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Amada Charleen, amada mía

En 1710, Wilfred Van Strujjënbahen y su esposa decidieron mudarse a Inglaterra. Los portadores de dicho apellido habían gozado siempre de riqueza y grata reputación, por lo que adquirieron una elegante mansión y una docena de sirvientes. No quedaba ningún familiar vivo, todos habían padecido terribles enfermedades, por lo que tuvieron un maravilloso varón con el que seguir le linaje. Fue bautizado con el nombre Humphrey Van Strujjënbahen. Pero cruel destino quiso que la muerte presenciara el parto y arropara a la madre. Nunca más despertó. El escritor Wilfred recordaba su pérdida cada vez que miraba al pequeño. Se encerró en su biblioteca e hizo lo mejor que supo, escribir.


Humphrey admiraba a su padre con tan solo 6 años. Pasaba todo el día a su lado viendo a su ídolo recitar en voz alta los tristes versos que hablaban de su querida madre. Él también comía en la biblioteca, como su padre. Los sirvientes insistían para que saliese a jugar al exterior, pero el pequeño prefería cultivar su pálida piel junto a su héroe, ese imponente, encorvado y sabio hombre al que llamaba padre. Para Humphrey, no había zona de juego más divertida que aquella vieja y empolvada biblioteca llena de desordenados libros. Con su redonda mesa de roble llena de manuscritos y su padre , que como si de un mueble más se tratase, yacía sentado sobre la arcaica silla que había soportado el peso de un centenar de generaciones.

Los sirvientes eran los únicos que daban vida al lugar, ya que padre e hijo pasaban día y noche encerrados en aquel paraíso lingüístico. Y así fue hasta que ella apareció. Y literalmente apareció en la puerta de casa haciendo sonar, por primera vez en muchos años, la campanilla de la puerta principal. Dicho acontecimiento fue tan sorprendente como inesperado, el mismísimo Wilfred se molestó en abrir. Una tímida sonrisa apareció en su rostro al verla por primera vez sobre el felpudo. Yacía envuelta en un paño de lino dentro de una caja de madera. El padre la acogió y Charleen la llamó.


Wilfred murió un año después y quince más pasaron los dos huérfanos velando la pérdida. Los sirvientes intentaban que el nuevo dueño cambiase de vida, pero ninguno de los dos quiso abandonar la biblioteca. Iba siendo hora de que Humphrey se sentara en el trono de su progenitor.


«Amada Charleen, amada mía,

jamás te separaste de padre hasta su último día.

Tiempo ha pasado ya y en la mesa sigues sentada con melancolía,

mirando el asiento sobre el que nuestro maestro vivió con alegría.»


Humphrey no sabía si lo estaba haciendo bien, pero sintió un placer único por primera vez. Encendió las velas del viejo candelabro, miró a su musa y siguió escribiendo.


«Quince largos años pasaron desde que una vida fue abatida,

quince largos años pasaron para que una llama encendiese mi vida.

Ya que al fin he podido entender,

que mi amor acaba de florecer.»


El tiempo y la soledad les había unido, les había hecho inseparables. Los dos se convirtieron en los nuevos fanáticos de la biblioteca.


«Amada Charleen, amada mía,

la llama de la vela y tú creáis una perfecta armonía.

Ciego de amor y loco por tu cuerpo,

por el que mis dedos se deslizan haciéndome soñar despierto.

Bailamos juntos sobre el papel,

gozando tanto como si paladeara un buen pastel.»


Una nueva criada se encargada de servir a Humphrey. Era joven y de buen ver, incluso conseguía que el señorito retirara la mirada de sus escritos. Pero él no dejaba de escribir.


«El pecado me quiere corromper

y ante mí en forma de criada se hace ver.

De grandes pechos, enormes pechos,

cuerpo con el que jugaría y quedaría satisfecho.»


Los ojos de Humphrey se desviaban de sus escritos a cada vez que la criada entraba. Miraba cómo caminaba hacia él moviendo su avispada cintura, cómo se inclinaba sobre la mesa volcando su voluptuosa delantera sobre sus papeles para alcanzar los platos vacíos. No pudo retenerse, palpó la carne que el retorcido destino le había puesto ante él y ante su amada.


«Humphrey me llaman,

el hombre al que todas aman.

Pero si dos mujeres pelean,

yo soy el único al que abofetean.»


Pero nadie le agredió. No precisamente a él. Un día, volviendo del baño, abrió la puerta de la biblioteca y se encontró con la escena más aterradora que podría haber visto jamás. Su amada Charleen yacía sobre la mesa, sobre sus escritos. Le habían partido la columna y la habían abandonado sobre una gran mancha de tinta. Horror, desesperación, descontrol.

Humphrey convocó a todos los sirvientes allí mismo, frente a su amada. ¿Alguien me puede explicar lo que ha sucedido aquí? ­­Señaló a su amada. El más veterano respondió que no sabía a lo que se refería. Mi amada, mi amada Charlen ha sido asesinada por alguno de vosotros y creo que ha sido ella. Se giró y señaló a la joven sirvienta. Hace ya mucho tiempo que está enamorada de mí. La joven, asustada, se escondió tras sus compañera. El veterano intentó hacerle entrar en razón, intentaba hacerle entender que no se había producido ningún asesinato y aquella situación se estaba convirtiendo en una locura. Mi amada jamás volverá por su culpa. Veo que esto es un complot, nadie quiere dar la cara. ¡Estáis todos despedidos! Los criados se alteraron, no entendían nada. Antes de que marchéis quiero que le deis el sepulcro que se merece mi amada o no os lo perdonaré en la vida.

Todos se retiraron a excepción del veterano, que recogió las hojas manchadas de tinta y luego a la pobre Charlee, metiéndola de nuevo entre los paños de seda y la vieja caja en la que llegó a aquella casa.

2 de Junio de 2020 a las 13:16 0 Reporte Insertar Seguir historia
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