tadeoibarra Tadeo Ibarra

«... era una especie de techo que consistía solamente de largos cables de púas afiladas, que seguramente rajarían mi piel si intentaba salir de ahí.» TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS (TADEO IBARRA, 2020) Fotografía de portada: Maksym Kaharlytskyi


Cuento No para niños menores de 13. © TADEO IBARRA 2020

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La Vida Misma

Definitivamente me encontraba atrapado en un lugar que, sin duda alguna, parecía hecho por algún loco que lo utilizaba para torturar a las personas. O al menos eso me pareció en mi angustia. Entraba algo de luz por la parte superior, que era una especie de techo que consistía solamente de largos cables de púas afiladas, que seguramente rajarían mi piel si intentaba salir de ahí. El «cuarto» estaba muy caliente y gruesas gotas de sudor resbalaban por mi cara. Mis axilas sudaban tanto que dejaban dos manchas oscuras que se iban extendiendo hasta los costados de mi torso. Sentía un dolor punzante en las rodillas. Muy probablemente a causa de haber amortiguado mi caída con ellas. Se me ocurrió que quizá podía volver a trepar por la especie de alcantarilla por la que había caído, pero descarté la idea inmediatamente cuando recordé, que la alcantarilla estaba demasiado inclinada para que todo lo que caía por ahí no tuviera más opción más que bajar.

Un líquido pestilente cubría el suelo. Agradecí que solamente cubriera las suelas de mis zapatos; mi sudor ya humedecía mis pantalones lo suficiente.

Si tan solo hubiera sido más prudente no estaría en esta situación, pensé.

Mi garganta me dolía y la sentía rasposa. Había pasado cerca de una hora gritando para que pudieran ubicarme. No tuve éxito. El coraje y la impotencia me invadieron y golpeé una de las paredes con mi puño. Mis huesos me lo reprocharon al instante.

Repasé mentalmente las horas recientes antes de haber caído por esa alcantarilla. Había sido un pelmazo.


. . .



El gobierno de la ciudad acababa de inaugurar una nueva atracción para todos sus habitantes. Era una especie de laberinto. La idea era darle la oportunidad a los arquitectos recién graduados para que participaran en su diseño y aprovechar sus «ideas frescas» para darle un aire más moderno a la ciudad.

Ninguno de mis amigos había querido acompañarme esa mañana a conocer el laberinto. No me importó e hice una reservación solamente para mí. Me encantaban todo ese tipo de cosas y además era una visita guiada. No era como que nos fuéramos a perder.

Me apresuré y alisté mis cosas en una pequeña mochila: una pequeña libreta para tomar algunas notas si era necesario y mi cámara instantánea. Me sentía muy emocionado.

Llegué puntual a la entrada del laberinto y lo primero que hice fue sacar una fotografía de la impresionante entrada. Era una escultura triangular de concreto de unos veinte metros de alto que había que atravesar para llegar al registro. En la parte superior se podía leer en letras metálicas «Laberinto de Villaluz».

Una vez que atravesé la escultura, me di cuenta que había varias taquillas según el horario para el que se había hecho la reservación. Me acerqué a la que me correspondía, me pidieron que entregara mi celular, explicándome que era para que no hubiera filtración de imágenes del interior del recinto a redes sociales y me indicaron adónde debía dirigirme para reunirme con el guía.

Cuando llegué al punto de reunión ya estaban casi todos los que habían reservado para esa hora. El guía era un muchacho unos cuatro o cinco años mayor que yo e iba vestido con unos pantalones y una playera de color negro que contrastaban totalmente con su calzado: eran unos zapatos color café con la suela de un rojo carmesí intenso.

El muchacho parecía conocer bastante sobre la estructura del laberinto, porque ya estaba respondiendo algunas preguntas de los participantes. Cuando me vio llegar alzó la vista y sonrió.

—Parece que ahora sí ya estamos completos. Me llamo Christian y seré su guía el día de hoy. Estuve participando en el diseño del laberinto y me concedieron el honor de acompañarlos en esta experiencia. Solamente estaré con ustedes hasta la mitad del recorrido y luego los dejaré que exploren por su cuenta la última parte de él. Como seguramente ya leyeron, consiste en un diseño circular. Así que los dejaré que avancen ustedes solos hasta el centro donde podrán subir a una torreta que sirve de mirador. Desde ahí van a poder apreciar el trabajo de los arquitectos que diseñaron este complejo —hizo una pequeña pausa en caso de que hubiera preguntas, pero todos parecían haber entendido—. Todavía hay algunas áreas que siguen en construcción y tienen restringido el acceso. No se preocupen, todas están señaladas.

Avanzamos hacia la entrada del laberinto, la cual consideré muy simple porque consistía solamente en unos arbustos artificiales que se extendían aproximadamente cinco metros sobre nuestras cabezas. No mentiré; me pareció aterrador al principio.

Caminamos por unos minutos viendo solamente hojas de plástico a cada lado de nosotros. Todas las personas del grupo se miraban preguntándose de qué se trataba en realidad todo el asunto.

De pronto el camino comenzó a ensancharse y pudimos notar el cambio del aroma que impregnaba el ambiente: el olor a plástico había sido sustituido por un olor fresco, el olor que se puede percibir en los bosques.

—Como seguramente ya notaron, en esta área las «paredes» están hechas de arbustos reales —nos explicó Christian.

Seguimos caminando y mis ojos no podían creer lo que veían: el camino seguía ensanchándose cada vez más y aparecían ante nosotros hermosas réplicas de esculturas famosas como La Venus de Milo y El David de Miguel Ángel, pero hechas con arbustos naturales. Me hubiera gustado llevar conmigo mi celular para tomar fotografías con mejor calidad, pero me conformé con la cámara instantánea.

Seguimos avanzando dando vueltas repentinas, espirales y curvas y yo me iba acabando los cartuchos de mi cámara uno a uno; al mismo tiempo, mi mochila se iba llenando de pequeñas fotografías instantáneas de las sorprendentes esculturas verdes, de las flores e incluso de un mariposario que se encontraba dentro del laberinto. Todo me parecía sumamente bello. De pronto nos detuvimos.

—Hasta aquí los acompañaré para que ustedes sigan avanzando por su cuenta y disfruten su recorrido —dijo el guía juntando sus manos como si fuera a dar un aplauso—. Más adelante, podrán ver que hay una especie de puerta a su lado derecho que tiene un señalamiento que dice: «En construcción». Por favor no se vayan a acercar ahí porque es un área que todavía no se abre al público y puede ser peligroso; y no queremos que ninguno de ustedes sufra de algún accidente. Yo los estaré esperando en este mismo punto para emprender el camino de regreso.

Cuando todos comenzamos a dispersarnos para explorar por nuestra cuenta pude notar a un grupo de jóvenes que se reían e incluso, algunos habían optado por encender un cigarrillo a escondidas; lo cual estaba prohibido. También noté que Christian los estaba observando con expresión seria, pero al parecer, optó por no hacer nada al respecto en el momento. Cuando el guía se dio la vuelta, vi que los chavales, entre risas, se dirigían a la puerta —la que tenía la advertencia dirigida al público para que todavía nadie pasara— con la intención de abrirla.

Una de las chicas volteó hacia donde yo estaba, y percatándose de que yo también la miraba, me guiñó un ojo como invitándome a que los acompañara.

De igual forma ya tengo muchas fotos del laberinto, pensé.

Me aseguré de que nadie me mirara y me dirigí hacia donde habían estado los chicos, que de pronto habían desaparecido. Concluí que ya habían atravesado la puerta y me acerqué para empujar la entrada. Pude escuchar risas y cotilleos dentro, así que empujé más fuerte. La puerta se abrió.

Todo estaba negro, pero aún podía escuchar las risas y voces de los demás infractores.

—Anda, pasa —dijo una voz femenina—. Solamente ten cuidado porque el suelo es un poco inestable —continuó ella en tono travieso, mientras los demás soltaban risillas.

Adelanté mi pie derecho y lo apoyé en el piso. Debí haber pisado un área del suelo más inestable que la que ellos habían utilizado para atravesar la entrada, porque de inmediato sentí como el concreto cedía bajo mis pies y caí.

Estuve resbalando por unos segundos a través de un pestilente y húmedo túnel, hasta que caí en suelo húmedo y rígido. Tuve que aguantar un grito de dolor. Volteé hacia el techo y distinguí los alambres de púas que lo cubrían. Estaban tan juntos unos de otros que muy poca luz se podía vislumbrar a través de ellos; pero lo suficiente para hacer resplandecer las puntas filosas de las púas.

Estuve gritando como desesperado por no sé cuanto tiempo. La garganta ya la sentía muy desgastada.

Miré de nuevo hacia arriba. En ese momento, me cruzó por la mente la idea de escalar la pared de alguna forma y con mis manos separar los alambres de púas; de esa manera podría abrirme paso para salir. Esa idea la descarté inmediatamente. Mis manos terminarían desgarradas y cubiertas en sangre. No sabía si podría soportar el dolor.

Lo seguí pensando por unos minutos y salté para intentar hacerme de uno de los cables, pero apenas mis dedos tocaron las púas, estas se me clavaron en la piel haciéndome sangrar. Descarté la idea nuevamente.

Me rendí y me tiré al suelo. Quién sabe cuanto tiempo vaya a pasar hasta que alguien me encuentre, pensé. En ese momento yo era foráneo en Villaluz y para mis padres ya era normal que pasaran días sin recibir una llamada de mi parte. La idea me atormentó una y otra vez en mi cabeza. Me pareció que el dolor mental que me generaba la angustia era más fuerte que el que podían ocasionar las púas mismas. De pronto escuché unas pisadas y unas voces que se acercaban cada vez más.

—Sí, papá. Ya lo estamos buscando y haré lo que pueda.

Lo había olvidado por completo: Christian. Él se daría cuenta que yo faltaba.

Las suelas rojas de sus zapatos de pronto fueron visibles entre las púas. Christian caminaba con cuidado para no pincharse.

—¡Christian! —grité lo más fuerte que pude. Vi que él se detuvo.

—¿Andrés? ¿Estás allí abajo?

—¡Sí! No sé cuanto tiempo llevo aquí.

—¡Gracias al cielo! Le avisé a mi papá que estabas perdido y me mandó a buscarte. Él es uno de los administradores de este lugar —añadió y me pareció ver que se ponía en cuclillas y analizaba las púas—. Nunca me había percatado de lo filosas que son. En estos momentos no hay nadie que tenga algún instrumento para romper estos cables. Tendré que aventurarme y hacerlo con mis propias manos.

Con horror vi como Christian tomaba los cables y apretaba sus manos alrededor de ellos. También al mismo tiempo los jalaba; para hacer un espacio lo suficientemente grande y que yo cupiera por ahí. La primera gota de sangre cayó sobre mi frente y todas las que siguieron, teñían de color rojo por unos instantes el agua acumulada en el suelo. Christian no se quejó en ningún momento.

—Ya está —dijo mientras rasgaba una parte de su camiseta y se la enrollaba en su mano derecha para que absorbiera la sangre—. Toma mi mano con las tuyas y yo te jalaré.

Hice lo que me pidió y pude notar la fuerza con la que él jalaba de mi. Mientras subía pude notar el aire fresco y el olor a bosque que había impregnado mi nariz horas antes. Christian siguió jalando y de pronto fui libre.

19 de Mayo de 2020 a las 04:36 2 Reporte Insertar Seguir historia
3
Fin

Conoce al autor

Tadeo Ibarra Tadeo Ibarra es originario de Monterrey, Nuevo León al norte de México. Amante de los gatos, la música clásica e ingeniero químico de título encontró su vocación en la escritura de relatos cortos de misterio y suspenso.

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Mel Velásquez Mel Velásquez
¡Hola! Que gusto ha sido poder encontrar tu relato, lo disfruté bastante; me gustó el marcado misterio e intriga con el cual lo plasmaste, aunque te recomiendo editar los espacios entre párrafos, Ink a veces los pasa por alto y deja las cosas pegadas, lo que a veces cansa solo a la vista. ¡Gracias por escribir!
May 19, 2020, 18:35
Paul Larios Paul Larios
Interesante e intrigante. Saludos.
May 19, 2020, 16:05
~

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