alejandraabraham Alejandra Abraham

«El poder oculto» es una historia de amor, misterio y magia. La joven Tamara heredará los conocimientos mágicos que su abuela volcó en un antiguo libro. Junto a Esteban, su oscuro compañero, se verá envuelta en una misteriosa trama donde el amor y el peligro son una constante. El mundo onírico y los misteriosos sucesos de la vida cotidiana se irán entrelazando, mientras ellos aprenden a controlar sus poderes.


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Capítulo 1: Alarido espectral

Primera parte: Tamara
Una historia de amor, misterio y magia

Capítulo 1: Alarido espectral

Nuevamente, estaba dando vueltas en la cama. Era la quinta noche en la que no podía dormir bien. Cada vez que lograba conciliar el sueño, me despertaba un maullido desgarrador. Quizás fuese algún gato perdido. Pensé en salir para ver si lograba encontrarlo. No lo había visto aún, pero el ruido me estaba volviendo loca. A medida que pasaban los minutos, lo oía más fuerte y cercano. Seguramente, el cansancio hacía que mis nervios estuviesen jugándome una mala pasada, después de tantos días sin poder descansar bien.

No me explicaba cómo un gato había logrado llegar hasta allí, a la casa de mi abuela, que estaba en el medio de una de las numerosas islas del Delta. Esta era pequeña y estaba perdida entre tantas otras. La rodeaban pequeños canales y un sinnúmero de arroyos. Para salir de allí, debíamos hacerlo en una lancha. Además, no había vecinos cerca porque toda la isla era de mi familia y el brazo principal del río estaba bastante lejos.

Generalmente, se oía el silencio y solo el silencio. Desde siempre, lo consideraba una de las poesías más bellas de la naturaleza y por eso y por lo mucho que yo quería a mi abuela había ido a pasar las vacaciones con ella. Mientras tanto, mis padres buscaban una nueva casa en la Ciudad de Buenos Aires.

Hasta ese momento, estábamos viviendo en las afueras, pero mi papá había conseguido un nuevo trabajo en el centro y se encontraba a muchos kilómetros de donde habitábamos ahora. Sabía que iba a extrañar a todos mis amigos y a mi escuela, ya que también me iban a cambiar.

Quizás toda la ansiedad que tenía era la causa por la cual no podía conciliar el sueño. Pensé en levantarme e ir a buscar un plato con leche para darle a ese molesto gato. Tal vez tuviese hambre y por eso lloraba. Imaginé que podía haber llegado sobre algún leño accidentalmente. Si había sido así, era casi un milagro que estuviese con vida, ya que la corriente era muy traicionera.

El río siempre se comportaba como un animal salvaje. Podía ser pacífico y tranquilo, como también el más fuerte y bravío, dependiendo del día y del viento. Estas eran cosas que fui aprendiendo después de quince años de pasar todos los veranos en la isla. Nadie puede estar seguro de cómo va a comportarse la naturaleza. Así, aprendí desde pequeña a respetarla, a temerle y a amarla.

Estaba convencida de que quedaba algo de leche en la heladera. Pensé que sería mejor calentarla un poco. No quería que le hiciera mal al animal si estaba muy fría. Como el llanto era semejante al de un niño pequeño, era posible que se tratase de un cachorro. Creí que si así era, tal vez me hubiesen dejado quedarme con él y Samanta, la gata de mi abuela, lo hubiese podido cuidar.

Vi un resplandor en la cocina. Había una llama encendida. Sería mejor que me apresurase para que no se quemara nada con ella. Consideré que podría ocurrir una tragedia ya que toda la cabaña era de madera. Por suerte, solo se trataba de una vela encendida. Me llamó la atención la llama. Estaba agitada, como danzando con un viento inexistente. Me preguntaba por qué mi abuela había dejado esa vela blanca allí. Tal vez un rato antes se había cortado la luz y yo no me había dado cuenta. Supuse que era posible que ella con su avanzada edad se hubiese olvidado de apagarla. ¡Qué equivocada que estaba en ese entonces!

Percibí un agradable perfume. Era el delicioso aroma de los azahares que había dejado mi abuela en un hermoso jarro con agua junto a la vela. Con el calor, se había intensificado su fragancia y se impregnaba en todo el recinto. Decidí encender la luz y apagar la vela. En el momento en que un profundo suspiro exhalado por mis labios extinguió la llama, un alarido aterrador que parecía proveniente de un alma que vaga sin rumbo ni destino, perdida en la oscuridad de la noche, hizo que se me erizara la piel. No parecía el llanto de un gato. De todas formas, esperaba que si era un animal lo que se encontraba afuera, no se hubiese lastimado.

De pronto, con el rabillo del ojo divisé el contorno de una mujer. Cuando giré la cabeza y agudicé la vista, ya no había nadie. Corrí a buscar protección a la habitación de mi abuela. Con voz temblorosa le susurré:

—Abuela, rápido levantate. Me pareció ver a alguien afuera.

—Ya pasó querida, fue solo una pesadilla —respondió entre sueños.

—No te duermas, abuela. No fue una pesadilla. Ya van cinco noches que no duermo bien por el maullido del gato —insistí.

—¿Ya es la quinta noche...? Vamos a la cocina, tenemos que hablar —dijo sobresaltada.

Al llegar a la cocina, mi abuela empalideció. Parecía que hubiese visto un fantasma. Me miró seriamente y, casi sin voz, me preguntó:

—La vela... querida, ¿vos apagaste la vela?

Su mirada se tornó sombría y sus ojos negros reflejaron la oscuridad de la noche.

—Sí, abuela, yo la apagué, para que no se incendiara la casa... ¿Acaso hice mal?

No estaba segura si me había escuchado. Solo después de unos instantes, que me parecieron tan largos como una eternidad, tornó sus ojos hacia mí y me dijo:

—No... no hiciste mal. Nadie puede cambiar el final del camino...

—¿De qué estás hablando abuela? No te entiendo —pregunté confundida.

—La vela de todas formas se hubiese apagado sola en algún momento.

No pude reflexionar en ese entonces en sus palabras, porque en ese instante otro ensordecedor grito me estremeció. Volví a pensar en que quizás, un animal hambriento necesitase ayuda, pero creía haber visto a una mujer y eso me asustaba. Aunque posiblemente hubiese sido tan solo mi propia imagen reflejada en la ventana, no quería salir sola. Le rogué a mi abuela:

—¿Me acompañás a darle leche al gato que llora? Debe tener hambre y no quiero ir sola. Estoy casi segura de que vi una mujer afuera, aunque pudo haber sido mi propio reflejo.

—No... no salgas... no creo que eso que llora sea un gato. Ni que aquello que viste sea una mujer.

—Pero, ¿creés que pueda haber alguien afuera? —pregunté alarmada.

—Va a ser mejor que no salgamos. Vení a dormir a mi habitación. Hoy va a ser la última noche que escuches ese llanto junto a mí —respondió mi abuela con voz solemne, aunque intentara sonar tranquila.

Observé intrigada que ella mezclaba el agua del jarrón que contenía los azahares con un puñado de sal fina. Con mucha suavidad, volcaba la mezcla en el contorno de la ventana. Sin poder contenerme, le pregunté:

—¿Por qué tirás agua con sal en la ventana?

—Para espantar... a las babosas. En el Delta hay muchas y se comen las plantas —explicó.

No pude creerle, pero sin agregar una sola palabra más, ambas nos fuimos a acostar.

A la mañana siguiente, después del desayuno, mi abuela me dijo que había llamado a mis padres para que me viniesen a buscar. Yo no entendía por qué había hecho tal cosa.

Supuestamente iba a quedarme con ella hasta que terminasen las vacaciones y eso sería recién en marzo. Faltaba mucho tiempo aún para nuestra despedida, puesto que recién comenzaba diciembre. No llevaba ni una semana con ella y ya quería deshacerse de mí. Estaba indignada y a la vez molesta.

Decidí preguntarle el motivo de su accionar y mi voz sonó quebrada cuando lo hice.

—¿Por qué llamaste a papá para que me venga a buscar? Yo quería quedarme todo el verano con vos. ¿Hice algo que te molestase? ¿Fue acaso por lo que ocurrió anoche? Pensé que te gustaban los gatos, porque tenés a Samanta...

—No, querida. No es nada que hayas hecho. Tan solo surgió algo inesperado y me voy a tener que ir. Pero, no te preocupes, después voy a ir a despedirme. Tus papás me dijeron que ya compraron la casa nueva. La próxima vez que vengas, vas a encontrar el regalo más maravilloso que puedas imaginar, era de mi abuela. Ella se lo obsequió a mi madre, mi madre a mí y ahora lo dejaré en tus manos. No le vayas a contar nada de esto a tu padre. Nunca debe saberlo, ni siquiera cuando yo no esté. Promételo Tamara —dijo clavando sus ojos en los míos.

—Está bien. Te lo prometo abuela, pero... ¿por qué papá no tiene que saberlo? —pregunté.

—Para que no se ponga celoso. Él sabe que lo quiero. Alan es así, no le gusta que no lo tomen en cuenta. Querida, quiero que sepas que hay cosas que solo alguna gente conoce y que nadie más puede hacerlo. En muchos casos, ni siquiera las personas que más amamos. Es importante ser discretas, pero no misteriosas. El misterio y la discreción parecen ir de la mano, pero si uno se pone a pensarlo bien, son cosas muy diferentes. Yo diría que son casi opuestas.

—Bueno, está bien, nadie lo va a saber —le prometí a mi abuela mientras cruzábamos el parque que rodeaba a la cabaña.

Antes de subir a la lancha me aconsejó:

—Lo que vas a encontrar te va a cambiar la vida. Tené cuidado, puede ser tan bueno como peligroso. Por eso te tiene que quedar claro que siempre hay que buscar el conocimiento, para que no te esclavice la ignorancia. Solo así conseguirás el poder. Recordalo bien, porque de esto se trata nuestra existencia. Nunca uses el poder para someter a quienes no lo poseen y tampoco te conviertas en una esclava de su encanto. Enseguida vuelvo, me estoy olvidando una cosa dentro de la casa.

Mi abuela siempre había sido enigmática para dar consejos. Nunca entendí claramente lo que quería decir. Desde que era muy pequeña me instruía con este tipo de cosas y a mí me encantaba escucharla. Después de unos minutos, regresó con una canasta de mimbre en la que solía recoger flores silvestres de la isla.

Me moría de curiosidad por saber qué era lo que llevaba en la canasta, pero me limité a sonreírle y a esperar que se sentase a mi lado en la lancha. Había aprendido, después de muchos años con ella, a respetarla en sus silencios. En ese momento, sabía que si ella hubiese querido que yo supiese lo que guardaba en la canasta de mimbre, ya me lo hubiera dicho. Si yo le preguntaba, casi con seguridad hubiese dicho: "todo llega a saberse a su debido tiempo".

Una vez en la lancha, hice lo que siempre hacía cuando viajaba con mi abuela por el Delta. Me dediqué a observar los destellos de luz dorados que se formaban como si fuesen trazos de un majestuoso cuadro pincelado por el sol. En ese momento, no sabía por qué, pero por primera vez desde que conocía el río, no lo sentía de esa manera. Lo percibía como si fuesen lágrimas doradas que derramaba un manantial de luz.

Permanecí inmóvil observando el río durante un largo tiempo. Cuando levanté la mirada, distinguí a mis padres que estaban saludándonos desde el muelle. Me preguntaba si mi abuela bajaría para saludarlos, ya que la última vez que se había encontrado con mi madre se habían disgustado. Decidí preguntarle:

—Abuela, ¿vas a bajar?

—Sí, querida. Quiero darle algo a tu papá —respondió dibujando una sonrisa picarona en su rostro.

—Cuidado al bajar porque hay muchos tablones flojos y esa canasta es bastante pesada. Si querés, te ayudo —le dije cuando arribábamos al muelle.

—No, gracias, querida. Yo puedo sola... ¡Alan, vení a ayudar a tu pobre madre a bajar de este monstruo acuático! —gritó mi abuela al ver que se acercaba mi padre.

—Vos siempre con tus ocurrencias, mamá, "monstruo acuático". Nunca se te acaba la imaginación —dijo mi papá soltando una carcajada mientras mi madre fruncía los labios.

—Te ayudo. Por cierto, ¿qué traés en esta canasta? Pesa una tonelada —le preguntó mientras reía.

—Es un regalo para Tamara —respondió ella dándome un codazo en el estómago que me dejó sin aire durante unos segundos.

—¿Un regalo para mí?, ¿qué es abuela? —pregunté con curiosidad.

—Es algo muy importante que te indicará algunas pautas del bien y del mal. Prometeme que lo vas a abrir en tu casa y en tu cuarto. Espero que quede algo bien claro, esto es para Tamara y solo para ella. Le gustó mucho cuando estuvo en casa y quiero que se lo quede. No voy aceptar devoluciones. Te lo digo a vos, Raquel.

Estaba segura de que mi mamá estaba pensando en ese momento: "mi suegra es una bruja". Pero yo sentía que quería un poquito más a mi abuela.

Nadie se atrevía a desafiar a mi madre, exceptuando obviamente a mi abuela. Estaba segura de que si otra persona le hubiese dicho eso a mi mamá, ella hubiese hecho saltar hasta a los peces del agua. Pero, siendo mi abuela quien se lo decía, se limitó a echarle una mirada desafiante.

Mi abuela apoyó la canasta sobre el muelle y saltó a los brazos de mi padre. Era la primera vez que la veía abrazarlo de ese modo. Estaba segura de que mi papá también se había dado cuenta. Me miraba asombrado. Luego apartó la vista y miró al piso. Cerró fuertemente los ojos y la abrazó también. Ella no podía contener las lágrimas. Sus ojos, tan negros como los míos, reflejaban el dolor de su alma. En ese momento, yo ignoraba el por qué de su pena. Era la primera vez que la veía llorar.

Los observé durante unos instantes. Luego de separarse, se miraron profundamente. Mi abuela parecía querer decir algo sumamente importante, pero solo se escuchó el susurro de las ramas acariciadas por el viento y el rítmico sonido del agua que azotaba la quilla del barco.

Ella secó sus lágrimas con su pañuelo. Nos besó a mi padre y a mí e ignorando por completo a mi madre, quien la miraba con un profundo odio, dio media vuelta, subió a la lancha y sin mirar hacia atrás se alejó en el río.

19 de Junio de 2020 a las 18:32 0 Reporte Insertar Seguir historia
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