yasnaiapoliana Yasnaia Poliana

Este es un conjunto de historias que tienen como denominador común a mujeres encarceladas por distintas razones. Algunas son culpables, otras inocentes, algunas son famosas o pobres, educadas o analfabetas, de este siglo o de hace cientos de años. Descubrirás, en cada relato, a una mujer diferente.


Cuento No para niños menores de 13.

#presas #justicia #muerte #carcel #policial #suspenso #crimen
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Flores en el alambrado - Elena

El patio de la penitenciaría estaba repleto de internas, pese al frío de aquella mañana.

Después de muchos días de lluvia y viento, el sol había hecho acto de presencia y eso, en la oscuridad de la Unidad N°5, era un verdadero regalo.

Sentadas en el suelo, en sillas plásticas, o simplemente de pie y apoyadas contra la pared, las mujeres cerraban los ojos, disfrutando como lo hacen los gatos cuando se tienden para que el sol los acaricie.

La única que no participaba de la fiesta de la luz, era Elena. A la sombra que proyectaba la altísima tapia que separaba la cárcel de la libertad, intentaba encender un cigarrillo.

–Puta madre. –dijo por quinta vez. El encendedor se negaba a darle aunque sea una chispa.

–¡Ey, Elenita! –alguien aulló al otro lado del patio, y Elena no pudo contener un bufido de puro hartazgo.

Se giró para ver a quien ya sabía que gritaba, y cómo no saberlo si era famosa justamente por los gritos que pegaba constantemente.

Parece criada por Tarzán, pensaba Elena cada vez que la garganta de la Shaki cortaba los silencios del pabellón. Le decían "la Shaki" por Shakira. No cantaba, pero daba gritos parecidos, y tenía el cabello enmarañado y grasiento, y la cintura fina y trabajada.

La Shaki levantaba los brazos y sonreía con sus dientes desparejos.

–¡Eu! Dame un pucho.

Elena resopló otra vez y caminó hacia su compañera, entrando al sector soleado que todas compartían.

–Tomá, y no me pidas más. –sentenció dándole un cigarrillo, que la Shaki se llevó a la boca con impaciencia.

–No seas así, amiga. –la miró como sobrándola, Elena no se inmutó–¿No tené un encendedor? ¿Cómo queré que prenda esto?

–No anda esta mierda.–Elena abrió la palma de su mano, mostrándole el encendedor verde y defectuoso.

–Porque son chinos, duran dos días. ¡Mónica!

Otra vez su grito cruzó el patio y rebotó en las galerías llenas de rejas. Fue más potente, la voz de la Shaki subía varios decibeles cuando le urgía algo.Pese a eso, Mónica no la escuchó. Shakira gritó más fuerte, Mónica era sorda de un oído desde que su marido descargó una escopeta a su lado tratando de darle a un tipo. No sólo no le dio, sino que logró dejarle dos problemas permanentes a Mónica: la sordera, y la cárcel. Diez años. Y él, libre.

–¡Mónica!

Esta vez el desgañitado grito de la Shaki llegó a los oídos de Mónica porque se giró, buscándola. Shakira llegó a ella con tres zancadas y Elena vio que conseguía un encendedor de esos buenos, que son plateados y que prenden la llama cuando se les abre la tapita.

La Shaki volvió hasta ella medio bailando y retorciéndose, abriendo y cerrando la tapita del encendedor. Se lo pasó luego de prender su cigarrillo.

–Hace un frío loco acá, vení. –con un gesto de la mano le indicó el sector con sol, Elena negó con la cabeza.–Dale, vení. Bueno, quedate sola, yo me cago de frío acá.

Sin embargo, la Shaki no se fue. Se quedó mirando a Elena, su rostro concentrado.

Elena sabía que muchas la miraban de la misma manera, porque era un misterio para todas. La veían brava a pesar de ser delgada y de piel casi transparente. Su misterio radicaba en que apenas hablaba pero miraba todo con frialdad, desprecio, o quizás tristeza. Jamás había cometido nada fuera de lugar dentro de la cárcel, su conducta era excelente y hasta incluso alabada por el director. Nunca peleaba porque nunca hablaba ni se juntaba con nadie. Y tampoco se sabía qué había hecho para que termine presa alguien como ella.

Elena sabía que todo eso provocaba en esas mujeres tanto respeto como miedo. Shaki causaba temor por su voz, su presencia, el conocimiento de que afuera había cometido secuestros y homicidios. Como ella, otras tantas tenían prontuarios parecidos, y con ellos se ganaban la autoridad que sólo un asesino que duerme a tu lado puede lograr.

En cambio, a Elena la veían como a una loca. Y de las malas. Así como nunca había hecho nada, sabían que un día podía ser capaz de hacer todo. Lo demostraba su alejamiento, su mirada extraña, su indiferencia a todo.

Exhaló el humo en la cara de la Shaki, que apenas se inmutó.

–¿Qué? –le dijo prepotente, al ver que la Shaki no le quitaba los ojos de encima, mirándola como atontada.

–Nada, tenés linda nariz.Elena largó una carcajada. Todas se giraron para verlas, sorprendidas.

–¿Te gusto o qué?

–No, no...Te lo digo porque...¿nunca te golpearon?

–No tuvieron tiempo. –Elena esperó a que sus palabras hicieran efecto en la Shaki y en las mujeres que, de a poco, se acercaban a ver qué ocurría allí.

–¿Por qué estás acá? –preguntó Shakira, intentando infundir respeto. –Digo...parecés una nena rica, y las nenas ricas nunca van a la cárcel.

–Depende de lo que hagan.

La Shaki bufó, tiró el cigarrillo al suelo y le dio un pisotón. Con la misma fuerza agarró a Elena del brazo y la empujó contra la tapia en sombras.

-Me cansaste, tarada. -escupió-Vas a contarnos a todas porqué te hacés la linda y porqué estás acá.

Lejos de asustarse, Elena le sonrió. Sabía que algún día pasaría esto. En una cárcel no podían esconderse secretos durante mucho tiempo y hablar sobre las razones para estar presa era casi una ley dentro de ese territorio de paredes.

Las demás se acercaron, medio riéndose, ansiosas por el espectáculo.

–Está bien, está bien, te voy a contar. –dijo al fin.

La Shaki sonrió con malevolencia, sin soltarle el brazo.

–¡Che, vengan! –una de las mujeres gritó, llamando a otras para que se uniesen.

–Dale, hablá o te cago a piñas. –sentenció Shakira.

–Bueno. Me criaron las monjas.

–¿Estabas en un hogar? –preguntó una. Elena oyó a Mónica pedir que alguien le contara lo que sucedía.

–No. Era un convento, yo iba al colegio que tenían. Todavía existe.

–¿Y yo qué dije? Nena rica. -Shakira miró a todas, sonriendo-Las nenas ricas van a esos colegios de mierda.

–Callate Shaki. –dijo una de las mujeres.

–¡A mi no me hacés callar, pendeja!

–Mis padres se murieron –continuó Elena, sin hacerles caso, ya contando más para sí misma que para ellas –Fue en un accidente de avión, muy conocido el caso. Iban a Estados Unidos. No tenían más familia, bah, sí, pero no se quisieron hacer cargo, se borraron todos. En vez de mandarme a un hogar de tránsito, Minoridad definió que me quedara con las monjas, después de todo ya me conocían. Cuando apareciera una familia adoptante, me darían. Eso nunca pasó, obvio, ¿quién quiere a una nena de ocho años?

–Naaa, no te creo. –dijo una, a la que llamaban "la Rusa"–Eso es muy de telenovela, lo estás inventando.

–Es verdad. –los ojos de Elena relampaguearon, la Rusa optó por callar.

–¿Y? –preguntó otra mujer, ignorando a la Rusa.

–Fue una mierda. Lo peor que le puede pasar a un chico de esa edad. Pero yo era muy despierta, y cuando cumplí doce, llegó la visita al padre Nicolás. De eso me hablaban casi todos los días, de la visita. Y yo sabía bien para qué era esa visita.

–¿Qué era?

El timbre para volver a las celdas sonó, y la celadora apareció llamándolas, tratando de dispersar al grupo.

–¡Pará, López! –le gritó Shakira –Ésta al fin está hablando.

–¡No me importa! ¡A las celdas!

–¡Pero nos estaba contando!

–¿Qué te pasa, García? –la celadora miró a la Shaki–¿Estás en la escuela y querés que te cuenten un cuentito? Caminá pa' dentro.

–Dejame de joder, López. La Elena nos estaba diciendo porqué está metida acá.

–A ustedes no les importa.

–¡Pero queremos saber! –dijeron dos o tres más.

–Ay, qué cansadoras están hoy. Mató a un cura. Ya lo saben, ahora adentro.

Todas miraron a Elena, que continuaba parada contra la pared, luciendo tranquila.

–¿Mataste al cura? –preguntó Shakira.

–Sí.

-¿Pero por qué?

-¿A vos te gustaría que el cura que viene a prepararte para la Confirmación te quiera tocar?

-Pero dijiste que tenías doce años...-Shakira, por una vez en su vida, había bajado la voz.

-La edad suficiente para clavarle una cuchilla en el pito a un hombre y mirar cómo se desangra mientras comés un chupetín.

Elena paseó la mirada por todas las mujeres. Ninguna preguntó más nada.

–¡Adentro todas, carajo! –gritó López, y esta vez le obedecieron.

Unas caminaron con pereza, comentando que aquello que acaban de oír era una mentira. Otras se fueron rápido, tal vez con miedo de que fuera verdad y confirmando que Elena estaba tan loca como pensaban.

Ella se encontró sola otra vez, como siempre. Caminó con su acostumbrada lentitud hacia su celda, pensando en el día en el que apuñaló al padre Nicolás cuando le pidió que le recitara los diez mandamientos.

No matarás.

24 de Mayo de 2020 a las 23:55 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Yasnaia Poliana Demasiado rara, demasiado soñadora, demasiado deprimida, y demasiado vieja para estar acá. Sé mucho pero conozco poco.

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