daavidr David Ramírez

¿Te has puesto a pensar en las historias que esconden los billetes con los que pagas? Dicen que la mayoría de billetes que tiene el mundo tienen trocitos de cocaína en ellos, y eso me inspiró para escribir esta historia. Para reflexionar la próxima vez que vayas a comprar algo.


No-ficción Todo público.
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El billete

José salió de su oficina. La fotocopiadora como de costumbre no funcionaba, pero en líneas generales no lo pasó tan mal. Su cuenta de nómina estaba llena de nuevo, y se disponía a ir con la sonrisa menos corporativa posible, a sacar su salario. Entró al banco, saludó de puño al vigilante, y se sentó a esperar. Generalmente no hacía eso, pero al cajero automático le había dado la misma enfermedad que a la fotocopiadora, así que no le quedó de otra.


Tan pronto terminó de salir del banco, se acomodó su camisa y se fue a casa. Llevaba unos cuantos billetes de la misma denominación, todos seriados, aunque viejos. Eran bastantes, pero la inflación se los comería como si de leña se tratara. La ventaja era que, en la camioneta, hacían un buen bulto en el asiento del copiloto, de unos 2 o 3 centímetros.


Se fue hacia el supermercado. Allí compró sus barritas energéticas y la última edición de “mentalidad de ganador: cómo ganar dinero sin esforzarse”, la cual tenía un nuevo capítulo acerca de cómo ser un tigre en los negocios. También compró frutas y verduras, las cuales puso encima de las papas fritas y la nutella. Al hacerse en la fila de la caja, se puso a leer las revistas hasta que Carolina lo llamó para pagar.


Le entregó uno de todos esos billetes, y le devolvió un montón de cambio. Eso, lejos de enfurecerlo, lo enorgulleció más.


Cuando José salió del supermercado, Carolina guardó su billete en la caja registradora. Estaban casi cerrando, entonces no tuvo tiempo de acomodar nada.


Al siguiente día, llegó como de costumbre a la caja número 3. Se dio cuenta de su desastre monetario y empezó a organizar los billetes, tratándolos como si de apuntes universitarios se tratara. Los arrugó y los puso en el poco espacio que tenía, al lado de la banda por donde pasaban los productos. Después de tenerlos en su lugar, abrieron el local, y un señor que vestía un smoking se acercó con un televisor a la caja. Ella, con los ojos como platos, intentó decirle lo más diplomática posible:


— ¿Con tarjeta o con efectivo?


El señor, sacó un pequeño fajo de billetes y lo contó frente a ella. Suavemente le dio el dinero y, a la hora de darle su cambio, se dio cuenta de que había dejado más dinero del que el televisor poseía. Ella le dio la diferencia más el cambio.


— Me había dado de más — respondió ella con una sonrisa, después de ver la cara de desconcierto de aquel millonario—.

— ¡Oh! Muchas gracias, mi señora. Es usted muy humilde. — expresaba aquél tipo con su grave voz—.

Mientras llamaban a algunos vigilantes para escoltarlo, Carolina siguió atendiendo a los demás.


Richard, miraba en su teléfono que las acciones de su compañía habían bajado, todo esto dado a su reporte trimestral de beneficios (o más bien, de pérdidas). Era una temporada dura: los diseñadores web que tenía, se fueron a Rolex en busca de más sueldo y prestigio. Él no podía competir contra eso. Los bienes raíces pasaban por una crisis bastante pronunciada, y la deuda de la empresa ya superaba un alto porcentaje de sus beneficios netos. Asustado, se toqueteó el bigote un poco y se dispuso a moverse hacia su camioneta. Por el camino, intentaba mirar hacia su carrito de la compra, para evitar cruzarse con las miradas de las personas que iban pasando por ahí. Metió el televisor en el baúl y se fue a casa, no sin antes, darles una generosa propina a los guardias: eso sí, mucho menor que cuando se compró los 3 teléfonos (aunque hay que considerar también, que aquél día llevaba prisa).


Cuando llegó a casa, metió su dinero en el cajero automático para hacer una consignación al gerente de programación (que ya de por sí estaba desesperado). Su barrio tenía muchas tiendas desperdigadas, pero todas con acabados rústicos y las sillas cómodas. Allí no podías encontrarte un café americano a menos de 5 dólares. Richard terminó de ver su saldo y hacer cuentas, y se dirigió a su habitación de hotel.


El dinero estaba esperando pacientemente, hasta que una mujer se acercó corriendo al cajero. Estaba sudando y tenía los ojos llorosos. Cuando llegó, se demoró medio minuto intentando meter la tarjeta de la desesperación, y apretaba las teclas al digitar su contraseña como si el aparato estuviera dañado. Una vez salieron los billetes (entre los que se encontraba aquel que Richard había dejado), Liliana salió como entró.


Se chocó con un par de personas, y llegó a la sala de urgencias del hospital (a unas 2 calles del edificio y los cafés) para hablar con la recepcionista.


— ¡Rápido! ¡Quiero que atiendan a mi marido ya! Ya tengo el dinero, sólo quiero que lo ingresen, ¿es mucho pedir? — gritó mientras le pasaba los billetes a la señora—.

— Un momento, señora. Voy a introducir los datos al sistema…

— ¿¡No ve que se está muriendo!? ¡Lo acaban de arrollar!


Las personas sentadas en las otras sillas empezaron a aliarse con Liliana para que dejaran entrar al hombre ya moribundo. La mujer, en medio de tanto caos, llamó al doctor de mala gana para que lo llevara a su consultorio, mientras seguía introduciendo los datos al sistema. Liliana se lo llevó y lo pasó al consultorio, dejando un rastro de sangre por donde pasaba.


Unos 30 minutos después, se oyen unas patrullas de policía entrar en el hospital. Cuando se acercan a la habitación, se van al consultorio en el que el rastro de sangre acababa. Se llevan la licencia de conducir de José, y cuando los policías terminan su investigación, aprovechan para cambiar dinero a la recepcionista. Como de costumbre, se los dio de mala gana, pero entre ellos, estaba aquél billete: aquél que estaba pasando de mano en mano; aquél que se gastaron en dos empanadas.

16 de Junio de 2020 a las 03:24 2 Reporte Insertar Seguir historia
7
Fin

Conoce al autor

David Ramírez Me fascinan los relatos cortos, las mini novelas y los poemas (más que todo de romance). Si tu eres así de apasionado, cómo estaría de bien que te pasaras por mis textos. Por último, procura reseñar mis textos contándome qué te parecieron: no sabes como me sentaría de bien leerte. Publico relatos todos los lunes, para ver si así se pasa mejor la semana.

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Sebastian Silvestri Sebastian Silvestri
Un relato muy bueno, con una estructura muy original! Felicitaciones David!
June 17, 2020, 19:43

  • David Ramírez David Ramírez
    Gracias! Eso intento con la mayoría de mis textos. Saludos :D June 22, 2020, 15:39
~