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Los miserables, una de las obras más célebres del siglo XIX, narra las vidas y las relaciones de una multitud de personajes durante un periodo de veinte años, mientras reflexiona sobre la naturaleza del bien y el mal, la historia de Francia, la arquitectura de París, la política, la ley, la ética, la justicia, la religión, las clases sociales y la naturaleza del amor romántico y familiar. Novela de luces y tinieblas, de caídas y revueltas, Los miserables posee la modernidad de las grandes obras de la literatura universal y es considerada como una defensa de los oprimidos en cualquier tiempo y lugar. Esta segunda parte, aparecida por primera vez el 15 de mayo de 1862, se abre con la épica recreación de la batalla de Waterloo. Posteriormente, veremos a Cosette rescatada de las garras de la pareja Thénardier, así como los esfuerzos de Jean Valjean por eludir el acoso del policía Javert, que los llevarán a refugiarse donde menos se espera…


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LIBRO I: Parte 1

Lo que se encuentra viniendo de Nivelles.

El año pasado (1861), en una hermosa mañana de mayo, un viajero, el que relata esta historia, llegaba a Nivelles y se dirigía hacia La Hulpe. Iba a pie. Seguía, por entre dos hileras de árboles, una ancha calzada empedrada ondulante sobre las colinas que se suceden una tras otra y que levantan unas veces el camino y otras lo dejan caer, formando una especie de ondas enormes. Había ya pasado Lillois y Bois-SeigneurIsaac. Hacia el oeste, veía el campanario de pizarra de Braine-l’Alleud, que tiene forma de un vaso boca abajo. Terminaba de dejar tras de sí un bosque sobre un altozano y, en el cruce de un camino de atajo, al lado de un poste carcomido por el tiempo, en el que había la inscripción: «Antigua Barrera n.º 4», pasó junto a una taberna que tenía en su fachada este letrero: «A los cuatro vientos. Échabeau, café de particular».

Medio cuarto de legua más lejos, llegó al fondo de un pequeño valle, donde el agua pasa por debajo de un arco practicado en el terraplén del camino. Un sotillo, de escasos árboles, aunque muy verdes, cubre el valle por un lado de la calzada, se desparrama por el otro en las praderas y sigue con gracia, como en desorden, hacia Braine-l’Alleud.

Había allí, a la derecha, al borde del camino, una posada, una carreta de cuatro ruedas delante de la puerta, un gran haz de ramas de lúpulo, un arado, un montón de maleza seca cerca de un seto vivo, cal que humeaba en un agujero cuadrado hecho en el suelo y una escalera apoyada en un cobertizo cuyas paredes eran de paja. Una muchacha escarbaba en un campo, donde un gran cartel amarillo, probablemente el anuncio de algún espectáculo de feria, se agitaba al viento. En la esquina de la posada, junto a una charca donde navegaba una flotilla de patos, un sendero mal empedrado se hundía entre la maleza. El viajero penetró en él.

Al cabo de un centenar de pasos, después de haber seguido a lo largo de un muro del siglo XV, rematado por una albardilla puntiaguda, construida de ladrillos apoyados unos contra otros, se encontró frente a una puerta grande de piedra cintrada, con imposta rectilínea, del severo estilo de Luis XIV, y adornada en los costados con dos medallones planos. Una austera fachada dominaba esta puerta; una pared perpendicular a esta fachada venía casi a tocarla y la flanqueaba con un brusco ángulo recto. En el prado, delante de la puerta, yacían tres rastrillos a través de los cuales brotaban mezcladas todas las flores de mayo. La puerta estaba cerrada. Tenía dos hojas decrépitas, provistas de un viejo aldabón oxidado.

El sol era magnífico; las ramas tenían ese suave temblor de mayo, que parece venir de los nidos más aún que del viento. Un pajarillo, probablemente enamorado, trinaba desaforadamente en un árbol frondoso.

El viajero se inclinó y examinó, en la piedra de la izquierda, en el extremo inferior de la jamba derecha de la puerta, una amplia excavación redonda, parecida al alvéolo de una esfera. En aquel momento, se separaron las hojas de la puerta y salió una aldeana.

Vio al viajero y observó lo que miraba.

—Es una granada francesa lo que ha hecho esto —dijo. Y añadió—: Lo que veis allá arriba, en la puerta, junto al clavo, es el agujero de una bala de fusil. La bala no pudo atravesar la madera.

—¿Cómo se llama este lugar? —preguntó el viajero.

—Hougomont —respondió la aldeana.

El viajero se enderezó. Dio algunos pasos y fue a mirar por encima de los setos. Vio en el horizonte, a través de los árboles, una especie de montículo y, en este montículo, algo que de lejos parecía un león.

Estaba en el campo de batalla de Waterloo.

Sept. 2, 2020, 7:51 p.m. 0 Report Embed Follow story
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Obras SC ¡Bienvenidxs! En este perfil encontrarás una gran colección de libros clásicos, cada uno escogido por el grupo de #EmbajadoresInkspired. Siéntete libre de volver a recorrer lugares ya conocidos y fantásticos, con personajes entrañables y las más grandes historias universales que aun cautivan nuestras tardes de lecturas.

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