akia_len AkiaLen H

Se conocieron en un bosque, Killian sangraba y Devon lo sanó con el poder de la luz. Maravillados el uno con el otro, ambos chicos creyeron que aquel encuentro había sido solo un sueño, cuando en realidad fue el destino haciendo de lo suyo. Devon vivía sus días encerrado en una vieja casa donde su padre lo escondía del resto del mundo. Killian trabajaba para la organización de mafiosos más temida de Metanoia. ¿Quién hubiese imaginado que un encuentro tan extraordinario iba a convertirse en el inicio del fin del mundo?


Teen Fiction For over 18 only.

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CAPÍTULO UNO

En la inmensidad del bosque —donde nadie se atrevía a adentrarse por temor a las leyendas y rumores de que se trataba de uno maldito—, un pequeño niño disfrutaba de las caricias del sol y del césped mojado que bajo sus pies descalzos sentía por primera vez. El viento soplaba suave, levantando las hojas amarillas, cobre y rojizas que anunciaban la llegada del otoño y de un frío que lo había tomado por sorpresa. Vestía ropas veraniegas (unos shorts y una camisa sin mangas) pero aún así, el niño sonreía pues estaba experimentando cosas que sólo dentro de libros había escuchado hablar. Apoyó las palmas de sus manos contra la áspera corteza del árbol, incluso restregó su mejilla sin importarle crear rojizas marcas en ella, eso nunca representó un problema para él.

—Eres un árbol muy viejo... —murmuró el niño, alzando la cabeza y verle ese rebosante follaje. —Has visto muchas cosas en tu vida... eso debe ser increíble... yo quisiera verlas también.


El viento sopló nuevamente y meció las ramas del árbol, así como si estuviese saludando al niño; tantos años de pie y esta era la primera que estaba en presencia de un ser tan puro como el pequeño. No muy lejos de aquel lugar, un quejido que alertó a los pájaros en vuelo, logró escucharse.


Era un sonido que tan bien conocía el pequeño. Un lamento de dolor. Pero no un dolor de pérdida o porque no lograste lo que querías. No, el niño conocía bien las diferencias entre el dolor emocional y el dolor físico. Tantos años lidiando con ello...

—¿Quién es?... —preguntó quedito, dejando que sus descalzos pies se deslizaran por la húmeda hierba. Una pausa. Un silencio roto sólo por el suspiro entrecortado de un pequeño que entre los arbustos de flor azul se escondía.


—N-no te acerques. —se escuchó al otro niño decir, una advertencia que perdía su impacto ante los temblores de esa voz. ¿Era un adulto pequeño? No. Esa persona no era un adulto. Se trataba de un niño, un niño justo como lo era él. Ignorando la enclenque voz, se acercó un poco más. Reconoció ese olor a óxido.


—Estás sangrando ¿verdad? —apoyó las rodillas contra el suelo y gateó hasta él. —¿Estás herido?


—¡Te dije que no te…! —pero un chillido de dolor lo sobrepasó, suspendiendo sus quejas y llevándolo a retorcerse con una mano en su costado. Una mancha carmesí comenzaba comerse el color de la camisa que el extraño de piel pálida llevaba puesta.

El otro niño logró llegar hasta el herido. Se apoyó sobre sus piernas, observando paciente como el rostro pálido se desfiguraba por el dolor.


—Debe ser increíble... sentir todo lo que sientes. ¿Cómo te llamas? Yo soy Devon.


—…Killian. —respondió después de un momento. Cerró los ojos con fuerza, resignándose ante aquel agonizante dolor que sacudía su cuerpo.


—Killian... —repitió ensoñado, descubriendo que sus labios eran capaces de repetir un nombre diferente al de su padre. —Puedo ayudarte, Killian. —cuidadoso, retiró las manos manchadas de sangre, dejando expuesta la herida que reconoció como de bala. Presionó sus manos y una cálida energía amarilla emanó de ellas.


Asombrado, Killian enmudeció cuando aquella luz cegadora penetró su piel. Podía sentirla al recorrerle por dentro, purificando cada imperfección y sanando todo a su paso. El mundo a su alrededor parecía correr con más prisa, llevándose con cada segundo partes de su dolor hasta que se éste le pareció un simple recuerdo. Cuando esa luz se apagó, los sonidos del bosque regresaron a los oídos de ambos niños y Killian se fue enderezando, dudoso. Le echo un vistazo a Devon, denotando su desconfianza en el ceño que no tardó en fruncirse. Se levantó su camisa aún manchada de sangre, pero cuando se encontró con su piel intacta, exhaló en su sorpresa.


—¿Verdad que ya no duele? —le sonrió, tal como cualquier niño sin preocupaciones, podía sonreír.


—No, ya… no me duele… —Killian respondió después de inspeccionar su costado por un largo momento. De aquella herida, sólo la sangre en su camisa quedaba como evidencia de que alguna vez sucedió. Le correspondió aquel gesto, sonriéndole un poco más de libertad. Si Killian tenía dudas, si el niño tenía cosas por decir, prefirió quedárselas para disfrutar en secreto de aquel fatídico encuentro en el bosque.

———————————

Abrió los ojos cuando la luz del pasillo se coló por el cuarto, rompiendo con el sueño que lo tenía preso entre las sábanas y almohada. Todo se había tratado de un simple sueño... no. Un recuerdo. Ya había pasado tanto desde aquel insólito encuentro, que estaba seguro, muchas cosas no eran del todo ciertas. El ruido de botellas girando contra el suelo, sillas arrastrándose, murmullos ansiosos, todo se combinaba en una mala orquesta que tan bien conocía Devon. Muy seguramente su padre tenía otro cliente. No tardaría en venir a despertarlo.


Un sonido se escuchó detrás de la puerta, alertando al más pequeño de que su tranquila mañana había llegado a su fin. Una llave se deslizó dentro de la cerradura y al girarse, la puerta se abrió. Un hombre alto, esbelto, de piel pálida y cabello rojizo apareció en el margen de la puerta con unos ojos afilados que ocultaban demasiados secretos para un solo hombre. Cuando sus miradas se encontraron, el hombre tan sólo alargó su sonrisa.


—Mi niño —le saludó en un tono suave que descuadraba con el frío de su mirada. Entró a la habitación. —, veo que te hemos despertado. Cuánto lo siento.

Devon se acomodó en la cama y el tintineo de cadenas se degustó en los oídos del mayor. Quedó sentado con las piernas a los lados y rascó sus ojos intentando espabilar el sueño.


—No te preocupes, papá. De todas formas ya es el día siguiente.


—Por supuesto. —Myth puso un dedo contra su mejilla, su larga uña enterrándose ligeramente contra su piel, y ladeó la cabeza. —Y con cada nuevo día, siempre llega la oportunidad para hacer a este mundo más perfecto. ¿Sabes lo que eso significa, verdad?


Devon asintió motivado. Sí, su padre y él tenían una misión que cumplir en el mundo, una tarea que ellos debían ejercer sin importar la circunstancia que estuvieran pasando. Su padre se lo dijo desde el primero momento que esa luz dorada emanó de sus manos: Eres especial, pero ese don debe servir para todos, por eso debes ayudar cuando te lo indique.


Y así era como Devon usaba su energía, para cumplir todas las tareas de su padre y con ello, regresarle un poquito de sus privilegios al mundo.Se bajó de la cama y la cadena en su tobillo tintineó otra vez. Complacido con la docilidad del más joven, Myth se sacó una pequeña llave de la manga y entrecerró los ojos.


—Sé que no hace falta decírtelo pues siempre has sido un buen chico —cruzó la alcoba, sacudiendo la llave en el aire con cada palabra que soltaba. —, pero no quiero que hagas alguna tontería frente a nuestros estimados invitados. ¿Lo has entendido?


—No, papá. —se encogió de hombros. Tal parecía, que a pesar del tiempo transcurrido desde su primer y único escape, su padre no terminaba de perdonarlo. ¡Pero no había escapado con el propósito de dañarlo, tan sólo quería conocer ese mundo que le era ajeno entre sus ventanas tapiadas y puertas con llave.


—Maravilloso, es bueno saber que aún puedo confiar en tí. —Myth borró el escaso espacio que existía entre los dos, tomó a Devon de la barbilla y besó sus labios con una familiaridad tan inusual para dos personas que compartían la misma sangre.


Intentó corresponderle, no porque le desagradaran los besos de su padre, muy por el contrario, era una forma en la que Devon sentía que poco a poco, la confianza entre ellos iba reconstruyéndose. Sonrió complacido, abrazando su cintura con fuerza.


—Siempre, papá... quiero complacerte en todo...


—Y hasta ahora has hecho un buen trabajo. —le susurró al oído, envolviendo al más bajito en un breve abrazo entre los dos. Se separó de él tras tomarle de los hombros. —Hay un hombre en la cocina que está esperándote; ya lo has hecho esperar lo suficiente.


El mayor se agachó, usó su llave para retirar las cadenas y Devon experimentó nuevamente aquella falsa libertad que se le concedía en contadas ocasiones.


—¿Es otro amigo tuyo herido, papá? —Devon ignoró la piel irritada de su tobillo, así como las pequeñas laceraciones que sangraban. —Tus amigos siempre se meten en problemas... no quisiera que tú también los tuvieras...


—Descuida, papá sabe lo que está haciendo. —Myth entonó, tomando a Devon suavemente de las mejillas para lograr que sus miradas se volvieran encontrar. —Debes recordar que este mundo se está pudriendo poco a poco y que con cada persona que traigo a esta casa, vamos recobrando todo aquello que nos pertenece. Algún día, Devon, habremos sanado tanto al mundo que será seguro salir de casa… pero por ahora, tienes que confiar en mí.


La mirada almendrada del niño tembló embelesada ante esas palabras que conseguían aplacar el miedo a lo desconocido que pudiese herir a su padre. Terminó asintiendo, dejando que el mayor lo escoltara hacia la cocina. Devon no conocía del todo su propia casa, su padre prefería mantenerlo resguardado en la alcoba y él no objetaba queja alguna.


———————————

Supo que ya habían encontrado el cuerpo cuando las sirenas de varias patrullas resonaron a la distancia, rugiendo con furia por alguna calle lejana. No se inmutó ni aceleró el paso, tan sólo siguió con su camino sin levantar la mirada del suelo. La gente pasaba a su lado sin sospechar de su naturaleza; viendo sólo a un adolescente de quince años caminando a solas, seguramente de regreso a casa. Pero nadie estaba consciente de la sangre que manchaban sus manos —aquellas que ocultaba dentro de los bolsillos de su sudadera negra—, ni tampoco del vacío que lo iba consumiendo con cada paso que daba al frente.


Llegó a un lote de casas olvidadas cerca de los barrios bajos de la ciudad y tras estudiar el cielo por un momento, Killian entró a una en donde sabía que lo estaban esperando. Los cimientos de dicho edificio ya estaban casi por caerse, cualquiera pensaría que bastaba una suave lluvia para lograr que el techo se viniera abajo. Incluso las ratas se mudaban en busca de lugares más acogedores; pero nada de esto tomaba real importancia para el grupo de personas que decidieron hacer de ese lugar, su hogar.Una mujer de traje sastre, un rostro alargado y pronunciada nariz, intervino en la caminata del joven.


—Al fin llegaste. El jefe te está esperando.


Killian asintió, obediente como sólo el tiempo le había enseñado a serlo y pasó junto a la mujer sin romper su silencio. Se abrió paso por los siniestros pasillos, pasando cuarto por cuarto en donde miembros del Aquelarre que se entretenían con sus propios asuntos. No tardó en llegar a lo que alguna vez fue un despacho lujoso, en donde el olor a humedad y madera eran casi inaguantable. El chico pausó frente la puerta, dándose un momento para calmar aquellas inestables emociones que resurgían siempre ante la idea de presentarse con su líder. Cuando sus manos dejaron de temblar, cuando sus dientes dejaron de castañear, giró la perilla de oro vieja y abrió la puerta.


El rechinido alertó a dos miembros que custodiaban la seguridad de un hombre alto que lucía una gabardina pesada y de peluche en el cuello. Una moda bastante vieja que humillaría a quien osara usarla tras sus años mozos.


—Ah, el enano llegó. —dijo una chica de extraño cabello rosado. —El jefe quiere un reporte completo de tu misión.


—Rhea, no lo atosigues tan pronto. Killian sigue siendo nuestro miembro más joven, debemos darle tiempo para que pueda acostumbrar a su espíritu. —murmuró una voz gutural, casi como un susurro que helaba la nuca y te obligaba a mantener la guardia en alto y paradójicamente, te preparaba para un descanso sin dolor.


—Pero si esta no fue su primera misión. —un hombre bastante alto, rubio y sin cejas, soltó inconforme ante quien presuntamente era su líder. —El mocoso tiene quince años, ya viene siendo hora de que dejemos de tratarlo como un niño.


Como un niño . Killian resopló por lo bajo sin mirar a nadie en particular. Rixton estaba equivocado y Killian lo encontraba hilarante. El chico fallaba en recordar cualquier momento de su corta infancia en donde algún adulto lo hubiese tratado como un simple niño.

—¿Y que habría por reportar? —el más joven de los tres preguntó, atrapando la atención de los adultos. —Sólo lo maté, le arranqué cada uno de sus dedos y me fui. Es lo mismo que hago siempre que me toca asesinar a un niño. —inconforme con sus propias palabras, Killian se hundió entre sus hombros. —Nada especial…


—Siempre he encontrado interesante esa facilidad con la que despojas de la vida a un pequeño, Killian. —concedió el cabeza de aquel grupo conformado por extraños especímenes. —Por eso disfruto dejarte a los infantes. —deslizó un folder sobre la estructura de cemento que fungía como escritorio.


—¿Otro más? —asumió al levantar la vista del suelo y encarar a quien era su líder, Dien Everett. Sus piernas dudaron, sus labios le temblaron, pero al final se forzó a caminar hacia el viejo mueble. Llegó al escritorio con su curiosidad fija en el folder. Sacó sus manos cuidadosamente de los bolsillos de su sudadera, exponiendo la sangre seca que aun manchaba sus dedos. Con el sonar de cristal chocando contra cemento, Killian presentó una pequeña botella de cristal y la arrastró cuidadosamente hacia delante. —La sangre del niño… —susurró antes de tomar el folder.


Dien la tomó entre sus pálidos dedos, admirándola contra la poca luz lunar que entraba por los huecos de los cimientos. Sonrió complacido, como si esa botellita guardara un elixir único.

—Perfecto, mientras me sigas trayendo las pruebas de tu lealtad, tendrás un lugar seguro en nuestro Aquelarre—se levantó de su lugar, caminando hasta Killian, al que le tomó una de sus manos ensangrentadas. —, aunque me parezca bello, casi sublime ver la palidez de tu piel contrastando con la oscura sangre, ten en cuenta que los testigos y pistas son fáciles de dejar.


Killian se sobresaltó por la repentina proximidad de Everett, algo que intentó disimular al lanzar su mirada estratégicamente al suelo y sostener el folder firme contra su pecho.

—Descuida, nadie vio nada —aseguró con la guardia en alto, tenso ante la presencia de aquel hombre que sabía capaz de todo. —, de haber habido testigos, los hubiera exterminado a todos por igual.


Dien se mostró complacido, la facilidad con la que ese pequeño destacaba sobre cualquiera de sus miembros, y no porque los demás carecieran de habilidades, todos tenían algo que valía la pena, pero Killian... él, con esos ojos que sobreprotegían la más dulce inocencia, aferrándose a lo poco que aún consideraba humano dentro de su propia mente, un diamante en bruto que Dien Everett se había propuesto a pulir a su antojo.

—Ve a lavarte. Revisa la información que se te acaba de dar. Tendrás tres días para seguirlo, memorizar su rutina y planear una estrategia para cumplir tu misión.


Killian asintió y celosamente fue deslizando su mano fuera del agarre de Dien, hasta liberarse. Les echó un último vistazo antes de excusarse y salir del despacho sin intención alguna de alargar aquel encuentro más de lo necesario. Rixton chasqueó la lengua cuando la puerta se cerró detrás de Killian y de brazos se cruzó.

—A ese niño… en verdad no le gusta que lo toquen. —obvió en voz alta.


—Pensé que habías dicho que ya no era un niño. —Rhea contradijo, a lo que Rixton se tensó y sólo atinó a lanzarle una mirada asesina en su dirección.


Alejado del despacho y de los pasillos congestionados, Killian abrió una de las puertas más apartadas del lugar. Dentro de aquella habitación olvidada por el tiempo, vestida de muebles viejos y escombros, el asesino tomó asiento en un sillón que aparentaba no poder sostener su peso por mucho tiempo. Sostuvo aquel folder entre sus manos por un momento, dejando escapar un suspiro antes de abrirlo e inspeccionar su contenido. Con ojos opacos, examinó las primeras hojas y leyó el nombre de su nueva víctima sin mucho interés.


Nombre: Erasmus Levitt

Edad: 7


Otro menor. Pasó varias hojas y se encontró con la fotografía de Erasmus, un niño de cabello rojizo y ojos verdes que no viviría para llegar a la adolescencia. Un frío molesto recorrió su estómago y tuvo que cerrar el folder para evitar que ese desagradable sabor amargo lo siguiera abrumándole los sentidos. Se llevó una mano a la frente, contuvo su respiración y su mirada encontró el camino a la ventana agrietada sobre la pared contraria. Allí le recibió la vista hacia el bosque que desde hace años lo tranquilizaba. Entrecerró los ojos cuando el recuerdo de una mirada almendrada llegó para consolarlo como habitualmente lo hacía. Sonrió con cierta nostalgia. Aquel niño de nombre Devon, aquel encuentro que revivía siempre en sus sueños… ¿habría sido realidad o sólo una mera fantasía suya para mantener la cordura?


———————————

Una suave voz, una dulce canción de cuna. Killian abrió los ojos para encontrarse diez años más pequeño, cargando con la inocencia y sencillez de un niño que no necesitaba de riquezas para ser feliz. Estaba solo, miraba a su alrededor y no había nadie, pero a pesar de no conocer el camino de vuelta a casa, Killian sonreía pues el eco de esa melodía le acompañaba para asegurarle que todo estaría bien.

¿De quién era esa voz? Si la seguía, ¿a dónde lo llevaría? Killian no lo sabía, pero tampoco nacía de él dudar de su suave calidez.La melodía seguía como un dulce llamado que trascienda entre los árboles y espesos arbustos del profundo bosque.A lo lejos, siendo iluminada por el sol en lo alto del firmamento, una mujer que hacía lo posible por mantener su cabello en orden, le tendió la mano al menor.

—Killian...

El pequeño sonrió emocionado tras reconocerla, acelerando sus pasos hasta correr y saltar a los brazos. La llamaba una y otra vez, pero la voz del albino no lograba escucharse por encima del viento que junto a esa melodía le arrullaba y lo llenaba de tanta alegría.


Parado entre los árboles y a varios metros de distancia, una versión distinta de Killian miraba la escena sin comprender cómo en algún momento de su vida pudo sonreír con una mirada limpia y una seguridad inquebrantable. ¿En qué momento su vida había cambiado tan drásticamente?

¿Quién eres? ¿Dónde estás ahora? ¿Por qué… ya no estás aquí conmigo?


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Uno a uno iban entrando y saliendo los amigos de su padre, cada vez con heridas más horrendas que las anteriores. Incluso Devon tuvo que atender a un sujeto con el rostro desfigurado por ácido, lo que le tomó un par de horas más de las acostumbradas, pero el pago se vio bastante rebosante.Para cuando el último desconocido salió casi saltando del departamento, Devon se tumbó contra el mullido colchón de su alcoba. Giró sobre su eje, abrazándose a la almohada. ¿Tan peligroso era el mundo allá afuera? ¿Tanto daño se hacían las personas?


Muchas veces Myth, su padre, le advertía respecto a los cientos de peligros que acechaban en cada esquina de las calles, en los malos pensamientos de las personas y sus podridos corazones. Afuera estaba plagado de maldad, entendía la razón por las que Myth insistía en que debía curar a todas esas personas y la renuencia a dejarle la libertad ansiada. Cada uno que era tocado por su aura, su alma se limpiaba y renacía como un ser puro. O eso era lo que su padre aseguraba...


El problema era que el mundo tenía más de un millón de personas... y Devon estaba seguro que no llevaba ni la mitad de todo eso. Suspiró sintiéndose cansado... debía recuperar fuerzas y dormir era una opción agradable en su mente.

—Bien —la puerta se abrió y Myth se adentró a la habitación con aquella sonrisa despreocupada que lo caracterizaba —, es así como finalizamos nuestra labor por el día de hoy. Muy buen trabajo, mi niño. —sin importarle el cansancio ajeno, cruzó la pieza hasta llegar y sentarse en la cama junto al moreno. Le acarició la mejilla. —Has sabido complacerme, mis amigos no dejaban de elogiar tu buen trabajo.


Devon estiró suave los labios en una cansada sonrisa que no logró convencer a su padre del agotamiento.

—Me da gusto, papá... limpiar al mundo es agotador... quisiera acabar pronto para poder conocerlo al fin.


—A mi también me gustaría, hay muchas cosas allá afuera que quisiera hacer contigo… —Myth murmuró, relamiendo sus labios. Su mano fue bajando por el costado de Devon, deslizándose por su torso, por su cintura para volver a subir, pero esta vez por debajo de su camisa. —Pero aún no. Es muy pronto… y aún hay mucho por hacer…


El cuerpo más joven se estremeció entre esos fríos dedos de largas uñas, esos mismos que lo recorrían cada noche y día causando un sin fin de sensaciones agradables.

—Papá... ¿justo ahora?... —murmuró sin moverse de su posición, sus piernas se restregaron entre ellas, intentando disimular el cosquilleo en la entrepierna.


—¿Y por qué no? —Myth se inclinó sobre él, lamiéndole el lóbulo de su oreja y atrapando uno de sus pezones entre sus dedos. —Tan sólo quiero hacerte sentir bien, después de todo... te lo mereces...


Podía entenderlo y le alegraba que su padre quisiera mimarlo a pesar de su desobediencia hacia unos años; el cansancio le incitaba a cerrar los ojos y dormir plácido hasta la mañana siguiente, pero esas manos disfrutando de su cuerpo también las ansiaba.


Quería ser llenado hasta lo más profundo por el amor de su padre. Constatar cada segundo que ellos se pertenecían y era alguien de sumo valor para Myth. Devon vivía por su padre, ansiaba hacerlo feliz de todas las maneras posibles... aunque eso equivaliera a luchas contra su agotamiento.

———————————

La mañana del sábado saludó a todos con una fuerte lluvia sobre la impredecible ciudad de Metanoia, gruesas gotas golpeaban el cristal de aquel banco, dibujando formas extrañas y pequeños riachuelos de agua en constante movimiento. El Banco Resona estaba situado en la calle cincuenta, esquina con la primera avenida, en el pleno corazón de la ciudad. Con un paraguas cerrado en una mano y su maletín en la otra, una joven de cabellera rubia que le rozaba los hombros, de maquillaje discreto y vistiendo un traje sastre, empañaba con un suspiro la ventana al preguntarse si sería prudente sacrificar su corto presupuesto de la semana para pedir un taxi camino a casa en su lugar.


Frente a ella, las calles concurridas se vestían de todo tipo de personas bajo sus respectivos paraguas, variando en colores y estilos pero todos con el mismo cometido de volver a casa tras una larga y horrible semana laboral. La joven apretó los labios y una línea inconforme cruzó su boca. Alzó su muñeca para mirar la hora en su viejo reloj. 4:21 p.m. Se le hacía tarde, tenía que salir y enfrentar la lluvia.


—¿Ya te irás, Kara? —fue Rori, una joven aprendiz de asesor, la que interrumpió las cavilaciones de la rubia. —La lluvia no parece amainar.


—Lo sé. —La expresión en el rostro de Kara cambió, mostrando una sonrisa reservada en su lugar. Preparó el paraguas y su atención cayó brevemente sobre la puerta de cristal al final del vestíbulo. —pero si no me voy ahora, no alcanzaré un taxi antes de la hora pico. ¿Vendrán por tí?


—¡Ah, sí! El chófer de mi padre pasará en media hora. —y Rori vio su propia oportunidad. Kara era una chica linda y Rori a su vez era igual de hermosa. ¡Bastaba hacer la simple suma para saber sus intenciones! Apunto estuvo de sugerir un aventón cuando la puerta de cristal se deslizó y Kara salió del banco. —¿Ah? ¡No! ¡Rori, te viste muy lenta!


La lluvia la recibió con fuerza mientras sus zapatos de tacón golpean la acera al caminar presurosa en busca de la central de taxis más cercana. Kara realizó casi de inmediato como su paraguas no era competencia alguna contra la intensidad del viento que en su contra soplaba y se resignó a la idea de visitar la tintorería después de la tormenta con el propósito de rescatar el traje sastre con falda que llevaba puesto. Pasó junto a un hombro cuyo hombro chocó contra el suyo y, aunque se disculpó, aquel extraño le dedicó una mirada severa antes de seguir con su camino.


En las calles de Metanoia las personas eran frías, nadie se detenía por nadie ni pretendían tender su mano a cualquiera que la pudiese necesitar. Si vivías en Metanoia, tenías que aprender a vivir por tu cuenta. Aquello era algo a lo que aún no lograba hacerse a la idea, aún acostumbrado a la solidaridad del pueblo que años atrás había abandonado en busca de mejores oportunidades.


—¡Alguien deténgalo! ¡Se lleva mi bolso! —se oyó a una mujer gritar entre la fuerte lluvia captando la atención de unos pocos, al mismo tiempo que la mayoría se hacía a un lado para no verse involucrados con el ladrón que empujaba a quien le estorbara.


Kara también reaccionó ante semejante exclamación y giró la cabeza hacia la conmoción que a su dirección se aproximaba. La escena entera logró revolverle el estómago y no pudo evitarlo, arrugando el entrecejo desaprobatoriamente al ver como aquel criminal estaba por salirse con la suya. El hombre era rápido y corría a una velocidad casi sobrehumana, dejando a la pobre mujer atrás que seguía suplicando por ayuda. Nadie se movía, nadie hacía nada para detenerlo. Su sed de justicia bloqueó cualquier golpe de razón y cuando el ladrón le pasó a un lado, Kara soltó su maletín para detenerlo y tomarlo del brazo.


Ante la rapidez del ladrón y el sorpresivo brazo saliendo de la nada, ambos cayeron de bruces contra el suelo, alertando a los transeúntes y llenando de valor a unos pocos que ayudaron a Kara a someterlo.


—¡Lo tenemos, señora! —gritó un joven de audífonos, sintiéndose el héroe del momento.


—¡Gracias, muchas gracias! —llegó la ajetreada mujer, con sus tacones magullados y el peinado deshecho.

Sin menguar la fuerza del agarre con el que mantenía al hombre contra el suelo, Kara logró arrebatarle el bolso y se lo entregó a la mujer que no paraba de agradecer una y otra vez.

—Alguien notifique a las autoridades. —pidió, pasando su determinada mirada por el tumulto de gente que ahora los rodeaba. —No podemos dejar que este criminal siga vagando por nuestras calles y que abuse de su libertad.


—¡Eres una...! ¡No sabes con quién te estás metiendo, idiota! —forcejeaba sin éxito en su liberación. Pero fueron unos jalones más los que ayudaron a que su camiseta se izara y se revelera un tatuaje negro; un ojo.


Dos de los hombres que sujetaban al ladrón, lo soltaron como si de pronto éste quemara.

—Es un miembro del Aquelarre...

—¡Pertenece al Aquelarre…!


Los murmullos no perdieron la oportunidad de propagarse por todos los incautos mirones que iban retrocediendo cada vez más. El ladrón sonrió confiado.


Kara sintió el cambio en el aire, como de pronto el sentimiento de compañerismo que apenas comenzaba a expandirse entre ellos se disolvía para ser reemplazado por terror genuino. No lo entendía, tampoco tuvo tiempo para reaccionar pues tras perder soporte, sostener al criminal en su lugar se había vuelto nuevamente una labor casi imposible.

—¡Esperen...! —pidió Kara usando toda su fuerza para contener al hombre contra el suelo.


De un empujón violento, el hombre logró liberarse del agarre. Se puso en pie, acomodando su chaqueta al estirar los brazos, salpicando un poco del agua que seguía empapando a unos cuantos. Señaló a Kara.

—Esto no se queda así, rubia. —relamió sus resecos labios, dejando ver unos dientes al punto de putrefacción. —Ya me las vas a pagar. —y volvió a emprender la huída, saboreando la lluvia con sabor a victoria.


Los presentes lanzaban miradas de pena hacia Kara, incluso unos de desolación como si lo que tuvieran frente a ellos se tratara de un cadáver y tal vez ese sería el nuevo destino que Kara Ruais, quien había salido del banco pensando en gastar los pocos billetes que le quedaban, en un taxi rumbo a su casa. Ahora todos lo miraban con la señal de muerte dibujada en la frente.


Dando vuelta en un callejón a varios metros lejos del tumulto de gente, el ladrón fue capaz de ver su propio cuerpo mientras su campo de visión iba en descenso.

—¿Q-qué..? —a su cerebro le tomó un segundo darse cuenta de la gabardina negra acercándose a él.


—Eres el tercer impostor de esta semana. –comenzó aquel intruso cruzando el callejón y acercándose a su víctima sin inmutarse por los charcos de sangre espesa que sus botas negras comenzaban a pisar. –A estas alturas, me sorprende que aún sigan surgiendo los farsantes que se hacen pasar por alguno de nosotros. Parece como si lo hicieran a propósito.


—Fate... —le llamó la misma joven de cabello rosa y ojos estoicos. —recuerda que tenemos trabajo, no te entretengas con lacras.


—Son estas lacras las que van manchando el nombre del Aquelarre al escudarse con él. —Fate arrancó violentamente la daga que penetraba el cráneo del cadáver a sus pies, su sangre salpicando las paredes a su alrededor. El chico le hizo frente a quien le miraba a varios metros de distancia, hundiéndose en la gabardina que le ocultaba parte del rostro. —No podemos permitir que excusas de criminales como esta consigan arruinar la reputación de nuestro líder, Rhea.


—No, pero al líder no le molesta, encuentra entretenido éste movimiento de masas inconformes. —de la pequeña bolsa que cargaba en su cintura, sacó un carrete de hilo que estiró cortando el aire. —Anda, no solo el niño tiene tarea, nosotros también debemos buscar eso .


—De acuerdo. —Fate miró el reflejo de su rostro en la daga manchada de carmesí, su sed de sangre insaciable y evidente dentro de esos oscuros ojos color café. —Ya viene siendo hora de trabajar en serio...


———————————

Rojo y Azul; el dúo de colores vestían los alrededores de la escena del crimen, una donde policías evaluaban el grado de contaminación en la que la habían encontrado. Un hombre yacía inmóvil, su espalda contra la mohosa pared del callejón que aún escurría su sangre. Un agujero en su pecho delataba el golpe preciso que acabó con su vida y sobre su palma derecha, su corazón inerte descansaba para revolver el estómago a primeros oficiales que arribaron a la escena. La víctima tenía el rostro desfigurado a (lo que parecían) zarpasos, la nariz rota y las cuencas de sus ojos vacías. Los policías tenían toda la zona acordonada con cinta amarilla y no dejaban que nadie sin autoridad se atreviera a cruzar.


Los lustrosos zapatos que el detective Benjamin Pinkerton se esmeraba en mantener como nuevos, evitaban a toda costa seguir estropeando la pintoresca escena frente a sus ojos. Al menos cuatro policías ya se habían retirado a vaciar sus estómagos; era clara la nula experiencia en casos como ese. ¿Por qué siempre le mandaban grupos recién graduados a sus caso? ¡Claro, como él no era Renzo Spade, el detective más prestigioso de Metanoia, era fácil aventarle un escuadrón cargado de inútiles.


—Es el tercero en este mes... y como siempre, no se trató de un robo, tampoco de una pelea de bandas... —suspiró entre dientes. —Empiezo a sospechar que se trata de un animal…


—Detective. —la voz suave de una mujer se escuchó a sus espaldas, revelando a una de mediana estatura. De cabello largo (pese a tener la mayor parte de su cabeza calva) y dientes pronunciados, la extraña mujer revisaba las notas escritas en su pequeña libreta de apuntes. —Las historias de nuestros testigos no concuerdan unas con otras, tampoco contamos con una descripción del asesino. Nadie vio al asesino en acción, todos llegaron después de los hechos.


—No me extraña, Callia, esta cosa ataca en las noches y se puede ver su odio hacia cualquiera que se cruce en su camino. —se llevó una mano al mentón y se inclinó un poco hacia el cadáver. —Lo peor, es pulcro... sin huellas. La lluvia que ha estado cayendo tampoco nos ha ayudado mucho a preservar alguna pista.

Callia miró al cadáver de la víctima con cierta pena y asintió quedamente.

—Quien sea que esté detrás esto, es alguien que sabe exactamente lo que está haciendo. Alguien con mucha experiencia. —mordió su labio inferior, dudosa. —Un asesino en serie…


Pero Ben no estaba seguro de darle el crédito a un humano. Las heridas tenían patrones lisos, rayando en lo perfecto, e incluso podía ver el cráneo del pobre sujeto. ¿En verdad se trataba de un humano? ¿O acaso iban tras la pista de un fenómeno al que nadie había logrado ver? Algo terminó llamando la atención del detective Benjamin, usando la pluma que se aferraba al bolsillo de su chaqueta, viró la cabeza del cadáver y notó el dibujo con sangre de una pica de poker. Otra vez...


Silbó y llamó al fotógrafo del forense y le indicó que tomara una foto del dibujo. No quería llamar a ese caso: Asesino en Serie, porque de ser así... el mejor elemento que tenían en su trabajo, aquel con la habilidad de ver respuestas en donde la incógnita escurría mezclándose con pistas y mensajes, se encontraba embebido en alcohol y malos recuerdos.


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Cerca de la zona comercial de Metanoia, se encontraban unos departamentos residenciales normalmente habitados por estudiantes o trabajadores solteros, por su accesible precio. Existían sus excepciones, como la pequeña familia que se hospedaba en el departamento #264 y que se mantenía tan sólo por el trabajo extenuante y absorbente de la madre. Culposa ante la realidad de ser una madre ausente, pensó en regalarle un viaje a la playa a su pequeño que tanto se esforzaba en mantener buenas calificaciones.


Había sido una pena suspender el viaje a la playa cuando la lluvia persistió hasta el domingo en la noche, por esa razón, con una promesa de planear otro viaje el siguiente fin de semana, la cariñosa madre terminaba de arropar a su pequeño Erasmus, dándole un beso de buenas noches y dejando la lamparita nocturna encendida, resaltando las paredes con bellas figuras de estrellas.


Con una sonrisa triste en sus labios, el pequeño Erasmus se acomodó sobre su cama y se distrajo mirando como las gotas de lluvia golpeaban en un suave ritmo el vidrio de su ventana. Arrullado por su suave balada, cerró los ojos y se fue abrazando del cansancio que cobijaba a su cansado cuerpo. Quizás si dormía pronto, despertaría a tiempo para ver a su madre antes de que tuviese que irse al trabajo. Quizás si se esforzaba lo suficiente, podría incluso compartir el desayuno a su lado. Sonrió y acurrucó su rostro contra su suave almohada; era hora de dormir.


Pasó un minuto, luego dos y el sutil chillido de la puerta del baño al abrirse le advirtió a Erasmus que no estaba solo. Confundido, el pequeño se sentó sobre su cama y examinó a su alrededor sin saber a dónde mirar.


Había sido fácil entrar al departamento de la familia Levitt, sobre todo cuando nadie lo habitaba por largas horas durante el día. Nadie supo cómo entró. Nadie sabía que estaba allí y Killian utilizó la oscuridad de la noche a su ventaja al pasearse entre las sombras y ocultarse de la vista de su próxima víctima. Lo observó en silencio, cubierto entre sus suaves sábanas y vistiendo un pijama de apariencia elegante. Se controló y evitó chasquear su lengua frente un repentino golpe de envidia al saber que ese niño al que llevaba días investigando lo tenía todo (un techo sobre su cabeza, el estómago lleno, una vida donde sus preocupaciones se limitaban a las posibles tareas que le dejaban en la escuela y una familia. Una familia…) y no tenía ni idea. No lo merecía. Tenerlo todo cuando Killian no tenía nada. Erasmus no lo merecía. Los ojos de Killian se oscurecieron de pronto, jugando con sus pensamientos para hacer de este asesinato una tarea más sencilla para los dos.


Se asomó desde su escondite entre la noche y la pared, mirando su mano derecha en el momento en el que sus uñas se alargaban hasta transformarse en largas garras. Debía acabar con esto de una vez.


La pueril imaginación de Erasmus le advirtió que se trataba de un monstruo bajo la cama, posiblemente su madre no revisó bien y en su despiste, olvidó asegurarse que no hubiera monstruos o fantasmas que pudieran dañarlo. Se aferró a las sábanas de su cama, siendo capaz de distinguir la forma de algo acechando desde la oscuridad, acercándose más y más. Gimoteó, soltando la primera lágrima de terror.


—Se ha de sentir bien —la voz de Killian comenzó al romper el silencio terrorífico que le acompañaba los pasos. —vivir en un lugar como este, tener una madre y dormir tranquilo al creer que nada ni nadie puede lastimarte…


Se presentó frente el niño, revelándose con una sonrisa manchada de burla y celos que se alargaba en sus labios delgados. No se molestó en esconder las garras que brillaban con la poca luz que penetraba esa habitación, ni tampoco en ocultar su rostro o cualquier otro rasgo; esto sería rápido. No habría ningún testigo y los muertos no hablan.


—¡Mamá! —exclamó en un sordo grito que logró ser expulsado desde su pecho. Un llamado hacia la única persona que el pequeño, en su inocencia, creía capaz de ahuyentar hasta el ser más terrorífico.


—¡Niño estúpido! –Killian soltó un zarpazo y salpicó de la sangre la alfombra bajo sus pies al herir al lacerar el pecho del menor. —¡Ahora tendré que matarla también!

El impacto causó un shock en el pequeño que no alcanzaba a comprender la magnitud de su herida, viendo sólo como su pijama se teñía de rojo al igual que las mantas.


—Erasmus, ¿qué son esos...? —al abrir la puerta y encender la luz todo se determinó en una cuestión de tiempo. Un total desconocido amenazaba a su hijo que ahora presentaba una horrenda herida en el pecho. No lo pensó dos veces y tal vez para Killian fue presenciar un acto incoherente al ver a la mujer abalanzarse contra su hijo, resguardándolo contra su pecho. Expuesta a cualquier ataque de gravedad.


Killian retrocedió sin dares cuenta, sus garras goteando sangre que no le pertenecía. No lo comprendía, ¿qué hacía esa maldita mujer? ¡Era evidente a lo que había venido! ¡La vida del niño era su objetivo! Abrazarlo de tal manera, escudándolo con su cuerpo tan sólo la convertía en un blanco fácil para el asesino. Los sollozos del niño comenzaron inundar esa habitación que comenzaba a darle vueltas, y la mirada de esa mujer… su mirada… Killian sabía que jamás olvidaría la determinación que encendía el verde de esos ojos que le desafiaban ya fijos en una resolución. ¿Por qué…? ¿Por qué protegía a un niño que se le desangraba en los brazos? ¿Por qué no huía mientras podía? ¿Por qué no se iba?...


Apretando los dientes en disgusto y frustrado tener preguntas pero no respuestas, Killian prefirió desentenderse de la razón y acabar con la misión que le habían encomendado. Era sencillo, dos vidas a cambio de la suya. Nunca había dudado en el precio a pagar y no comenzaría a hacerlo ahora.


—Insensata. ¡Idiota! —le advirtió al transformar sus garras de vuelta a uñas y sacando un cuchillo de mango grueso y punta color púrpura que cargaba en la parte posterior del cinto que llevaba puesto. Comenzó a acercarse, su mirada oscureciendo con cada paso que daba. —Debiste… haberte ido cuando tuviste la oportunidad. Te mataré. ¡Los mataré a los dos…!


Y es que Killian jamás imaginaría, ni sospechaba siquiera, lo que representaba el amor de madre. Algo tan intangible, desinteresado, un sentimiento que no aguardaba nada a cambio. Para un joven desprovisto de amor por tantos años, el sacrificio altruista de una madre, era imposible de clasificar.


—Estaremos bien, bebé... —susurró al oído de su agonico hijo.


—M-mamá. —Erasmus hipó al cerrar los ojos y acunar su frente contra el cuello cálido de su madre. —Mamita…


Algo dentro de Killian se elevó como la marea, subió por su garganta al amenazar con desbordarse y superarlo por completo. La imagen de una mujer, de alguien que en algún punto llegó a sostenerle de la misma manera, le asaltó sus pensamientos y le detuvo la mano cuando esa arma estuvo por atravesar la espalda de la madre de Erasmus.


Aquella noche, esa vieja canción de cuna volvió a asaltar sus pensamientos.

La temperatura en esa habitación cayó rápidamente a medida que Killian se le condensaba el aliento cruzando el aire helado que los rodeaba. El niño jadeaba agonizante, la madre lloraba silenciosamente y Killian… Killian no podía moverse. Su cuerpo no reaccionaba. La razón se había callado por completo para dejarlo como mero espectador del amor incondicional de aquella madre con su hijo, su vida.


¿Quién era ella? ¿Quién era esa mujer que solía cantarle? ¿Por qué no podía moverse? ¿Por qué la habitación comenzaba a darle vueltas? ¿Por qué…?


¿Por qué me dejaste solo, nana?


CONTINUARÁ...

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April 12, 2020, 3:23 a.m. 0 Report Embed Follow story
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