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Marco tiene la habilidad de viajar en el tiempo y ver el futuro; sin embargo, aveces, el futuro puede doler


Cuento Todo público.

#futuro #cuento-corto #viajes-ancestrales
Cuento corto
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Nunca Más

¿Cómo te imaginas el mundo en cien o doscientos años? Hay tantas posibilidades, tantos desenlaces distintos, y de todos, éste es el mío.

Mi nombre es Marco, tengo 14 años y soy un viajante del tiempo, o al menos así me contó mi madre, ya que viene de familia. Al parecer, todo comenzó hace ocho años atrás, en una tarde de invierno, cuando hacía mucho frió, tanto que el paisaje se encontraba cubierto por una gruesa capa de escarcha cuya blancura contrastaba con la niebla gris oscura que se empeñaba en cubrirlo todo. Y para colmo, yo me encontraba en un intermedio, entre los calores de la fiebre y los temblores de frió. Mi madre, viéndome en ese estado, me hizo beber jugo de naranja y luego me envió directo la cama.

—Debes dormir para ponerte bien—me dijo, y así lo hice, solo que dormí demasiado, un lapso que duró un poco más de una semana.

Cuando desperté, recuerdo que me hallaba en una cama diferente a la mía con aparatos conectados a mi cuerpo. Miré a mi alrededor pero vi borroso, también sentí sed y mucho miedo. Quise gritar pero mi garganta no respondía. Luego apreté algo que tenía agarrado a mi mano, era un plástico con una tecla roja en el medio. Lo apreté muchas veces y entonces alguien apareció, era una enfermera.

Esa experiencia sería la primera de muchas, dijo mi madre días después, y no se equivocó, aunque según ella algún día aprendería a controlarlo y quizá hasta lograra sublimarlo tal y como lo había hecho mi padre, mi abuelo y tátara abuelo.

En uno de mis viajes galácticos, me adelanté muchos años en el futuro, casi un siglo o dos, no sabía con certeza, al menos al comienzo. Recuerdo que volé por encima de un planeta inundado, sembrado de islas, todas diferentes, algunas más grandes otras más pequeñas, de distintas formas que se hallaban mayormente agrupadas como si fuera una constelación de estrellas. Cuando me acerqué a una de ellas, elegí posar mi alma sobre las enormes hojas de una palmera. La paz abundaba en aquel lugar, los pájaros trinaban dulcemente para mi deleite y el sol dorado encendía mil estrellas en las calmas aguas de la orilla. En eso escuché unas voces cercanas, por su tono agudo parecían ser voces de niños; curioso, obviamente, agudicé mis oídos para entender lo que decían.

—Cómo te decía, papá encontró varias partes de otro objeto de metal que me gustaría que vieras—dijo una voz aguda, casi chillona.

—Pues me mata de curiosidad —le respondió otra voz más mas ronca con algo de sarcasmo— especialmente si es como ese objeto plano que encontró la otra vez que prometía ser especial y al final continua oscuro, sin nada interesante.

—Papá dice que esos cables que traía en su envoltorio era la clave para que cobre vida…

—Tu papá no sabe nada—. La voz más grave se tornó desafiante.

—Oye retráctate—exclamó el más pequeño dándole un empujón a su compañero.

Entonces vi a los dos cuerpos delgados trenzados entre puñetazos, insultos y gruñidos.

Afortunadamente, la pelea no duro mucho; luego de un par de piñas y arañazos los dos niños se encontraban tendidos en el suelo, llenos de arena y con la cara moreteada. Me acerqué a ellos con lentitud y los saludé, pero ninguno me veía, pues en ese momento yo era energía alada.

—¡Me pegaste fuerte!—se quejó uno de los niños, tocándose la frente.

—Aguántate—dijo él otro sin mirarlo—, tú empezaste.

Pensé que pelearían de nuevo pero no lo hicieron pues apareció alguien más en escena. Era un hombre de unos treinta, vestido con ropas modernas pero viejas y un par de sandalias de cuero.

—¿Pero qué ha ocurrido aquí?—preguntó sorprendido al ver a los jóvenes en el suelo

Ninguno de los niños respondió.

—Y yo que pensaba mostrarles el objeto más bello que he encontrado—dijo estirándoles la mano para ayudarle a que se levantaran.

—¡Queremos verlo!—respondieron los chiquillos a coro—por favor, ¿podemos verlo?—. Parecía que de pronto se habían olvidado de que estaban enemistados.

—Pues claro que pueden, si prometen comportarse mejor—dijo el hombre sacudiéndole la arena de los cuerpos a la vez que les examinaba los rostros lastimados—. ¿Y qué le diremos a mamá Tomi?—preguntó mirando a su hijo—, tienes un enorme moretón. —El niño puso cara de inocente y le aseguró que se encontraba bien—. Bien ya inventaremos algo, ahora vamos que necesito de su ayuda.

Los seguí curioso; en ese momento me encontraba tan intrigado como los estaban los niños. Atravesamos un bosquecillo, subimos una pendiente, bajamos por entre acantilados hasta que llegamos a una pequeña embarcación que los tres empujaron mar adentro.

Dos horas después, llegamos a una isla rocosa. Desde allí habremos avanzado media hora, cuando nos encontramos con las ruinas de lo que en alguna época fuera una cuidad.

—Llegamos—dijo el hombre—esta es una pequeña parte de lo que fue la gran ciudad Buenos Aires.

Casi no respiré, ¡estaban hablando de mi cuidad!

—Ya sabemos papá, en las reuniones nos cuentan todo.

—Lo sé, lo sé, y deberían considerarse unos privilegiados ya que tienen accesos a un lugar como este, pueden aprender…

—Si del pasado—dijo impaciente el otro niño—todos dicen lo mismo, dicen que la vida de nuestros antepasados era fascinante pue poseían una tecnología avanzada, pero esos aparatos —llamados computadoras o celulares—, ya no sirven.

—Bueno, por desgracia las catástrofes que acontecieron han hecho que la civilización quedara sepultada—dijo el hombre con nostalgia. Luego prosiguió—. Bueno, en fin, yo iba a mostrarles…

—¡Algo especial!—exclamó el niño de mayor altura dando brincos en el aire.

— Así es, así es—acompáñenme por favor.—Comenzó a andar por medio de escombros hasta llegar a una estructura de una casa en ruinas—. Y aquí está— dijo de pronto mostrando una bicicleta roja con calcomanías del hombre Araña, Batman, y un nombre escrito con pintura blanca.

«¡Dios mío!—exclamé emocionado y asustado a la vez—. Esa era mi bicicleta»

—¿Qué es eso?—pregunto el niño más bajito mirando el objeto con desilusión.

—Es una bicicleta—replicó el padre parándola y subiéndose a ella—. Me ha llevado un tiempo arreglarla pero aquí la tienen, lista para usarse—añadió haciendo piruetas con ella.

—¡Qué maravilla, papi!

—Y adivinen que más descubrí…

—Qué su dueño es Marco Benavente, ahí lo dice—dijo el niño más grande señalando la escritura.

—¿Y quién era? —dinos rápido, dijo él más pequeño— y después, ¿puedo andar en la bici?

—De acuerdo—contestó el hombre—. A ver si este Marco es el que yp creo que es, debería ser mi tátara abuelo.

—¿Lo conociste?—preguntó el más pequeño.

—No, pero sé por mi abuelo, que fue un hombre muy sufrido que lamentablemente que murió muy joven...en la guerra…

Los niños ya no lo escuchaban pues estaban más interesados en disputarse su nuevo juguete; por mi parte yo decidí alejarme sintiéndome herido son solo por la destrucción del mundo sino por el descubrimiento de mí triste final; algo que hubiera preferido no haber sabido jamás.

Nunca más viajé…

23 de Mayo de 2020 a las 16:44 0 Reporte Insertar Seguir historia
6
Fin

Conoce al autor

Lihuen Me gusta escribir novelas de misterio, fantas�a y ciencia ficci�n tambi�n me encanta escribir cuentos. Leo todo tipo de g�neros. Me fascinan los cuentos de misterio y terror.

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