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UN JURAMENTO DE AMOR

Alfonso Ortiz Sánchez


La conocí en la cafetería de la Universidad; a primera vista me impresionó su belleza característica de las mujeres de mi región: ojos y pelo color azabache; pómulos un poco pronunciados; sonrisa sensual adornada por unos dientes blancos y labios delicados que inspiraban instantes libidinosos; debajo de la blusa transparente se insinuaban unos senos sedientos de caricias, que se erguían orgullosos proclamando con rebeldía su derecho ancestral a la libertad, sin ninguna copa que impidiera su exposición al aire, al agua, o las manos y boca cariñosas del hombre amado. Su extraordinaria belleza trajo a mi memoria las historias de los ancestros que hablaban de la hermosura de las indígenas, auténticas herederas de la Gaitana, heroína de los huilenses. Ese día, mientras pasaba la lluvia, en la cafetería, descubrimos que había entre nosotros muchos temas sociales, políticos, y ambientales, que nos unía. Ella terminaba la carrera de ingeniería ambiental y yo terminaba un doctorado en antropología. Con algunas diferencias, algunos puntos de vista divergentes, descubrimos intereses y aspiraciones, sociales e intelectuales, comunes; encontramos que nos unía el afán de llegar a las regiones de origen a realizar trabajos que dejaron inconclusos nuestros ancestros. Cuando Plautila se graduó, ese era su nombre, viajamos a la ciudad de Hilarco, y desde el primer momento emprendimos la tarea de inventariar la biodiversidad de la ciudad. Recorrimos quebradas, ríos, montañas y bosques que, además, sirvieron de escenario del intenso amor que surgió de nosotros. La naturaleza nos ocultaba y, como fiel Celestina, nos permitía camuflarnos en la hojarasca donde pude recorrer, palmo a palmo, cada parte de su cuerpo y yo, con la líbido alborotada, besaba y recorría toda su geografía, aquellas partes que en la cafetería de la Universidad se me insinuaban altaneras, con cierto desdén, como diciéndome “para usted son intocables”. Pues bien, aquí estaban expuestas, al aire libre, cubierta de flores de cámbulos, las montañas y las grietas intimas de su cuerpo de indígena hermosa, que respiraba y susurraba deseos intermitentes de ser penetrada por el sexo de su nuevo amor. Arropados por las hojas caídas de los árboles amanecimos y los primeros rayos del sol nos inspiraron un juramento de amor: “juramos por la madre naturaleza, por la Pacha Mama, que nos amaríamos toda la vida, y todas nuestras acciones estarían dirigidas a proteger lo más sagrado de nuestra Pacha Mama”. A los pocos meses me ofrecieron la posibilidad de realizar la tesis Doctoral con los pueblos indígenas del Amazonas. Era este un viejo anhelo y no lo podía desaprovechar. Desde cuando inicié el doctorado soñaba con el viaje. En general, siempre quise estudiar a profundidad la cultura y el modo de vida de mis ancestros. Por ello me negaba a aceptar los escritos que mostraban al indígena como un menor de edad, objeto de rescate por la civilización occidental. Me parecía un exabrupto todo lo que de ellos se decía, catapultando al grado de herejía los ritos y los símbolos propios de su cultura; este sesgo provocó la destrucción de invaluables riquezas materiales que expresaban la elevada espiritualidad de los pueblos indígenas. Las ideas y comportamientos supremacistas privaron a las futuras generaciones de modos diferentes de vida; posiblemente más alejados de la incansable carrera por lograr los máximos estándares de la sociedad de consumo. El día de mi partida Plautila me acompañó hasta el aeropuerto de donde partía el avión que me llevaría a Leticia. En la despedida nos comprometimos a cumplir el juramento de amor, aún a sabiendas de que estaría cuatro años ausente sin posibilidades de comunicación; la única conexión posible era el pensamiento sustentado en la promesa de amor eterno. Sentíamos una conexión tan fuerte, que estábamos seguros de resistir a los caprichos del tiempo, y de las tentaciones de uno u otro lado. Después de nosotros dos nadie entraría a nuestras vidas; nada romperíıa la unión espiritual que anidaba en nuestro ser. Una vez en Leticia, abordé una lancha para recorrer el Amazonas hasta el lago de Tarapoto donde, por primera vez, contemplé en vivo la belleza inigualable de los delfines rosados. No sabía que Colombia ofreciera semejante y espléndida belleza, digna de figurar en las más hermosas páginas que exhiben las maravillas del mundo. Desde la embarcación observé la anguila eléctrica que generaba temor por las espeluznantes historias que sobre ella narraba el guía; lo mismo que del caimán negro que pude observar cuando nos acercamos a la orilla del inmenso río. Según el guía, el caimán devoraba con apetito sin igual cualquier presa que se pusiera a su alcance; el apetito era mayor si la presa era un pernil humano; le encantaba decía mi acompañante, el lomo humano sin ahumar; y la pechuga dorada al ardiente sol de la región. Disfruté de la presencia de la nutria gigante y del manatí. Al día siguiente salimos selva adentro para encontrarme con las tribus indígenas que tanto anhelaba conocer. Fue una caminata agotadora de tres días. La inalcanzable altura de los árboles milenarios dificultaban la penetración de la luz del sol por lo que los días se tornaban de un gris oscuro, casi tenebroso, que me pon ́ıan al borde de la depresión. La presencia de osos perezosos, del tamarino león dorado, de monos araña, de hormigas bala, de ranas dardo venenosas, de la anaconda verde, y de la rana de vidrio, me transportaron a las lecturas infantiles sobre el paraíso terrenal. Por todas partes percibía la aguda mirada del agazapado jaguar que, según me decía el guía, cuidaba nuestra marcha, y nos protegía de matreros peligros. Al segundo día, cansado, sin alientos para seguir, descargué el morral y lo coloqué sobre un inmenso tronco horizontal que obstaculizaba el paso; a los diez minutos observé que el morral se desplazaba junto con el tronco; ante mi sorpresa, el guía, un poco asustado, me dijo que el tal tronco era el espinazo de un güío; el impacto emocional fue tan grande que, en lo sucesivo, desconfiaba de todo lo que tuviera forma de culebra, grande o pequeña. Me extasiaba el variado color de las bromelias; color que varía entre el rojo, el morado, el naranja; todo en su conjunto ofrecía un cuadro de intensos y vivos colores, dándole un toque de imponente majestad a la Pacha Mama. Orquídeas multicolores, y abundantes hongos, completaban la hermosa pintura de una naturaleza mimada por los indígenas. Al tercer día, por la tarde, llegamos a la maloca de los Tukano; me recibieron con alegría y desde el primer momento me hicieron sentir parte de su familia. Los cuatro años de permanencia en la región los dividí, casi en partes iguales, recorriendo las familias de los Tukano, de los Arawak, de los Tikuna, de los Huitoto, de los Tupí, y de los Yurí. De entrada me pareció que estos fraternos pueblos poseían bastos y profundos conocimientos; conocían a la perfección la naturaleza de la flora, la fauna, y albergaban un respetuoso y sagrado amor por la Pacha Mama. De la selva y de los ríos tomaban estrictamente lo que necesitaban para su subsistencia; cuando tomaban algo, para no romper el equilibrio, le devolvían, por alguna vía, la posible recuperación, y el renacer de lo tomado. De los ríos sacaban pescado, pero cuando empezaba a escasear interrumpían la pesca para dar tiempo a su recuperación; lo mismo sucedía con los árboles, arbustos, y toda las especies de la flora. Noté la falta de estratos sociales; no percibí grupos dominantes ni relaciones arrogantes de poder; todos se dividían el trabajo en función de su edad y sexo. La autoridad emanaba de la sabiduría de los mayores quienes inspiraban en la comunidad un profundo respeto. A primera vista descubrí que todo esto es posible por la ausencia de acumulación de riqueza en pocas manos; solamente se produce lo necesario para la subsistencia, y se acumula lo estrictamente necesario para afrontar las temporadas climáticas difíciles que, por lo demás, conocen muy bien de antemano; como no hay acumulación individual, no hay, pues, condiciones para establecer estructuras prepotentes de poder. Mis estudios de doctorado fueron enfocados desde la perspectiva de la ciencia occidental; en los seminarios de investigación seguía rigurosamente las pautas del método científico, esas pautas se vuelven paradigmas inamovibles, casi únicos, en la investigación científica. Tal vez esta es la razón por la cual me quedó difícil encontrar una explicación que me ayudara a develar el sistema de conocimiento de los indígenas. Se volvieron contra mí las preguntas del doctorado. ¿Por qué los indígenas conocen con tanto detalle las propiedades de las plantas? ¿Por qué pueden predecir casi con precisión matemática el futuro estado del tiempo? ¿Sobre cuáles bases establecen el equilibrio de la flora y la fauna? ¿Cómo establecen el sano equilibrio entre cuerpo y espíritu? ¿Por qué son capaces de prever el peligro que los acecha? ¿Por qué poseen tantos conocimientos y los conservan sin una lengua escrita? ¿Cómo transmiten sus conocimientos de generación en generación sin escritura alguna? Los indígenas establecen una relación dialógica con la Pacha Mama. Esta relación simbiótica permite un diálogo fluido con las diferentes especies: el indígena imita a la perfección el canto de las aves, el silbido de las culebras, el sonido del jaguar, la gritería de los micos, y el ruido de los ríos. En su diálogo puede interpretar el mensaje transmitido por cualquier especie. Calculan casi con precisión matemática la variedad y cuantía de las especies de la misma selva. Así, con dibujos, me explican que la amazonía posee 326 especies de aves, 185 especies de peces, y 28 especies de reptiles. Como conocen las características de cada planta, le dan el uso necesario. El cúmulo de conocimientos de estos pueblos, hizo tambalear en mí la concepción científica adquirida en el doctorado. Una tarde, sólo, a la sombra de un frondoso árbol, sentí que se derrumbaba el edificio de la ciencia de occidente. Recordé el Fausto de Goethe. El doctor Fausto, después de alcanzar la cima de la sabiduría se dio cuenta que de poco le servían sus conocimientos, y decidió venderle el alma a Mefistófeles con tal que lo transformara en mago; con ello Goethe expresaba su desilu- sión por la dictadura de la razón, surgida de las mentes grandiosas de la ilustración. Schiller, por su parte, desilusionado de la concepción unilateral proclamada por la ilustración donde todo el ser humano se reducía a la razón, escribió el inmortal himno a la alegría, adaptado por Beethoven a su Novena Sinfonía: “Escucha hermano la canción de la alegría El canto alegre que espera un nuevo día

Ven canta, sueña cantando
Vive soñando el nuevo sol
En que los hombres volverán a ser hermanos”
A través de la selva recorrimos grandes distancias hasta llegar al Parque de Chiribiquete. Su belleza impacta por la calidad artística de sus pinturas. Allí estaba plasmada, con un alto sentido de lo estético, la sensibilidad artística de las primeras generaciones de estos creativos pueblos. Si Europa tiene las cuevas de Altamira, América tiene las obras de arte de este grandioso parque. Pero, desgraciadamente, muy cerca del parque, los indígenas, indignados, visualizaban las grandes extensiones de cultivo de palma africana, y de potreros dedicados a la ganadería extensiva, como resultado de la destrucción de la selva. A los indígenas les duele, como si llevaran una profunda herida, toda esta destrucción y sienten como si sangrara su sagrada Pacha Mama. Como una inolvidable aventura recorrimos en canoa el rio Caquetá que recibe las aguas del Apoporis, en la Pedrera, en límites con Brasil. Penetramos al Brasil donde el río deja de llamarse Caquetá para recibir el nombre de Japurá que, más adelante, recibe las aguas del Juruá, y, poco después, las aguas del rio Purus, antes de llegar a Manaos. El gran caudal, las cascadas, los rápidos y los remolinos, son peligrosos obstáculos que solo los indígenas, con su destreza, son capaces de vencer en sus frágiles canoas y con cuatro canaletes. En territorio brasilero como a mitad de camino entre la Pradera y Manaos nos detuvimos a visitar los resguardos de los Piripkura, de los Kawahiva, y de los korubos. Con algunas particularidades, las culturas de estos pueblos son similares a las que viven en la amazonia colombiana. Solidarios, alegres, poseedores de un inmenso acervo de conocimientos sobre la flora y la fauna. Sus expresiones artísticas son igualmente bellas y sus coreografías establecen un nexo cósmico. También recorrimos el Apoporis, que nace en la Macarena, hasta su desembocadura en el rio Caquetá, un poco antes de la Pedrera. Es un rio complicado por sus innumerables rápidos, y especialmente por el peligroso raudal de Tirijirimo, donde se pone a prueba el temple de los navegantes. El aumento de su caudal y la gran velocidad de sus raudales, dificulta, aún más la navegación cuando el rio recibe las aguas del Cananaris, del Pira Parana, y del Taraira. Los rápidos y cascadas de estos ríos eran peligrosos y matreros, pues con frecuencia doblegaron nuestra canoa que se hundía en las profundidades del río precisamente donde la corriente era intensa. Solamente la destreza de los indígenas permitía recuperarlo todo; y en muchas ocasiones me salvaron de una muerte casi segura, cuando ya mis fuerzas se extinguían y mis pulmones se llenaban de agua. Después de estas terribles peripecias descansábamos en los playones, nos quitábamos la ropa y la secábamos al sol; los indígenas, con arpones, cogían unos inmensos pescados que, con plátano y yuca, envolvían en hojas de plátano y los enterraban en la arena, lo tapaban, y prendían fuego encima; al cabo de dos horas lo desenterraban y saboreábamos una exquisita comida sazonada con la sabiduría de una práctica ancestral; fue la comida más deliciosa que había degustado en mi vida. En la noche, a la orilla del río, recordaba con ternura la hermosa figura de Plautila. Si ella estuviera conmigo, la colmaría de caricias y, juntos, contemplaríamos el inmenso cielo estrellado, y jugaríamos a formar distintas figura geométricas con las estrellas mientras tratábamos de hacer posible lo imposible midiendo imaginariamente la distancia entre una y otra, suponiendo que sabíamos cuánta distancia implica un año luz. Miraríamos el lento caminar de la luna que despacio pero segura nos invitaba a aprovechar esos instantes de amor porque en poco tiempo ella se desvanecería. A intervalos de varios kilómetros, desembarcábamos para compartir con los grupos Macuma, los Yajup, los Letuana, los Tanimuca, los Cabilari y los yuana. Estos grupos viven a la orilla del rio y se distancian unos 15 o 20 kilómetros. Con ellos comíamos pescado, yuca y plátano que, con desinteresada hospitalidad, compartían como si fuéramos uno más de su familia. Por la noche nos presentaron un lindo espectáculo, con sus cuerpos pintados de llamativos colores, sus cabezas adornadas con coronas de plumas de aves que reflejaban luces multicolores. Las mujeres exponían al aire sus redondos e inhiestos senos como orgullosos volcanes a punto de estallar. La coreografía expresaba con sublime plasticidad su relación con el cosmos, como invocando la presencia de los mayores que esperan en el allá desde hace mucho tiempo, y desde el más allá protegen a sus pueblos. En la danza el movimiento sensual y erótico de las mujeres me hacían añorar la presencia de Plautila, quien por su sensibilidad artística disfrutaría de tan bello espectáculo. Si la coreografía estaba diseñada para comunicarse con sus ancestros, para mí era una expresión simbólica de mi indestructible amor por esa mujer que me esperaba en Hilarco, seguramente conectada con mi pensamiento.

Después viajamos por el rio Guaviare, de aguas mansas que ofrecen facilidades de navegar con alguna tranquilidad. Este río se forma allí donde se juntan el Guayabero y el Ariari; más adelante se reúne con las aguas turbias del rio Inírida, cerca del puerto de su mismo nombre. Más adelante desembarcamos, para pasar momentos inolvidables, llenos de fraternidad y alegría con los Cubeo, Yaruti, Tucano, Siriano,y Piratapuy. Brindamos con una bebida parecida al aguardiente y comimos la exquisita mandioca. Por la noche disfrutamos con las hermosas danzas y cánticos propios de su cultura. Estos pequeños pueblos son el rezago humano del terrible genocidio de los caucheros que, en su momento, describió muy bien nuestro insigne José Eustasio Rivera.

Recorrer la amazonia colombiana, como la recorrí, en compañía de seres extraordinarios, de una lealtad y solidaridad fraterna a toda prueba, fue la más grande alegría de mi vida. Su campo de conocimientos es amplio y profundo y me dejaron una lección indeleble: llegaron al conocimiento por vías y métodos ignorados por la ciencia de occidente. El camino recorrido desde las primeras generaciones hasta las actuales está plasmado en el conocimiento de los mayores y asimilados por el conjunto de los pueblos indígenas. Es increíble como ésta sabiduría logra continuidad en los siglos recorridos en condiciones de hostilidad de parte de quienes pregonan el concepto de progreso que, en la mayoría de los casos, se invoca para acabar con lo más sagrado de la Pacha Mama. A todas estas, sentía una enorme desilusión por no saber ninguna de las lenguas de estos pueblos. En mi universidad me enseñaron inglés, francés y alemán, y despectiva- mente me ayudaron a ignorar la lengua de nuestros ancestros. Llegó la hora de mi regreso, los indígenas me empacaron la colección de hojas, flores y tallos que me enseñaron a conservar para evitar el deterioro. Esa hermosa colección trabajada por las manos primorosas de mujeres y niños, las conservaría como un precioso tesoro para regalárselo a mi inolvidable Plautila a quien amaba con la pasión de los primeros días en la cafetería de la universidad. El juramento de amor estaba intacto, y regresaba con la intención de hacerla mi esposa. Durante los cuatro años de ausencia veía su bello rostro dibujado en las orquídeas, y en el resto de flores del paisaje; igual cosa sucedía con las espectaculares figuras que mi mente enamorada veía en algún frondoso árbol de la selva. Cuando llegué a Hilarco tuve la intención de ir directamente a la casa de Plautila, pero al fin decidí llegar primero donde mis padres y hermanos. Después de los afectuosos saludos me contaron algo que atravesó, como una afilada espada, mis anhelos y mis ilusiones. En un instante se derrumbó todo lo que mi corazón enamorado había construido en las profundidades de la selva: Plautila estaba casada y tenía dos hijos. Su esposo, un próspero constructor, era uno de los empresarios más poderosos de la ciudad; hábil en los negocios, y amigo de connotados políticos de la región. Mi familia me contó que las reservas forestales, entre ellas el bosque donde juramos amor eterno con Plautila, fueron destruidos para construir viviendas. Las zonas verdes, y las cuencas de los ríos fueron arrasadas para construir grandes edificios de vivienda y centros comerciales. Era, en síntesis, el adalid del progreso; el esposo de Plautila era el héroe del progreso; porque el progreso dignifica al hombre, y eleva al rango de metrópoli la ciudad de Hilarco. La consigna corporativa del emporio de la familia de Plautila era el progreso. Apabullado, destruído espiritualmente, salí como sonámbulo a recorrer las calles de la ciudad. Una tristeza grande me embargaba, y todo lo veía oscuro, como envuelto en tenebrosas tinieblas. El mundo se derrumbó, y los edificios me parecían asquerosas ruinas de un lejano pasado de progreso. Casi enajenado me dirigí al bosque bendito del juramento imborrable; juramento que parecía pronunciado por seres capaces de amarse toda la vida. Cuando llegué al sitio donde antes quedaba el bosque, encontré un bosque de cemento. Este panorama me desmoronó y la mínima porción de razón que me quedaba se diluyó. Amanecí en un lugar de los suburbios de la ciudad atolondrado por el golpe casi mortal de la noche anterior. Recordaba que en las pocas horas de sueño, se me apareció en su esplendor la Pacha Mama vestida con un traje verde, como el verde intenso de la selva, dirigiendo una inmensa orquesta filarmónica compuesta por todas las especies de la fauna, y ejecutando la más bella sinfonía. Este sueño me levantó el ánimo y me pareció una premonición, invitándome a regresar al seno del pueblo alegre y solidario que me albergó durante cuatro años. Así lo hice, con la seguridad de que con los indígenas un nuevo juramento de amor no sería en vano.

May 5, 2020, 12:03 a.m. 3 Report Embed Follow story
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The End

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Francisco Rivera Francisco Rivera
He aquí, un manejo esperado de lectura en dimensiones literarias y que todo buen lector afradece y pondera en lo descrito. ¡Felicidades y a continuar leyendo tu producción, que transmite esencias ancestrales de la bella Colombia! ¡Pero también, de un hijo escritor digno y por demás, interesante!
November 21, 2021, 19:36
Bianca Muñoz Bianca Muñoz
Hermoso relato, tu talento para narrar es innegable; me hiciste sumergirme en la selva del amazonas; un final trágico pero esperanzador, sería hermoso leer una secuela si fuera posible ¡Precioso!
November 14, 2021, 23:51
Iván Selbor Iván Selbor
Alfonso, tu relato es completísimo. Me transportó a otro sitio, de veras. Le das un tono poético que lo hace muy ligero. Gracias por compartirlo.
May 16, 2020, 18:17
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