguetón, imaginativo e ingenioso y se sumergió en un mundo de tristeza, casi sin saberlo.

Y a pesar de que el tratamiento no parece dar muchos resultados positivos, Drake nunca abandonó el sueño de que pueda volverlo a ver juguetear por toda la casa.

Luego de unos minutos, padre e hijo salen a la vereda. Robin se sube al asiento trasero del auto. Drake se sienta en el asiento delantero. Controla que Robinson se ponga el cinturón de seguridad y enciende los motores. De esa manera, parten hacia sus respectivos destinos.

Cada tanto tiempo, Drake vuelve a mirar el cielo. No son las nubes lo que le molesta, sino, la extraña luz azul. La recuerda como mecánica, fugaz, clara y real. Muy real.

Ahora es cuando piensa que quizás Andrew tuvo razón y que debió dejar de inventar tantas historias locas sobre naves espaciales y extraterrestres.

El colegio de su hijo está ubicado a una distancia alejada de la casa de Drake, pues ellos viven en una zona rural. Al llegar a la escuela, Robin toma su mochila, se baja del auto y, con una mirada, se despide de su padre. El niño camina lejos de los demás alumnos, encerrado en su propio mundo.

Drake lo ve alejarse. Respira hondo y gira el auto, de camino a su empleo en el observatorio de Nevada. Ha dejado de llover, pero el cielo aún sigue nublado; aunque sin rastro de las luces extrañas.

El observatorio está casi vacío, pues es temprano aún, pero luego de un tiempo se llenará de personas curiosas y alumnos de distintos colegios. Aunque el mejor momento es a la noche, cuando todos pueden tener acceso al telescopio.

Drake es cosmólogo y una de sus funciones en el observatorio es enseñarles a los visitantes todo lo que quieran saber. También suele investigar un tanto, junto a sus compañeros. Hubiera deseado estudiar ufología, pero esa es una disciplina complicada, mucho más que astronomía. Tendría que haber dedicado su vida a buscar extraterrestres y eso no es algo que se pueda hacer todos los días. De igual forma, no se queja. Puede preparar el telescopio todas las noches, investigar y descubrir cosas nuevas. Además, las preguntas de los visitantes a veces son bastantes curiosas y le dan mucho para pensar.

Drake se arrima a la oficina de su jefe, para avisar que ya llegó. Su superior, el señor Joshua Clay, está allí, como suponía. Suele llegar dos horas antes de lo estimado a cada lugar. Como cada día, está vestido con traje impecable, se nota el fijador en su cabello (aunque su cabeza está casi pelada), los vidrios de sus lentes brillan por su estricta limpieza y tiene esa expresión de tonta seriedad que lo caracteriza.

—¡STANLEY! ¡Tarde otra vez! —grita, apenas escucha el sonido de la puerta moverse. Ni siquiera ha levantado la vista, pero sabe que Drake está allí, porque conoce el horario exacto en el que suele llegar cada uno de sus empleados.

Drake se fija en su reloj de pulsera.

—Llegué dos minutos más temprano que ayer —reconoce.

—Tiene que llegar a las ocho y quince EN PUNTO.

—Pues, son ocho y diecisiete...

—¡TARDE! —grita, al mismo tiempo que golpea su escritorio y todos los lápices brincan. Drake no se sorprende. Joshua hace el mismo circo todos los días.

— Solo vine para avisar que ya llegué —finaliza.

El día se esfuma como cualquier otro. De un momento a otro, Robin aparece en el observatorio. Su padre no puede buscarlo a la salida del colegio, por lo que el pequeño debe tomar el autobús escolar y, en vez de regresar a casa, va hasta el observatorio, hasta que sea el momento de volver a casa. A Drake no le agrada la idea de que Robin se quede solo. A Joshua, en cambio, no le gusta la idea de que los hijos de sus empleados caminen por el observatorio, entrando y saliendo de las habitaciones, pero a Robin no le parece mala idea esperar a su padre. El observatorio no es un lugar feo y después de terminar sus tareas, suele ir a las exhibiciones. Le gusta ver las maquetas de planetas y escuchar a los guías hablar, en especial si es su padre.

—¿Algo nuevo que contar, Robin?

—No.

Robinson sabe todo lo que su padre dirá, porque lo repite todos los días. Pero a él no le molesta.

Drake sabe que hacer las mismas preguntas todos los días aburre a Robin, aunque no pueda darse cuenta de ello.

Pero de repente, Drake tiene una idea. Está anocheciendo y los visitantes que quieren ver por el telescopio están próximos a llegar. Drake tiene que armar el telescopio para que puedan hacerlo.

—¿Y si me acompañas a ver por el telescopio? —le propone. Sabe que a Robin, como a él, le fascinan las estrellas.

Robin deja escapar una sonrisa y corre con su padre. Juntos, llegan hasta el salón donde está el telescopio gigante. A Robin le parece inmenso y a veces se pregunta si podría tocar el cielo si se trepa en él.

—No creo que podamos abrir el telescopio hoy —le comenta uno de sus compañeros de trabajo—. Está nublado.

Drake se acerca a la ventana. En efecto, sigue nublado.

—No van a abrir el telescopio hoy —sentencia Joshua—. No quiero que lo rompan. ¿Saben cuánto sale uno de esos?

—No pensábamos abrirlo, señor —comenta el compañero de Drake, con voz cansada.

—¡PERO LO PENSARON!

Robin se acerca más a su padre. Ese hombre gritón que trabaja con su padre y le pone fijador a los últimos tres pelos que le quedan, le da un poco de miedo. Hasta tiene expresión de malvado.

Drake no escucha los gritos de Joshua. Se detiene en las nubes que está mirando a través de la pequeña ventana. Son grandes. Luces azules y violetas destellan en sus profundidades, como si fuesen relámpagos.

Se encienden.

Se apagan.

Y otra vez se encienden.

Y otra vez se apagan.

Exactamente igual que como la que vio esa mañana.

Solo que ahora hay muchas más.

—No van a abrir el telescopio —concluye Joshua, aunque ya todos lo sabían—. Pueden irse a sus casas. Ya no hay nada que hacer aquí.

Drake sigue mirando las nubes. Algunas parecen moverse....

Hacia abajo.

—Robin, quédate aquí —indica. El niño solo asiente con la cabeza.

Drake echa a correr, hasta el patio del observatorio. Está anocheciendo y cada vez hay menos luz.

Abre la puerta del patio. Una nube parece descender hasta el suelo. Drake está aterrado. Le tiemblan las piernas y piensa que tal vez será mejor idea regresar. Pero con cuidado, se acerca hacia ella. Cayó entre los pinares, no muy lejos de él.

Cuando está lo suficiente cerca, logra ver que la luz azul, la misma que antes brillaba en las alturas, ahora centellea en el suelo de tierra. Se esconde entre las plantas y observa con toda su atención: algo metálico y negro se levanta. Se mueve y se eleva, pero luego se oculta de nuevo.

Drake no sabe qué siente. ¿Miedo? ¿Felicidad? Por fin ha visto un OVNI. Toda su vida los estuvo buscando. Se acerca un poco más. Se escuchan sonidos extraños desde dentro de la nave.

Luego, un sonido especial. Un sonido similar a una guitarra desafinada. Drake se aleja un poco. ¿Qué significa eso? No sonó amistoso.

¿Y si golpea?

—¡STANLEEEEEEEEYYYY!

Drake rueda los ojos y regresa a la puerta trasera del observatorio, donde Joshua lo está esperando con el ceño fruncido.

— ¿SE PUEDE SABER QUÉ HACE? ¿QUÉ TIENE, CINCO AÑOS, QUE CORRE POR EL PATIO COMO SI ESTUVIESE JUGANDO A LAS ESCONDIDAS?

—Hay algo atrás de los pinares —cuenta Drake, un tanto emocionado.

—¿Algo cómo qué? ¿UN LADRÓN? No se van a llevar mis telescopios...

—No, no, una nave extraterrestre.

Joshua cambia la mirada de preocupado, por una de desconcierto.

—¿Una qué?

—Una... Una...

Drake piensa que "nave extraterrestre" suena alocado e infantil. Y tonto, muy tonto.

—¿Usted cree en los extraterrestres, Stanley?

—Pues... Sí...

—Lo creía más racional....

—¿Usted no cree en extraterrestres, señor Clay?

—¿Me ve con cara de creer en ellos?

Drake no responde nada. Lo único que ve en su jefe, es un tacaño preocupado por sus telescopios, que, para variar, ni siquiera son de él. Son del observatorio. Y Joshua no es dueño del observatorio.

—Tal vez, si me acompaña... —comienza Drake, un poco tímido. ¿Y si allí no hay nada? ¿Qué fue lo que vió?

—Stanley, hasta que no traiga pruebas contundentes, no voy a creerle nada. No hay nada que afirme que existan otras vidas fuera de este planeta. Lo que no se ha podido resolver en años, no lo va a poder solucionar usted, en solo unos minutos, y de pura casualidad.

Drake abre los ojos como plato. Eso se sintió como una ofensa.

—He estudiado los astros desde que soy adolescente y sí se han encontrado evidencias de vidas en otros planetas.

—Pues ninguna fuente confiable lo ha confirmado.

—¿Y qué es "confiable" para usted? ¿Wikipedia?

—La BBC, o la National Geographic. Se las recomiendo, ¿sabe? No le haría mal leerlas.

—Pues fíjese que la National Geographic saca artículos sobre extraterrestres. Y la BBC también.

Drake ve que las mejillas de Joshua se tornan rojas. Traga saliva y respira profundo, antes de que Joshua lo mate y no vuelva a hacerlo. Se repite que no debe contradecir a su jefe. No sin antes tener una vía de escape segura.

—Le doy dos opciones —dice Clay—. Se va ahora mismo, o lo dejo encerrado en el patio con sus naves espaciales. No voy a arriesgar mis telescopios por usted.

Drake asiente y entra en el observatorio. Realmente debió de sentirse muy molesto para refutarle algo a su jefe. No suele hacer eso todos los días. Más bien, nunca.

Apenas entra al observatorio nota que Robin está allí, detrás de Joshua. Drake hubiese preferido que su hijo no hubiese escuchado la rara conversación. Lo toma de la mano, recoge sus cosas y ambos se van de allí.

El camino de vuelta se torna tenso. Robin sabe que su padre está enojado, pero siente miedo de preguntarle el por qué, aunque cree saberlo. Joshua grita muy fuerte como para pasar desapercibido.

Para cuando llegan a casa, ya es de noche. Drake mete el auto en la cochera y presiona el interruptor de luz.

Pero no enciende.

—¿No voy a poder dormir con mi lámpara? —cuestiona Robin, asustado.

—Em... Quizás puedas dormir con tu linterna... Fíjate si tiene pilas.

Para suerte de Robin, la luz regresa al instante. Entonces, después de ver tele juntos y cenar, Robin se retira a dormir. Drake se despide de él y se va a su dormitorio; cae en un profundo sueño en cuestión de minutos.

Sin embargo, Robin no puede dormir. Lo atemoriza la sola idea de que haya extraterrestres en su planeta.

Después de unos minutos, se queda dormido. A las horas se despierta sobresaltado, producto de una pesadilla con protagonistas a seres de otro planeta. Se mantiene quieto, acostado, con lágrimas en sus ojos, aferrado a su tupido oso de peluche. La linterna funciona, por suerte.

De repente, escucha sonidos desde su ventana. Gente gritando como si alguien deseara acabar con su vida, autos que se chocan..., y un potente ruido, parecido al de una guitarra desafinada.

La luz de la linterna titila. Y de repente, se apaga.

Robin comienza a llamar a gritos a su padre, sumido en la desesperación. Las cosas parecen monstruos y el sonido de afuera suena más horroroso aún.

—Robin, ¿qué pasa? —le pregunta su padre al llegar a su habitación. Medio dormido, se sienta enfrente de su hijo.

—¡Tengo miedo!

—¿A qué?

—¡A los marcianos!

—¿A quienes?

—Los escuché hablando sobre los marcianos, papá, hoy en el planetario.

Drake recuerda que Robin estuvo ahí. Se muerde el labio. ¿Tendría que haberle dicho algo apenas lo vio allí?

—Robin, no hay extraterrestres...

En ese instante, el sonido extraño se vuelve a hacer presente. Drake lo escucha. Ese maldito sonido está allí, de nuevo. Otra vez, siente un frío infernal en sus huesos. El sueño se le esfuma en un segundo. Una palabra cruza por su mente.

Esconderse.

Carga a Robin en brazos y se dirige al sótano. Allí, Robin logra tranquilizarse. Estando en brazos de su padre se siente seguro y el sueño lo vence; pero Drake se queda despierto. No puede cerrar los ojos. Tiembla en la oscuridad, respira con fuerza. Se aferra a su hijo. No puede pensar. No puede ver. Escucha mujeres gritar, animales correr, camiones chocar, como si todo fuera una extraña orquesta. Por un instante se pregunta si todo es real. Tal vez, aún está dormido y es una pesadilla. Una pesadilla que dura horas eternas.

Los sonidos cesan al amanecer. Drake deja a un dormido Robin en un rincón bajo la escalera. Lo esconde con unas sábanas, por si algo inesperado sucede.

Sube a su casa. Todo está como lo habían dejado. Se aproxima a la ventana y desde allí se encuentra con un paisaje nada habitual.

Se pone su saco gris y con cautela, gira la llave en la cerradura. Ahora puede ver que unos cuantos árboles están carbonizados en el suelo y hay rastros de quemaduras en la ruta. Más adelante, encuentra autos chocados, pequeños fuegos en algunos lugares y en otros, cadáveres.

Drake corre la mirada de la gente muerta. Siente náuseas y respira apresurado. El aire se siente pesado. El mundo parece un sueño difuso. La cabeza le gira. Las cosas cambian de tamaño y se alejan de él. Los sonidos se escuchan lejanos. Las piernas se le tambalean y pierde el equilibrio. Sus brazos no tienen fuerzas.

Se pone en pie con dificultad, regresa a casa y asegura la puerta.


Holis

¿Cómo andan? Espero que estén todos bien 😁
Bienvenidos a mi mundo de imaginación.

¿Qué les pareció el primer capítulo? Espero que lo hayan leído todo y no se hayan aburrido en el primer párrafo, jeje.

Si les gustó el capítulo, pueden dejarme su estrellita. Y si ven algún errorcito, no duden en avisarme.😢😅.

Espero de todo corazoncito que les guste la historia y que la sigan hasta el final.

Gracias por leer!

24 de Junio de 2020 a las 19:05 0 Reporte Insertar Seguir historia
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