asstroslut Camila Ortega

La tipica comedia romantica desesperante a la que le quieres gritar todo el rato a los personajes para que dejen de ser asi de tontos. Levemente inspirada en Un Poeta en Nueva York, de Federico Garcia Lorca (los titulos de los capitulos son los de sus poemas/relatos).


No-ficción No para niños menores de 13.

#romance #adolescente #lgbt #chick-lit #universidad
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Tu infancia en un mentón

De la lista de clichés de personajes torpes de las películas de adolescentes americanas, Jorge los cumplía todos. Pero ni era adolescente ni era americano. Tampoco es que fuera adulto. Estaba en esa edad que oficialmente no eres adolescente, pero no puedes considerarte adulto porque eso sería un insulto para todos los adultos funcionales que existen.


Tenía ganas de empezar el nuevo curso. Había decidido cambiarse al horario de mañana y mudarse al campus, ya que se dejaba demasiado dinero en transporte y acababa perdiendo demasiado el tiempo. Ese verano había encontrado también un trabajo a tiempo parcial en una cafetería cercana para poder pagar la habitación y la comida. Con parte del dinero ganado esos meses, le compró a sus padres el coche (si es que se le podía llamar coche a semejante trasto) que no conseguían vender a nadie, así que se sentía en la cresta del mundo.


Había decidido instalarse en su nueva habitación un par de semanas antes de que empezaran las clases, para ir decorándola y conociendo a los que serían sus nuevos compañeros y vecinos. Nada más aparcar, fue a buscar su habitación, sin coger las maletas para no cargar mucho con ellas. La residencia tenía tres plantas, con un pasillo central muy amplio que, en la planta baja, conectaba con la universidad. En cada pasillo central de cada planta, había unos seis pequeños pasillos más (tres a cada lado), con unas siete habitaciones cada uno. Al final de cada uno, se encontraba una cocina lo suficientemente grande para cuatro personas, con una barra americana a la mitad y una mesa de comedor con ocho sillas al otro lado. La pared más cercana a la mesa tenía tres enormes ventanas que daban al jardín de la residencia. Una vista preciosa para comer ramen barato, la verdad. Había bastantes armarios y utensilios para las siete personas del pasillo, así que suponía que tendría que hablar con sus compañeros de pasillo para organizar horarios y cosas. Bien, conocer gente. La ilusión de su vida.


Su habitación estaba en la tercera planta, tercer pasillo a la derecha, habitación número 5. Lo que más le gustaba de la residencia de momento era el hecho de que no hubiera ascensor. Menudas piernas tendría a final de curso.


Volvió a bajar y fue hacia su coche para coger la maleta y poder empezar a organizar sus cosas. Fue a secretaría primero a recoger la llave de su habitación y se dirigió a su pequeño nuevo hogar. Resopló al ver las escaleras, pero se alegró de no ser tan consumista como para tener muchas cosas.


Abrió la puerta de su habitación y lo primero que notó fue un fuerte olor a cerrado. Resopló de nuevo y dejó la maleta en el suelo, yendo hacia la ventana para abrirla y airear un poco el espacio. Subió las persianas y echó un vistazo a la habitación: Una mesa grande debajo de la ventana, una silla de oficina que no parecía muy cómoda junto a ella. Una estantería de metal en la esquina, un corcho colgado de la pared, una nevera minúscula, un armario mediano en la otra esquina. En la otra pared, había una cama a medio camino entre individual y de matrimonio y una pequeña mesita con un par de cajones a un lado. En esa pared había una puerta que daba a un minúsculo cuarto de baño, con un retrete, una ducha, un lavabo y un espejo con un armarito detrás. Y ya estaría. 400€ al mes por estos 13 m2. Pero bueno, había una cocina. Y gimnasio. Aunque no pensara ir, a lo mejor le daba una oportunidad para aprovechar al máximo la mensualidad que pagaba.


Volvió a por un par de cajas más y organizó un poco lo que tenía y cómo lo iba a tener. Después fue a la cocina a comprobar las cosas que había y pensar en qué podía necesitar. Hizo una lista mental sobre las cosillas que le podrían ser útiles y cogió el coche dirección al hipermercado más cercano, no sin antes buscarlo en el móvil.


Antes de salir del coche, se puso los cascos para poder concentrarse mejor en la compra. Iba moviendo la cabeza al ritmo a música mientras iba de pasillo en pasillo buscando lo que buscaba. Al llegar a la sección de hogar, se puso a buscar una taza. Las que había en la cocina eran demasiado pequeñas para él que se había malacostumbrado a usar unas un poco más grande que tenían en la cafetería en la que trabajaba. No esperaba que hubiera tantas tazas como había, así que se tiró más tiempo del que le habría gustado mirando tazas. Era bastante temprano, y el hipermercado estaba bastante vacío, por lo que, cuando empezó una de sus canciones favoritas no pudo evitar que su cuerpo se moviera al ritmo de la música. Tampoco mucho, no montó un número de musical en mitad de la sección de vajilla, sólo movía levemente las caderas y los pies, lo justo y necesario para que, cuando encontró la taza ideal y se dio la vuelta, se diera cuenta de que alguien le estaba observando.


Y no cualquier persona.


No sabía quién era, pero era el chico más guapo que había visto jamás. Claramente le estaba observando. Estaba parado al principio del pasillo, con los brazos apoyados en su carro de la compra, echado hacia delante con la cabeza girada hacia él, y una amplia sonrisa en su rostro.


Jorge no supo qué hacer, excepto sonrojarse y agachar la cabeza. Puso la taza en su carro y dio marcha atrás, dirección cualquier otro sitio que no fuera ese.


Fue directo hacia la caja, a la que no tenía ningún ser humano. Quería tardar lo menos posible. Metió las cosas en las bolsas de tela que traía y salió corriendo hacia el coche. Puso las bolsas en los asientos traseros y se sentó en el asiento del conductor. Se quitó los cascos y apoyó la cabeza sobre el volante, sin calcular bien la fuerza y haciendo que sonara el claxon. Se asustó y se incorporó rápido, esperando que nadie lo hubiera escuchado. Pero ahí estaba de nuevo ese chico, esta vez con bolsas en la mano, pero sin borrar la sonrisa de la cara. Lo vio en el coche y levantó una mano con las bolsas, claramente saludándole.


Con toda la prisa del mundo, intentó iniciar el motor del coche, sin dejar de hacer contacto visual con el chico, que parecía acercarse poco a poco. El trasto que tenía como coche se quejó, renqueando un intento de arranque hasta que, cuando el pobre desconocido estaba a pocos metros, decidió arrancar del todo. Dio marcha atrás con su mejor cara de circunstancia y se fue todo lo rápido que la ley de tráfico le dejaba de nuevo hacia la residencia.


Al llegar y aparcar el coche, destensó todo el cuerpo, dejándose caer un poco en el asiento.


- Qué narices ha sido eso, tío –murmuró para sí mismo. Se quedó un rato más ahí sentado, intentando ser consciente de lo que acababa de pasar, hasta que se acordó de que en una de las bolsas había productos congelados que deberían meterse en el congelador cuanto antes. Masculló una maldición y salió del coche. Cogió las bolsas de tela, una de las cuales empezaba mostrar una mancha oscura de humedad, y se dirigió a la cocina. Metió todas las cosas en una bandeja y un cajón del frigo, dejando espacio para el resto de compañeros y se metió en su habitación.


Se tiró en la cama y se puso a mirar al techo. No podía dejar de ver la cara del desconocido del supermercado. Su pelo castaño claro, despeinado. Su barba un poco más oscura, perfectamente recortada. La sonrisa perfecta. La camisa de estampado inverosímil remangada en los brazos, mostrando un par de tatuajes.


No sabía bien cómo catalogar el tipo de pensamientos que tenía en ese momento. Claramente se sentía terriblemente avergonzado por haber sido pillado bailoteando en mitad del hipermercado y por hacer sonar el claxon del coche en mitad de un aparcamiento casi vacío. Pero... Había algo más. Se había sentido avergonzado muchas veces en su vida pero... Ese chico... Le hacía sentir algo más. Nunca había sentido nada así por alguien antes. No tan rápido.


No por un chico.


Por suerte (o por desgracia) no se lo volvería a encontrar. Estaban en una ciudad grande, con varias decenas de miles de habitantes.


La alarma de su móvil le sacó de sus pensamientos. Era hora de ir a trabajar y, como no saliera ya, iba a llegar un poco tarde.


Al final, llegó con varios minutos de antelación, por lo que aprovechó para prepararse un café mientras se ponía el delantal y sus compañeros de trabajo le contaban las cosas fuera de carta y se quejaban un poco del día. Le tocaba el último turno de la tarde, la mitad la haría con uno de los compañeros que mejor le caían y la otra mitad la haría solo.


La tarde fue tranquila, realmente no mucha gente iba a esa cafetería, salvo los clientes habituales y algún que otro influencer buscando la foto perfecta para su feed. Pasadas unas horas, empezó a fregar los platos y tazas mientras su compañero sacaba cosas del almacén, preparándose para irse. Escuchó que entraban un par de personas y se dirigían a una de las mesas más alejadas. Claramente eran una pareja en una cita, por las risas agudas y nerviosas de la chica. Al poco de sentarse, escuchó que el chico se volvía a levantar y se dirigía al mostrador para pedir. Jorge fue a darse la vuelta para tomar nota, pero justo su compañero salió del almacén y le hizo un gesto desde lejos para decirle que él se encargaba. Asintió y fue a seguir fregando cuando sus ojos se posaron en el chico del mostrador. Era el mismo chico del supermercado. Se dio la vuelta antes de que le viera y se hizo el ocupado, aunque solo le quedara una taza.


"Mierda mierda mierda" era todo lo que pasaba por su cabeza. Desde su puesto, podía ver la mesa que habían ocupado, así que miró de la forma más sutil que pudo hacia allí, para ver cómo era la chica. Como esperaba, era una muchacha con el pelo largo, rubio, medio recogido en una coleta alta. Estaba sentada dándole la espalda, por lo que no pudo ver mucho más, salvo que tenía unas uñas exageradamente largas y bien pintadas y que usaba mucho instagram.


- Jorge, ¿me preparas un descafeinado con leche de almendras y un té negro? –escuchó decir a su compañero. –A nombre de...


- Oh, Roberto. –dijo el del supermercado.


- Claro... Ahora mismo.- no se dio la vuelta en ningún momento porque sabía que el tal Roberto lo reconocería.


- Pues ahora te las llevamos. Serán 3,40.


Escuchó la transacción económica y cómo Roberto volvía a su mesa con su cita. Preparó las bebidas y cogió un par de galletas, colocando una en cada platito junto a cada taza. Puso ambas en una bandeja, esperando a que su compañero las llevara. Fue a buscarlo y lo encontró de nuevo en el almacén.


- ¿Te importa llevarles tú las cosas? Están en la mesa 5, es que tengo que terminar el inventario antes de irme. –Jorge asintió y se tragó todo su orgullo cuando cogió la bandeja.


Fue hacia la mesa, sin levantar la mirada de las baldosas que pisaba. Al llegar musitó:


- ¿Descafeinado?


- Con leche de almendras, ¿no? –dijo la joven, con una tono muy repelente. Jorge asintió, cerrando los ojos, un poco molesto por el tono. –Entonces aquí.


La joven no hizo amago de coger la taza ni de hacer espacio en la mesa, donde había dejado el móvil. Jorge dejó el café como pudo frente a ellos.


- ¿Té negro?


- Mío.- dijo el tal Roberto, subiendo las manos para coger la taza, que Jorge ya tenía en las manos. Intentó concentrarse en ese intercambio todo lo que pudo, sin mirarle a los ojos. Una vez cogida la taza, se dio la vuelta lo más rápido que pudo para volver a su puesto. –Muchas gracias... -escuchó antes de irse. Asintió y se fue.


Se sentó en uno de los taburetes que había dentro de la barra, esperando poder hacer algo más. Le ofreció su ayuda a su compañero, pero le quedaba tan poco que la acabó rechazando. De hecho, escasa media hora después, se despidió de él y lo dejó sólo en la cafetería. Aprovechó que se quedaba "al mando" para cambiar el hilo musical de la cafetería. Pasó del indie tranquilo a un jazz tranquilo sin letra. Se quedó sentado en el taburete el resto de su turno, solo levantándose para recoger las cosas del resto de clientes de la cafetería cuando estos se marchaban.


Pasada una hora, nada más que quedaban ellos tres en el establecimiento. Jorge intentaba mirarlos lo menos posible, aunque le era imposible no escuchar la conversación. La verdad es que la cafetería no era demasiado grande, así que no tenía mucha escapatoria. Las pocas veces que se le fueron los ojos hacia ellos, veía cómo Roberto le devolvía la mirada y le regalaba una pequeña sonrisa.


Y eso hacía que Jorge se pusiera cada vez más nervioso. Nunca se había sentido así de atraído por un desconocido. Sí que le habían gustado algunas chicas de su clase, pero no a este nivel. No conocía de nada a ese chico. Y le dejaría hacer todo lo que quisiera, sin pensárselo. Cada vez que sus miradas se cruzaban, sentía un puñetazo en el bajo vientre. Cada vez que le escuchaba reírse, una sensación extraña recorría sus piernas. Al final optó por ponerse uno de los auriculares para intentar concentrarse en otra cosa.


Durante el resto de su turno, entraron un par de personas más, a los que sirvió, volviendo a lo suyo después.


- Perdona... -Jorge levantó la cabeza del móvil y vio a Roberto con los brazos apoyados en la barra. Tragó saliva con fuerza y se levantó, yendo a atenderle. - ¿Tenéis algo de comer?


- Pues... Tenemos... Bocadillos... -Dijo, despacio, señalando con la barbilla la vitrina con comida que había a su izquierda. –También tenemos ensaladas... Tartas...


Roberto se echó hacia atrás, aun con los brazos apoyados hasta los codos en la barra, con las manos entrelazadas. Frunció un poco los labios y miró la vitrina, pensando en la mejor opción.


- ¿Qué me recomiendas? –Preguntó al cabo de un rato, mirándole a los ojos.


"Yo", pensó instantáneamente Jorge.


- La ensalada Kalandria es de mis favoritas... Los postres son caseros, los hacemos aquí. El bocadillo Rompearterias tiene bastante éxito... -a Roberto se le escapó una pequeña risa ante el nombre el último bocadillo. Volvió a inclinarse un poco sobre la barra y a mirarle a los ojos.


- Pues ponme una de las ensaladas Kalandria esas y... Un bocadillo de jamón y queso. Y otro té negro, si no te importa.


Jorge asintió, cobrándole. Al devolverle el cambio, sus manos estuvieron a punto de rozarse, pero Jorge retiró la suya antes de tiempo, haciendo que varias de las monedas cayeran en la barra.


- Mierda, lo siento... -Dijo, ayudándole a recoger algunas.


- No pasa nada. Tienes el nervio fácil por lo que veo, ¿no? –Bromeó Roberto, guardándose el dinero. Jorge le miró un poco aturdido. –Te pillé en el supermercado y en el parking. No había visto a nadie salir corriendo tan rápido.


Agachó la cabeza y fue a la vitrina a por la ensalada y el bocadillo. Lo puso en la barra con la cabeza gacha y se puso a calentar el agua.


- No bailas mal, ¿eh? –dijo. Cogió la comida y se marchó, silbando la melodía del saxofón.


Jorge sentía que se derretía con cada nota que silbaba. Mientras preparaba el té, escuchó cómo los silbidos volvían a él y, al darse la vuelta para llevárselo, lo encontró de nuevo apoyado en la barra, esperándole. Puso la taza sobre un plato y lo colocó frente a él, con una sonrisa un poco nerviosa.


- Muchas gracias... Jorge, ¿verdad? –Asintió y se atrevió a mirarle a los ojos, grandes y castaños.


- Roberto, ¿no? –También asintió y le tendió una mano, que Jorge estrechó con fuerza.


- Un placer. Muy rico el té, por cierto. Volveré por aquí. –Le guiñó un ojo y se dirigió de nuevo a su mesa y a su cita.


Jorge se dejó caer en el taburete y expulsó todo el aire que tenía dentro. Intentó concentrarse en otras cosas lo que le quedaba de turno hasta el cierre, para que no le diera un paro cardíaco en mitad de la cafetería, no por otra cosa.


Roberto y su chica se fueron, no sin despedirse (al menos él).


Su turno terminó sin mucho más problema y consiguió volver a casa a una hora razonable. Los pasillos de la residencia parecían desiertos, salvo por alguna habitación desde la que sonaban risas y algún que otro gemido más alto de la cuenta. La gente no parecía perder el tiempo.


Llegó a su habitación, se dio una ducha rápida y se fue al comedor de la cocina a comerse la ensalada que se había traído del trabajo. Se fregó un tenedor y se sentó en la mesa, poniéndose en el móvil una serie, escuchándola en los auriculares.



22 de Mayo de 2020 a las 05:14 0 Reporte Insertar Seguir historia
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