panda-monium1590585227 Karim Waher

El Río es un pueblo perdido en tierra de nadie, oculto tras el valle y arropado por un cielo turbio e infinito. «Aquí mueren todas las historias», es la frase que recibe a todos los viajeros apenas cruzan sus límites. En este lugar donde todos quieren quieren lastimar y ser lastimados... cuando suenen las campanas, ¿de qué lado estarás?


Horror Horror gótico Sólo para mayores de 21 (adultos).

#romance #misterio #fantasía #erótica
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I Prólogo

Preludio.


Adagio.










Dolor mudo. Sangre. Nauseabundo olor.


La mano trémula se arrastró por los canales que adornaban el suelo, entre cada laja de madera que lo conformaban. Tres uñas encajadas en la dureza caoba y cuatro líneas de piel despegándose, arañando la superficie con desesperado cansancio; como quien busca respirar bajo el agua, la mujer se moría, sintiendo cómo su interior se desparramaba en cada costado suyo. Podía escuchar sus vísceras retorcerse en la baba que arropaba cada órgano, mas no oír su propia lengua cortada llenarle la boca de sangre y el cuello de saliva. Retorcía las piernas, las tensaba contra el ente que hurgaba su vientre con los dedos y envolvía el pecho frondoso bajo el camisón que alguna vez había sido de algodón. Golpeó con las rodillas y se sintió vacía de algo, a la vez que la llenaban.


La maraña de cabellos se hundió en el rojo acuoso que solapó la alfombra, pintando los claveles y los pies pálidos que a su lado esperaban, deteniendo unas piernas cortas que no huían, que no podían moverse un ápice y unían al infante contrala pared. Sus manitas se cerraban, su boca se abría y sus rizos negros absorbían la sal que enrojecía sus ojos brunos... Chillaba, pero no lo hacía. Por cada estocada que daban al interior de su madre, su párpado temblaba y sus encías desnudas de los dientes frontales se privaban de robarle un mordisco. Por cada grito que se perdía entre los dedos del captor, más oxígeno le faltaba. Por cada parpadeo, más lejos estaba ella... y más cerca él.


El chasquido de los troncos arder en la chimenea era rítmico, e iluminaba la delgada línea que definía dónde empezaba el asesino y terminaba el hombre detrás de la máscara de porcelana, aovada y lacónicamente blanca. Hermosa. Se preguntaba qué pupilas miraban desde esas rendijas sonrientes, cuáles dientes rechinaban en la boca cosida; las manos enguantadas sostenían una muerte frágil y violaban la cálida ruptura de un cuerpo, cada movimiento era una delicia sádica y lenta, y el pequeño podía sentir sobre su propia nuca los suspiros gorgoteantes, aún cuando su imaginación no hallaba un rostro ni unos labios que los evocaran. Aquel espectro de carne tallaba con la seda de sus dedos la piel mancillada, frotaba y quemaba. Hacía música de una garganta que ya no crujía...


El niño se dejó caer de espaldas, recorriendo un camino infinito desde la pared hasta el suelo. Acorralado, presa de una excitante expectación, del morbo que su frágil mente no podía concebir aún... y aún así delicioso. La boca se le secó, y un grito le hacía cosquillas en las cuerdas vocales, tensándolas como un violín que culmina su más exquisita obra. Sentía la pegajosa esencia de su madre entre los dedos de los pies, sus tripas desparramadas como las cerezas que rebosan la canasta tejida. Olía su perfume, olía la maldad de aquel que lo lamía, y olía un miedo abrasador pasearse por los rincones del salón, escondiéndose bajo los muebles de roble.


Desprendiéndose los puños tiesos que sostenían su gabardina, el hombre se irguió, dejando caer los brazos inertes lejos de él. Acomodó la cinta del pantalón, sin que su mano izquierda soltase el cuchillo con el que había acariciado a la que ahora yacía en el piso, dejándola morir en el éxtasis. En su éxtasis. Las huellas féminas de unos dedos adornaban el contorno impoluto de la máscara, aquéllos que habían intentado sacarle los ojos mientras se retorcían en medio de la tortura, dejando el carmesí abstracto bajo los orificios que ocultaban en penumbras su mirada. La removió con la bota, escapándose de la prisión candente de sus piernas, y volteó.


Podía percibir desde su altura la respiración entrecortada del menor, mirándolo sobre el hombro. Sus pies giraron en vilo, a la vez que cedía a inclinarse y dejar caer su sombra sobre él, asfixiándolo con su simple presencia. Le dejó revolverse, intentar fundirse con la pared y rehuir de su mirada oscura, indefinida bajo el velo de sus cabellos castaños, largos. Mas, poco tardó en tomarle del cuello y hundirle los dedos en la mandíbula ínfima, deteniendo sus movimientos como se aplastaría a una mosca en el tapiz. Paseó el filo del cuchillo por su garganta, tocándole apenas.


Lo dejó respirar un momento y luego volvió a someterlo, a estrangularlo, deleitándose con la presión que ejercían las manos infantiles en su antebrazo. Le gustaba ver esa boca fundirse en gimoteos, perder su forma y dejar caer la espesa baba en el dorso de su mano. Hundió la punta de la faca en la comisura izquierda, rasgando de un lado a otro y abriéndole la piel en carne viva. Los ojos del niño quedaron en blanco, ya fuese por el dolor que le recorrió la espina o porque la sangre no llegaba a su cabeza, reventándole las venas del cuello.


El hombre lo soltó y sostuvo el peso de su mentón con el mango del arma. Lo observó, endeble, dejado, despavorido. Pasó el pulgar por la herida abierta y restregó la sangre en el espacio blanco de su mejilla. Lo obligó a dejar el rostro quieto e introdujo el filo en su boca, cerca de la otra comisura. Notó la ausencia de algunos dientes y el movimiento de la lengua alrededor del metal sucio, bañado en sangre. Relajó la postura y suavizó el tacto, convirtiéndolo en casi un mimo...


Sonríe —ordenó, afincando el cortante peligro en la boca. El niño lo miró con ojos de angustia, de presa. Volvió a hablar, endulzando la voz, moldeándola en un susurro—. Sonríe y todo esto acabará... sólo quiero una sonrisa...


Convulsionando en lágrimas ásperas, esos puntos azabache y trastornados hallaron un lugar debajo de aquella máscara, la forma almendrada que sostenían el atezado mirar ajeno, tornasolado en el fuego de un ansía sobrenatural...


Sonrió, y él le abrió la otra mejilla.




30 de Mayo de 2020 a las 03:37 0 Reporte Insertar Seguir historia
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