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denise-aylen1558723047 Denise Aylen

Fuertes gritos de una revolución se hacen oír en las calles y cerca del gran palacio, donde cientos de parásitos residen disfrazados con ropajes lujosos y sumamente costosos y comen de los chismes que se escabullen por los muros o de los labios de su acompañante, los mismos que han estado burlándose de la clase obrera y a los que han querido forzar a trabajar a niveles inhumanos para ganar unas monedas que a duras penas les alcanzaba para comer. Dentro del edificio, en la capilla real, una mujer se encuentra llorando por este trágico desenlace y suplicándole a Dios que la acompañe en sus últimos días y proteja al pueblo y a su familia de la sangrienta Era que se aproxima.


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#traición #tragedia #239 #sangre #revolución #245 #violencia #drama
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Toma de la Bastilla: ¡Es así como nos vengamos de los traidores!

Sangnnaire, aquella tierra que ha vivido un sinfín de guerras y corrupción por parte de sus gobernantes.

El estómago vacío del pueblo rugiendo con más fuerza para hacerse escuchar mientras suplican por trabajo y un poco de comida.

El hedor es la fragancia de las calles y de los pueblerinos. No queda de otra que acostumbrarse al aroma, un repelente que ahuyenta a miembros de la realeza y a otros aristócratas.

La muerte acecha bajo la luz del día y de la noche, cubriéndose con una túnica negra y portando una guadaña en su mano derecha. No conoce el descanso. Con su huesudo dedo índice tacha de su lista, que sujeta con su mano contraria, los nombres de sus víctimas: entre ellos están escritos los nombres de niños, recién nacidos, ancianos, jóvenes y adultos, y comparten una similitud: pertenecen a la plebe. ¿Y la clase alta? Años atrás había solamente un total de diez privilegiados por año contra cientos mendigos de pan, como se dirigían hacia esta pobre gente entre carcajadas y burlas, mientras sostenían una copa de vino en una mano y con la otra un trozo de exquisito y esponjoso pastel, y apostaban exageradas sumas de dinero; sin embargo, con la llegada de un desenlace que marcará un antes y un después, aquellos nombres escritos con sangre ocuparon toda la lista. El pez gordo encabeza el listado y con letras un poco más grande que el resto, también escrita con sangre: Cosette Tragireux, reina de Sangnnaire.

Un intenso y conflictivo 14 de julio de 1789 veinte mil hombres, principalmente víctimas de la familia real y de varios nobles, acompañados por algunos soldados dispuestos a luchar y morir a su lado, se reúnen en el exterior de la Bastilla preparados con mosquetes, doce cañones, un montero y pólvora que obtuvieron el día anterior saqueando a El Hotel de los Inválidos, una morada real dedicada a soldados y militares veteranos sin hogar, cerca de la Escuela Militar; estos soldados salieron de ambos establecimientos y conocían la situación del pueblo. Estamos para proteger al pueblo, no para martirizarlo, es el pensamiento que los motiva.

El puente levadizo está levantado, impidiendo el paso de la muchedumbre sedienta de justicia a las entrañas de la fortaleza, donde tienen en cautiverio a inocentes pueblerinos y aristócratas en contra de la realeza.

La desesperación y el miedo carcomen al gobernador de la Bastilla, quien se oculta tras esos muros, protegidos por cañones, e intenta pensar una manera de poder llegar a un acuerdo que detuviera al infierno que se aproximaría en cuestión de horas o minutos, probablemente en menos tiempo. El gobernador se siente inútil al no ser capaz de apaciguar situaciones como ésta. Durante la mañana, tuvo largas charlas con dos líderes del movimiento, y con ambos se rehusó rotundamente a sus intenciones: Las reservas de pólvora que guardaban en la Bastilla. Al mediodía, su última oportunidad de negociación fue aún peor: Los representativos revolucionarios exigieron la rendición de la fortaleza y la entrega no solamente de la pólvora...

─¡También quieren las armas! ─exclama aterrado y furioso, agarrándose la cabeza con ambas manos, casi que se arranca los mechones de cabello, ahora que se encuentra solo en la sala─. ¡Es una locura! ¡Debo hacer algo de inmediato! ¡Moriré aquí mismo si no hago algo!

Desea reanudar las negociaciones con los líderes, no quiere quedarse de brazos cruzados y llorar como un bebé en posición fetal mientras chupa su dedo pulgar... La tierra comienza a temblar y los tímpanos a silbar. Los revolucionarios expresan su impaciencia y fastidio abriendo fuego.

─¡¿Esos son cañones?! ─pregunta, alterado, a punto de llorar─. ¡Hagan algo, idiotas! ─ordena a los guardias, y estos inician su marcha hacia sus posiciones de ataque.

Tres de la tarde. El fuego cruzado anuncia la caótica batalla. Los asaltantes hacen oído sordo ante las peticiones de las autoridades en ponerle un alto el fuego; no queda más que continuar con el contraataque. La lucha se vuelve más violenta, sanguinaria e intensa. La muchedumbre pierde a ochenta y tres hombres y gana quince malheridos, que arrastran lejos del campo de batalla para que los médicos pudieran atenderlos y regresar de inmediato a sus puestos, con un armamento que no se compara al del enemigo. Y del lado de la Bastilla, uno de los guardias ha muerto por una bala que perforó su corazón, cuatro cayeron de la fortaleza por culpa del temblor, y pocos recibieron el impacto de los cañones, quedando gravemente heridos.

Tres y media de la tarde. En el momento más oportuno, oficiales de infantería con varios cañones a su disposición llegan a tiempo para ayudar a los revolucionarios, quienes los reciben con mucho entusiasmo y muy agradecidos. Guiados ahora por uno de los superiores, que solicita dividirse en dos grupos, uno con el mosquete y otro con los cañones, que serán liderados por otro oficial, la estrategia cambia a su favor:

─¡Liberen el puente! ─exclama, mientras se pone en posición y prepara el mosquete cargándolo a través de la boca del cañón. Los demás imitan su última acción─. ¡Dirijan los disparos hacia las cadenas! ¿Listos? ¡Apunten! ─Su primera orden es escuchada y obedecida─ ¡Fuego! ─Y la segunda orden es ejecutada exitosamente con el primer grupo.

El segundo grupo espera las órdenes de su líder para disparar los cañones hacia los muros de la Bastilla.

─¡Prepárense! ─ordena éste, sacando el sable de la vaina para utilizarlo como señal. Espera unos segundos...─. ¡Fuego! ─grita con fuerza, al mismo tiempo que baja apenas su brazo, apuntando hacia la Bastilla con la punta del sable.

Mientras esto ocurre, el terror invadepor completo lamente del gobernador y su cuerpo tiembla de pies a cabeza. ¿Qué puede hacer ahora mismo? Escapar es una excelente opción, pero se niega quedar como un cobarde en los libros de historia.

─¡¡¡MALDITA SEA!!! ─clama horrorizado, luego de confirmar su sospecha a través de la ventana─. ¡Protejan la puerta principal! ─ordena rápido y desesperado, intentando que las palabras no se les mezclaran, a los guardias que le hicieron compañía desde su llegada a la Bastilla.

El tiempo se detuvo en algún punto del conflicto, al menos eso siente el gobernador, porque su agonía había desaparecido cuando encuentra los revolucionarios apuntando con sus mosquetes cada parte de su cuerpo a modo de aviso: Ríndase, no hay nada que pueda hacer... ¿O es que ha hecho algo, gobernador?

Las miradas de los pueblerinos era como tener en persona a la mismísima parca, observándote detenidamente y enseñándote tu nombre en su lista con su huesudo dedo; llenos de odio, dolor, una intensa sed de justicia y sangre que los condujo al nacimiento de una revolución... Pero hubo algo más que solamente se podía apreciar si se excavaba en lo más profundo de sus almas: Una profunda tristeza que estuvieron conteniendo por muchos años; no quisieron haber tenido que llegar a estos extremos por culpa de la irresponsabilidad de su Majestad.

«¡No! Todos fuimos culpables. No hemos escuchado al pueblo, salvo unos pocos que hoy mismo están en contra de su propia gente», cavila el gobernador, lamentándose, arrepintiéndose y entregándose sin oponer resistencia.

Uno de los jefes de la multitud se acerca con una soga hacia el adulto, con quien intercambió miradas y dijo las siguientes palabras alzando un poco la voz para llegar a los oídos de cada hombre:

─A cambio de mi capitulación, perdonen a mis hombres. Sólo siguen órdenes.

Los sitiadores no tardan en dar una sincera y tranquilizadora respuesta, que fue citada por el soldado que comienza a atarle las manos:

─La vida de sus hombres están perdonadas, gobernador.

Cerca de las nueve de la noche, siendo escoltado al Ayuntamiento, Dmitrei de Launay es linchado por una muchedumbre furiosa que lo ha juzgado por traición al pueblo; recibe varios golpes que rompen algunos de sus huesos hasta caer al suelo tras perder el equilibrio de sus pies y la fuerza de sus piernas. Posteriormente es levantado para ser apuñalado con un arma blanca muy afilada en la zona abdominal varias veces y un disparo atraviesa su pecho por la espalda, muriendo a los pocos segundos. Continuaron humillándolo incluso muerto. Finalmente un carnicero procede a decapitarlo con un cuchillo de carne y clavar su cabeza en una pica, con la que marcharán por las calles de la capital clamando al unísono a los cuatro vientos:

─¡Es así como nos vengamos de los traidores! ─y añaden su emblemático grito─: ¡Queremos justicia! ¡Que viva la revolución!

Dmitrei de Launay se convierte en una de las primeras víctimas de la revolución.

Ahora que los revolucionarios poseen en su poder el armamento de la Bastilla, en una caminata de varias horas, se dirigen hacia el Palacio Real a por la raíz del problema, aquella que espera pacientemente a sus súbditos en su trono con el semblante serio y con la cabeza en alto.

March 14, 2020, 4:03 p.m. 2 Report Embed Follow story
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Jo Sech Rivero Jo Sech Rivero
Que excelente capítulo
July 12, 2020, 11:00

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