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Adicción

Nos sentamos en el bar, ella frente a mí, en dos banquetas altas, y pedimos una caña. Ella está ligeramente inquieta, aunque no deja que lo note. Le he dicho que tenía una consulta médica cerca de su casa, pero no termina de creérselo. No quiere, en realidad, creérselo. Pero no me lo dice. Hablamos sobre tonterías. Salseos, planchas, filetes varios. La hago reír. Qué maravilla de risa. Espero que no note que la miro reírse como quien mira los pliegues en el mármol del Moisés de Miguel Ángel, preguntándome, ¿cómo es posible tanta puta perfección? No la risa en sí. La risa en ella, provocada por mí. Es tan espectacular que da rabia.


Cuando creo que ya la he distraído del todo, ella dispara. - ¿Y tú qué, alguna novedad por allí? -. Ella sabe que sí. No he venido por nada hasta aquí. No puede ser sólo la consulta. Ella sabe que no descanso para traerla de nuevo junto a mí, y tiene la esperanza de que por fin lo haya conseguido. Me hago la distraída. Empieza el show.


-¿Te acuerdas del programa que desarrollé? ¿El de la historia? - . Ella fija su mirada, casi puedo ver el reflejo irreal de la luz de la concentración cruzando sus ojos, como si fuera un personaje de Ranma. Responde con la boca más abierta de lo necesario, esbozando una sonrisa pícara. –Sí-. Yo hago esfuerzos por no mover ni un músculo de la cara, no quiero darle pistas. Me mantengo neutra. O eso creo. Mis ojos, como siempre, me llevan mucha ventaja, y ella lo sabe y no me da un respiro. –Lo han comprado. Quieren que empiece a emitir en abril -. Sonrío con cautela. Mi contención me requiere un esfuerzo titánico, pero si consigo el efecto que pretendo, merecerá la pena. -¡Joder, tía, qué de puta madre! ¿Me vais a llamar, no?-. Aquí viene la parte complicada. Mis dotes actorales son lamentables, así que me empleo a fondo. –Pues espero… -hago una pausa apropósito, casi cruel- Pero eso vas a tener que hablarlo con la directora…-. Los músculos de su cara se relajan. Los hoyuelos desaparecen, la boca queda entreabierta. No se esperaba esta respuesta. Voy bien.


-¿Quién lo va a dirigir, Carla?- . Niego intentando no demostrar ninguna emoción. Mi corazón palpita tan fuerte que me da vergüenza que lo oiga. Ella no entiende nada. Frunce el ceño, casi cabreada. -¿Entonces, quién? ¿Lo conozco?-. Primer punto de giro. Es ahora, dejo que mis ojos hagan su trabajo. La miro, inclinando levemente mi cabeza hacia abajo, mirándola casi hacia arriba, levanto las cejas y le sonrío de medio lado. Ella tarda unos segundos en captar el mensaje. Hay un instante de silencio, incertidumbre. Y entonces cae.


Sus cejas se arquean, los ojos incrédulos y su boca entreabierta, en esa posición perfecta con la que podría publicitar un lápiz de labios, dejando entrever los dientes blancos, grandes, alineados. -¡Nooooooooo!-. Su mano derecha, la que estaba en la cerveza, cae violentamente sobre mi antebrazo. Me aprieta tan fuerte que puedo sentir la humedad de la condensación del vaso en su palma atravesando mi sudadera. Le sonrío del todo. - ¿En serio te van a dejar dirigirlo?-. Asiento sin decir nada. -Pero esto es un notición, maricona, qué callado lo tenías-. El corazón me aprieta en el pecho, creo que voy a vomitar. Si lo vas a hacer, hazlo ya.


-De hecho, he puesto una condición-. Su mano, que aún me apretaba, se suaviza, pero no se mueve. Esto le descoloca. –Y me han dicho que sí-. Lo hoyuelos se van de nuevo, expectante. Me pregunta con la mirada. Le estoy poniendo tan nerviosa que casi está molesta. –He pedido que, ya que es lo primero que voy a dirigir, me dejen tener a alguien de confianza en la subdirección, alguien con quien sepa que voy a trabajar cómoda, que me ayude-. No entiende muy bien a qué viene esto, ella ya estaba preparada para preguntarme si la iba a llevar, y no comprende este desvío. Pero disimula. Se rehace de la decepción y contesta con elegancia. –Claro, normal, ¿y a quién te ponen? ¿Alguien de la productora? ¿Elena?-. Segundo punto de giro. Traca final. Ofensiva definitiva, todo en el asador.


Vuelvo a guardar silencio. Inclino la cabeza, levanto tímidamente una ceja y sonrío, de nuevo de medio lado, mirándola tan fijamente que me podría oír pensar. Silencio. Más largo que el anterior. Creo que le cuesta llegar a lo que le estoy queriendo decir, en parte porque no cree que sea posible, en parte porque le aterra que lo sea. Pero al final no le queda más salida que entenderme. Y cuando me entiende, se desarma.


La mandíbula se descuelga. El reflejo de concentración del principio vuelve a cruzar sus iris, pero esta vez con un cariz más profundo, como de tristeza y felicidad todo en uno. Sé lo que viene, y ese conocimiento me hace disfrutar de este momento como si cada segundo contuviera diez más. Silencio, levanta la mano que tenía sobre mi brazo y la deja en vilo. Abre la boca, incrédula, y durante un instante no emite ningún sonido. Como un grito mudo brevísimo al que sigue su ya clásico: -¡¿QUÉ?!-.


El placer que me produce este momento lo encuentro indescriptible. Noto las endorfinas fluir por mi torrente sanguíneo. Metadona de vanidad. Pienso que ojalá no pestañear para no perderme ni un fotograma de su reacción. Ella chequea de nuevo, como si una parte de ella prefiriera que todo se tratara de una broma. -¿Me estás diciendo que has puesto como condición que yo sea la subdirectora? ¿Y te han dicho que sí?-. Lo ha preguntado más seria que entusiasmada. Todo el peso de la noticia le ha caído encima y ahora mismo no sabe cómo gestionarlo. Tiene una mirada que no le había visto nunca. Yo asiento sonriéndole y le tiendo la mano sobre la mesa, palma arriba, para reconfortar el desasosiego que siente. No la ve. Está bloqueada. –Pero… ¿cómo voy…? ¿Cómo vas…?-. Y pasa. No voy a negar que lo esperaba. Sabía que era una posibilidad. Quizá haya algo de sádico en esperar las lágrimas de una persona al darle una noticia. Pero es así. ¿Quizá me hubiera decepcionado si no acontecían? Puede. Ligeramente. Pero pasa.


Los ojos se le cubren de una capa cristalina en cuestión de segundos y se quita las gafas. Viéndolo inevitable, decide anunciarlo. –Tía, es que me voy a poner a llorar-. Tiene una manera de disimular el llanto que encuentro muy tierna, escondiendo los sollozos entre las palabras. Como si las tosiera. –Es que… tía… ¿pero, cómo…?-. En mi interior se está librando una batalla épica entre mis ansias de correr a consolarla y la razón que exige paciencia, mesura, control. Estoy al borde del infarto. Todo mi cuerpo, mi piel, mis órganos, mis terminaciones nerviosas, todo está ardiendo. Es ella, en la posición más vulnerable del mundo, frente a mí, gracias a mí. No hay nada mejor para una yonki de la gratitud. Y como quien sucumbe al pinchazo, disfruto del viaje. Cuando yo no aguanto más y ella ya no sabe dónde esconder las lágrimas, me levanto y rodeo la mesa. Mi voz suena ahora mucho más mullida. -Pero no llores…-. Le miento. Porque me encanta que llore de emoción y felicidad por algo que le he conseguido yo. Eso me coloca en la cima. Lo alto de la pirámide de las personas buenas para ella. Ahí estoy yo. Su heroína. Mi heroína.


Me acerco a ella con suavidad, ella se gira sobre la banqueta. Le tiendo los brazos y ella se lanza con más ímpetu del que esperaba, sin levantarse. Pasa sus brazos por debajo de los míos y me trae hacia ella, apoyando su cabeza en mi hombro, girada hacia mí. Yo la rodeo y le acaricio la espalda. Ella me aprieta y yo le devuelvo la tensión, un poco más fuerte, un poco más larga. Y entonces se deja ir. Retira sus brazos de mí para taparse la cara, pero no se aleja. Simplemente llora, llora como si no hubiera nadie más. Como si no estuviera tampoco yo. Solloza sin freno apoyada en mí, mientras yo la abrazo con toda la felicidad de quien tiene estas situaciones como droga.


No me muevo, ni hablo. Sólo me mantengo allí de pie frente a su banqueta, entre sus piernas, apretándola contra mí cuando los sollozos se hacen más fuertes y dándole un beso en la frente cuando se calma. Finalmente, recupera algo de aire y se incorpora un poco para buscar un clínex. Yo, que los divisaba en su bolso entreabierto, me adelanto y le alcanzo uno. Ella recupera su posición en mi hombro, pero esta vez girada hacia fuera. –Lo siento, tía… Menudo cuadro-. La disculpa, aunque esperada, me enternece a niveles estratosféricos. Niego con la cabeza un “no lo sientas” que no vocalizo, pero escenifico apoyando mi mejilla contra su pelo. –Lo tenías bien calvado…-. Pero ella insiste, una vez pasado el shock, está transitando hacia la vergüenza. –Joder, es que… son muchos años, ¿sabes? Y muchas hostias, y muchas veces que ves cómo nadie…-. El dolor que le produce verbalizarlo le hace retroceder hacia el nudo en la garganta. Ella lo lucha. –Y que por fin alguien me…-. Se vuelve a tapar la cara y apoya su frente en el hombro. Y vuelve a toser palabras sueltas entre lágrimas. Yo le acaricio la cabeza, le doy un beso y la aprieto de nuevo. Esta vez más fuerte que nunca. Ya no hay autocontrol que valga. Hemos llegado hasta aquí, voy a exprimir lo que queda. –Te dije que yo iba a arreglar eso en cuanto pudiera- ella suelta una carcajada –ha sido más rápido de lo que esperaba, eso sí-. Se limpia la cara con el clínex y mueve su brazos bajo los míos, rodeándome. Gira su cabeza, y haciendo una parada para darme un beso de ternura infinita en el hombro, apoya su mejilla sobre mí. Me aprieta, y yo le devuelvo el regalo apoyando su frente en mi sien y abrazándola tan fuerte como permiten los límites de lo razonable. –Muchas gracias-. Le doy un beso en la frente y recupero la tensión antes de que el momento termine. Ella me regala unos segundos más. Como quien lleva minutos aguantando la respiración, suspira, agotada por el esfuerzo, y relaja sus músculos hundiéndose más en mí. Y yo pienso que no hay un sentimiento más puro, más intenso, más precioso que éste. No hay revelación, ni atracción, ni contacto físico que supere el abrazo de alguien a quien quieres y admiras demostrándote gratitud sin coraza. La verdadera complicidad, el verdadero amor. Mi única adicción.

Feb. 11, 2020, 5:30 p.m. 0 Report Embed 0
The End

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