elbardo Brandon Lee Avila

Viviendo en un matriarcado cruel, los pielesblanda empiezan a encontrar esperanza y fuerzas para generar una revolución. Unas gemelas, un tabernero y un comerciante carismático son quienes lo inician todo. Por otro lado un extraño extranjero busca algo en tierras lejanas donde la revolución empieza a avivarse. ¿Qué busca y por qué? No lo sabemos.


Fantasy Epic Not for children under 13.

#cuento #relato #fantasia #ficción #oscuro
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Revolución 1

Los aires de revolución se colaban coquetos por las cantinas, los barrios y pueblos de los pielblanda. Con el matriarcado de la familia “Latrodectux” ya siglos en el poder, cualquiera pensaría que una posible revolución seguramente llegaría de la casa “Mánticis”, la única familia con la fuerza militar para hacerle frente a la de las “viudas”; o incluso, tal vez los más atrevidos, reflexionarían sobre una revolución iniciada por los “Pellionexas”, aquellos alados pensadores rezagados que se esconden de toda luz en cuevas inmensas y capullos cual templos; no obstante, la revolución de la que se escuchaba a voz baja, era la de los pielblanda.


Era difícil tomar en serio esta idea. Los pielblanda eran frágiles, buenos con sus manos, pero, como su nombre indicaba, blandos. Su caparazón era suave, casi elástico, solo contaban con dos ojos, una nariz y boca. No tenían colmillos, garras, agujas o alas. Bípedos y para protegerse del frío usaban prendas hechas de materiales varios. Sus colores eran casi siempre blancos, morenos y negros, algunos tenían cabellos plateados por la edad, otros dorados, negros y de vez en cuando, en rara ocasión, anaranjados o rojizos. La realidad es que, no importaba cuantas vueltas se le diera a aquella idea, una revolución armada, militar o a la fuerza por parte de ellos era irreal, un disparate. Solo el veneno y las redes de las “ocho brazos”, como los llamaban los pielblanda, eran imposibles de combatir, ni que decir de las hoces y la feroz destreza de las “oradoras”: verdes, doradas y alargadas criaturas que servían como ejército de insectos a la madre “Zerx”, la matriarca.


—¡Es posible, tú sabes que lo es! Si cae la matriarca, todo entrará en caos, y si nos hacemos con el cristal, todos los insectos hijos de perra tendrán que responder ante nosotros —dijo excitado el joven al posadero mientras aplastaba firmemente sobre la barra un amarillento y doblado papel con el dedo índice.

Los demás hacían como que no lo escuchaban, se mantenían bebiendo o jugando a las cartas en las pequeñas mesas de madera. En realidad estaban de acuerdo, todos lo sabían. El cristal era la clave, el cristal controlaba a todos.

—¿Cómo si alguien pudiera asesinar a la matriarca? —Exclamó un tipo con cara enojada a la distancia—. Es de todos esos monstruos, la más salvaje y asesina, además siempre está resguardada. Eso que dices simplemente es imposible, una idea de “kalbano”.— Las risas se escucharon estrepitosamente en la posada; en esa zona los kalbanos eran tomados de menos, como tipos tontos y sin gracia.

—Eso es lo que creíamos, pero…— El joven se puso de pie y encaró a aquel gordo de la camisa manchada y los bigotes con migajas de pan, no se había dejado intimidar por las burla—. El día de la luna negra. Esa es la oportunidad perfecta para lograrlo, la zorra de Zerx hace su asqueroso ritual sin compañía a la oscuridad de esa noche, se queda sola, sola con los “cara igual”—. La gente del lugar lo escuchaba con interés, algunas caras mostraban seria reflexión, otras, en cambio, completo rechazo, sea cual sea la reacción, la idea de que la matriarca podía ser asesinada se extendió como fuego negro por los pueblos pielblanda.




Las dos “cara igual” eran de cabellos raros: rojos brillantes, con claras y caóticas ondulaciones extrañamente bajo control, como un mar de fuego chispeante. Sus ojos claros, rostro fino y nariz delgada daba la impresión de que fueron sacadas de una pintura. Estaban bastante grandes para esas características tan raras entre los pieles blanda. Se arropaban con unos dulces vestidos color azul marino con algo que, tal vez en el pasado, fueron adornos brillantes, ahora mismo, ya eran vestimentas viejas y sucias.


Caminaban de la mano. La una con rostro risueño, la otra con la mirada baja y su cabello tapándole la frente, una dicotomía entre el ánimo y la amargura; se movían entre las calles del pueblo sin preocupaciones. Algunos las observaban con sorpresa, tristeza y horror.

—Seguramente ellas serán las de este año—dijo una señora delgaducha tapándose la boca con pesadez. Un hombre, quien parecía ser su esposo la agarró de sus hombros y le obligó a seguir caminando en un intento de consolarla.


Las dos niñas siguieron su camino, doblando de casa en casa, como jugando a hacer un camino de zig zag. Observaban con detenimiento su alrededor; la una se rascaba la cabeza mientras le hablaba a su hermana con ahínco y un claro positivismo, la misma que no abría la boca, tampoco emitía sonido alguno sino, más bien, respondía con movimientos de cabeza. Así anduvieron por varios minutos hasta que por fin encontraron el lugar. Estaban ya casi a la salida sur del pueblo, en un lugar en la que los niños no jugaban, un lugar oscuro. El barro les salpicó un poco, pero eso no importaba, ellas ya estaban hechas una mugre. Una casa aislada en una esquina con un letrero de madera colgado del techo, miraba de reojo hacia la entrada o, mejor dicho, salida sur del pueblo, mientras que a su vez, recibía a los visitantes que llegaban desde el norte. El letrero que danzaba por el viento decía algo, ellas no sabían leer, pero la figura grabada era la misma que traían dibujada en un arrugado pedazo de papel que sostenía la hermana risueña.


La puerta chilló al abrirse y al cerrarse. El ruido del establecimiento se difuminó unos segundos después de que las pequeñas cruzaran el umbral. Varios tipo de adultos pieles blanda las observaron con rigor. En el lugar se repartían varias mesas redondas de madera, algunas mas grandes que otras, así como taburetes, sillas y bancas, todas formadas para no interrumpirse el paso la una de la otra. El aroma a cerveza, vino y sopa imbuía todo el espacio; acariciaba la nariz de ambas pequeñas. Hacía un calor extraño que venía con una sensación de ligera pesadez, como si en ese lugar un pedazo del verano se mantuviera rondando entre las paredes. Una barra oscura de madera de unos dos metros de largo se plantaba al norte de la posada. Detrás de la barra un hombre canoso con largo bigote y ojos celestes limpiaba con un trapo una botella de vidrio que contenía un líquido café; al notar la presencia de las niñas se inclinó para poder divisar mejor a las visitantes.


—¿Quién es el padre o la madre de estas dos?—Preguntó interrumpiendo el silencio el posadero. No se veía molesto, pero definitivamente estaba sorprendido. El lugar por la hora empezaba a oscurecerse suavemente. Las lámparas estaban ya encendidas y un delgado joven se encargaba de encender el candelabro.

—Hemos venido solas —declaró una de ellas. Su rostro marcaba un claro disgusto o más bien determinación, esa que se confunde con la ira —. Buscamos a un hombre que se hace llamar “Frod” o “Frad”, algo así.— Las manos de ambas hermanas permanecieron firmemente estrechadas en el proceso. Los presentes todavía no daban crédito a la escena, en realidad, la mayoría estaba sorprendida por el hecho de que dos “cara igual” de cabello rojizo entrarán por la puerta así, sin más.


El posadero haciendo una sutil mueca para avisparse supuso que las pequeñas se habían perdido, no le parecía una idea del todo loca que entraran a buscar a alguien en aquella cantina, después de todo, su taberna era bien conocida y en ella cerraban el día muchas personas.

—Lo siento pequeñas, no conozco a ningún Frad, mucho menos a un Frod, aquí estamos llenos de Carls, Rogers, Freddericks e incluso uno que otro iluso Han.—Bromeó mientras apuntaba con su mentón a un ebrio inconsciente en una mesa. Un par de carcajadas retumbaron las paredes y, después de una corta prudencia se interrumpieron por la respuesta de una de las niñas.

—Me contaron que estuvo aquí hace unos días, que él sabe como derrotar a la madrastra. — Los pequeños pies de ambas caminaron lentamente hacia el bar, lo suficiente como para poder mirar al posadero de cerca, desde esa perspectiva notaron los pelos enmarañados de su nariz, que desde esa altura se veían como césped gris con negro.

—Ellas hablan de tu amigo del otro día, el kalbano de las ideas locas—respondió un alto y musculoso hombre moreno con chaleco café.

—¡Oh BRADLEY ! el buen Brad, si, claro —contestó el posadero mientras impulsado por la curiosidad dejaba el pequeño trapo sobre la mesa y se inclinaba aún más para observar mejor a las niñas—. ¿Qué cosa pueden querer un par de “cara igual” con el loco de Brad?, están muy pequeñas para andar solas y, créanme señoritas, estas no son fechas para que dos ‘cara igual’ anden solas. Se acerca el año nuevo.

—Sabemos cuidarnos bien—gruño la una, quien en un acto reflejo observó a su hermana, esta en un solo movimiento de cabeza, dejó claro que estaba de acuerdo con aquella premisa—. Queremos hablar con Brad, queremos ayudar a asesinar a Zerx.


Bradley no llegaría hasta dentro de una o dos horas de su viaje de entrega. Era un comerciante y mensajero conocido y querido por todos lados a pesar de ser kalbano. El posadero recordó lo que su amigo le había susurrado esa noche cuando hablaron de acabar con la matriarca. «Los monstruos no saben que ahora podemos defendernos, ahora tenemos artefactos que rompen sus corazas con un solo movimiento. Hasta un niño podría utilizar estas cosas» Incluso empezaba a recordar los dibujos y anotaciones que aquel amarillento y doblado plano tenía dibujado encima.


De forma amable y caballerosa Howard, el posadero, las invitó a sentarse. Les ofreció un poco de pan, cerdo y café: «Este lugar es uno bastante complicado, no deberían estar aquí pero, si van a esperar de todas formas, será mejor que coman algo, de seguro deben tener algo de hambre». Ambas lo aceptaron sin dudar y lo devoraron todo. Se mostraron muy agradecidas, repitieron el “muchas gracias” unas seis veces como mínimo. Los presentes también se acostumbraron rápidamente a la presencia de las “cara igual”, al cabo de unos minutos terminaron por dedicarse a sus propios asuntos. Las conversaciones de vez en cuando hacían uno que otro comentario al respecto, pero más pronto que tarde, todo volvió a la actividad normal de la noche, a la de una taberna un día frío en un pueblo pielblanda.


—Entonces, sus padres las dejan venir a una taberna de mala muerte para apoyar una supuesta revolución—preguntó Howard. Sospechaba que las niñas debían de estar solas, pero la pregunta le sacaría de las dudas. Las dos hermanas, sin ningún problema, contaron como se habían quedado huérfanas hace unos años atrás cuando, por obvias razones, fueron elegidas como sacrificio para el ritual del año nuevo.

—Nuestra madre se opuso y nunca conocimos a nuestro padre—dijo la pequeña habladora. Sostenía en sus manos la taza metálica donde ya no quedaba café, jugaba con ella mientras hablaba—. Así que un día nos escondió en el pantano, dijo que volvería, pero no lo hizo.


Howard frunció el ceño, arrugó la nariz y apretó los labios, escuchar esa historia lo llenaba de una ira extraña, como si le hubieran dado un fuerte golpe en el estómago con una mesa; su corazón se vio envuelto de tristeza y decepción. Aquello sacó del arcón de las memorias sucesos amargos de su juventud. Recordó como cuando era mucho más joven, le tocó ser el escolta de un par de cara igual varones, tenían cinco años, no eran más que criaturas inocentes y fue él quien los llevó a su muerte porque su padre no tuvo el valor, él entregó a la ocho brazos mensajera a los pequeños. No tuvo el valor para observar como los envolvían en su red, lloró todo el camino de regreso. Eran sus hermanos.


—Increíble—dijo manteniendo las emociones bajo control—. Haber sobrevivido a cuatro años nuevos, ¿cómo lo hacen?—Preguntó ingenuo recogiendo los tazones de cerdo en los que ya no quedaba nada.

—Es fácil, hay cosas que los insectos no pueden hacer ni detectar, sabemos escondernos de ellos, movernos entre ellos. Los más difíciles de engañar son las ‘ocho brazos’ pero incluso sus redes pueden deshacerse—. La pequeña dijo todo esto como si se tratara de algo común, de algo tan sencillo como el jugar a las “rayitas”. El posadero estaba en estupor, no conocía de nadie que haya escapado de una red ocho patas, mucho menos haber engañado la ágil visión de las oradoras.

—Y… y ¿para qué buscan a Bradley de nuevo?

—Escuchamos que él sabe cómo acabar con la madrastra…

—Matriarca—le corrigió Howard—. Es la matriarca

—¡Ay si! —Exclamó con una pícara sonrisa la pequeña—. Eso mismo quería decir… Escuchamos que se necesita de dos ‘cara igual’ para acabar con la matriarca, nosotras sabemos mucho, así que queremos ayudar.


El posadero sonrió sin querer, sus chuecos dientes se mostraron campantes ante las pequeñas. No daba crédito a la situación. Nunca nadie le creería si contaba lo que en ese momento estaba pasando, la sonrisa se oscureció cuando en su mente divisó a las oradoras, a las ocho brazos o incluso a la mismísima matriarca, fría y cruel. Recordó una vez más a sus pequeños hermanos.

—Esta es una lucha para grandes, deberían estar agradecidas el poder seguir aquí después de tanto tiempo, son las primeras cara igual que conozco que tienen más de nueve años. ¿Por cierto, cuantos años tienen pequeñas?

—¿Lucha de grandes?—Inquirió la habladora; la callada esta vez hizo un gesto de disgusto grande, un aspaviento con las manos y un movimiento con los hombros —. Los grandes saben tan poco como los abuelos, lo único que hacen es decir cosas y no hacer nada. Se la pasan mal siempre y hasta ahora no saben ni siquiera como esconderse de una oradora. Esta es una lucha de pielblandas contra insectos,yo soy pielblanda, soy una ‘cara igual’ sobreviviente como mi hermana y tengo trece años, soy grande para ser una ‘cara igual’. Tú mismo lo has dicho.


El discurso de la pequeña dio tres vueltas por toda la taberna, el silencio una vez más se acomodó en el lugar, se hizo un espacio y se sentó a observar. El aroma a pan horneado y cerveza acariciaba las narices de todos, quienes ahora, una vez más, clavaban sus miradas en las dos ‘cara igual’ sentadas en la barra.

—¡Es verdad, ellas ya están grandes, debería avergonzarnos que dos pequeñas niñas tengan más valor y temple para levantarse contra la matriarca que todos nosotros!—exclamó con fuerza, haciendo a un lado la mesa y levantando el pecho una mujer con botas negras, poncho y cabello rizado.

En seguida varios otros hombres y mujeres se le unieron en la noción, se pusieron de pie y gritaron cosas como “la matriarca caerá”, “sin cristal no hay matriarca”, “si dos niñas pueden, yo puedo”. Otros pocos que no estaban de acuerdo, abandonaron el lugar con caras de completa ingenuidad.


Las abrumadas pequeñas se pusieron de pie, treparon a la barra con entusiasmo. Una mueca extraña se escondía entre todo el embrollo de cabello rojo que le tapaba la cara a la hermana callada, un extraño intento de sonrisa. La habladora, en cambio, saludaba y celebraba con todo tipo de aspavientos felices. Así, desde encima de la barra recibieron las porras y el apoyo de los presentes, ánimo que en poco tiempo terminó por ser un apoyo unánime, todos estaban furiosos y motivados. Incluso el ebrio Han se había despertado. La idea de revolución sirvió de cultivo para algo que los pielblanda desconocían hasta ese entonces, una fuerza propia que tenían dentro, guardada o dormida en sus entrañas, entre su corazón y el estómago. Una mecha que fue encendida por la presencia de las ‘cara igual’ del cabello de fuego.


La noche se tornaba fría pero ahí, dentro de la taberna, ardía algo, algo más que el pan, la sopa o el cerdo en la cocina. El silbido del viento afuera parecía querer colarse en el bar. Las desgastadas paredes empezaban a hacer su característico crujido, señal de que el frío de la noche empezaba a envolver los hogares de todo el pueblo.


—¡¿Qué diablos pasa el día de hoy?! — El bullicio de la taberna se disipó en un segundo, una voz conocida hacía presencia al fin. Bradley, el joven de la idea revolucionaria había abierto la puerta. Cargaba consigo algo similar a un bastón envuelto en una bolsa de cuero negro, amarrado con sogas en ambos extremos. El sombrero de ala ancha tapaba buena parte de su frente y sus ojos grises destellaban con el reflejo de la luz del candelabro. La taberna quedó enmudecida por unos pocos segundos.

—Bradley, al fín, esperábamos por ti.

—¿Por mi?, pero si estaban celebrando—respondió con la ceja arqueada —. Además, hace no más de dos días se burlaron mucho de mi; pero, ya van a ver, hoy he venido para cerrarles …

—¡Calla ya y acércate! —le interrumpió el posadero con una señal de invitación con sus manos. Su mirada barrió el lugar, por unos segundos se sintió intimidado por los inquisidores ojos que lo observaban, hasta que, el gris se chocó con el rojo y vio a las dos ‘cara igual’ de pie sobre la barra.

—¿Supongo que toda esta conmoción algo tiene que ver con ellas? —inquirió mientras colocaba el paquete largo y envuelto con cuidado encima de la barra. A pesar del cuero, un tintineo metálico se escucho dentro del paquete. El posadero abrió los ojos como un par de grandes esferas. Si era lo que él creía que era, esta noche, todo, absolutamente todo cambiaría—. Lo veo en tus ojos—le susurró Brad a Howard—, si, es de lo que te hablé el otro día. He traído una muestra conmigo.

El posadero carraspeo, su garganta estaba seca y su corazón acelerado, la atención seguía clavada en la barra, ellos eran el centro de atención, sin darse cuenta un show con Bradley, las niñas y él había iniciado.

—Estas dos pequeñas te han estado buscando... dicen querer unirse a tu causa.

—Jajaja, ¿dos niñas quieren unirse a una lucha en contra de la matriarca?— El sombrero cayó sobre la barra y se acomodó haciéndose un espacio con la ayuda de Bradley.— ¿Y cómo exactamente pretenden hacer eso?

—Sabemos más que tú y otros aquí sobre los insectos, sobre las ocho brazos, las oradoras e incluso los cuernudos—respondió molesta y frustrada la hermana habladora. Le ponía furiosa que el tal Bradley no le diera la importancia debida. No obstante aún así había llamado la atención del joven.

—¿Y qué cosas saben exactamente pequeñas?— Bradley levantó la mirada y pudo observar de cerca a las niñas, eran dos ‘cara igual’ de cabellos rojizos, un hecho tan extraño y singular que ni él que había viajado por casi todo el país, podía creerlo a la primera. Eran la llave, justo lo que necesitaban. Los ojos le saltaron, buscaron a Howard, quien al cruzar la mirada, le dio un movimiento afirmativo con la cabeza.


Bradley era un tipo astuto, muy carismático pero sobre todo un showman, así se ganaba la vida, y así la vida le ganaba otras cosas. Esta era la oportunidad para hacer una presentación sin igual de aquello por lo que había estado llevando tanto material de contrabando de un pueblo a otro. Era el perfecto escenario para cerrar las bocas a todos los tipejos que se le rieron la última vez. Era el momento y el lugar para dar un gran paso a esa revolución de la que tanto se hablaba. Se levantó con cuidado, su poncho naranja cubría la mitad de su cuerpo, sus manos buscaron, por dentro de la vestimenta el artefacto, lo encontró, lo sacó y sosteniéndolo en su mano derecha gritó:

—Amigos y amigas, el fuego se presenta una vez más ante nosotros, como las historias de nuestros abuelos y abuelas. Estamos ante la presencia del cambio, de la liberación… — Señaló con su dedo índice a las pequeñas — a mi izquierda tenemos a dos ‘cara igual’ de cabellos rojizos que saben mucho sobre los monstruos de allá afuera. Y, en mi mano derecha el artefacto que nos permitirá luchar, poner cara y liberar a los nuestros de esta mierda de represión.

El artefacto plateado se volvió el foco de atención de todos, incluso las niñas lo veían con una curiosidad exagerada, una curiosidad infantil esa que está llena de asombro. Lo que el joven sostenía era un tipo de tubo hueco mediano, alargado con boca circular. La sujetaba desde un agarre de madera con forma de zig zag. Entre el agarre y el tubo descansaba una rectangular barriga metálica que parecía abarcar una pequeña ruleta cilíndrica.

—Esto estimados, es un “martillo de fuego”, un arma, más letal que las hoces de las oradoras, más letal que el veneno de algunas “ocho brazos”, es veloz, pero sobre todo es fácil de usar—declaró Bradley mientras caminaba poco a poco, haciéndose paso entre los presentes. Su brazo se mantenía con el arma extendida hacia arriba de su cabeza.

—¿Y qué se supone que hace tu maravillosa arma? —preguntó con honestidad una mujer con parche en el ojo izquierdo.

—Escupe metal con fuego, atraviesa vidrio y madera incluso, pero sobre todo, atraviesa la coraza de los insectos—. Susurros y murmullos, todos llenos de ingenuidad se escuchaban como una ola distante que empieza a rugir una vez llega a la orilla.

Bradley solicitó a Howard colocar una botella vacía en la esquina de la barra. «Una que no te importe perder» le dijo y, así lo hizo, no preguntó, no reclamó, él al igual que todos, estaba repleto de expectativa. La tensión fue en aumento. El joven apuntó el arma hacia la botella, el alargado tubo miraba fijamente el gordo cuerpo de vidrio del objeto a la distancia.

—Háganse a un lado, pueden salir lastimados. —advirtió y todos obedecieron, se alejaron lo más posible, haciendo un tipo de media luna por detrás de Bradley quien sostenía el artefacto apuntando a la botella. Su dedo se deslizó por esa barriga rectangular y tiró de un pequeño gatillo. Un sonido metálico, unos pequeños ‘clics’ de tensión sonaron antes de un estruendoso “PUM”. Un pequeño martillo que estaba anexado en la parte superior del artefacto se activó con el gatillo y generó una explosión interna, acto seguido una esfera metálica salió disparada de la boca del arma. Muy pocos lo vieron, la mayoría solo alcanzó a observar el resultado final.


Los pedazos de cristal estaban regados por todas partes. Por detrás de donde se encontraba la botella, la pequeña esfera de metal aún humeante descansaba clavada en la pared ahora astillada. Una tira de humo bailaba en la punta del cañón. El gentío se apretaba unos con otros para ver el resultado del show. Una botella completamente destrozada y una pared muy mal herida.


—Con esto amigos míos, podremos luchar, podremos hacerle frente a esa viuda horrible, a esos monstruos crueles y salvajes llamados insectos—exclamó con entusiasmo Bradley; continuó mientras señalaba a las cara igual—. Con ellas, las niñas del cabello de fuego, derrotaremos a la zorra de Zerx y entre todos seremos libres. Las cara igual del fuego, el martillo de fuego, el futuro es nuestro, el futuro del fuego, como nuestros antepasados.


El fragor y la celebración volvió a la taberna con muchísima más fuerza. Hombres y mujeres empezaron a festejar como nunca antes en su vida, tal vez la cerveza y el alcohol apoyaron a este suceso y sin embargo, todos ellos creían ahora sí en una liberación. Los cantos, esos que eran para los niños, ahora eran la melodía que llenaba el establecimiento de esperanza, alegría, baile, chispas de rebelión y un fuego de ansias llamado libertad; no obstante, como si de un relámpago verde con dorado se tratara, la puerta de la taberna se astilló y con un ‘crack’, segundos después, voló hacia el fondo del lugar, golpeando y asesinando de este modo a la mujer con el parche.


Tres feroces Oradoras interrumpieron ágilmente el bullicio y entraron al lugar. El tiempo se detuvo, todos los presentes se quedaron estáticos, observando con miedo a los soldados de la matriarca. Llevaban la marca roja, la marca e Zerx. El terror los inundó por un segundo, pero, en esa noche, algo más fuerte que el miedo los abrazaba desde adentro.


—¡Hoy lucharemos por fin. Hoy empieza nuestro camino a la libertad! —gritó Bradley, quien en un sagaz movimiento, disparó su martillo de fuego apuntando hacia una de las tres oradoras. Verde y viscosa sangre se despidió por el cuerpo largo del insecto quien en un ajetreo agónico, movió sus patas con desesperación y luego, ya en el suelo murió. Sus extremidades permanecieron temblando. El suceso agarró por sorpresa a todos, incluidas las otras dos oradoras. Esto motivó a los presentes quienes se armaron con palos, sillas y cuchillos que encontraron por el lugar. No obstante, las oradoras espabilaron, se abrieron paso hasta donde estaba el joven con el artefacto asesino. Estaban entrenadas para matar.


Cabezas, brazos, piernas y dedos, volaban por lo aires de quienes interrumpían el camino de los enormes insectos, sus ágiles hoces bailaban de derecha a izquierda, arriba y abajo, cortaban y asesinaban sin piedad pero con gracia. Bradley sabía que debía responder rápido, apuntó nuevamente el arma localizando a los enemigos, los insectos eran escurridizos, los nervios le pasaron factura, falló su disparo, eso le costaría, le saldría muy caro. Un brazo para ser exactos, el brazo con la mano que sostenía el martillo de fuego. Sus ojos no expresaron dolor, no expresaron miedo, sino furia.

—¡Lleva a las niñas y el paquete, sal de aquí, que todos sepan que la Matriarca ya nos tiene miedo! , la revolución a comenza… — Esas fueron sus palabras, antes de que su cabeza recorriera un tramo del salón y golpeara uno de los bancos que se encontraba frente a las cara igual. Ambas lo vieron, observaron su rostro, orgulloso, con fuego en los ojos, con determinación.

—¡Vámonos de aquí! —les espetó Howard, mientras las bajaba con prisa de la barra y tomaba el paquete de su amigo. No fue hasta ese momento que notó lo mucho que pesaba.


Las oradoras se percataron de la huida, se dispusieron a ir a por ellos, sin embargo, se vieron interrumpidas por golpes de sillas y palos de cinco sobrevivientes quienes luchaban con temple. Los insectos notaron por primera vez en su vida algo que desconocían de los pielblanda, ahora ya no les tenían miedo, los débiles sacos de huesos luchaban, luchaban con valor. Algo había pasado esa noche.


Howard y las niñas se escabullieron por la puerta trasera, corrieron sin descanso por casi una hora después de salir del pueblo por el este, buscaron un lugar donde esconderse. Howard no escuchaba, solo seguía, solo lloraba. Recordaba la primera vez que vio a una oradora asesinar, recordó como su amante su futura esposa era cortada en pedazos por una de estas monstruosas criaturas. Pensaba, al mismo tiempo en como escapar, en cómo evitar la furia de las oradoras, no quería morir, definitivamente no deseaba hacerlo y no quería ser culpable de la muerte de dos niñas inocentes, ya no quería tener que cargar con el peso de más muerte en sus hombros.


Estaba perdido, no tenía idea de donde se encontraba, el sonido del chapoteo lo sacó por un momento de su trance, de su shock. Sintió un pequeño halón en su camisa.

—Tranquilo—le dijo la hermana más callada— no nos seguirán, no hasta aquí.

El sudado y desesperado posadero respiro y observó, ahora con más calma, donde estaban, hacia donde había corrido, él estaba seguro que llevó a las chicas a algún lugar para ponerlas a salvo, pero la realidad era otra, fueron ellas las que lo llevaron a él. Un pantano hediondo cubría sus pies y sus rodillas, árboles tristes y grises cobijaban todos los puntos cardinales, se veía vegetación al sur, este y al oeste. El norte se presentaba distinto. Una cueva amplia que se entremezclaba con los árboles, el lodo y la vegetación parecía dar la bienvenida a los tres sobrevivientes, una luz amarillenta proveniente de la boca de la cueva se acrecentaba despacio.

—Bienvenido a nuestro hogar—comentó la hermana habladora con una sonrisa—. Ella es Kobe, está con nosotros.

Howard levantó la mirada buscando a la persona a la que se refería la niña, entendió entonces el origen de la fuente de aquella luz, al inicio creyó que era una lámpara, una antorcha o simplemente una fogata dentro de la cueva. En realidad era una Luzcaminante.


May 8, 2020, 10:30 p.m. 6 Report Embed Follow story
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The End

Meet the author

Brandon Lee Avila Me llamo Brandon Lee Abril Avila ; si, al parecer hay tres apellidos ahí y la verdad es que es todo un desastre. Cuento corto: soy mitad coreano, mi padre nunca me reconoció y se perdió en la infinidad del mundo cuando tenía tres o cuatro años. Tengo el apellido de mi padrastro, a quien quiero muchísimo. Mi padre biológico llegó varios años después cuando cumplí 21. Ira, tristeza, frustración, perdón, me apropio de mi apellido "biológico", me reconcilio con mi padre y aquí estamos.

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Jess Argarate Jess Argarate
Esta es la primera historia que leo en Inkspired y wow, me sorprendió. Buen trabajo y excelente final. Espero la continuación!
May 20, 2020, 16:32

  • Brandon Lee Avila Brandon Lee Avila
    Muchísimas gracias por tu amabilidad y tus lindas palabras. :3 May 20, 2020, 17:52
𝓜𝓮𝓵  𝓥𝓮𝓵𝓪𝓼𝓺𝓾𝓮𝔃 𝓜𝓮𝓵 𝓥𝓮𝓵𝓪𝓼𝓺𝓾𝓮𝔃
Respondiendo al comentario de abajo: Descuida, puedo esperar mil años luz una actualización XD así que no te apures. Eso si recuerda escribir tambien para ti, no para los demás, al final son tus mundos los que confluyen en letras :D
May 16, 2020, 04:35

  • Brandon Lee Avila Brandon Lee Avila
    Si ✨☺️, justamente las cosas que público aquí son las que creo pueden ser leídas. No soy muy bueno entonces el resto es para mí. May 16, 2020, 04:40
𝓜𝓮𝓵  𝓥𝓮𝓵𝓪𝓼𝓺𝓾𝓮𝔃 𝓜𝓮𝓵 𝓥𝓮𝓵𝓪𝓼𝓺𝓾𝓮𝔃
Me quedé intrigada con esta historia ¿Es una precuela de otra obra? ¿Qué pasa con las gemelas? ¿Cómo sigue todo? Quedé con una ansiedad enorme!! Esta historia es maravillosa!
May 15, 2020, 03:27

  • Brandon Lee Avila Brandon Lee Avila
    Mel: muchísimas gracias por tus lindas palabras. Las aprecio mucho. Respondiendo las preguntas: - No, no es una precuela, es un cuento que forma parte de todo un mundo que cree. Lo escribí como un cuento que forma parte de, por así decirlo, la 'historia' de este mundo. - Hay un par de historias más sobre que llega a pasar con las 'cara igual', como parte del Lore general del mundo. - Quisiera poder seguir escribiendo más de esta historia, pero no hay muchas lecturas todavía. Según se genere mas lo puedo retomar y publicar. Dependerá de eso. - Mil gracias nuevamente por tu hermoso comentario. Un abrazo. May 16, 2020, 02:02
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