lola_pop Escritora Lola

Continuación de Pídeme tiempo (1). Lola, en contra de todo pronóstico, tendrá que enfrentarse a la campaña publicitaria, a lo que siente por su cliente y, preservar su relación con Gero. Miedo absoluto a que el chocolate no sea la únicas de las tentaciones a las que sucumbir estando a solas con Mario. OBRA RESGISTRADA. EL PLAGIO O LA NO MENCIÓN DE LA AUTORA, SERÁ JUDICIALIZADO.


Romance Erótico Sólo para mayores de 18.

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CAPÍTULO 1

Después de varios minutos de espera delante de la cinta transportadora, en el aeropuerto de Barajas, Madrid, he empezado a sentirme algo rara, mareada, como debilitada y frágil.

- ¿Y mi maleta?

- ¿Esa no es la tuya, Pablo? – señalo la maleta que destaca por su porte y elegancia.

- ¡Al fin! Tanta espera... ¡Qué cruz de aeropuerto!

- Ojalá nos quedásemos en Barcelona para siempre – susurro.

- ¿Cómo dices? – pregunta, mientras revisa el nombre que hay escrito en el identificador del asa.

- Nada...

- ¡Mujer! ¡Alegra esa cara! Mario Vila está ahí fuera, esperando con el gran proyecto en sus manos.

- Estoy yo para grandes proyectos...

- Vamos, querida. No lo hagamos esperar más.

Se le ha ocurrido la brillante idea de avisarme de quién nos esperaba, en pleno aterrizaje del avión.

He soltado un grito, que la mayoría de los pasajeros se pensaba que había sufrido un ataque al corazón.

- Pensaba que, nada más llegar, cogeríamos un taxi dirección al hotel que sale en el correo electrónico - instinto.

- ¿Y qué más da?

- Pues da. Yo prefiero un taxi.

Resulta que la secretaria de Mario le mandó un correo electrónico a Pablo para que supiéramos que el anfitrión venía expresamente con su coche.

Informó de la super novedad, solo a él.

- Otros clientes se desentienden cuando llegas al destino, Pablo. Muchas veces he llegado a otros países, en plena noche, sola y desorientada, y nadie me ha venido a buscar a la puerta del aeropuerto.

- ¿Te refieres a esos taxis que pasas como gastos, Lola? Me hago una ligera idea de ese coste.

- Pues hay que dar trabajo a la gente, digo yo.

- Yo de momento te daré trabajo a ti - usa su tono burlón.

El destino se ensaña conmigo y me pone una piedra más en el camino, con un anfitrión modelo a seguir, justo en la puerta del aeropuerto.

Avanzamos hacia las puertas de salida, Pablo a paso rápido y, yo, arrastrando mis pies, como un zombie putrefacto.

- Lola, ¿llevas zapatos de cemento?

- No.

- ¿Por qué andas tan raro?

- Tengo ganas de vomitar.

Si Mario me recibe como el otro día, cuando en el portal de mi casa, juro que echaré lo que tenga en el estómago, como un aspersor de esos de campo de fútbol.

- Venga, Lola… ¿Qué haces? Nos está esperando el muchacho. ¿Qué te ocurre?

- Pues eso.

- ¿Tienes pipí otra vez?

- No me escuchas.

- Es que has ido como tres veces desde que hemos aterrizado.

- Ya… Es que…

- ¿Entonces qué es? Andas más lenta que una tortuga.

Ahí están las puertas de cristal que me alejan cada vez más de mi vuelta a Barcelona.

Pablo es el primero en traspasar al otro lado, tirando de su maleta, con fuerza.

Mis pies se han quedado clavados al suelo.

No puedo moverme.

No me veo capaz de traspasar esa puerta.

No me veo capaz de estar con Mario toda la semana, a solas.

- Lola, vamos. No te quedes ahí – protesta mi jefe, con el ceño fruncido -. ¿Se puede saber qué te pasa?

Mantengo mi peso sobre el asa de la maleta, incapaz de mantenerme erguida.

- Me estoy empezando a... a... a marear.

Me tiemblan las piernas de la flojera. Una sacudida, tras un escalofrío recorriendo mi cuerpo, me hace perder el enfoque de lo que tengo delante.

Mi vista se torna cada vez más borrosa.

- Si ya estamos aquí. Un paso más.

Intento andar a trompicones, ayudándome con el asa de la maleta, como si fuera una muleta.

- Venga, mujer… Venga…

- Pablo – balbuceo.

- Luego, Lola. Te escucho luego. Mario Vila nos espera desde hace un buen rato.

Se abren las puertas de cristal al notar mi presencia.

Todo lo que hay al otro lado es cada vez más y más borroso.

Intento avanzar hasta la barandilla, donde se escucha algo parecido a saludos, chillidos de alegría de hombres y mujeres.

- Pablo… Por favor…

- Lola, dame la maleta.

- Pablo - me dejo caer en la barandilla.

- ¿Te encuentras bien? Estás muy blanca.

- ¡Lola! ¿Qué haces así?

Giro la vista para ver a la persona a la que pertenece esa voz tan grave.

Me encuentro de pleno con los ojos de Mario.

Tiene el semblante serio, preocupado.

- Necesito tomar el aire – balbuceo.

Mario me agarra por los brazos, con fuerza. Dejo caer mi peso en sus manos.

- Lola, tranquila. Voy a llevarte allí para que te dé el aire, ¿de acuerdo?

- ¿A-a-a-allí?

- Un paso.

Asiento, aunque prefiero morirme aquí mismo y que nadie me reanime.

Sus dedos se clavan más en mis brazos, intentando mantenerme en pie.

Dejo salir un quejido ahogado.

- Lola, ¿puedes andar? – pega su cara a la mía, como tantas otras veces desde nuestro reencuentro.

- Mario…

- ¿Qué? – suena desesperado.

- No me sueltes, por favor.

- No te dejaré ir hasta que no estés bien.

- No me dejes caer.

- Jamás te dejaría caer.

No apartamos la mirada uno del otro.

- ¿Puedes con ella? – interrumpe Pablo.

- Sí. No te preocupes.

Mario rodea mi cintura por la espalda, sin dejar de fijarse en mis pies, que siguen clavados al suelo.

Con la otra mano, me alza el brazo para que lo pase por detrás de su cuello, con tanta delicadeza, que acaba por encajar a la perfección el ancho de su espalda.

Pablo se adelanta a paso acelerado con mi maleta, su maletín y su maleta.

Se aleja de nosotros después de recibir las indicaciones del anfitrión madrileño.

- Mario, lo siento – susurro, avergonzada.

Frena en seco. Clava sus ojos en mí.

- No sabes lo que estaría dispuesto a hacer por ti, Lola. Ni te imaginas. No pienso soltarte, en todos los aspectos de mi vida.

- Tengo ganas de vomitar...

- Creo que no puedo quitarte de mi cabeza. Solo quiero que sepas que te he...

- Mario, Mario, Mario... Ahora no. Vomitaré.

- Lola, no te preocupes – interrumpe mis palabras. Mira de reojo, para localizar a Pablo -. No nos miran. Somos humanos, ¿recuerdas?

- Más bien soy una maldita marciana.

- Vamos, necesitas descansar. Estás diciendo bobadas. Tengo el coche justo ahí. Unos pasos más y estarás dentro.

En cuanto emprendemos de nuevo la marcha, siento más fuerte esas intentas ganas de vomitar.

- Mario… Para… - suplico, con las náuseas apoderándose de mi garganta -. Voy a… Voy a... – paro una arcada, apretando los dientes.

- ¿Lola?

Miro a mi alrededor, buscando algo para liberar lo que se acumula en mi garganta.

Intenta tirar de mi cuerpo para avanzar lo más rápido posible, pero sigo buscando desesperadamente un cubo, una basura, ¡algo!

- Vomitar – balbuceo.

- No jodas.

- Vomitar. Vomitar.

- ¿Ya?

- Potaré encima de ti.

Me suelto del agarre de Mario y doy cuatro zancadas hacia una basura que hay en una de las esquinas del aparcamiento.

Cuando me dejo caer sobre el cubo, saco todos los nervios acumulados, en una fuente de bilis.

Pablo aterriza encima de mí. Me agarra del pelo, mientras le escucho decirme <<Tranquila, Lola, se te pasará. Tranquila>>.

Ahí van mis miedos, mis preocupaciones, mis problemas. Todo lo que ha puesto mi vida patas arriba, empezando por Mario.

- Voy a por agua, Pablo – escucho a mi adonis particular.

Vuelvo a vomitar con ganas, mientras mi jefe sigue retirándome el pelo de la cara.

- Tranquila. Ya está - acaricia mi espalda, susurrando con cariño.

- Pablo, yo…

Vomito con todas las ganas. Escupo esos remordimientos de conciencia. Todas las mentiras que ocultamos al mundo.

- Tienes a ese chico preocupado. ¿No te has dado cuenta?

- ¿Cuenta de qué?

- Ha salido corriendo, desesperado, en cuánto te ha visto en la puerta de salida, tambaleándote.

- Dios… ¿Me ha visto muy jodida?

- Sí.

- Tengo una pinta horrible.

- Ni siquiera me ha dado tiempo a llegar. Le faltaban piernas, Lola.

- Joder… - me intento secar las lágrimas con el reverso de la mano.

- ¿Estás mejor?

- Me odio.

- Entonces sí, estás mejor – se burla, como siempre que protesto en voz alta -. Mira, aquí llega tu ángel de la guarda.

Mario se acerca, acelerado, con una botella de agua helada, en la mano.

- ¿Estás mejor? – pregunta, con la respiración agitada -. Toma Lola, te vendrá bien.

Sin perder de vista la basura, intento abrir el tapón de la botella que me planta Mario en la cara.

- Hijo de puta – protesto al no poder romper el cierre.

Mario estira sus brazos para romper el plástico, tan galán como siempre.

- Gracias muchacho – le agradece Pablo, risueño -. No la cuides tanto que lo mismo no se quiere volver a Barcelona conmigo. Estás dejando el listón muy alto.

- No es nada, Pablo – contesta Mario, en el mismo tono de amabilidad -. Siempre quise saber qué se sentía siendo médico. Esperaba aplicarle 100 gramos de epinefrina o algo así. Siempre dicen algo así en las películas.

- Lo máximo que te hubiera pedido yo es 100 gramos de Espidifen.

Ambos acompasan una risa cómplice.

Bebo un sorbo de agua para enjuagarme la boca. Escupo como una barriobajera.

- Música para mis oídos – bromea mi jefe.

Lo hago en un par de ocasiones más, hasta que me siento la boca limpia de remordimientos.

He hecho el ridículo. Parezco una adolescente que no sabe afrontar una situación con el chico que le ocupa los pensamientos día y noche. Me ha pasado factura sacar esa niñata que tengo secuestrada dentro.

- Lo siento, yo… - interrumpo su conversación sobre tonterías varias.

- No te preocupes. En el avión te pones muy nerviosa. Odias volar – contesta Pablo.

Mario me acerca un pañuelo de papel.

El recuerdo se agolpa en mi cabeza: él, con 16 años, tan solo un estudiante que protegía a su amiga, llorando como una imbécil, en aquella cancha de básquet.

- Los que tenemos alergia siempre llevamos pañuelos en el bolsillo, Lola – y dicho esto, me muestra su espléndida sonrisa.

Se ha acordado. ¡Se ha acordado!

- ¿También le das un pañuelo de papel? ¡Así no puedo competir! – bromea mi jefe.

- Vamos al coche. Os llevaré al hotel – Mario sigue mirándome, con un brillo especial en los ojos.

- ¡Buena idea! Dejaremos a la Project Manager en la camita.

- Mi jefe es muy graciosillo. Ya lo conocerás.

Las carcajadas y bromas de Pablo empiezan a desatontarme de golpe.

Doy pisadas algo más estables que hace unos minutos, cuando pensaba que el mundo estaba hecho del material del que se hacen los puzles de los niños.

- Ay, Lola… Vomitando como una borracha a las 5 de la madrugada. Vagando por las calles y sacando todos los chupitos de tequila que se ha pagado con los ahorrillos.

- Lo que tengo que aguantar. No me pagas suficiente, jefe.

- No se te puede sacar de casa, diseñadora.

Pablo se parte el culo de la risa, sin reparo alguno.

Llegando al coche, me topo con en el radiador de la parte frontal, donde brilla el símbolo de BMW.

No sabría decir que modelo es. No entiendo de coches, pero la verdad es que es un cuatro ruedas espectacular.

Negro, deportivo, a la vez que serio y sofisticado.

Desde luego no me imaginé a Mario conduciendo algo así.

Nunca me imaginé a Mario conduciendo, en general.

Cierra el maletero del coche de un golpe, dejando encerrada la maleta de vuelta a casa.

- Creo que Lola debería ir delante, ¿no crees Pablo? – como si yo no pudiera decidir por mí misma.

- Sí, tienes razón.

- ¿Hola? ¿Y yo? ¿No sé hablar?

- Le dará mejor el aire – le responde Mario, serio y comprometido con salvar a la Lola convaleciente.

Pablo va directo a sentarse en la parte trasera del coche, canturreando una canción inventada. Mientras, Mario abre la puerta del copiloto para que yo pueda pasar dentro, sin esforzarme lo más mínimo.

Sonríe a más no poder, sujetando la puerta, con estilo.

- Señorita Suarez, permítame. Voy a encargarme de todos sus viajes a partir de ahora. No dude que va a estar atendida en todo momento. Queremos que se sienta muy cómoda con nosotros.

- ¡Qué luego no vuelve a Barcelona! – se escucha al protestón de mi jefe.

- Lo voy a matar – susurro.

- ¿Quiere que le compre otra botella de agua, señorita Suárez?

¡Será posible que sea todo un seductor sin proponérselo! Incluso bromeando tiene que estar tan follable. ¡Me cago en todo lo que se menea!

- Deja de burlarte, capullo – susurro para que la alcahueta de mi jefe no se dé cuenta de nuestras confianzas.

- A sus pies, señorita Suárez. No dude en pedirme que pare en cualquier papelera del establecimiento – levanta la voz para lo escuche Pablo, haciendo una reverencia cuando aposento mi culo en el asiento.

- ¡Me cae bien el muchacho! – se burla mi jefe, a carcajadas -. Es muy gracioso.

- Graciosísimo... Una cosa... - gruño antes de cerrar la puerta.

Mario se dirige a paso rápido hacía la puerta del conductor, jugueteando con sus llaves en la mano.

Esos vaqueros negros, ajustados a sus largas piernas, con esa camiseta blanca y una americana gris, de estilo ‘casual’, me va a matar en vida. ¡No puede estar tan bueno!

- Cálmate, fiera – me digo a mí misma.

- Es mejor el aeropuerto del Prat, ¿no crees, Lola?

- Qué me importan los aeropuertos.

- Cierto. Te dan miedo.

- Vamos allá. Os llevaré al hotel – entra Mario, con estilo. Yo me he caído en el asiento como una morsa en pleno hielo.

Me lo quedo mirando, embobada, salivando mientras hace los primeros movimientos para salir del aparcamiento.

Usa una sola palma de la mano para girar el volante, como un puto ‘fucker’ de manual.

- Dios mío… - protesto por lo bajo -. Me bajo de la vida…

- ¿Cómo dices?

Paso de contestarle. Por mi bien.

Mario se intenta poner el cinturón mientras el coche avanza en línea recta, a poca velocidad. Se pelea una, dos, tres veces con el enganche y la hebilla.

- Con la izquierda es complicado – sale el apuntador de mi jefe -. Lola, ¿alcanzas a ayudarlo?

- Claro.

Me acerco, intentando estirar del cinturón, sin rozarle un pelo.

Mario no pierde vista la salida del aparcamiento y de los espejos retrovisores.

Sin querer, rozo su abdomen con los nudillos. Contiene la respiración e hincha el pecho. Me mira de reojo antes de soltar el aire por la boca, disimuladamente.

Vuelvo a rozarlo, pelándome con el maldito cinturón.

Carraspea, deshaciéndose de la sequedad en su garganta.

- Lo siento. Ahora ya sí.

Retuerce el gesto, al escuchar el click del encaje en la hebilla.

- Ya está, Mario.

- Gracias – traga con fuerza.

Avanza por la carretera, concentrado, haciendo los cambios de marcha muy acompasados a lo que necesita y ruge el coche.

Sube la velocidad. Cada vez más.

Zigzaguea entre los coches, hasta que pasa al carril rápido. Yo tengo la misma prisa que él.

- Desde luego, cuando Lola conduce, no es tan buena como tú – sale el impertinente de Pablo -. ¿Verdad, Lola?

- ¿Y eso? – sonríe de lado mi adonis.

- Más bien soy de las que da trompicones en los cambios de marcha. Nada importante. No deberíamos contarle eso al cliente.

- O apura con la primera marcha hasta dar cuenta de lo ahogado que va el coche – continúa el que me paga a fin de mes -. Se cargó el embrague del coche de empresa.

- ¡No fui yo!

Mario desliza la palma de la mano en cada curva, en cada deslizar de las ruedas de banda a banda del carril de la autopista. Da igual la velocidad, parece que estemos sobrevolando los alrededores de Madrid.

Mi cuerpo no reacciona así al ver a Gero conducir. ¿Por qué demonios con Mario mi cuerpo suda y siento un cosquilleo en el estómago?

Cada vez que noto su mano cerca de mí en el cambio de marchas, contraigo mis muslos.

- Conducir es un estado mental, no mecánico – me narra.

Su brazo izquierdo, apoyado en la ventana, y el otro agarrando la parte baja del volante, en una pose tranquila, cómoda, como si en realidad no estuviera conduciendo, me está adormeciendo. La sangre está acumulándose en otro lugar menos inteligente.

- ¿Es muy largo el trayecto? – me sale un canto tirolés.

- No. ¿Tienes prisa?

- Sí.

- ¡No le metas prisa, Lola! - protesta mi jefe.

- ¿Un poquito de música? – roza sus dedos en la pantalla del salpicadero.

- Así se callan algunos impertinentes – susurro.

Me bastan unos segundos para darme cuenta de que suena ‘Because the night’, de Patti Smith.

Lo encaro, brusca.

Mario tiene esa sonrisa de satisfacción tan suya.

Sigue ligeramente el ritmo del estribillo, con el repicar de la yema de los dedos en el volante.

Lo de la canción lo ha hecho aposta, para que me diera cuenta que se acuerda de la música que me gusta.

Sabe que tengo esa ochentera de pelos cardados dentro de mí.

Ni siquiera Gero creo que sepa todas las canciones que me gustan. Bueno, ‘Maniac’ sí, porque la pusimos en nuestra boda, pero nunca le ha prestado atención a todos mis gustos musicales.

- Espera, creo que tengo una mejor – saca a pasear la voz de locutor de radio que su papá le dio.

Roza los botones con mucha delicadeza.

Tan cuidadoso con sus cosas, como siempre.

- Oh, sí… Os va a encantar…

Sin más tardar, ‘Maniac’ suena a todo trapo.

- Hijo de… - hablo entre dientes.

- Curioso que una soldadora tan guapa, no tuviera novio – explica Mario, haciéndose el graciosillo.

Siempre lo decía cuando veíamos la película ‘Flashdance’.

- ¿Era soldadora? – pregunta Pablo, siguiéndole el juego sin saber una mierda de nuestro pasado.

- En realidad, la protagonista quería bailar profesionalmente – contesta de vuelta mi adonis.

- Ya decía yo...

- Te la sabes de memoria, por lo visto – le reto.

- Pues la última vez que la vi debía tener unos 15 o 16 años. La vi con una amiga muy especial que estaba obsesionada con el pelo de la protagonista de la película. En general, le flipaba esa película. Fíjate, jamás volví a verla - y me mira fugazmente, antes de volver a preocuparse por la carretera.

- ¿A tu amiga? – pregunta Pablo, risueño.
- No, a mi amiga especial sí. Me refería a la película.

- Personas que te marcan de por vida, ¿eh, muchacho?

Mario se ríe de forma comedida.

- ¿Qué demonios te hace tanta gracia?

- ¿Cuándo fue la última vez? – vuelve a la carga, arqueando una ceja para retarme.

Pablo está expectante desde los asientos de atrás.

- ¿La última de qué?

- La película. ¿Cuándo fue la última vez?

- Hace mucho. La vi con un auténtico capullo.

- ¡Lola! – grita Pablo, muy alarmado.

Mario ahoga una risa, divirtiéndose a mi costa.

- Es que era un capullo - insisto.

- ¿Y por qué era un capullo?

- Verás, Mario, ese chico era un gilipo…

- ¡Eh! La mejor parte – interrumpe, subiendo el volumen -. Es justo la parte que podría hacerme perder el control. No sé explicarlo. Simplemente me encanta este trozo de la canción.

Mario, en el cambio de marcha, aprovecha para mirarme y guiñarme el ojo, pícaro, juguetón.

Pablo nos va a pillar. Se nos nota a leguas que estamos jugando al ratón y al gato.

El solo de guitarra suena como nunca.

Me hace estremecer.

- ¿Te gusta esa parte de la canción? – le reto, rasgando mi garganta al hablar.

- Ni te lo imaginas.

- ¿Qué otras tienes escondidas por ahí?

- Vas a ver qué tengo el mejor gusto musical, Lola.

Comienza a sonar ‘She Works hard for the money’.

- El muy cabrón… - susurro por lo bajo.

Lo tenía todo pensado.

Sabía que aquí no tenía escapatoria y que con esas canciones me aflojaría.

Se está riendo mientras se muerde el dedo índice, intentando controlar que no se le escape una sonora carcajada
delante de Pablo.

Se lo está pasando en grande a mi costa.

Mira de reojo, sin dejar de pasarse el dorso del pulgar por los labios, en una misma secuencia repetida de derecha a izquierda.

El misterio que se está generando entre nosotros me chifla a límites incontrolables.

- Mario, voy a tener que contratarte como DJ para la boda de mi hija. A ver si se le pega algo de bueno. Me estás
animando – sigue a lo suyo el ‘boss’.

- Me encantaría volver a Barcelona.

Mario aprovecha para reírse abiertamente, mirándolo a través del retrovisor frontal.

Usa de excusa a mi jefe cuando le apetece hacer y decir algo fuera de lugar, pero con total libertad.

Van a ser 7 días muy intensos.

- Estamos llegando.

- ¿Ya?

- Sí. Es ese hotel de ahí. Pablo estás más cerca del aeropuerto. Dejaremos aquí las maletas, para que no tengas que venir cargado a la oficina.

- Habéis pensado en todo. Gracias.

- Lola dormirá en otro lado, claro.

- ¡Cómo! – grito, histérica -. ¿Dónde voy a dormir?

Mario sigue haciendo maniobras en la carretera.

Toma la salida, alzando su barbilla para ver bien los coches de delante.

- ¿Dónde voy a dormir, Mario?

Intermitente. Reduce la velocidad. Se posiciona en línea recta. Se relaja de hombros.

Estoy expectante.

- ¡Qué dónde voy a dormir!

- En un lugar mucho más cómodo – contesta al fin, ladeando la cabeza al fijar sus ojos en los míos.

- ¿Có…? ¿Cóm…? ¿Cómodo? ¿Qué-é-é lugar?

- Pues…

- Será un hotel, ¿verdad? ¡Un maldito hotel!

- No me han dicho que estuviera maldito.

- Mario Vila Font...

- ¡No será su casa, mujer! – bromea mi jefe.

Mario se ríe a carcajadas, el hijo de la gran puta.

Lo mato. Juro que lo mato como me tenga que quedar a dormir en su casa.

Pocos minutos después, hace unos pocos giros más y para el coche en una zona reservada para los huéspedes del hotel más alto de la zona.

Apaga el motor.

- Ya hemos llegado.

- Pero ¿dónde voy a dormir? ¿Eh? – insisto, atormentada.

- Hoy duermes aquí, Lola – me habla en un canto de nana -. Mañana, después de la oficina, te llevaré a otro hotel, algo más cerca de mi casa. Así puedo recogerte a primera hora de la mañana el martes, miércoles… bla, bla, bla, evitando el tráfico de Madrid en hora punta, que es horroroso.

- Qué susto.

Pablo abre la puerta del coche, y sale decidido.

Le importa una mierda dónde voy a dormir.

Si pudiera le diría tantas cosas a Mario.

- Vamos, Lola. Iré a por tu maleta – grita desde fuera mi jefe.

Salgo lentamente del coche, sin dejar de mirar a Mario.

Tras mis pasos, sale por su puerta, corriendo a recibirme al otro lado del coche.

- Sé abrirme la puerta. No te necesito, graciosillo.

- Espero que te haya gustado la música – susurra, mientras mi jefe se pelea por abrir el maletero.

- Mario, la música, las adivinanzas… ¿A qué juegas?

- Desde que nos encontramos en Barcelona, yo tampoco creo en las casualidades. Y… - mira a Pablo, que anda ofuscado. Chasquea la lengua en el paladar y estira el brazo, apuntando el mando hacia el maletero -. ¡Ahora! – le grita al señor que viene conmigo. Vuelve a encararme, mirándome intensamente -. Me encanta jugar al límite. Y a ti, señorita, también. Sabes perfectamente que estás nerviosa por algo más que el trabajo.

- ¿Eso crees que me pasa? ¿Qué no puedo estar cerca de ti siete malditos días? ¿Te crees tan importante en mi vida?

Dicho esto, sonríe con suficiencia.

Entonces, doy cuenta de que no va a contestarme, porque hasta yo sé la respuesta a todas esas preguntas.

- ¡Mario! ¡No puedo cerrar! ¡No puedo bajar la puerta!

- ¡¡Voy, Pablo!! Voy… ¿De dónde has sacado a ese personaje? – susurra, en tono amargo -. Es muy gilipollas. Un arrogante.

- Es el único que te pararía los pies, cliente. Eso es lo que eres para él.

- Pues el cliente no tiene por qué hacer la pelota, Lola. Es más bien al revés. ¡¡Pablo!! ¡¡Déjalo!! ¡¡Voy!¡ Inútil... ¿Tiene criada para abrir el maletero de su coche? - susurra, molesto.

- Estás siendo desagradable. No te ha hecho nada.

- Lola, hace dos minutos me has llamado capullo. Y también me has llamado gilipollas. Al cliente le has llamado gilipollas – remarca esa palabra, apretando fuerte los dientes.

- Tendría que haber pedido un taxi.

- A ver si te crees que no he movido los hilos para que no pidáis un taxi, Project manager.

- ¿Cómo?

- Que hay que decírtelo todo, joder. Que quería venir yo a buscarte.

- ¿Y cómo quieres que actúe delante de semejante tontería?

- Pues no actúes. Deberías probar a ser tu misma.

Va a por Pablo dando grandes zancadas, en una posturs más agresiva que de costumbre.

Lo sigo a toda prisa.

Mario estira sus largos brazos para aguantar el rebote de la puerta del maletero.

- Así, Pablo - canturrea el dueño del coche -. Con delicadeza.

- Vaya...

Mario cierra con un golpe seco el maletero, sonriendo de forma forzada.

- Es tarde, Pablo.

- Oh, cierto Lola.

- Mañana por la mañana os pasaré a buscar, a las 7:30, aquí mismo, en la
puerta del hotel. Lola, llévate la maleta. Haremos ya el ‘check out’ a primera hora de la mañana.

- Estupendo Mario, se agradece el control. Aunque Lola te lo agradecerá más.

- ¿Y por qué yo más?

- Porque estás aquí hasta el domingo – suena con retintín.

- Las habitaciones están a vuestro nombre. Podéis pedirlo en la recepción.

- Gracias, Mario. Un placer - estrecha la mano del adonis.

Mario se va directo al coche después de despedirse con un buen apretón de manos.

Sin embargo, no se despide de mí.

Nada. Ni un adiós.

Ni siquiera me ha mirado.

- Lola, ¿qué demonios te pasa? ¿Te cae mal ese chico?

- No me cae y punto.

- No te has despedido.

- ¿Yo? Si ha sido él.

- Acuérdate del dinero que está en juego. No saques a la ‘killer’ a pasear, aún.

- Solo quería que se fuera a casa prontito. Con su mujercita. Menuda es...

- ¿Quién es? ¿Está casado? – se frena en la puerta de entrada del hotel -. ¿Cómo sabes eso?

- La de la reunión.

- ¿Cómo?

- ¿Eh? – me hago la despistada.

- ¿Cómo sabes que está casado con una de ellas?

- Helena, la borde, es su mujer.

- ¡No jodas! – me toma del brazo, impidiéndome llegar a la recepción.

- Tienen el mismo anillo, Pablo. Los vi en el bus, muy juntitos. Luego en la cena pues... Cosas de mujeres.

- Muy observadora… Muy observadora…

- Quiero darme una buena ducha de agua caliente, Pablo. ¿Puedes soltarme el brazo?

- Oh, sí. Cierto.

- Estás mayor, jefe. Se te olvida lo que haces.

- ¿Cómo era ese ruido tan celestial? – imita mis escupitajos.

- No sé cómo te aguanto.

- En fondo es porque te pago un sueldo.

- Parecemos Sancho Panza y Don Quijote, jefe.

- O Don Quijote y Dulcinea del Toboso.

- ¿Te estás enamorando de mi, jefe?

- No, ¡me vuelves loco de atar! – gruñe.



Antes de irme a dormir, estirada en la cama, mirando al techo…

Notificación. Mensaje.

El reloj marca la media noche.

Leo el mensaje: Buenas noches, Lola. Que descanses. Espero que ya estés recuperada del todo. No tengas en cuenta lo que te dije. Yo también estaba muy tenso.

Mario a la carga.

Voy a por la respuesta: Hace años no podía vivir sin escuchar tus palabras. Por suerte, ahora cuento ovejitas antes de irme de dormir. Buenas noches, cliente.

Espero unos minutos, pero no me devuelve el mensaje.

- Hablar lo justo y necesario. Pura supervivencia – me recuerdo a mí misma, dando puñetazos a la almohada -. Mañana solo cuestiones de trabajo. No más cagadas. No más soberbia. No más juegos. ‘Game over’.

23 de Mayo de 2020 a las 14:45 0 Reporte Insertar Seguir historia
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