bemonda Bianca Monroy

Ella asesina a los pobladores de Santa Catalina buscando venganza, pero nadie puede creer que ella sea real puesto que los fantasmas no existen.


Cuento Todo público.

#378 #payasos #terror
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La venganza


Estaba comenzando a realizar mis primeras notas periodísticas, la mayoría de ellas trataban sobre eventos sociales y asaltos a pequeñas tiendas de autoservicio, era tan aburrido que comencé a buscar noticias sobre crímenes más grandes, como asesinatos y casos por resolver. Así fue que inicié a leer periódicos de pequeños pueblos, donde mencionaban crímenes más interesantes que en la capital y, fue ahí donde encontré la siguiente nota:


Las desapariciones y asesinatos en Santa Catalina comenzaron hace cinco años, poco después de que el circo Teyson cerrara sus puertas ante la desaparición de un miembro importante de su comunidad. Ellos avisaron a las autoridades, quienes buscaron por todo el pueblo y sus alrededores sin encontrar rastro de aquella persona. Agosto de 1984.


A pesar de que la nota era de hacia un año, decidí ir a ese pueblo para conocer de cerca los hechos y, así, hacer una de mis mejores notas periodísticas. Con la emoción de salir de la rutina alisté mis últimos pendientes y los entregué para solicitar mis vacaciones e ir a Santa Catalina, un pueblo que está a mitad del desierto y lleno de curvas peligrosas en su camino.




En cuanto llegue al lugar, su ambiente lúgubre me alertó sobre los temores de la población que ahí vivía. Después de hacer unas cuantas preguntas, todos los habitantes estaban preocupados de que yo fuera otro más en la lista de los desaparecidos.


Por su puesto que su miedo tenía fundamento, puesto que provenía de la última tragedia que había vivido el pueblo y la cual se leía en los periódicos de años anteriores:

Una jovencita residente de Santa Catalina, con a penas dieciséis años, ha sido internada en el psiquiátrico de San Cayetano después de la trágica muerte de su hermana, quien aún sigue desaparecida. Octubre 1982.


Esa noticia corría al rededor de la leyenda de la chica de la carretera, la cual comenzó a ser la explicación de las desapariciones y de los cadáveres encontrados a las afueras del pueblo. Era una interesante nota que escribía con ansias en mi cuaderno, mientras intentaba obtener una entrevista con aquella chica.


Susi, de dieciocho años actualmente, pláticaba sin cesar la historia de lo que sucedió hacía dos años. Ella iba con su hermana y su cuñado, ambos chicos rondaban los veinte años. Todos ellos estaban emocionados por regresar a su pueblo y ver a su familia; pero esa noche pasarían primero a la fiesta de Caspe, una reunión anual que hacían los jóvenes del pueblo cada fin de curso.


Los asistentes a este evento rondaban los diecinueve y veintiséis años, a pesar de que los más jóvenes no eran permitidos, los chicos insistieron a que Susi los acompañara ya parecía mayor a su edad real, por lo que no tendrían problema de que estuviera un rato con ellos.


En el trayecto hacia la fiesta observaron a una chica caminando por el camino. Al acercarse, lo primero que vieron fueron unas coletas despeinadas de colores apagados con dos moños rosados, después un vestido rasgado de color verde chirriante con cuadros cosidos de color naranja y rosa, y al final, unos zapatos grandes y rojos si cordeles. Todos pensaron en ayudarla, pero al hablarle ella no hizo caso a sus palabras y siguió arrastrando sus piernas sobre la tierra.


Juan detuvo la camioneta y salió para auxiliarla, mas, la chica había desaparecido. Sus acompañantes le insistieron y él regresó a la camioneta, en silencio avanzaron y llegaron a la fiesta unos quince minutos después.


Al llegar saludaron a todos y tomaron sus bebidas entre risas. Susi nerviosamente tomó un trago de cerveza mientras su mirada pasaba sobre la fogata hacia un punto lejano de la fiesta. En ese lugar vio a la chica, ella tenía los brazos colgando, la espalda encorvada y parecía que miraba a los asistentes de la reunión.


Su mirada era de odio y parecía buscar venganza, por lo menos eso sintió Susi al verla. La joven alertó a su hermana, pero ella y sus amigos no le creyeron, burlándose de Susi siguieron su acalorada charla, mientras la jovencita señalaba hacia la chica que ya no estaba en aquel lugar.


Susi se asustó al no ver a la muchacha y corrió hacia la camioneta, al ver lo anterior su hermana preocupada la siguió para charlar con ella y disculparse. Ambas estaban peleando junto a la camioneta cuando escucharon como las risas se convertían en gritos. Juntas corrieron hacia la fogata y vieron a la chica de vestido roto, la cual tenía el maquillaje corrido y sus rasgos faciales desfigurados, así como su ropa cubierta de sangre.


Ella estaba vestida como los payasos de su infancia, pero su ropa graciosa y colorida parecía olvidada por el tiempo mostrando un color grisáseo, que dejaba la impresión de que acababa de salir de una tumba. Susi y su hermana bajaron su mirada a los cuerpos cubiertos de sangre sobre la tierra, cuando se dieron cuenta que el cuello de Juan estaba entre las garras de la payasita. Ella lo miraba con odio mientras el hombre se desangraba.


La fémina de coletas descoloridas giró su cabeza para observar a Susi y a su hermana, ambas gritaron, pero en el acto Susi corrió. En cambio su hermana lloraba y gritaba con el cuerpo congelado por el miedo. Al volver la mirada, Susi vio como su hermana ya estaba bajo el cuerpo de la payasita gritando y suplicando, mientras aquella criatura mordía su cuello y le desgarraba la piel con las garras que ahora tenía por manos.


La sangre corría por la tierra hacia la fogata mientras ésta se apagaba. Susi continuaba corriendo sin voltear atrás, pero sentía como otros chicos se volvían parte de la carnada de aquella criatura, que desgarraba sus cuerpos sumergiendo su rostro en su sangre, mientras ellos gritaban de dolor hasta que dejaban de respirar.


Con lágrimas en los ojos Susi siguió corriendo. Sin embargo, a cada paso sentía el peso de aquella criatura acercándose. En su torpe caminar tropezó con un tronco, cayendo de bruces y perdiendo la vista por unos instantes. Después de unos segundos, ella se levantó y vio que no había ningún tronco sino que era el cadáver de su hermana, el cual había sido arrastrado hasta esa zona. Susi gritó tan fuerte que se quedó sin habla. En ese momento sintió las garras penetrando sus hombros y la risa chillona de la payasita en su cabeza.


Por unos minutos quedó inconsciente, pero al despertar estaba acurrucada en la tierra. Ella se desangraba lentamente, ya que sus hombros estaban destrozados, su espalda y brazos parecían tiras rojas de papel colgando. Con sus piernas, las cuales le temblaban, se levantó y caminó lentamente hacia la carretera, dejando un rastro de sangre. En ese instante una camioneta policíaca pasaba por la zona y la vio a lo lejos, los oficiales se detuvieron para ayudarla, mientras el sol salía lentamente por el horizonte.


Ella fue internada de urgencia en el hospital del pueblo. En donde tardó una semana en recuperar el habla, pero cuando logró narrar lo sucedido nadie le creyó, exceptuando a los policías que la había encontrado. Al igual que los años anteriores, las autoridades buscaron a los jóvenes, encontrando solamente un cadáver, en esta ocasión era el de Juan, y las camionetas vacías, así como sangre seca alrededor de la fogata y en ella un moño rosado de tela, esto último como un mensaje.



Después de escuchar aquella historia en voz de Susi, prepare mi cámara para dirigirme al lugar y comprobar lo que decían, a pesar de que ella me pidió que no fuera, aquella advertencia no me importó y partí de inmediato en mi camioneta.


Al llegar observé los rastros que habían dejado las llantas de algunas camionetas. Caminé hasta el centro del lugar para encontrarme con las piedras que rodeaban aquella fogata que me describió la jovencita, lo que me impactó fue el encontrar rastros de sangre seca sobre la tierra, a pesar de esta anécdota tenia más de dos años en su memoria. Para llevar la evidencia de este extraño hecho tomé varias fotografías antes de caminar por los alrededores.


En mi caminar encontré algo que brillaba. Entre aquellas rocas había una pulsera que aún se encontraba en la muñeca de su dueña, a pesar de que la piel estaba corroída y un poco seca se podía observar que la dueña era una mujer joven, mas, el cuerpo no estaba en el lugar.


Esa escena me asustó tanto que decidí alejarme. Subí a mi camioneta y avance por el camino. Mientras el sol se escondía entre las imponentes rocas, mi mente no dejaba de pensar sobre lo que me había narrado Susi, la única sobreviviente de aquella masacre. Subí la música de la radio para ignorar mis pensamientos ya que el pueblo aún quedaba lejos.


En unas horas todo se obscureció, pero yo procuré ignorar las sombras de la carretera y seguir mi rumbo. Aceleré al sentir una presencia que me observaba, mi mirada pasaba del espejo retrovisor al camino. Entonces entré a una curva y la observé, ella estaba parada a la mitad del camino. Su espalda estaba encorvada, sus brazos al frente con las manos como garras colgando, su ropa ensangrentada y rasgada, así como su rostro agachado cubierto por el flequillo que tenía.


Me asusté y giré el volante para evitar atropellarla, en ese momento ella levantó su cara. La miré, su rostro aún conservaba el maquillaje de payaso, pero sus cuencas oculares estaban vacías. No pude contenerme y grité, ella bajó sus brazos y se abalanzó sobre la ventanilla. Entonces perdí el control y golpe la camioneta contra unas rocas.


Mi vista estaba algo borrosa, mas, logré ver como intentaba cortarme el cuello con sus garras. Con esfuerzo coloqué mi brazo izquierdo entre sus garras y mi cuello, mis ojos se cerraron y perdí por completo el conocimiento. Cuando desperté estaba en el hospital de Santa Catalina, con la cara golpeada, mi pierna derecha rota y mi brazo izquierdo totalmente desecho.


Ese día, la policía me hizo muchas preguntas que no pude responder. Durante las dos semanas que estuve internado, cada tarde pasaban dos oficiales a mi habitación esperando que pudiera responder alguna de sus preguntas. Antes de salir del hospital, las enfermeras me comentaron sobre una nueva masacre, pero ésta había ocurrido dentro del pueblo mientras yo estaba desangrándome dentro de mi camioneta.


Ahora todos los habitantes temen por su vida y nadie puede salvarlos de aquella payasita, que aparece cada quince días entre inicios del mes de Agosto y finales de Octubre, asesinando durante la madrugada. Ella espera algún día encontrase con aquellos que le hicieron daño, o al menos eso piensa Susi, puesto que continua buscando venganza.



29 de Junio de 2020 a las 04:01 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Bianca Monroy Hola querido lector. Soy una joven mexicana a la cual le encanta leer historias de fantasía, suspenso y terror, principalmente, pero, también disfruto leer otros géneros. Aunque amo leer, también me gusta crear historias de diversos temas, por el momento dejo a tu disposición seis cuentos, dos de ellos son sobre criaturas fantásticas relacionadas a la mitología de Nauru y de Egipto. Espero disfrutes sus aventuras. Gracias por pasarte a leerme. Abrazos! ***o***o*** Instagram:@be_mon_da_12

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