lucadomina Luca Domina

En su trabajo como editor profesional, Javier había leído cientos de historias, pero era la primera vez en su vida que, la frase, LA REALIDAD SUPERA LA FICCIÓN, se le hacía completamente acertada. Y aterradora…


Horror Not for children under 13. © Todos los derechos reservados

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—¿Mamá? Sí, soy yo, Javier. Escúchame… es sobre Mei. Ella, ella está muerta, mamá. Fue el virus, se contagió… tuvo un fallo respiratorio y no, no lo soportó…


Diez minutos más tarde cortó la comunicación. No era capaz de continuar hablando de lo ocurrido. Era una verdadera pesadilla.

Javier guardó el móvil en el bolsillo y se desplomó en el suelo. Se llevó las manos a la cara y ahogó el llanto que luchaba por salir. Deslizó las manos sobre su cabeza; tenía ganas de tirarse de los pelos, pero a sus treinta años era completamente calvo. Apretó los puños hasta que empalidecieron. Elevó la vista y suspiró. El cielo era un fiel reflejo de su corazón; gris y triste. Permaneció inmóvil en la misma posición por varios minutos. Tenía una barba desprolija de varias semanas. Podía olerse a sí mismo ¿hace cuánto que no se bañaba? No lo recordaba; habían cortado el suministro de agua, lo único que quedaba era un hilillo miserable manando del grifo. El alimento también escaseaba. Javier nunca fue gordo, pero poseía sus buenos kilos ganados a base de una vida sedentaria. Ahora la campera que llevaba puesta le quedaba como una tienda de campaña. Había adelgazado quince kilos en tres meses. La mejor de las dietas, cien por ciento efectiva, MADE IN CHINA. El estómago le gruñó en respuesta; que ganas de comer las pizzas caseras de su madre. Una sonrisa nerviosa se formó en sus labios. ¿Cómo era capaz de anhelar semejante estupidez en medio del caos? Simple, las cosas iban tan mal que parecían mentira, una ilusión, un mal sueño. Javier cerró los ojos con la esperanza de despertar. Los abrió.

Nada cambió.

Continuaba jodido.


Se mordió el labio con fuerza. Le dolió. En ese momento reaccionó y lo liberó de sus dientes. Con dos dedos temblorosos se cercioró de no haberse lastimado. No había sangre. Para su desagrado, sintió alivio.

Se puso de pie y se aferró a la barandilla del balcón. La fría brisa de marzo le acarició el rostro. Solo se escuchaba el silbido del viento. El silencio era abrumador. Contempló el horizonte. Desde el piso treinta y tres alcanzaba a dejar atrás la zona urbana y observar una vasta superficie de agua; el río Yangtsé. Éste serpenteaba a través de la ciudad y la dividía en dos. Una lágrima escapó de la comisura de sus ojos y se deslizó por su mejilla. Le dolía el pecho. La voz de su madre permanecía en su mente como un recordatorio de lo solo que se sentía. Ella le había preguntado cuándo podría regresar a la Argentina, pronto, mintió. La verdad, estaba atrapado en Wuhan, junto a otras once millones de personas. O los restos de ellas…


Las garras de la desesperación le estrujaban el corazón. Javier pasó un pie sobre la baranda y luego el otro. Sólo un paso le separaba de una caída de Dios sabe cuántos metros. Un escalofrío le arañó la columna al mirar abajo.

Si salto todo se acaba.

Soltó la barandilla.

No sucedió nada.

Sus dedos se negaban a separarse. Sentía las gotas de sudor brotando de sus axilas. No podía hacerlo.

—No soy un suicida, por mal que esté todo, quiero vivir.

Aún tenía esperanza, pero estaba harto de contenerse. Harto de toda esa mierda. Infló el pecho y gritó. Gritó hasta que la garganta le ardió como si se hubiera tragado una lija.

El sonido de su impotencia recorrió las calles de aquella ciudad fantasma hasta desaparecer.


Javier regresó al interior del balcón. Se tuvo que sostener con las rodillas. El corazón le palpitaba a mil kilómetros por hora y respiraba agitado. Logró enderezarse y, de casualidad, echó un vistazo a su derecha. Varios balcones más allá, oculto detrás de un camisón oscilante en el tendal, un niño chino le observaba con ojos como platos y la boca en una O pronunciada.

—Debe creer que me volví loco.

No estaba muy lejos de la verdad.

Antes de que pudiera saludarlo, una mano cadavérica aferró al pequeño de la ropa y lo obligó a regresar dentro. Javier no le envidiaba, a pesar que el pequeño aparentaba estar con su familia. A él no le apetecía entrar en su propio departamento. Para no preocupar a su madre, le había mentido en muchas cosas:


—Sí, mamá, el virus ya fue controlado en China.

¿Controlado? El gobierno ocultaba la verdad al mundo, Wuhan era el centro del apocalipsis ¿3.000 muertos? Mei trabajaba en el hospital Zhongnan, donde recibieron al paciente cero en diciembre. Y por lo que ella describía, ese era un número de risa comparado con los que realmente habían muerto sólo en ese hospital. Mierda, incluso él había visto gente desplomándose en las calles. Y ni hablar de los camiones de cadáveres, como si recolectaran bolsas de basura de las aceras. El puto coronavirus era como una plaga bíblica moderna.


Javier se paró frente a la hoja corrediza de la ventana y observó su rostro reflejado en el cristal. Casi se rió. Las ojeras eran tan pronunciadas que cualquiera pensaría que usaba maquillaje. Al parecer los cosméticos eran reemplazables con insomnio y hambre. Estaba demacrado. No podía ni imaginarse cómo se vería su rostro sin el volumen que le daba la barba. Sujetó el tirador de la hoja. Antes de entrar, tomó una buena bocanada de aire. En un sentido retorcido, se podría decir que, les había maquillado la verdad a sus padres:


—No, mamá, no me dejaron verla. Las autoridades me informaron de su muerte.

Otra mentira. La peor de todas. Su novia, Mei Ling, había muerto. A pesar de ser una persona joven y saludable, la carga viral había sido demasiado para ella. Llamar a sus padres fue un gran alivio para Javier. Pero el dónde y cuándo de su muerte, eran muy diferente a lo que les contó.

En su trabajo como editor profesional había leído cientos de historias, pero era la primera vez en su vida que, la frase, LA REALIDAD SUPERA LA FICCIÓN, se le hacía completamente acertada. Y aterradora…

April 5, 2020, 9:09 p.m. 38 Report Embed Follow story
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