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La felicidad de ellos era la agonía mía, ¿cómo podía ser tan egoísta y tan maldito tratándose de mi hermano y la mujer que ama? La mujer que ambos amamos.


Short Story Not for children under 13.

#amor-no-correspondido #Anti-sanvalentin #Epoca-victoriana
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I

Hoy hace mucho frío. Es de noche y hay luna llena. Acabamos de salir de la ópera a donde me invitaron con el único objetivo de ser el número impar en una suma cuasi perfecta. Era quien sobraba en una pareja de dos.

Estamos en el coche, camino a casa. El casquillo de los caballos es muy sonoro desde nuestros asientos, pero me siento bien de escucharlos ante el escenario del que soy testigo. Mis dos compañeros de entretenimiento van sentados frente a mí, tomados de la mano, hablándose bonito.

Él vestía el típico traje de gala en negro para la ocasión y un sombrero de copa mientras apoyaba su mano izquierda sobre su bastón y en la otra sostenía la mano de ella, de la criatura más hermosa que hubiera tenido la dicha de conocer.

Llevaba un vestido rojo pastel que realzaba sus colores naturales, bordados dorados con forma de rosas decorando los hombros caídos de su vestido y el borde de este. Criatura de ojos claros que cambiaban de color como las estaciones, rasgos delicados y cintura fina; cabello rubio claro de naturaleza ondulada, siempre protegido con un sombrero de lado y, para esta ocasión, sujetos en un moño con un broche en forma de mariposa dorada también. Mechones rebeldes caían sobre su hermosa frente, realzando aún más el atractivo de su rostro.

Eran mi hermano y su prometida.

El verlos juntos debería causarme el mayor placer, debería estar feliz por el compromiso y por mi hermano, pero no lo estaba y me dolía no estarlo, al mismo tiempo de mi debate ulterior se despertaba en mí una poderosa envidia y una sensación espantosa que dolía en el pecho. No debo darle nombre a esa sensación, temo que al pronunciar esas palabras se volvieran realidad.

—Fue una noche espléndida, ¿no lo crees, Charles? —Me dirigió esas palabras en un tono jovial, despabilándome de mis pensamientos con premura.

—Así es —contesté sonriente—. La ópera es uno de los mayores deleites a los que se puede aspirar.

—No entiendo mucho sobre música o teatro, pero verlos actuar y cantar me impresiona. Yo no tendría tal valor para plantarme sobre un escenario frente a tantos espectadores.

—Eso es por tu timidez, querida Isabel. Sin embargo, una vez estuvieras en el escenario serían ellos quienes no tendrían el valor de juzgar tu talento. Con simpatía y carácter se gana al público, y me parece que tienes ambas.

—No quiero dedicarme a la ópera, soy más de estar tras bambalinas, tocar el piano...

En ese momento nos interrumpió el cochero avisando de dos opciones para volver a casa: un camino corto rodeando el parque y un camino de media hora con vista al río del condado.

Esta noche en especial la luna estaba en un tamaño enorme y desde el río se disfrutaría aún más de su belleza y proporción, reflejadas a duplicidad en las aguas cristalinas y poco profundas en comparación a otros ríos de similar longitud, como el Avon, por ejemplo.

Mi hermano de inmediato se giró a la ventanilla y le sugirió al cochero ir por la vista más romántica y enseguida el conductor se decidió por el río.

La sonrisa de aprobación de Isabel fue suficiente para él, quien como un idiota se quedó mirándola embelesado. Yo sólo podía verlo, ocultando lo mejor posible mis celos.

El camino era custodiado por una fila de faroles que iluminaban el cruce hasta el puente. Desconozco donde comienza este, nunca me ha interesado, pero sí su estructura. Tiene doble arco: uno sobre el camino al cual nos dirigimos y otro que atraviesa por completo el río. Pese a eso, es de un elevado un tanto exagerado para la región en que nos hallábamos (casi 30 metros) El arquitecto estaba inspirado, en mayor medida, por la construcción de Coalbrookdale hace varios años. Quizá esperaba estar en boca de todos, pero no contó con la construcción de monumentos más importantes y de mayor impacto cultural, por lo que no es de extrañar que le negaran el presupuesto esperado y se conformara con construir algo menos ambicioso.

Era una vista inigualable a aquellas horas.

—Ojalá dominaran las charlas de la medicina también como hablan de las artes de la ópera, cada vez que tocan esos temas no puedo más que sentirme excluido —dijo mi hermano con mucha jovialidad—, después de todo yo voy a esos lugares por mi amada.

Si por Christian fuera se la pasaría en la biblioteca familiar leyendo todos los libros de medicina habidos y por haber. No conocía la delicia de la imaginación y la ficción, no como Isabel y como yo, por ello sentía que teníamos tantas cosas en común y sé que de alguna manera ella también lo siente así.

El sólo hecho de pensar que yo pude ser quien estuviera sentado junto a ella en este momento, tomando su mano, acariciando su pelo, me conmueve por dentro, pero ya he convivido demasiado tiempo con ese dolor y ya sabía fingir indiferencia, por lo menos es lo que prefiero creer.

Solo un segundo cruel me arrebató esa oportunidad.

Ya íbamos bajo el puente y me emocionaba el poder ver la hermosa vista de la luna. Las cortinas de la ventanilla estaban corridas sólo para dejarnos ver ese deleite. Los enamorados estaban apretujados con la vista hacia ella.

Decían que el reflejo del río aportaba un toque místico y antinatural. Sus aguas eran tan cristalinas ante el reflejo de la luz que se apreciaba la misma hermosura tanto en el firmamento como en sus aguas. Quiero verlo y, a la vez no, por razones obvias a mis sentimientos.

De repente sentimos el frenar repentino del coche, perturbando nuestro equilibrio. El carruaje dejó de moverse sin ninguna explicación, salvo que el cochero había frenado de golpe a las dos bestias.

Íbamos cerca de la salida del puente.

En seguida mi hermano intentó averiguar lo sucedido a través de la ventanilla que daba al conductor, pero la respuesta no fue dirigida a él. Todos lo escuchamos exclamar un “¡santo cielo!”.

Al no obtener ninguna otra respuesta, mi hermano de inmediato bajó del coche y no pudo evitar exclamar a Dios. Después bajé yo a ver y el espanto fue inmediato. Era un cuerpo. Todavía estaba lo bastante claro como para distinguir que se trataba de un hombre.

Pude notar a Isabel bajando del coche y de inmediato se llevó las manos a la boca, sofocando un grito de horror mientras mi hermano, el cochero y yo nos acercábamos más al misterioso hombre tendido.

Christian fue el primero en acercarse, por su título de médico más antiguo que el mío. Yo me alejé unos pasos para ver arriba en el puente, para verificar si alguna cabeza se asomaba o se agachaba de repente, descubrir si alguien lo había arrojado. No se vio nada.

Mi hermano de inmediato dio el veredicto de que, a pesar del golpe aún tenía pulso. Quiso girarlo, pero apenas vimos su rostro, al menos por mi parte no pude evitar sentir la mayor repulsión, la cara estaba destruida y chamuscada, los dientes rotos, la cantidad de sangre de su rostro imposibilitaba que se identificaran sus rasgos y la noche, pese a ser muy clara, no ayudaba mucho en estos casos.

Christian de inmediato avisó del deceso del hombre un momento después. En cuanto a los sucesos siguientes prefiero no hacer mucho énfasis.

Enviamos al cochero con las autoridades, yo fui con él para así poder acompañar a Isabel hasta su casa mientras Christian se quedó con el cuerpo a esperar a que llegaran las entidades correspondientes.

Durante todo el camino Isabel estuvo nerviosa y jugaba con su anillo de compromiso para tratar de calmarse, lo giraba una y otra vez con la vista perdida en algún punto de la ventanilla de la puerta. Pasamos primero a la policía. El cochero fue el encargado de escoltar la unidad hasta el lugar de los hechos. Uno de los oficiales se quedó para custodiarme y se fue con nosotros en el nuevo coche de alquiler pedido por uno de sus compañeros. Antes de nada, tomé la responsabilidad de llevar a Isabel hasta su casa.

—Gracias, Charles —me dijo mientras la ayudaba a bajar—. Christian fue muy valiente al quedarse sólo en ese lugar con ese cuerpo, por favor vuelve lo antes posible con él.

—No te preocupes, las autoridades ya están en camino. Me preocupa más saber como están tus nervios y si te encuentras bien.

—Lo estoy —confirmó con seguridad—, seré la esposa de un médico, este tipo de cosas no deberían asustarme, pero el como aconteció es lo que me tiene los nervios destrozados. El hombre se arrojó justo cuando pasábamos por allí.

—Lo importante es que ya estás en tu casa, con tu tía. Mantente en calma —le dije mientras subí al coche y el chófer ponía en marcha a los caballos.

Yo me alejaba, pero con la vista dirigida a ella hasta convertirse en un punto difuso en la oscuridad. Vi su silueta entrar a la casa y mi corazón quedó tranquilo.

Después de regresar del lugar de los hechos nos detuvimos en la estación de policías a rendir nuestra declaración otra vez. Es agotador el volver a explicar aquellas circunstancias.

Finalmente, ya nos vimos libres de todo aquello.

El médico forense resultó ser un viejo amigo de estudios de mi hermano; dictaminó que no encontró ni marcas o signos de forcejeo, algún indicio de que alguien lo había arrojado desde tan alto. Ya no quedaban dudas: fue suicidio. Pero ¿Por qué? ¿Qué incitaría a alguien a quitarse la vida en una noche tan preciosa como la de ayer? ¿Deudas, depresión, o, en el menos raro de los casos, una mujer? No lo sé y yo mismo tengo mis propios problemas como para perderme en los de alguien más.

Después de esa noche mi hermano comenzó a comportarse un tanto extraño. Cada vez que le hablo tarda en responder, como si estuviera en las nubes. Ayer me confesó su intriga con el asunto del cadáver; más que su muerte lo que le mantenía en vilo era la idea del porqué decidió matarse. Me dijo que el médico forense le contó que tanto en la policía como en el hospital intentaron indagar acerca de la identidad del individuo, pero por culpa de su rostro destruido y después hinchado nadie le podía reconocer.

Incluso yo intuyo que si su propia madre viese el cuerpo ni está tomaría en cuenta que se tratase de un hijo suyo.

—¿No traía ningún tipo de identificación consigo? —continué.

—No traía nada —contestó Christian un tanto apesadumbrado—. Ni siquiera un reloj de bolsillo o una foto. Es como si realmente hubiera ido preparado para morir. Soy doctor, me apasiona salvar vidas y ver a mis pacientes aprovechar una nueva oportunidad, quizá por eso me parece un tanto chocante el asunto de los suicidas. He llegado a atender intentos fallidos, pero ninguno se había quitado la vida frente a mí.

—Te confieso, a mí también me ha quitado el sueño. Por alguna razón tengo pesadillas sobre esa noche y despierto sudando y con la sensación de que algo malo va a pasar.

Y no mentía, desde que mis ojos se encontraron por primera vez con aquel cuerpo he sentido escalofríos cada vez que lo recuerdo. Algo sorprendente, pues en la clase de medicina ya estábamos acostumbrados a ver muertos. Simplemente era algo que no podía comprender.

Compartíamos la misma inquietud, aunque de diferentes formas y así lo manifestamos con total soltura.

Las reflexiones de mi hermano llegaron a tal grado que me confesó sus intenciones de adelantar la boda con Isabel para dentro de dos meses. La noticia me tomó por sorpresa ya que, se supone, sería a principios de diciembre, es decir para dentro de seis meses.

Claro que no tenía ningún argumento válido para oponerme a la decisión de mi hermano, sólo le sugerí que debía conversar con ella para conocer su opinión.

Pues se tomó demasiado bien la sugerencia porque me obligó a ir con él a casa de Isabel para comunicarle la noticia. Ella no lo tomó como algo apresurado y sin juicio; por el contrario, se puso tan contenta que le abrazó.

March 11, 2020, 5:21 p.m. 0 Report Embed 1
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