katiuskagarcia Katiuska García

Una día cualquiera, una aspirante a escritora descubre que no puede escribir más. Será el momento de pensar en cómo vivir de ahí en adelante, y en el camino, reflexionar en algunas cosas sobre su familia y sobre sí misma. __________ Relato largo en primera persona. Portada de @Seiren.


Drama Not for children under 13.

#padres #cotidianidad #trabajo #vocación #universidad #estudios #familia #relaciones #hermanas
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El día que no pude escribir más




1

El día que no pude escribir más me cogió igual de tranquilo que cualquier otro.

Tal vez tranquilo no era la palabra. Resignado, a lo mejor. Lo que quiero decir es que era un día como cualquier otro. Nada extraño ni resaltante desde que me levanté hasta la noche. A lo mejor que llevaba varios días sin que me saliera nada. Pero eso era normal, para mí y creo que para todos los que nos metemos en esto de escribir, que haya momentos en que todo se pone en blanco. Lo mío era un poco diferente: no había nada en blanco, todo estaba lleno de cosas, pero tenía tan pocas ganas de ponerlas por escrito que se iban perdiendo, perdiendo, hasta que al final me olvidaba.

Me acuerdo especialmente de un día en que tuve un sueño interesante, esos como para escribir un cuento, y todavía me acordaba bien cuando me senté en la cama, pero me daba tanta pereza buscar un lapicero y dibujar palabras (y la luz, levantarme a encender la luz) que preferí olvidarlo y volverme a dormir (era domingo y no había trabajo, de repente si había trabajo me hubiera levantado). Pero hasta eso era normal para mí, desde hacía meses. A lo mejor desde hacía meses que ya lo había aceptado.

No podía escribir más. Acababa de darme cuenta, como el hijo que recién entiende que su mamá de verdad se murió, y no tenía ganas de hacer nada para arreglarlo.

Me pregunté solamente cómo iba a vivir de ahí en adelante. Tenía todo mi plan alrededor de escribir, de convertirme en escritora. A lo mejor fue que solo quería el título de escritora y en verdad no sirvo para escribir. He descubierto que sirvo para tan pocas cosas en mi vida. Pero eso ya no importaba. Solo tenía que decidir algo que hacer, porque hasta ahora había planeado todo en base a mis futuras obras.

Lo que más me extrañó fue esa seguridad de que no era una etapa. Como si de pronto me hubiera dado cuenta de que solo me sostienen las piernas, o que un día no existí y un día voy a no-existir de nuevo. Así de segura estaba. Más bien, se me hizo raro todo el tiempo que me había llevado darme cuenta.

El día que me di cuenta que no podía escribir más, lo único que pensé fue que qué bueno que no había renunciado a mi trabajo de transcriptora.



2

Es un trabajo de medio tiempo. Medio tiempo en el sentido de que no tenía planeado que durara cuando lo tomé, solo lo hice para usar el tiempo libre, pagar algunas cuentas del departamento y ganar algo para la promoción de mis cuentos (tenía esta idea de imprimir algunos cuentos, los mejorcitos que tuviera, y colocarlos aquí y allá, con gente con la que llevé cursos y más o menos me sigo hablando). Ya no voy a poder usar el dinero en lo que planeaba. Pero el dinero sigue siendo dinero y puede usarse en muchas otras cosas.

En realidad es un buen trabajo. Trabajo en algo como un juzgado, de esos llenos de abogados, pero más pequeño. Algo del Estado. Yo no entiendo mucho de esas cosas. Pero que no entienda solo es un problema cuando me preguntan dónde trabajo, y como yo igual casi no hablo pues no importa mucho. Recuerdo que investigué todo sobre el sitio cuando recién postulé, me sabía hasta su misión y visión y todas esas cosas que salen en el sitio web, pero después de los primeros seis meses apenas si recordaba el nombre completo.

Me pagan bien para lo poco que hago. Me contrataron en el proceso de “modernización”, en el plan que tenían de hacer todas las reuniones (audiencias, las llaman) grabadas en vez de por escrito. “Actas virtuales”, le gustaba decir al jefe, que a las justas si manejaba su propio correo electrónico. Al parecer recién después se dieron cuenta de que igual las necesitaban por escrito, para mandarlas a no sé quién. Uno de esos trámites burocráticos. La verdad es que a mí no me importa.

Mi trabajo es ese: ponerme los audífonos, escuchar las grabaciones y ponerlo todo en computadora. No es la gran cosa. La mayoría de veces hablan fuerte y claro.

A veces alguno de los abogados (creo que aquí todos lo son) me pide que le transcriba alguna grabación en específico, o que le tipee algún documento, del papel a la computadora. Para transcriptora de papel a computadora también valgo, parece. Fuera de eso, hago todo tan rápido como pueda, sin hacer pausas innecesarias. Soy honesta la mayoría de veces. A veces no.

Otra cosa buena era que como siempre tengo abierto el procesador de textos en la computadora, siempre podía ir avanzando mis cuentos mientras le ponía pausa a la grabación, sin que nadie se diera cuenta. Ahora ya no me sirve de nada. Supongo que tendré que encontrarme otra cosa que avanzar.



3

—¿Qué tal el trabajo?

—Bien.

—¿Qué tal te llevas con todos?

—Bien.

—¿Has tenido algún problema?

—No.

A lo mejor podría haber dicho que “bien”, pero si no uso al menos una palabra distinta en las respuestas al interrogatorio, mi hermana me queda viendo raro. De todas formas no encajaba “bien” para esa pregunta. La noche del día en que me di cuenta que ya no podía escribir también estaba siendo bien tranquila. Llegar a casa, comer la cena quemada de mi hermana (por lo menos le puso sal en cantidades razonables), contestarle todas las preguntas (al menos una respuesta diferente) y el día terminaba sin ninguna catástrofe.

En verdad eso va siendo lo único raro. Normalmente terminamos peleando por algo, o ella se pelea sola, porque yo solo digo “bien” o “sí” o “no” (o “está bien”, cuando me agarra la amabilidad), según pegue. Mi hermana tampoco es tan tonta. Después de preguntarse en voz alta durante quién sabe cuántas veces al día por qué mi mamá la dejó cuidándome (me imagino que cuando está en el trabajo también lo hace), terminar de hacer la comida y tratar de limarse la misma uña hasta la perfección, todavía le quedan energías para revisar mi vocabulario.

Creo que las cosas serían más fáciles si yo me buscara otro lugar donde vivir y ella se buscara una vida. Pero como creo que las dos estamos muy cansadas para hacerlo (y no tenemos dinero suficiente), seguimos como estamos.

—¿Vas a comer más?

—No.

—¿Vas a salir?

—No.

—¿Qué vas a hacer ahora, pues?

Me daba flojera contestarle otra cosa, así que mejor me levanté, cogí mi plato y mi taza y me fui a la cocina. Eché el detergente como pude, froté con la esponja hasta que no se vieron más manchas y enjuagué hasta que no resbaló más, entonces creí entender que estaba limpio y dejé todo en el lavaplatos.

No sé por qué mi hermana lo llama lavaplatos. Si no lava los platos, solo es como un colador gigante, un táper rojo con rejillas dentro de otro táper transparente, algo más grande, donde pones las cosas recién lavadas para que escurran. Pero yo ya no podía escribir, así que era tonto ponerme a pensar en nombres e historias. Así que solo dejé todo en el lavaplatos y me fui a mi cuarto.



4

Mi cuarto es bastante bonito. Al menos desde mi punto de vista, que es lo que cuenta, así que es bastante bonito. Las paredes son color cemento. Sin adornos. El cuarto en sí no es tan grande y la cama llena bastante espacio, aunque esté pegada a la pared. Pero aparte tengo una mesa pequeña, una silla, y hasta una cómoda con cajones para la ropa. Siempre acabo poniéndola sin doblar. Doblar la ropa es sumamente cansado.

Aunque a veces se me da por doblar la ropa. Más o menos los domingos por la tarde, cuando la idea de volver a empezar todo al día siguiente me resulta tan triste y aburrida y encuentro tan poco que hacer (y tan pocas ganas de hacer lo que todavía me queda) que acabo doblando la ropa, y convenciéndome de paso de que he aprovechado bien el día.

A veces también juego a los amigos de ropa. Es bueno eso, de los amigos de ropa. Hago conjuntos con la ropa sobre la cama: un pantalón y un suéter, una chompa y una falda, una casaca y unos shorts. Basta que forme un conjunto, ¡ya está! Amigo de ropa a la vista. Es divertido eso, de los amigos de ropa. La gente se suele vestir como es, así que dependiendo del conjunto, siempre sale un amigo diferente. Es bueno conversar con ellos. Les criticas la ropa y los hábitos, los mandas al diablo y de regreso; es relajante, eso.

De vez en cuando, por casualidad, junto algo que ya junté antes y me reencuentro con un viejo amigo. Quién sabe cómo pero se las arreglan para regresar, tal vez solo para decir hola, desde el Reino de la Gente de Ropa Sin Doblar. Entonces ya no les critico nada, ni los mando al diablo; hasta los halago un poco, de vez en cuando. Qué bonito tu esto, tu aquello. Entonces ellos me perdonan y puedo volver a juntar la ropa sin problemas, todos los amigos revueltos en el cajón de turno.

Creo que una vez le conté a mi hermana sobre eso. Porque le llevo años, a lo de los amigos de ropa. Me acuerdo que mi hermana se rió, porque me dijo que igual toda la ropa era mía, y así dijera que era bonita o fea o le sacara personalidad siempre era todo sobre mí misma, y entonces yo estaba loca porque nunca había nadie más que yo. Creo que ahí empezó también lo de responderle con monosílabos.

De todas formas era cierto en algo. Nunca había nadie más que yo.



5

Había una vez una niña que quería ser escritora. Creo que ese podría ser un buen comienzo. Estoy pensando que debería escribir una última cosa, como un debut final, ya que de todas formas nunca voy a debutar con nada. Profesionalmente, así como quería. Como una gran despedida. Porque de cosas pequeñas y ensayos tengo la mesa llena, y los cuadernos, y la computadora. Siempre me decía que no debía empezar cosas nuevas sin terminar las que ya tenía, pero siempre me aburría y acababa empezando otras. Al final nunca terminé nada. Algunas cosas, apenas, y ya están tan usadas que ni para leerlas sirven.

Me había olvidado de la computadora. A lo mejor debiera borrar todo eso, para hacer espacio, que ya no tengo espacio para música. Y necesito música. Mi música, siempre actualizada, especialmente organizada por mí. Hay domingos en los que, después de guardar la ropa, me siento frente a la computadora a organizar las carpetas de música (por la intensidad de la gravedad de la voz, porque el género casi siempre es el mismo). Eso también lo hacía en el trabajo, entre pausas de las grabaciones.

Voy a explicar esto de la intensidad de la gravedad de la voz. Me gustan las voces graves. Las voces graves y profundas, hasta cuando suenan como ronquidos, o como rugidos, según quien aprecie. Acabo escuchando rock pesado porque las voces graves y oscuras que me gustan suelen cantar esa música, y así todo el mundo me cree una perfecta y convencida fan del estilo, cuando la verdad es que la música me da más de lo mismo, solo está ahí porque la cantan las voces graves y las voces graves son todo lo que me importa. Puedo perfectamente excitarme con una buena voz grave, sin importar cómo se vea su dueño.

Una vez lo hice. La primera vez que me toqué, recuerdo, fue con una voz grave de fondo. Ya no recuerdo cuándo fue. Ni la canción. O sí la recuerdo, pero la verdad es que a nadie le importa y para el caso da lo mismo. Estaba en mi cuarto. Las cortinas corridas y la puerta cerrada (y la llave de repuesto bien guardada, que la saqué del llavero de mi hermana cuando descubrí que tenía una). Había prendido la computadora, era una canción conocida, pero no sé si era una grabación diferente o simplemente yo estaba diferente, el caso es que ahí estaba yo, de espaldas en la cama, las piernas abiertas sobre la almohada, los pies a ambos lados del teclado.

Y me toqué. La música sonaba, la voz dentro, dentro, y de pronto mi mano se metió en mi pantalón y empecé a tocarme.

No lo hice muy bien. Esa vez me quedé adolorida y me quedó ardiendo casi toda la mañana. Ni recuerdo bien qué hice, primero solo metí los dedos y cuando no pasaba nada empecé a meterlos más adentro, luego la voz alcanzó uno de esos tonos tan graves que parece que se te meten en el cuerpo y solo empecé a dar círculos, con los dedos, adentro y afuera, hasta que me llegó como un adormecimiento y ya no pude seguir. Fue como si tuviera ganas de gritar, pero no un grito de verdad, más como un quejido que otra cosa (y de frustración, más que de gusto). Pero ninguno de los dos habría pasado desapercibido por mi hermana, así que solo me quedé en silencio ahí, con la mano en el pantalón, esperando a que la canción terminara.



6

He estado pensando que a lo mejor debería estudiar algo. No sé si una carrera, de repente algo más técnico, algo de tres años (si se puede menos) en algún institutito perdido. Algo que no necesite universidad. Nunca he sentido gran entusiasmo por la universidad. Una de las abogadas hablaba conmigo ayer (las charlas desinteresadas que me arman cuando quieren pedirme una transcripción fuera de hora) y me decía que debería intentarlo, ir a la universidad y estudiar algo, y que hasta convertirme en abogada no estaría tan mal.

Debería haberle dicho que todo me interesa demasiado poco, pero al final no dije nada porque pensé que sí, que tal vez, que si no iba a ser escritora al menos podría estudiar algo. A lo mejor me están afectando tantas grabaciones de actas (ahora que las escucho, porque antes solo me atravesaban la cabeza). Hasta he llegado a pensar que alguna suena interesante. De verdad voy a empezar a pensar que es buena idea si no me busco algo más para interrumpirme.

Estudiar Derecho. Convertirme en abogada. Ir por el mundo, escuchando historias (porque los casos también contarían como historias, algunos hasta serán entretenidos). Todas las historias que hubiera podido escribir antes, pero que ahora no me servirían para nada. Al menos me pagarían (más). Y a lo mejor algún día hasta me guste.

No, no lo haré.



7

Hoy voy a hablar de los bolsillos.

Cuando era chica y llegaba llorando del colegio, mi mamá me preparaba sopa. Lloraba por todo, realmente, ni siquiera era culpa de los pobres idiotas que tenía de compañeros. Lloraba porque me contaban una historia triste. Lloraba si veía un animal aplastado en la calle. Lloraba porque me acordaba de algo malo, quién sabe qué, o me daba miedo que pasara algo peor, quién sabe cómo. Lloraba y lloraba. Me duele la cabeza de pensar cuánto lloraba. Creo que mi hermana nunca lloró, quién sabe. Igual era mayor. Igual no la veía mucho en el colegio. Igual me importaba un pito.

Creo que también lloraba porque me importaba un pito. O porque yo le importaba un pito a ella. Si hubiera tenido un poco más de razón, hubiera llorado por tener una hermana. A veces todavía quiero llorar por eso.

El caso es que mi mamá me preparaba sopa. Primero me escuchaba, claro (mi papá se cansaba un poco más rápido y se iba a ver televisión), me consolaba, me decía que todo estaría bien, me mandaba al baño a lavarme y ponerme menos patética (a la manera dulce de las madres) y luego a esperarla en mi cuarto. Entonces yo iba y lo hacía todo y luego iba a mi cuarto, y allí estaba ella, con el plato de sopa humeante encima de mi mesita. No importaba que fuera invierno o verano, siempre era sopa, bien caliente. Yo siempre he tenido problemas con el frío, especialmente en las noches (especialmente después de llorar), así que me venía la mar de bien.

Yo me metía a la cama. Me acomodaba en mis cojines. Mi mamá me hacía acercarme a la mesita y me daba la cuchara, y me ponía la sábana (mi sábana blanca con flores rosadas) hasta la cabeza, como una capa. Comía sentada en el borde de la cama, apoyada en mi cojín de gato y pegada a la mesita, para que no se me cayera la sopa ni la sábana. La lámpara prendida, con su foco amarillo, arrimada al extremo de la mesita. Era mi sol particular, pero más bonito que el del día, porque estaba calentito, pero no quemaba.

(Tuvieron que pasar algunos años para que supiera que una lámpara también puede quemar, si la dejas mucho tiempo prendida.)

Y mi mamá se ponía a contar cosas, mientras yo comía. Sobre su trabajo o sobre sus amigos, o sobre quién sabe qué más cosas tendría que inventarse, la pobre. Soplaba la sopa entre cada historia y me besaba las lágrimas, porque una vez en la cama siempre me daban ganas de llorar un poco más. Me dejaba enterrar la cabeza en mi cojín de gato y después seguía con las historias de nuevo.

A veces creo que yo solo lloraba para eso. Para tener mi sopa y mis historias tontas al final del día.

Ahora mismo, me gustaría tener mi sopa y mis historias tontas. Pero mi hermana es tan inútil que su sopa sabe mejor sin tomarla (yo ni siquiera sé hacerla, así que tampoco la puedo culpar demasiado) y yo ya no puedo contar nada. A lo mejor empecé con esto de ser escritora por mi mamá. Para tener mis historias tontas, que quién sabe qué sería verdad y qué tendría ella que inventarse (al menos esa de la niña a la que se le cayó un chocolate al desagüe y el chocolate se fue viajando por todos los desagües de la ciudad, y ayudó a salvar de un atoro masivo al desagüe mayor, y fue coronado héroe de los desagües e invitado a pasar sus últimos días derritiéndose en el desagüe, pero que al final decidió regresar con la niña para contarle sus aventuras y fueron muy felices juntos hasta que la niña se murió y el chocolate se derritió; esa creo que era mentira).

Pero yo iba a hablar de los bolsillos.

Ni idea de lo que iba a decir de los bolsillos. Por qué usar tiempo para hablar de los bolsillos.

Ni siquiera tengo bolsillos.



8

Era un chico al que le gustaba jugar fútbol. En verdad ya era un hombre. Y era un rey. O un gobernante, porque su pueblo era pequeño (no sé si se puede decir “rey” cuando el pueblo es pequeño). Pero parecía el rey. Él tenía una esposa que quería mucho y todo eso, y le iba muy bien, pero un día tuvo que salir del pueblo en un viaje a no sé dónde. Iba con su comitiva. Tal vez no era fútbol lo que jugaban. El aire era demasiado antiguo como para ser fútbol. En todo caso, era algo parecido al fútbol. Quién sabe cuándo inventaron el fútbol.

El caso es que una vez, jugando fútbol (o lo que sea que haya sido), se rompió la pierna. Ya estaba lejos de su pueblo, habían hecho un campamento en medio de una pradera. Entonces él estaba jugando y se rompe la pierna, pero nadie va a ayudarlo, no tengo idea de por qué. Si era el rey. Pero había una chica, que para entonces a él había comenzado a gustarle, y a ella le gustaba él. Creo que ya tenían algo. De esas cositas insinuadas. Ella se sale del público y se mete a ayudarlo, lo ayuda a levantarse y lo saca del campo de juego.

Después de eso, todos sabían que ellos dos estaban juntos. Aunque no decían nada, ya la trataban como la nueva reina. Y él también la trataba como la nueva reina. Iban por todos lados juntos y eran felices, ella parecía que lo quería de verdad, no solo porque era el rey. Y él la adoraba. Ella era buena. El tema es que yo no sé qué pasaba, porque su esposa (la reina de verdad) también era buena, no era para que la engañara. No era la bruja del cuento ni nada parecido.

Y entonces él y su comitiva tienen que volver. Y vuelven al pueblo, con todo y la chica (creo que la chica ya estaba en la comitiva cuando salieron, no vi que llegara de otro sitio, entonces debía ser del pueblo también). Y allí estaba la esposa y lo recibe, y él se va con ella, y al principio no le dice nada de la chica. Todos se lo toman muy bien. Nadie dice nada de la chica tampoco y ella se va a su casa. Supongo que se va a su casa porque supongo que era del pueblo, y porque si no no sé a dónde pudo haberse ido. No parecía haber hoteles ahí.

Entonces, eventualmente, el rey va a buscar a la chica. Porque él amaba mucho a su esposa, pero también amaba a la chica. Entonces va con ella, y se queda esa noche con ella, y a la mañana siguiente se la lleva con él a su castillo (nunca vi un castillo, pero si era el rey tenía que haber castillo). Y le cuenta todo a la reina, su esposa. Por cierto que no tenían hijos. Y la esposa le pregunta por qué, por qué la chica, y él le cuenta todo sobre el partido de fútbol (o el deporte que haya sido) y cómo ella lo ayudó, y cómo estuvo ahí para él y fue su fuerza y todas esas cosas. Que no habría podido sin ella y todo lo demás.

No tengo idea de por qué le dijo todo eso. Parecía escena de telenovela, cuando el galán deja a la rica malvada por la buenita inocente. Si la esposa siempre hizo lo mismo, ayudarlo y estar con él. Solo resultó que no estaba con él en ese viaje, porque él no la llevaba a los viajes, pero eso no era culpa de ella. Entonces él le dice que la sigue amando, pero que también ama a la chica. Y la chica le dice que mejor se va, pero él no quiere que ella se vaya, pero la esposa tampoco puede irse porque, bueno, es la reina.

Después de eso ya no me acuerdo qué pasó. Y no vale la pena seguir, porque seguir sería inventar, y eso de inventar sería armar una historia que yo ya no puedo armar. Creo que había algo más, algo con la reina, pero no me acuerdo. Tampoco ganaría nada acordándome.

Lo peor es que todo tenía un aire de vaqueros espantoso, a lo El Gran Chaparral. Mis sueños estúpidos.



9

Mi hermana está cantando.

No canta muy seguido. Y normalmente no escucho cuando lo hace, porque se asegura de hacerlo cuando estoy fuera y no tengo que escucharla, alabados sean los cielos por su consideración (si sé que canta es solo porque un par de veces he escuchado un trocito de canción cuando abro la puerta, al llegar, pero ya no hay nada cuando vuelvo a cerrarla). Pero ahora estoy aquí, y está cantando. Y tengo un video listo para reproducir en la computadora, pero no puedo porque ella ya empezó a cantar y no sería muy agradable ponerle mis voces graves a mitad de canción.

Es lo malo de tener cuartos pegados. Y con eco. Y con paredes tan delgadas, que no importa que su voz no sea tan fuerte (aunque en realidad sí es algo fuerte), yo igual la escucho. Con letra y todo. Si hasta me sé las letras de todas sus canciones, o lo que sea que ella se acuerde de ellas (una vez busqué una de las letras y casi la mitad era diferente. Pero seguí recordándola como mi hermana la cantaba, porque al final no tengo para qué aprenderme la correcta y la de ella tampoco era tan mala, la verdad).

Y no es consideración. La razón de por qué no le pongo el video y mando al diablo sus sentimientos. Y eso que no puedo escucharla cantar, de veras que no puedo escucharla cantar, es una maldita porquería, un tormento escucharla cantar. Y no es que cante mal. De hecho canta bastante bonito. Hasta estaba en un grupo de canto hace años, cuando estábamos en el colegio, de esos que van a competencias y todo, un coro (tiene un par de medallas de ese tiempo, de tantos solos que la sacaban a hacer).

Qué condescendiente que estoy hoy, diciendo que canta bonito y hasta que sus versiones de letras no están tan mal. Pero es en serio que no puedo escucharla cantar. De veras que no puedo escucharla cantar. Porque ella ya no cantaba hace años, y solo lo hace de cuando en cuando, y cuando lo hace es porque está tan triste que hasta parece que llora, en serio. También, con semejantes canciones que se manda. De repente está llorando. No sé lo que hace, nunca la veo (si ni siquiera puedo escucharla, bastante que voy a meterme a su cuarto a mirar).

Creo que es por mi mamá. Ella solo cantaba porque cantaba con mi mamá, cuando éramos chicas (y siempre mi mamá se iba a verla antes de dormir y cantaban algo juntas antes de apagar las luces, no importaba la hora, incluso después de mis episodios de llanto, manta y sopa en la mesita). Así que después de que mi mamá se fue mi hermana ya no cantaba. Toda trágica, como si mi mamá se hubiera muerto o algo. Si hasta hablamos de cuando en cuando, por teléfono, ella más que yo, porque ella es la mayor y con ella “coordina las cosas” (sin canciones, pero tampoco es como si uno pudiera ponerse a cantar a larga distancia).

Y no sé cómo funciona su mente, o si tiene tendencia al drama barato o qué, pero ahora solo canta cuando está tan triste que de verdad, hasta mejor sería que llorara. Por eso no puedo escucharla cantar. Que de vez en cuando todavía quiero llorar por tener una hermana, tan sosa y poquita cosa como ella, pero se las arregla para quitarse toda esa sosedad y poquita cosedad cuando canta, con tanta vaina triste. No se puede escucharla sin sentirse uno estúpido y querer llorar también. Pero también se siente malo ponerle ruido y no escucharla. Ni siquiera audífonos me logro poner.

Hasta cuándo va a dejar de cantar. A qué hora mierda va a callarse.



10

Una vez me gustaba un chico.

Qué cosa más tonta para contar. El chico no era la gran cosa. Un chico cualquiera, chico promedio. No era especial en nada, creo que ni siquiera le gustaba la literatura. En la música si coordinábamos, aunque yo solo por las voces graves. Él no sé por qué. Lo conocí por el trabajo, cuando tuvimos que mudarnos de piso. A él lo trajeron para cargar las cajas y a mí me mandaron para llenarlas; yo clasificaba las cosas, las llenaba en las cajas y les ponía cartelitos, y luego él cerraba las cajas con cinta y las cargaba hasta el nuevo piso.

Salimos un par de veces, como amigos. Siempre fue como amigos. A él le gustaba otra chica, una chica de su instituto (me contó que estudiaba computación en un instituto, había tomado el trabajo de carga-cajas aprovechando sus vacaciones). Era uno de esos amores sin esperanza que la gente se pasa esperando igual, pero lo de él rompió las reglas de la lógica y acabó funcionando. Creo que sigue con ella. Alguna vez lo vi con ella por la calle, caminando de la mano.

Era un chico normal, pero creo que eso era precisamente lo que me gustaba. Un cigarrillo en el bolsillo derecho de su polera (caramelos de limón cuando no tenía) y sus audífonos en el izquierdo. Con el pelo rizado y negro, como una mata sobre sus hombros. Sonriendo de la nada, sin mucho que hacer, sin mierdas en la cabeza. Normal, les digo. Tan normal, y eso me tenía tan loca. A pesar de todo lo que me molestaba haberme fijado precisamente en alguien así.

Nada de esto es importante. De verdad. Fue hace mucho tiempo. Ya no importa.

Es que de nuevo mi hermana está cantando. Y yo no puedo dormir.



11

Hace unos días me encontré con mi antiguo profesor de narrativa.

Fue solo un curso cualquiera, de esos en los que me metía cuando terminé la secundaria. De los que encontraba libres o a un precio bajo, porque de los caros mejor ni mirar. Duró tres meses. Me vino muy bien porque no tenía nada de inspiración por ese tiempo, y los ejercicios del curso me dieron algunas ideas nuevas. Creo que lo mejor que escribí hasta ahora fue para ese curso. Nada espectacular, pero al menos dejé la primera y la tercera persona (mi profesor decía que eran las más comunes al escribir) y el tiempo pasado (también el más común).

Me tocó un profesor bueno. Creo que el curso era del más caro entre los baratos, justamente por ese profesor (no que fuera un Premio Nobel, pero sí había publicado varios libros y tenía algunos premios de festivales). Éramos pocos, diez o quince. No sé si por “especializado” o porque nadie más se quiso inscribir. Es que el curso tampoco tenía una buena época: la inscripción fue justo cuando las universidades abrían inscripciones también y empezaba en plena época de los exámenes de admisión, y casi todos los chicos que terminaban secundaria (el dizque público potencial) estaban más interesados en eso que en un curso de narrativa.

Yo no planeaba ir a la universidad, así que no me importaba. Desde que había terminado la secundaria el tiempo me daba lo mismo, y antes de empezar a trabajar ni siquiera me daba cuenta de cuándo empezaba la semana (salvo cuando tenía cursos, ahí sí me fijaba). Pero la mayoría iba siquiera a institutos, así que acabé siendo la más joven del curso (al parecer el resto del público potencial iba por los veintitantos o los treinta, nunca fui buena adivinando edades).

Me hice medio amiga de mi profesor. Después de que el curso terminó seguimos en contacto por correo. Siempre le enviaba mis cuentos y él me daba opiniones. También le escribía cuando iba a mandar algo a algún concurso, para que me ayudara a elegir entre lo que tenía. Las pocas veces que logré ganar algo también le escribía, para contarle los detalles. Siempre le daba también la fecha y el lugar de la premiación.

Fue solo un par de veces y siempre se quedó solo un rato, pero estaba más que bien (sobre todo cuando me saludaba antes de irse, porque seguía publicando y el resto de los invitados siempre lo reconocía). Me gustaba pensar en él caminando hacia mí, sonriendo, la gente mirándolo al pasar. Que alguien más o menos famoso se interesara era suficiente. Vivía por su bigote medio rasurado y su cabello todavía no tan blanco, aplaudiendo con sus manos grandes cuando me llamaban al estrado.

No le escribía hace varios meses. Porque desde que no pude escribir más ya no tenía nada que enviarle, y no quería enviarle un correo vacío. Y ahora me lo encontré por la calle. Cerca de una librería que siempre paso para ir al trabajo, creo que él iba saliendo. Me acerqué a saludarlo. Normalmente no saludo a gente en la calle, pero era mi profesor de narrativa. No podía solo dejarlo pasar.

No me reconoció.



12

Una vez en clase, después de leer uno de mis cuentos en voz alta (siempre alguien leía un cuento suyo, para que practicáramos escribir más), mi profesor se quedó un rato más mientras los demás salían. Yo me estaba demorando más, porque tenía que guardar las copias que sobraban de mi cuento (traíamos copias para todos cuando nos tocaba leer y siempre sobraban, porque siempre se ausentaba alguien). Se me acercó cuando ya me estaba yendo (algunos compañeros seguían en el salón) y me preguntó, “¿no has pensado en dedicarte a escribir?”.

Probablemente, ese fue el día más feliz de mi vida.



13

Cuando le escribía a mi profesor, siempre le decía que quería escribir profesionalmente (especialmente cuando le mandaba un cuento que, según yo, me había salido bastante bien). Y él me respondía, “tienes condiciones”.

Y no me reconoció.



14

Yo me veo exactamente igual a cuando llevé ese curso. Y aunque hubiera cambiado, mi profesor todavía me vio varias veces después de eso, en las premiaciones a las que fue. Incluso tiene fotos en las que salgo, porque le envié las fotos de las ceremonias (en varias salía él mismo, por eso se las enviaba). Mi hermana dice que me veo como un cuadro porque siempre me apego a la misma ropa, a pesar de que tengo regular para cambiarme, y como tampoco cambio el peinado ni los accesorios (cuando los uso), no hay quien se olvide de cómo me veo.

He revisado mi bandeja de correos enviados. Solo dejé de escribirle seis meses.



15

En realidad solo es lo normal. No sé por qué hago tanto escándalo de esto.

Pero a lo mejor, sí hubo un día en que escribí bien. En que “tenía condiciones”.

Pero él ya no sabe quién soy.



16

Mi hermana está cantando otra vez. Voy a tener que hacer algo con ella. Ya no puedo soportarla. Hablo en serio.

Estoy pensando en hacerle caso a la abogada de mi trabajo.

Ya no me alcanza con lo que gano. Este mes no compré ni un libro.

Aunque para qué compro libros, al final. Ya no van a servirme de nada.



17

Voy a enseñarle a mi hermana a jugar a los amigos de ropa. Ya no se debe acordar de cómo se hace. Se va a burlar, pero voy a fregarla hasta que empiece a hacerlo. No puede solo dormir después de la cena y quedarse sentada pensando en la nada en el tiempo que le sobra. Y tampoco puede seguir usando el tiempo en cantar porque me vuelve loca. La última vez estuve a punto de entrar a su cuarto, de tanta pena que daba (la canción, no su forma de cantar, que no sé si se haya metido a más cursos pero hasta está cantando mejor que antes). Hasta puse la mano en la perilla. Pero yo no entro a su cuarto.

Tal vez así no se sienta tan sola.



18

Hablé con mi hermana hoy. Me dijo que si voy a una universidad estatal estaría bien. Me alcanzaría para una particular, si consigo que me den permiso de hacer unas horas extras por semana, pero solo si me dan la escala de pago más baja o una beca parcial, y de todas formas no me sobraría para el resto del mes (y a qué hora leería para las clases, si hago horas extras). Dijo que si igual quiero ir a una particular podía ayudarme al inicio, pero tampoco gana mucho más que yo (y no quiero que luego nos quedemos sin pagar la luz o el agua, que de eso nos fregamos las dos). Creo que una estatal es la única alternativa.

Mi hermana se ha asegurado de decir con el tono exagerado correspondiente que hace años que no me escuchaba decir más que monosílabos.

Creo que ella también quería ir a la universidad. Antes de que mi papá desapareciera y mi mamá se aburriera de llamar, ya ni siquiera para “coordinar las cosas” (porque la larga distancia es cara).



19

En realidad no es que mi mamá se aburriera. Tendrá su vida, supongo. Es tan difícil querer a alguien cuando estás lejos. Si hasta cerca es difícil. Supongo que los hijos no se salvan de eso. Eso si no tiene ya familia allá. Las últimas veces llamaba un minuto y medio como máximo. Ya hasta ha pasado el departamento a nombre de mi hermana y mío, se lo encargó a un conocido que lo arregló todo con mi hermana (ella no iba a venir para eso ni gastar mucha línea, así que solo llamó cuando todo estaba hecho para confirmar que había quedado bien). Solo por precaución, dijo mi hermana, cuando pregunté para qué había que cambiar la titularidad de la propiedad. Cosas de papeles.

Cuando le pregunté ese día, cuando terminaron los papeleos del departamento, si no pensaba que mi mamá podía tener otra familia allá, me dijo que no fuera estúpida. Lo dijo con tanto entusiasmo que realmente quise no ser estúpida, solo para no desanimarla. Creo que ahí fue que agarró esa manía de hablar a gritos. Como si quisiera que todos entendieran muy bien lo cierto que era lo que decía.

Esa vez, mi hermana cantó toda la noche.

A la mañana siguiente, cuando me desperté, todavía medio cantaba en su cuarto. Escuchaba trozos de palabras, algunas bien alto y otras como si susurrara, a veces con ritmo y a veces hablando. Y de a poquitos. Sin sus letras inventadas. Como si por ratos se olvidara de lo que estaba cantando, o de que estaba cantando, incluso. Parecía que le había llegado al diablo la entonación. Era raro eso, y le abrí la puerta.

Estaba en ropa de dormir, sin zapatos, con el cabello revuelto. Sentada en el suelo junto a su cama, con la cabeza casi chocando con la base de su ventana. Sus ojos grandes, grandotes, mirando al vacío. Los bordes rojos y las pestañas tiesas, como si nunca fuera a dormirse de nuevo.

Volví a cerrar.



20

Voy a entrar a la universidad.

Pagar la postulación fue barato. Fui a pagarla ayer. De paso le di una mirada a la universidad (la estatal, a la que estoy postulando). No está mal. Los edificios están un poco sucios, pero al menos hay pasto. Y es grande. La biblioteca también es grande. Aún no pude entrar, pero caminé alrededor, y a lo mejor suena sentimental decirlo pero no tiene un mal ambiente. Probablemente me pase buenas horas ahí, leyendo. La otra es sacar copias y eso siempre es botar dinero, aunque tengan subvención. No me sobra el dinero.

La facultad de Derecho es la más bonita. Creo que la pintaron recién.



21

Estoy postulando a la facultad de Derecho. Podría ser Derecho como cualquier otra. Pero Derecho está bien. Trabajo rodeada de abogados y hasta puedo seguir trabajando donde hasta ahora, pero con un sueldo mejor. Puedo pedirle ayuda a la abogada. Para hacer prácticas, aunque sea, leí en el folleto de postulación que igual te las piden para graduarte. La abogada siempre es amable conmigo. Los demás también, a veces, cuando no están demasiado ocupados. En realidad no son tan malos. Solo hay que verlos con mente abierta.

Lo que cuenta es el sueldo mejor.

La abogada está que no puede de contenta. A lo mejor hasta organice un compartir en la oficina, si en serio llego a ingresar.



22

Oficialmente, soy universitaria. Más o menos. Creo que solo lo seré de veras cuando empiecen las clases y tenga que ir. Pero estoy admitida.

No sé si sea poco modesto que lo diga, pero era difícil que no ingresara. Esa universidad tiene casi todo el puntaje del examen en letras (también hay un poco de ciencias y matemáticas, pero es mínimo, y a un nivel tan básico que me las puedo arreglar). Razonamiento verbal, comprensión de lectura, cosas como esas. Sinónimos y antónimos, analogías, completa la palabra, di el sentido del tal frase. ¿Para qué si no me pasé toda la secundaria resolviendo cuadernillos enteros de esas cosas y sentada en la primera fila en todas las clases de lenguaje?

Ah. Era para escribir.

Creo que la abogada de verdad va a organizar algo para celebrar en la oficina. Hoy se lo conté.



23

Voy a ser abogada.

No me suena. Pero va a tener que empezar a sonarme. Iré por ahí diciéndolo en voz alta. A mi hermana parece que le funciona.

Lo que cuenta es el mejor sueldo.

Le voy a decir a mi hermana que se lo cuente a mi mamá, si vuelve a llamar.

Mejor no.



24

Mi papá sí se desapareció. Cuando estábamos más chicas. Mi mamá todavía estaba acá. En realidad no pasaba nada malo. Éramos la familia más común de todas. A lo mejor solo lo asaltaron o algo así (y todavía anda por ahí, sin saber quién es por un golpe que le dieron los asaltantes, al estilo de las novelas de la tarde. Voy a empezar a ver esas novelas para pasar el tiempo, ya que se me acabaron los libros). Fue la cosa más extraña, simplemente una mañana ya no estaba y nadie supo más. Hasta sus cosas seguían todas en su sitio. Rarísimo. Mi mamá no nos dijo que se hubieran peleado.

A lo mejor mi mamá simplemente mintió. Mi mamá, mi papá; a lo mejor también mi hermana, si es que ella supo qué pasó. A lo mejor solo me mintieron a mí. A lo mejor también a ella.

No hay tiempo para pensar en eso. El lunes empiezo las clases y no tengo un cuaderno decente todavía (en el trabajo me regalaron uno de esos que siempre tienen, los que les sobran de las reuniones, pero es de cinco cursos y necesito uno al menos de seis, porque llevo siete. Creo que ni siquiera existen cuadernos de siete cursos. ¿Quién lleva siete cursos en el primer ciclo? ¿A quién se le ocurre un programa de estudios como ese, para alguien que recién ingresa? Gente loca).



25

El día que no pude escribir más… ¿Qué quedaría bien ahí?

¿Y si le escribo a mi profesor de narrativa?



26

Le he dicho a mi hermana que he aprendido a hacer sopa. Lo busqué por internet, la verdad. Y es de las más simples, de pollo con verduras. Las verduras las compré ya picadas en el mercado a la vuelta del departamento (no tengo práctica cortando verduras y no quiero volarme un dedo), y el pollo ya con el corte y bien lavado (o eso espero porque después solo lo pasé por agua) en el supermercado cerca a mi trabajo. El que está en la calle al otro lado de esa librería.

Se veía decente cuando terminé, pero estaba salada. Bastante. No sé si le eché mucha sal la segunda vez. La primera vez la probé y parecía que no tenía, por eso le volví a echar, pero después estaba salada. Así que, o se me pasó la mano la segunda vez, o me engañó el vapor o la temperatura o lo que sea a la primera (qué cosa engañosa es la sal. Ya hasta me siento mal por haber fregado tanto a mi hermana por la cantidad de sal en sus comidas).

Cuando terminé, serví la sopa en nuestros platos bonitos (tenemos los platos normales y los platos bonitos; los platos bonitos se guardaban para ocasiones familiares especiales pero qué mierda, ahí estaban llenándose de polvo desde que desapareció mi papá y ya ni mi mamá está, solo quedamos mi hermana y yo y para qué andar usando platos viejos cuando tenemos nuevos sin usar, qué estupidez). Hasta les puse una ramita de perejil a cada plato, encima de la sopa.

Mi hermana se la tomó toda y se echó a llorar al final. La muy idiota.



27

Mi hermana ha comprado hojas y las ha metido al cuaderno que me regalaron en el trabajo, como para meter dos cursos más. Solo que no consiguió cuadriculadas y ahora tengo hojas cuadriculadas para cinco cursos y rayadas para dos. Le he prometido, con la solemnidad del caso, que voy a escoger muy bien en qué cursos voy a usar las hojas rayadas. Seguro que si no se lo digo se pone a rayarlas de nuevo para hacer cuadraditos, de lo loca que es.

No sé cómo haya hecho para que entren las hojas, porque la espiral era pequeña y no parece de las que se estiran. Creo que hasta le ha cambiado de espiral.

Si la cambió, mejor compraba otro cuaderno. Pero no se lo voy a decir.

Parece que ser universitaria me ha vuelto excesivamente buena.



28

Mañana empieza la universidad. Mi mamá no ha llamado todavía.

He pasado este documento de la computadora del trabajo a la de mi casa. Mañana hacen limpieza de sistema y no me quiero arriesgar. Igual ya no lo voy a escribir (lo estoy guardando en la computadora de mi casa por pura nostalgia, tantas horas sueltas escribiendo esto como para borrarlo se siente mal). Ahora más bien voy a avanzar lo de la universidad en la computadora del trabajo. Hasta puede que la abogada me ayude.



29

Soñé que hacía una pecera. O era como una pecera, pero de tres plantas, un gran rectángulo lleno de agua, dividido en tres (o tres rectángulos. No sé cómo explicarlo mejor). Lo hice para postular a algo, algún tipo de concurso. Alguna cosa artística. Teníamos que hacer una representación de la historia de La Sirenita, el cuento de Andersen, de cualquier forma que quisiéramos, y yo construí esa especie de pecera (no sé qué hacía yo haciendo una pecera, si lo normal hubiera sido que escribiera. A lo mejor hasta mi yo del sueño sabía que ya no puedo escribir).

Le había puesto algo al agua de la pecera, para que tuviera burbujas. Como una goma, una cosa gomosa, y entonces el agua parecía eso que le ponen dentro a las bolas de cristal de adorno, en las que ponen muñequitos y nieve adentro, y la nieve se mueve cuando agitas la bola. Yo había puesto una muñeca vestida de sirena a un extremo de la planta de más arriba, y plantas marinas y peces de juguete en la de más abajo. Hasta estrellitas de escarcha, había. El agua abajo era más oscura, como si aumentara la profundidad del mar.

Cuando ya iba a exponerla se la mostré a alguien, creo que era parte del jurado oficial, pero en una revisión previa. Puse la muñeca en la planta de más arriba y activé algún mecanismo para que saliera disparada, y la muñeca empezó a nadar entre las burbujas, dio vueltas por la primera planta y se pasó a la segunda, entró por la gruta que había hecho para conectar la segunda planta con la tercera y acabó ahí, sentada al final, toda orgullosa ella, rodeada de peces y plantas.

La muñeca de verdad nadaba. Movía los brazos, sonreía. Estaba viva cuando activaba el mecanismo, que no sé qué mecanismo era pero estaba viva todo el tiempo, hasta que llegaba al final de la tercera planta. Las dos nos quedamos mirando al hombre del jurado, cuando terminó el recorrido. Él se rió.

Después no sé por qué tenía que transportar la estructura, tal vez para llevarla al lugar del concurso, y no podía llevarla con el agua adentro. Así que solo dejé la muñeca, las plantas y los peces adentro y vacié todo el agua en unas botellas grandes que tenía. Llené tres botellas. Pero quienes iban a llevarla me dijeron que solo podían llevarme a la estructura y a mí; las botellas ya no alcanzaban. Así que abrí las tapas y empecé a echarme el agua a la boca. Vacié las tres botellas así, echándome el agua en la boca. Las botellas vacías sí me dejaron llevármelas.

Cuando llegué a donde iba, al lugar del concurso, descargué la estructura y las botellas del camión (era un camión donde íbamos) y las abrí de nuevo. Cogí la primera y me la puse en la boca, y eché de vuelta todo el agua que tenía. Pero solo tenía el agua que entraría normalmente en mi boca. No había llenado ni dos milímetros de la botella cuando se me acabó el agua.

No sé cómo es que antes había entrado toda el agua de las tres botellas en mi boca. Pero había entrado. En el sueño, había entrado. Pero cuando quise echarla de vuelta, solo estaban esos milímetros de agua. Yo no entendía por qué. No me había tragado ni una gota.

Me quedé ahí, mirando la estructura y las plantas y los peces, y la muñeca sin moverse. Con mis tres botellas casi vacías.



30

Hoy borré el correo de mi profesor de narrativa.



31

El día que no pude escribir más. Qué cojudez.





April 12, 2020, 10:03 p.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

Meet the author

Katiuska García Mujer de veintitantos aficionada al café. Un día empecé a escribir historias de la vida cotidiana y ahí me quedé.

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