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irozborsk Is Bel

En esta historia nada es lo que parece.


Drama Not for children under 13.

#segunda-persona #mujer #embarazo #relato
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Pétalos azules

Hoy has vuelto a soñar con el día tu boda, es por el aniversario.


Fue el sábado más soleado de todos los sábados. Los pájaros prepararon su mejor repertorio para despertarte aquella mañana.¡Qué día tan maravilloso! Sientes como si aún pudieras notar el aroma de las flores recién cortadas coqueteando con tus fosas nasales.¿Cómo olvidar ese ramo con rosas de un azul tan intenso que parecían sacadas de un cuento de hadas?, combinaban a la perfección con la corbata de Él.


Sí, Él con mayúscula; porque para ti, era Él.


Antes de salir hacia aquel “y vivieron felices”, deparaste en el espejo para mirarte una última vez. Tus ojos brillaban tanto que parecían capaces de iluminar una galaxia entera. El cabello temporalmente rubio mantenía su tono cobrizo intacto (por primera y probablemente última vez en tu vida). Estaba envuelto en un ligero moño sujetado por pequeñas horquillas negras. Un maquillaje magistral en tonos tierra a prueba de inundaciones remarcaba tus ojos verdes. Lo sellaste todo con un labial rojo antes de cerrar la puerta de tu soltería para siempre.


Al llegar al lugar, los rayos de un sol primaveral comenzaron a calentarte la piel a fuego lento mientras tus pies desnudos disfrutaban de un masaje cortesía de la arena. El viento parecía invitarte a volar. El vestido blanco era ligero y muy cómodo, se deslizaba por tus curvas desembocando en una larga cola de sirena adornada con piedras preciosas. Sentías como si tu cuerpo se elevase por encima de los invitados mientras caminabas hacia el altar. Ni siquiera te surgieron dudas sobre si debías casarte. ¿Cómo ibas a tenerlas si estabas a punto de unirte en matrimonio con el amor de tu vida? ¿Acaso era posible tener miedo después de ahogar tu juicio con dos mini-botellas de whisky antes de las once de la mañana? Cuando eras pequeña, todo el mundo decía que cuando conocerías al hombre perfecto, lo sabrías. Y así fue. Desde el primer momento en el que vuestras miradas se cruzaron os volvisteis inseparables, convirtiendo en luna de miel cualquier encuentro improvisado.


Lo único que te mantuvo despierta la noche antes del gran día fue el maldito primer baile; porque admítelo, mover el esqueleto al ritmo de cualquier tipo de música solo se hacía viable cuando las proporciones de sangre y alcohol en tus venas se igualaban. Así que al terminar la ceremonia tus manos comenzaron a temblar y el corazón aceleró. Estabas sudando demasiado para llevar una prenda tan ceñida. Solo querías que el momento pasara rápido y a poder ser, sin contar contigo en el proceso. El banquete de la boda estaba tan solo a diez minutos del lugar de la ceremonia, pero el camino para llegar te pareció eterno. Cuando por fin entrasteis en la sala y la melodía sonó haciéndote protagonista de una película de terror personalizada, ahí estaba Él. Tendió su mano hacia ti como si fueras su damisela en peligro, dirigiendo tu cuerpo hábilmente por la pista ante la amenazadora mirada de vuestros seres queridos. Bailasteis ¨You belong to me¨ de Jason Wade, la canción más romántica sobre amor verdadero que conocías. (¿De amor verdadero, en serio?). Después de eso ya no te sentaste en toda la noche.


Ahora celebráis ese treinta y uno de mayo en vuestra casa a las afueras de la ciudad. Con un hermoso jardín de hortensias delante de la entrada, perfectas para sobrevivir con el clima húmedo del lugar. La madera que adorna las paredes exteriores le da un toque único y destacado. Siempre habías querido vivir en un lugar así. Aunque, después de tres años, deberías admitir que construir una casa con madera en un sitio donde llueve prácticamente durante dos estaciones del año completas no fue la mejor idea. Y ese problema solo encabezaba la lista. Ojalá te hubieras percatado antes de que las ventanas estaban mal aisladas y además, eran demasiado pequeñas en comparación con las paredes.


Por dentro, el color dominante es el gris, exceptuando la cocina, único sitio que goza de papel pintado con unas rosas azules en el fondo blanco. (¿Fue algún tipo de indirecta?). La mayoría de los muebles son heredados de vuestro anterior piso y por alguna razón, aún teniendo una casa más grande, ocupan el doble de espacio que anteriormente. ¿Cómo es eso posible? A veces te arrepientes de haberte dejado seducir por la apariencia de aquella casa, pero después de solo dos años, sería una locura venderla. ¿No crees?


Estás tumbada en el lado derecho de la cama, envuelta en una sábana color ocre demasiado gruesa para vestir en pleno mayo. Con el pijama azul que compraste hace suficientes años como para que merezca una jubilación. Tu respiración es lenta y corta. Todos los músculos de tu cuerpo están en un estado de reposo, como si no estuvieras allí en realidad, como si el envoltorio de tu alma siguiera descansando en la cama deshojado de su esencia. La tela que cubre tu cuerpo desprende un olor a perro con toque a suavizante de lavanda muy particular para acompañar en los sueños. No es que le des importancia (al menos no es privado), pues escuchar el sonido de la respiración de Ringo cada mañana tiene un efecto sedante para ti y lo adoras.


Clavas tu mirada en una pequeña ventana aislada en el techo de madera. Mientras contemplas cómo la lluvia impacta ferozmente contra esta, recorres los trazos de las gotas abatidas sobre el cristal, que forman figuras aleatorias a merced del viento y la gravedad. «¿Y si la lluvia tuviera colores?». Te preguntas. «¿Cuántas obras de arte le regalaría la naturaleza al iris humano?». Tal vez entonces a las personas deprimidas se les recetaría salir a la calle en los días de tormenta, haciéndoles enfrentarse a su existencia envueltos en un arcoiris gélido y escurridizo.


Tu conciencia regresa y con esta sus efectos secundarios. Alzas las manos hacia el rostro para frotar durante un instante tus hinchados y enrojecidos párpados, intentando aliviar su molestia. Para acompañar, un dolor de costillas que desde hace días vela para mantenerte despierta hace su aparición estelar recordándote que debes ir al médico. Pero...¿qué más da? Todo eso en realidad no te importa. El dolor físico es un privilegio que no puedes permitirte.


Los pensamientos intrusivos comienzan a florecer en tu mente. ¿Estás segura de que lo has mirado bien? Quizá estabas demasiado cansada y te confundiste con las rayas. ¿Y si lo vuelves a mirar? Deslizas tu mano derecha por debajo de la almohada. ¡PARA! ¿Y si es mejor no saberlo? Inmovilizas el brazo. Con un poco de suerte tu problema desaparecerá solo. Aunque…¿de verdad quieres que desaparezca? Tragas saliva y tomas aire. Tu mano nota el tacto de algo alargado y frío. Lo agarras, sacándolo de debajo de la almohada. Aquí está. Tu test de embarazo. Dos rayas. Es positivo. Demasiado positivo para tu estado de ánimo. «¿Y ahora qué?». Te preguntas. Sientes como si tuvieras un tapón en la boca impidiéndote respirar con normalidad. Aterrizas en la cama. Ringo se levanta. Tu pulso acelera. La respiración acorta distancias. Un bebé. El sudor frío recorre tu frente. Ahora lo notas en la espalda. En las manos. El pecho. El pulso sigue subiendo. Ringo ladra. Hiperventilas. Quieres morir. Los músculos se contraen. Un bebé. Tus manos tiemblan. No puedes respirar. No quieres morir. Quieres gritar. ¡No puedes gritar! Cubres tu nariz y boca con ambas manos. Un segundo. Dos segundos. Tres... Cuatro... Cinco... Seis...Siete... Ocho... Nueve... Diez…


Media hora y una pastilla para la ansiedad después expulsas el aire paulatinamente, sintiendo como unas gotas de agua salina recorren un nuevo camino por tus mejillas. Los músculos comienzan a destensarse y aunque sigues temblando, recuperas el control sobre la respiración. Ringo descansa en la cama ajeno a tus temores.


Bueno, quizá con lo que está pasando deba recordarte que quieres ser madre. ¿O es que ya lo has olvidado? Desde tu más tierna infancia has deseado tener esa típica familia de cuatro miembros. Aunque ahora estás dispuesta a ampliarla o tal vez limitarla a tres, dos si es necesario. Pero siempre, siempre, siempre, hay una pequeña criatura como anfitrión en tus sueños. «¿Qué sentido tiene la vida sin hijos?». Cuestionas.


¿Te acuerdas de lo que pasó con Christian? ¿No? Es comprensible. Ya han pasado diez años desde que un día de verano cualquiera su novia se pusiera de parto. Ni siquiera tenían permitido sacarse el carnet de conducir cuando recibieron la noticia de que iban a ser padres. Sus encantadores suegros decidieron ser los únicos en disfrutar el milagro de la vida y por no provocar peleas, tu primo accedió a quedarse en casa. Te quedaste con él. Toda la noche en vela esperando a que su hija naciera. A veces te respondía mal. Era un poco capullo, siendo sinceros, pero le adorabas y no se lo tenías en cuenta, pues en el día más importante de su vida tenía derecho a enloquecer un poco. La cuestión es que nadie en la familia creía que pudiera ser un buen padre (y seamos honestos, tú tampoco lo creías). Pero lo fue, un padre de diez. ¿Cómo fue eso posible? Si nunca había tenido relación con niños hasta entonces (y la poca que tuvo, no fue ejemplar; os llamaba los tres cerditos y no, no era un apodo dulce). Si él mismo era todavía un crío. Tenías tus teorías: puede que fuera por¨Rápido y furioso¨, la película que estabais viendo mientras esperabais el nacimiento de su hija. Tal vez el sentido de la responsabilidad llamó a su puerta. O quizá, solo tal vez, fuera ese profundo amor incondicional que solo puedes sentir por tu descendencia. A lo mejor el saber que una pequeña e indefensa criatura hecha a su imagen y semejanza le necesitaba provocó que de un minuto a otro, delante de tus ojos, cediera su inmadurez para volverse un escudo humano al servicio de su hija. ¿Podría ser esa la respuesta a vuestros problemas?¿Un bebé es capaz de cambiar tanto las cosas? Ojalá pudieras preguntárselo a Christian.


Pero no puedes.


Odio hacerte recordarlo.


¨Game Over¨ fue la frase que estaba impresa en su camiseta ese dieciséis de febrero. Murió solo. A mil kilómetros de casa. Un maldito tumor cerebral aliado con la presión alta acabó con las posibilidades de volver a abrazar a su hija, de llevarla al zoo como prometió días atrás. ¿Lo recuerdas? Estabas viendo ¨Seven¨ con Él. Aquella pieza de Bach que sonaba mientras te enteraste se convirtió en la banda sonora de tu dolor. Al principio todo era tan confuso.¿Cómo que había muerto Christian? Si apenas unas semanas antes habíais planeado una escapada a la playa. Era joven, era padre, esas cosas no pasan, no pasan en tu familia, solo le sucede a los demás, solo los mayores mueren. Incluso a día de hoy parece irreal, aunque tus lágrimas se derramen como el líquido de un vaso roto cuando le recuerdas.


Él se encargó de todo. Habló con tu jefe sobre las vacaciones. Compró los billetes de avión para que pudieras ir al entierro. Sujetó tu mano con fuerza durante el velatorio, respetando la restricción de abrazos que implantaste con el fin de mantener la compostura. Escuchó con atención los soliloquios que protagonizaste día tras día durante meses acerca de tu infancia con Christian, de lo difícil que fue su vida y lo injusto de su muerte. Te convenció para dejar el trabajo asegurándote de que así podrías concentrarte en tu duelo. Respetó dormir con la luz encendida porque comenzase a temer a la oscuridad. Aprendió a domar las lágrimas repentinas que aparecían cada vez que una canción, un objeto o simplemente cualquier recuerdo de tu pasado provocase que tu primo volviera a tu memoria. Arrojó algo de luz sobre aquel agujero negro de melancolía.


Notas como tu cabeza empieza a dar vueltas, organizándote una montaña rusa en los intestinos. La saliva rellena todos los rincones de tu boca. Te levantas rápidamente y corres hacia el baño. Pero tu camino se ve interrumpido pues te golpeas contra algo. El fuerte dolor que nace en tu dedo pequeño del pie derecho comienza a ascender por el resto de la extremidad. Tu sangre se concentra en ese pequeño apéndice teñido de rojo. El dichoso marco de la puerta. Eso te pasa por ir sin zapatillas. Casi inconscientemente aterrizas en el suelo de la entrada, soltando un grito de dolor automático. La necesidad de vomitar no cesa y acabas escupiendo bilis en tu alfombra favorita. ¡Es asqueroso! Pero por alguna razón decides levantarte sin limpiar aquella mancha, permitiendo que la tela se tiña. El amargo sabor de tu boca exige un trago de agua. Así que caminas hacia la cocina cojeando. Al llegar, encuentras en la mesita de café una nota. ¡Vamos, ábrela!


¨Feliz tercer aniversario cariño, esta noche te espera una gran sorpresa.

Te quiero ¨


¿Qué te habrá preparado esta vez? ¿Será cómo esa primera sorpresa suya?


¿Nada? ¿En serio? Quizá deberías comenzar a tomar algo para la memoria...


Era el viernes de chicas con Silvia y teníais intención de salir de fiesta. Tu idea era pasar por casa después de trabajar para cambiarte de ropa. Pero al cruzar el umbral del piso y agachar la mirada, un camino de pétalos azules robó toda tu atención. Seguiste su rastro hasta el salón, donde solo podía distinguirse una pequeña mesa adornada con un mantel gris. Encima había dos platos de risotto con setas, tu favorito, a su lado un tinto. El suelo estaba repleto de velas. Sonó ¨The Only Exception¨ de Paramore, tu canción favorita en aquella época. De pronto llegó Él, el más noble de los caballeros. Besó tu mano con delicadeza, haciéndote soltar un suspiro. Su cabello castaño claro estaba perfectamente peinado, llevaba puesta una americana azul marino y sostenía un ramo de rosas del mismo color. Tu corazón se aceleró en cuanto agarraste aquellas flores. No sabías que decir, estabas impactada por el detalle con el había preparado todo. El de los ojos grises se acercó hacia ti y besó tu frente con tanta ternura que tus piernas se doblaron. Cerraste los ojos, dejándote envolver por su perfume. Fue una noche mágica.


¡Eres una puta! ¡Tú y todas tus amigas! ¡Menudas gilipollas! —exclamó tu príncipe azul envenenando el ambiente de golpe, con el rostro tan cálido que parecía envuelto en llamas y una mirada de repugnancia clavándose en lo mas hondo de tu ser. Apretaba los puños con fuerza.


Aunque os encontrabais a una distancia prudente, podías escuchar su respiración acelerada.


Llevabais discutiendo unos veinte minutos cuando articuló esas palabras, y todo porque habías regresado una hora más tarde de lo previsto de tu encuentro con Silvia, una vieja amiga de la universidad. No deparaste en sus quince llamadas perdidas porque dejaste el móvil en silencio.


Durante los primeros instantes fuiste incapaz de articular palabra, creyendo que debías de encontrarte en un sueño o mejor dicho, una pesadilla inquietamente realista. Estabas impactada por aquel manejo del léxico que te describía como la mujer más horrible que se haya cruzado en su camino. El ímpetu con el que articulaba las frases era tan exagerado que llegaste a temer por tu integridad. Pero desechaste aquella idea al instante, sintiéndote culpable por ser capaz de imaginar que pudiera hacerte daño. Tu pulso estaba acelerado. El corazón latía con tanta fuerza que su sonido sobresalía por encima de los gritos de tu contrario. Nunca entendiste porqué, pero mientras Él seguía gritando, te invadió una tristeza tan profunda como la que uno experimenta tras la muerte de un ser cercano. Y entonces llegaron las lágrimas. Era inevitable, te sentías como una niña pequeña que acababa de romper el jarrón más bonito y caro de la casa. No podías parar, el agua salada inundó tu cara. ¿Quién era ese hombre? ¿Cómo podía decirte esas cosas? Aquel río de lástima pareció limpiar el ambiente, pues tu contrario destensó su cuerpo al instante, cambiando la expresión por una más apacible.


A ver, no te pongas así, es que estaba preocupado ¿vale? —respondió Él, suavizando el discurso de golpe mientras se acercaba hacia ti con prudencia— con lo que está pasando ahora en el mundo, no deberías salir sola y menos a estas horas. ¿Es que no te acuerdas de la vecina de María? —La vecina de María tenía treinta y dos años cuando salió a trabajar una mañana cualquiera y no regresó. Y ayudaste en la búsqueda. Y lloraste. Mucho. Muchísimo. La vecina de María era una mujer encantadora, aunque nunca llegaste a aprenderte su nombre.


El de los ojos grises suspiró, rompiendo con tu ensimismamiento


Lo siento ¿vale? perdóname, no me gusta discutir contigo —añadió, para después besar tu frente con ternura. Forzaste una leve sonrisa. Estabas confusa, con los signos vitales aún alterados y el rostro envuelto en lágrimas—. He tenido un día duro en el trabajo y ahora solo quiero descansar, te lo compensaré, prometido —sentenció, con un tono tan amable que parecía fingido, tras lo cual regresó al salón para echarse sobre el sofá con la intención de ver su programa de humor favorito, dejándote sollozando en medio de la habitación.


¿Lo recuerdas? Aquella noche no pudiste dormir, rememorando el bucle sus palabras. Pensaste en que quizás llevaba razón, pues no era responsable volver a casa pasadas las ocho sin avisarle. ¿Y si te hubiera pasado algo? ¿Has reparado en eso acaso? No te molestaste ni en pasarle tu ubicación, aunque estuvo insistiendo en que lo hicieras antes de salir. Tampoco le mandaste el móvil de Silvia ni el nombre del bar en el que habíais quedado. Una hora es tiempo suficiente para preocuparse. Seguramente habrá estado inquieto esperándote, imaginando todas las cosas horribles que te podían estar pasando. ¿A ti te hubiera gustado que él se fuera y no respondiera a tus llamadas? Probablemente acabarías hecha una fiera y le saltarías a la yugular. Sí, está claro que se llevaría una buena bronca. Es que es lo normal ¿no?, cuando quieres a alguien te preocupas y a veces, con los nervios a flor de piel, acabas diciendo cosas que en realidad no piensas.


A la mañana siguiente, el dragón escupe fuego volvió a ser un caballero andante, con tu desayuno favorito servido en la cama, acompañado de un ramo con rosas azules. «Debió de levantarse muy pronto para ir a comprarlas, está claro que se arrepiente». Pensaste, olvidando de golpe lo que había sucedido la noche anterior. El sol había vuelto a brillar y la pequeña mancha en su ojo derecho seguía luciendo igual de adorable que siempre. Nunca has querido ser como tu madre, una mujer rota que sacaba a relucir los trapos sucios de tu padre para usarlos en beneficio propio cada vez que tenía la oportunidad. Al fin y al cabo, todos se equivocan alguna vez y hacen daño a las personas que aman. Es lo que tiene el ser humano.


Observas la nota de nuevo y niegas con la cabeza, rompiendo la hoja en dos. Arrastras los pies hasta espejo de la entrada. El cristal tiene una rotura casi perfecta en el centro. ¿De cuándo es? Tal vez de hace año y medio. Su autor estaba tan cabreado que sintió la necesidad de desahogarse golpeando cosas. Por aquel entonces todavía no eras su saco de boxeo personal.


Clavas tus pupilas en las de aquella mujer de rostro pálido y mirada confusa. Sus iris son opacos, como si careciera de alma. Unos labios finos carentes de color dejan paso a una dentadura imperfecta, a falta de un diente que Él le arrebató en uno de sus ataques de celos. Conforme descendía, su cabello de pico nevado cedía pureza a la oscuridad absoluta, posándose en unos hombros huesudos y frágiles. ¿Dónde están sus pechos? Habrán desaparecido junto a esos diez kilos que perdió al año de casarse. Sus brazos están repletos de islas moradas habitadas por desilusiones que se vuelven continentes en las zonas mas íntimas.


Pareces un espantapájaros humano.


No eres atractiva.


No le gustas a nadie.


Das asco.


¿Dónde están tus curvas?


Ningún hombre se fijaría en una mujer así.


Ni siquiera pareces una mujer de verdad.


Solo Él te ve.


Solo a Él le atraes.


Mantienes la mirada fija en los ojos de esa mujer mientras tomas aire con prudencia, para después expulsarlo bruscamente. La sangre de tus venas circula más lento que de costumbre. ¿De verdad ella eres tú? ¿De verdad quieres que ella siga siendo tú? ¿Quieres que tu hijo te vea así? Continuas tu camino hacia la habitación, dirigiéndote directamente al armario colocado a un lado de la cama. Abres una de las puertas y comienzas a rebuscar entre los montones cuidadosamente colocados de ropa. Allí, entre tu blusa favorita y la camiseta de deporte que nunca te has puesto encuentras el pintalabios rojo y el lápiz de ojos, cerca de estos están la base, el rímel y colorete. Fue lo único que conseguiste esconder sin levantar sospecha cuando Él decidió deshacerse de tu maquillaje con el argumento de que ¨estabas más guapa al natural¨. Regresas con los cinco productos de nuevo al espejo. Pero ¿De verdad crees que adornar tu rostro va a cambiar algo? ¿Tapar un moratón hará que desaparezca de tu memoria? ¿O lo único que conseguirás será otorgar color al dolor?


¿Si la lluvia tuviera colores, cambiaría algo?


Tu mano derecha asciende con el lápiz hasta uno de tus ojos, dibujando un trazo negro en el párpado, una barrera protectora. Un ligero cosquilleo nace en tu estómago. Sientes como si estuvieras haciendo algo ilegal. ¿Y si tu marido vuelve antes de tiempo y te ve pintada? ¿Cuántos golpes costaría verse hermosa unas horas? Tal vez merezcan la pena. Esbozas una ligera sonrisa, continuando con el otro ojo, después un poco de rímel en las pestañas. Mientras esparces la base, tus manos se detienen en uno de los moratones que adornan tu pómulo derecho.


¿Por qué no me contaste que querías volver a trabajar? —preguntó Él con tono suave, mientras deslizaba su mano hasta la tuya, agarrándola con fuerza encima de la mesa— habría hablado con mi jefe, seguro que encontrarían un hueco para ti —añadió sonriente mientras tomaba otro trago de vino.Volvió la mirada hacia su hermana, sentada en frente de vosotros junto a su marido.


¿Tomarán postre? —preguntó el camarero, colocando las cartas sobre la mesa.


No, gracias. —Dibujaste una sonrisa incómoda, aprovechando el momento para soltar tu mano de entre la de Él, devolviendo la carta al muchacho—. Iba a hacerlo cuando me lo dieran, quería darte una sorpresa —añadiste, intentando sonar convincente «¿Por qué se lo ha tenido que contar?». Pensaste mientras observabas a tu cuñada, que ajena a vuestros problemas, sonreía descuidada. Debió de creer que aquella noticia no era un secreto del cual dependía tu libertad.


La mano de tu príncipe encantado se sumergió por debajo de la mesa, aterrizando en tu muslo.


Pues lo has conseguido —bromeó, llevando el papel de marido encantador con la excelencia del mejor actor. Clavó sus uñas en tu piel aprovechando que llevabas vestido. Una mueca de dolor apareció en tu rostro— y yo que pensaba que te gustaba estar en casa.


Leyre te miraba fijamente. ¿Cómo era posible que se creyera esa historia de que te habías caído por las escaleras?¿Qué escaleras? Si vivíais en un bajo. Aquel moratón de tu mejilla exigía una explicación algo más convincente. ¿Y si ella en realidad lo sabía? No hay peor ciego que el que no quiere ver. Al fin y al cabo eran hermanos.


¿Qué habrías hecho tú?


¿Te pasa algo? —preguntó tu contraria al percatarse de tu expresión.


Apretaste los dientes con fuerza. Aquella herida en tu muslo era su señal de que debíais iros. Pero tenías que ser tú la que fingiera encontrarte mal, como siempre. Él nunca iba a quedar mal delante de nadie, no era su estilo.


No, no, tranquila —contestaste, esbozando una ligera sonrisa— es que no me encuentro muy bien, debe de haberme sentado mal el arroz. Quizá deberíamos irnos ya, cariño —añadiste, notando como su mano comenzaba a acariciar tu muslo.


Ella te miraba extrañada. ¿Es posible que se haya dado cuenta? Suplicaste con la mirada una reacción, sutil a poder ser. Algo de sororidad. Leyre desvíó los ojos hacia su marido, confusa, parecía querer decir algo. Volvió a posarlos en ti.


Antes de iros —esbozó de pronto tu cuñada, robando toda tu atención. La contemplaste como un perro mira un trozo de carne —bueno, sabéis que no me gusta entrometerme en vuestras cosas, pero me veo obligada a hacerlo— añadió, mientras notabas como tu pulso aumentaba rápidamente.


A ver —entrometió de pronto Marcos, el pesado marido de tu cuñada— Leyre y yo queremos saber por qué narices no nos contasteis nada de que esperáis un bebé.


Ambos eran muy entrometidos. Leyre insistía en que quería tener un sobrino desde que os conocíais, aprovechando cada encuentro para asegurarse de tener el monopolio sobre las noticias de un posible embarazo.


Sentiste como si acabasen de empujarte hacia el vacío, la noche iba a ser larga. Larga y teñida de rojo.


Eh...pues —posaste tu mano en la tripa, sin saber muy bien que decir. La decepción era tan grande que ni siquiera fuiste capaz de procesar una respuesta digna. No tenías ganas de seguir hablando. Si tan solo pudieras hacer retroceder en el tiempo y anular aquella charla entre cuñadas.


Que yo sepa no estamos embarazados. ¿No cielo? —replicó tu galán tomando el control de la situación. No dejaba de enseñar los dientes al sonreír, te resultaba aterrador contemplarlo. Su actitud te recordaba a esa típica música infantil de las películas de miedo. En teoría era un inocente sonido, pero usado en el momento correcto producía el más puro terror.


Eh, no, claro que no —contestaste, sin prestar demasiada atención

.

Leyre sonrió, esta vez con una expresión tranquila.


¡Lo siento! Es que entre tus náuseas y esas miradas de complicidad, nos habíamos hecho ideas equivocadas —comentó con confianza.


Os despedisteis cordialmente y cada pareja montó en su coche.


Durante el trayecto hasta casa sentiste como si fueras un preso caminando por el corredor de la muerte. Incluso llegaste a envidiar a los condenados, pues ellos tenían asegurado un final, tenían asegurada una muerte rápida. Tú solo podías preguntarte que tan profundas serían tus heridas esta vez, analizando si debías intentar defenderte. A veces funcionaba, otras solo prendía más la llama. Él sabía cuando parar, no era uno de esas personas que perdían totalmente el control cuando la rabia se adueñaba de su juicio. Pero lo peor de todo no era su crueldad física. Pues si Él fuera tan solo un hombre malo, exento de matices, tu razón habría forzado una despedida. La noche era un enemigo cristalino, mas la mañana se convertía en un amigo traicionero. Como si con los primeros rayos del sol se cegase tu juicio. Resteando el corazón y la esperanza.


Entrasteis en casa sin mediar palabra.


Así que ahora resulta que quieres trabajar —dijo de pronto el caballero de ojos grises, dejando su chaqueta en una percha y comenzando a quitarse los zapatos— pensaba que te gustaba estar en casa —añadió, volviendo la mirada hacia ti.


Tragaste saliva, dejando tu chaqueta en la percha. Tu mente buscaba desesperada una manera de relajar la situación, intentando crear un argumento bueno para gozar de una noche tranquila. ¿Había alguna forma de salir ilesa?


He pensado que no nos vendría mal el dinero, además así podríamos empezar a ahorrar para la casa en la playa —respondiste casi en un susurro, esforzándote por sonar convincente.


Tomaste rumbo hasta la habitación. Quizá si te ponías el pijama rápido y mantenías un tono de voz suave, podrías evitar la tormenta.


El del cabello castaño replicó tus pasos, apoyando su peso en el marco de la puerta.


¡Vaya! ¡así que ahora resulta que no gano suficiente! —exclamó molesto, estaba claro que quería discutir— ¿Desde cuándo quieres una puta casa en la playa? ¿Es que no te parece bastante tener que pagar esta?


Ringo descansaba plácidamente en vuestra cama. Al verle durmiendo en el lugar prohibido, el temor se adueñó de tu cuerpo. Él lo mataría en cuanto se diera cuenta.


Si me escucharas de vez en cuando sabrías lo que quiero —Osaste responder, asumiendo la condena por tus palabras.


Él te miró a los ojos, un escalofrío recorrió tu cuerpo.


¡Osea que ahora resulta que no te escucho! ¡Joder, está bien saber que soy un jodido monstruo en tus ojos! —exclamó furioso. La mala suerte quiso que en ese instante decidiera apartarte, dirigiéndose hasta la cama.


¡Odio esta casa! —improvisaste— siempre hace frío y hay humedades.


El de los ojos grises paró en seco, volviéndose hacia ti de nuevo.


¡Pues bien que te gustaba cuando nos hipotecamos por treinta años! —respondió furioso.


Pero aquello no funcionó, pues tu contrario retomó el camino hasta la cama, percatándote de la presencia de Ringo.


¡¿Y qué coño hace el puto perro en la cama?! —gritó para después tender su mano con intención de agarrar a Ringo.


Pero en ese momento, como por acto reflejo, te adelantaste hasta Él y alzaste el brazo, agarrando a tu contrario con fuerza, impidiéndole tocar a tu amigo peludo.


¡Puto psicópata!¡No te atrevas a pegarle!


Sentiste como si tu corazón se parara en seco. Nunca le habías hablado así.

Tu príncipe se giró para mirarte con desprecio y confusión, y tras unos instantes, volvió a incorporarse, desprendiéndose de tus manos. Apretó su mandíbula y puños. Estabas asustada. Más aterrorizada que nunca. En cuestión de segundos el de la blanca armadura agarró tu brazo, tirándote al suelo con brusquedad.


¿¡De que coño vas?! ¿¡Como que maldito psicópata?! —Su pie impactó contra la boca de tu estómago con fuerza—. ¡Esta casa es mía y me merezco un poco más de respeto!¡Puta zorra! —añadió, tomando rumbo hacia la puerta— ¡Si vuelvo a ver a tu puto perro en la cama ya puedes despedirte de él! —sentenció, saliendo de la habitación mientras golpeaba la puerta con fuerza, cerrándola.


Te mantuviste petrificada en el suelo. Tus manos temblaban y el rostro se envolvió en lágrimas. Ringo saltó de la cama y se acercó hacia ti, lamiendo tus mejillas. Extendiste tus brazos y abrazaste a tu mejor amigo canino. El suave latido de su corazón provocó que tus nervios comenzaran a calmarse paulatinamente. Te quedaste dormida en aquella posición.


Al día siguiente te despertaste con el cálido lenguetazo de tu compañero de cuatro patas. En la mesita de noche había rosas azules y unas fotos impresas de casas en la playa. ¿Qué hacías tumbada en la cama? ¿Cómo es que tenías puesto el pijama? La sola idea de que Él haya estado en la habitación mientras dormías hizo que te recorriera un escalofrío. El crujir de la puerta abriéndose te asustó. El temible dragón entró a la habitación con una bandeja de tostadas con mantequilla y mermelada recién hechas, todo eso acompañado de un té de frutos rojos. Apoyó la bandeja en la mesita, sentándose a un lado de la cama. Se inclinó hacia ti y colocó un mechón rebelde de tu cabello detrás de la oreja.


Siento muchísimo lo de ayer, no sé en qué estaba pensando —comentó rompiendo el silencio, mientras te incorporabas en la cama— supongo que me dio miedo pensar que cuando fueras a trabajar dejaríamos de pasar tiempo juntos. ¿Recuerdas lo difícil que fue coordinar nuestros horarios con tu anterior curro? —preguntó, colocando su mano en tu mejilla. Otro escalofrío— No quería hacerte daño, pero es que tu forma de ser es tan complicada a veces, me sacas de quicio y me cuesta controlarme —argumentó con un tono muy suave— además, me dolió que dijeras que no te escucho, ¡claro que te escucho! y sé lo mucho que te gustaría tener una casa en la playa, por eso he estado hablando con un agencia inmobiliaria mientras dormías —añadió sonriente, agarrando las hojas que descansaban en la mesita de noche— el fin de semana que viene vamos a Tarragona para echar un vistazo. ¿Te parece bien?


Observaste el desayuno con detenimiento. Cada día en aquella casa era como si intentaras avanzar por una fina cuerda interminable colgada sobre el abismo. Aquello era una dictadura silenciosa, un acuerdo ilícito difuminado con poesía y flores. Adornado en palabras de lamento navegando hábilmente entre los mares de lágrimas que tantas veces derramaste ¿En nombre de qué? Un amor idealizado que vive del recuerdo.


Tu mirada chocó con la de Él. Sonrío, sacando a relucir su dentadura perfecta. ¿Por qué no eres capaz de dejarle? ¿Por qué seguir abriéndote al dolor? La respuesta es sencilla; tú le quieres, quieres a esa mirada penetrante de ojos grises con su pequeño lunar en el iris izquierdo. También quieres el azul profundo de las rosas y su corbata a juego. La manera en la que su cabello amanece un sábado cualquiera y la calidez de su mano tendida hacia ti, dispuesta a dirigirte por cualquier pista de baile que la vida te imponga. Por eso esbozaste una ligera sonrisa y alzaste tu mano para coger una tostada, dándole tu señal de aprobación, vendiendo tu perdón por un romanticismo cutre y vago.


Sellas el maquillaje con ese labial rojo que Silvia te regaló hace años, cuando aún podías considerarte una buena amiga. ¿Qué pasa con tu cabello? Ya que te has maquillado, sería conveniente hacerte un recogido. Aprovechas su longitud para envolverlo sobre si mismo y conseguir un moño, lo mejor que puedes apañar con tus medios. Mantienes la mirada fija en la de aquella mujer del espejo. ¿Estás más guapa ahora? A lo largo de los años tu príncipe encantado te ha deshojado poco a poco, haciéndote perder pétalos como si fuera un atroz invierno. ¿Cuánto durará la paz esta vez? ¿Algún día tu suerte cambiará? Céntrate. Recoge esos pétalos y envuélvete en ellos, úsalos como tu armadura si hace falta. Tu eres tu propio príncipe, o mejor, eres tu propia princesa. Es el momento perfecto para escapar.

Caminas hasta la habitación y agarras tu móvil guardado en la mesita de noche, introduciendo el número de Silvia. Escribes un tímido ¨hola¨ deseosa de una respuesta inmediata. Pero tu amiga no contesta aún. ¿Será que no quiere saber nada de ti? Tal vez deberías esperar un poco para sacar conclusiones.


Decides aprovechar el tiempo y abres la puerta derecha del armario para comenzar a sacar toda tu ropa con efusividad, tirándola sobre la cama. Ayer no fue la primera vez en la que Él te pegó, ni tan siquiera está entre las diez más dolorosas, pero algo ha cambiado. Ahora ya no solo debes proteger tu vida, una pequeña criatura crece en tu vientre y debes empezar a velar por su seguridad. ¿Cuántas veces ha agarrado tu garganta con tanta fuerza que sentías la cercanía de la muerte?¿Y si algún día llega a hacerle daño a vuestro bebé? Como dice esa canción ¨nada corta como una madre¨. Esa diminuta criatura solo te tiene a ti. Así que todo debe salir bien. Ahora o nunca, mientras tienes las ideas claras. Cuando regrese esta tarde se asegurará de reiniciar tus pensamientos. Implantará ideas irreales en tu subconsciente. Convencerá a tu niña interior de que este es el futuro con el que soñaba, de que si se porta bien, el príncipe azul no se transformará en un dragón escupe fuego. Por eso te marcharás antes de que Él vuelva de trabajar. Con algo de suerte tu amiga no deparará en todos los meses que llevas ignorándola y accederá a ayudarte. Será difícil pero podrás con ello. Buscarás trabajo de lo que sea. Alquilarás un piso y sacarás adelante a tu bebé. Si tantas mujeres antes de ti han podido. ¿Por qué vas a ser tú la única excepción?


Cuando por fin consigues vaciar todas las estanterías de ese lado, abres la otra puerta del armario. En esta descansan vuestros trajes de boda, envueltos en plástico para mantenerlos cuidados. Los observas un instante, abriendo la bolsa con tu vestido de novia. Deslizas los dedos de la mano derecha por la suave tela blanca. Tu mente viaja a aquel día, sientes de nuevo la calidez de su mano y el olor de las rosas. Cierras la puerta del armario y estampas tu cuerpo contra la cama. No vas a conseguirlo. ¿Cómo pretendes escapar de tu propio marido? Nunca le librarás de él del todo. Querrá volver. Te prometerá aquel ¨y vivieron felices¨ de nuevo. Incluso si no cedes; ¿cómo vas a conseguir alejarle de su bebé? Arrasará con todo solo para encontrarte, para estar presente y asegurarse de convertir en infierno el resto de los días de tu vida. ¿Y si le hace daño a alguien cercano? ¿Estás segura de que sería incapaz de hacerlo? No parecía capaz de pegarte. Tú vida siempre va a depender de Él. Por muy lejos que huyas. Por muy bien que te escondas. No descansará. ¿Cómo puedes condenar a tu propio hijo a un padre así?

Alzas las manos para agarrar tu cabeza y la colocas entre tus piernas. Gritas con las pocas fuerzas que te quedan mientras una cascada de lágrimas recorre tus mejillas. Esto no va a acabar nunca. Es imposible. Debes rendirte. Te incorporas y levantas tu cuerpo para ir hasta el baño. Al llegar, abres el botiquín que se encuentra en el pequeño armario flotante. Pastillas de todo tipo, algunas ni siquiera sabes para qué son. Pero eso ahora no importa, pues una cantidad suficiente hará que todos tus problemas desaparezcan. Abres la tapa del bote. Tal vez si tu corazón deja de latir, dejará de doler tanto.


Pero no quieres morir y mucho menos, matar a tu propio bebé. ¿Qué culpa tiene él de nacer en una familia así? Si tus padres siguieran vivos tal vez las cosas fueran distintas. ¿Cómo vas a encontrar trabajo y cuidar a un hijo sin casi experiencia laboral? Apenas empezabas en la empresa cuando Él te convenció para dejarlo. ¿Qué le dirás a tu bebé cuando pregunte porqué vive solo contigo? ¿Y si decide conocerle? ¿Qué futuro le espera a tu bebé con un padre así? ¿Y si le encuentra y le hace daño? ¿Y si te encuentra y te mata? ¿Acaso no es egoísta forzar el nacimiento de una criatura que desde el primer día estará condenada al sufrimiento? Nadie va a aguantar eternamente a una mujer con su hijo. No tienes familia. No tienes amigos. Se aseguró de alejarte de ellos. ¿Encontrarás a alguien? ¿O estarás sola para el resto de tu vida? ¿Quién quisiera estar con una mujer así? Das asco. Además, en tu vida solo has querido a una persona, y esa persona ha sido tu peor enemigo. Él no va a cambiar, y tú no vas a dejar de quererle. ¿Y si regresa y te convence para volver? Te cegará con su encanto y labia, y tú arrastrarás a tu hijo contigo. No. No puedes permitirlo. Esta criatura aún no siente nada. Es el momento perfecto. Un instante de sufrimiento para evitar toda una vida de dolor. Ni siquiera puedes fiarte de ti misma.


Desde la habitación comienza a escucharse esa melodía tan molesta que hace años decidiste ponerte como timbre de llamada, así que coges las pastillas y caminas hasta el destino del sonido, agarrando el móvil con una rapidez desesperante. Es Silvia. Probablemente reconoció tu mensaje de socorro y quiere comunicarse contigo para tenderte un salvavidas temporal.


¿Y ahora qué?


Observas ambas opciones.


Tu corazón vuelve a acelerarse y las manos comienzan a temblar.

En la mano derecha tienes las pastillas, la izquierda sujeta el móvil.


Suspiras con pesadez y alzas la mano.


En la mesita de noche descansa un jarrón feo con rosas azules que Él te regaló después de vuestra última pelea.


Uno de los pétalos cae marchito.


La flor está llorando.


Afuera sigue lloviendo.

May 3, 2020, 8:20 p.m. 7 Report Embed Follow story
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The End

Meet the author

Is Bel A los nueve años escribí mi primera historia, trataba de un perro verde que adoptaba cinco patitos. Por cosas como esa me hice psicóloga. Me revuelvo entre mejunjes de ficción, drama y realidad. Reciclo personajes. Revivo personas.

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Om Garcia Om Garcia
No había entendido muy claramente tu relato, hasta que lo leí por más de una vez. Es una historia intensa, cruel, y desafortunadamente, muy común. Con un final supongo, abierto a la imaginación. Otro excelente trabajo.
May 14, 2020, 19:11

  • Is Bel Is Bel
    ¡Gracias por leer! Si esta obra es algo más complicada, he ido dejando pistas y pequeños detalles para que todo tenga un sentido. May 15, 2020, 15:46
MR María Ramìrez
Intenso sin dudas. Felicidades de todo crazón. Jamás pensé que un ser humano pudiera pasar tanto tiempo conteniendo la respiración. Muchas gracias. Solo una cosita. Al final, la penultima oración es un tanto chocante. Es muy poético pero saca temporalmente al lector de la historia. Por lo demás lo creo perfecto.
May 11, 2020, 15:09

  • Is Bel Is Bel
    ¡Muchísimas gracias por leerlo! ¿A qué oración te refieres? Para poder cambiarla. Muchas gracias por tu crítica May 11, 2020, 15:26
  • M R María Ramìrez
    Me refiero a la que dice: La flor está llorando. La penúltima oración del cuento. May 11, 2020, 15:33
Mael Sánchez Mael Sánchez
Hola! te felicito por este relato interesante de leer, narrativa bien hilvanada. me gusto tu escrito y gracias por compartir.
May 04, 2020, 00:52

  • Is Bel Is Bel
    ¡Muchas gracias por tu comentario! Este relato es muy largo, por eso lo he dividido por partes, el domingo añadiré un nuevo fragmento de la historia, sería estupendo que lo leyeras. May 04, 2020, 10:02
~

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