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dan-aragonz1552556782 Dan Aragonz

Dos niños quieren tener el amor de su madre.


Short Story Not for children under 13.

#CIELO-AMARILLO
Short tale
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CIELO AMARILLO




Una fuerte ventisca, que sacudió el campo de girasoles frente a la granja, tiñó el cielo de amarillo por un breve instante. Los gemelos, atentos a su madre que leía un cuento en voz alta, dejaron de prestarle atención cuando una nube de pétalos dorados arrastrada por el viento los atravesó a los tres.
La mujer se agarró el sombrero de paja y, entre una mirada infantil cómplice con uno de sus hijos, alcanzó a ver desaparecer la llamarada de flores sobre su cabeza.
Su hijo, no vidente, en cambio, no tuvo la misma suerte. Solo pudo imaginarse el color que murmuraba su hermano y su madre mientras él se acomodaba las gafas oscuras que tapaban su problema de nacimiento.
La madre retomó el libro, a la altura de sus pechos vacíos, y volvió a la lectura. Los gemelos, igual que un par de cachorros hambrientos, se acomodaron junto a las piernas de su madre, nuevamente, para oír su suave voz.
—Y así la familia pudo reunir el dinero suficiente para viajar a la ciudad y ayudar a su perrito enfermo—dijo sonriendo y dejó de leer cuando su hijo sano se alejó hacia la casona, sin decir nada.
— ¿Qué no piensas quedarte para saber el final?— pero el pequeño entró a la casa y cerró de un portazo.
Ella continuó acariciando la frente del otro, quien la oía leer como si su voz fuera la melodía más hermosa que jamás había escuchado.

Por la noche, mientras los gemelos cenaban frente a la llama de una vela, que evitaba despedirse en medio de una danza agónica, un fuerte soplido entró por la ventana.
— ¿Qué hiciste ahora?— dijo la madre, a oscuras, desde la cocina, enfadada.
—Yo nada, Mamá—dijo el niño que cogió la cajita de cerillas sobre la mesa y volvió a encender lo que quedaba del cirio.
—No hagas tonterías, por favor— y le arrebató los fósforos de las manos.
—Yo no fui. Te lo juro. De seguro que fue este…—pero cuando miró su hermano ya no estaba a su lado.
La madre se quedó en silencio y recogió de la mesa los restos de comida de ambos platos, tratando de evitar que el rosario, que colgaba de su cuello, no se manchara.
—Si tengo suerte, mañana en la ciudad venderé los girasoles y quizás las señoras de la caridad me regalen otro cirio.
—No me gusta esa gente de la iglesia a la que vas.
—Y a mí que hagas tonterías. Deberías estar en la cama como tu hermano. Ya son las nueve.
Enfadado, se levantó de la mesa y se llevó la candela hasta su habitación. Cuando entró oyó a su hermano ciego que estaba bajo las mantas.
— ¿Puedes leer en voz alta?
Sin embargo, dejó los restos del cirio encendido sobre la mesa, en medio de los dos catres, y sacó el cuento de debajo del colchón y no le respondió.
Cuando comenzó a leer, en silencio, el ciego insistió con voz alegre.
—Quiero escuchar, nuevamente, lo que pasa con el perro. ¿Puedes leer más alto?
Pero como su hermano no le hizo caso, se dio vuelta hacia la pared y se quedó dormido.
Cuando le quedaban pocas páginas para terminar el libro, un fuerte soplido lo dejó a oscuras. Sin poder ver nada, tanteo la mesilla, cogió una cerilla y la encendió. Pero otro soplido, que no supo de dónde provino lo dejó a oscuras, nuevamente. La ventana estaba cerrada.
Asustado, se levantó descalzo y como pudo llegó apoyado de las paredes al cuarto de su madre. Pero como sabía que solo obtendría un reto como respuesta regresó a su habitación y se quedó dormido.

Por la mañana abrió los ojos y mantuvo cubierta su cara con la manta. Le avergonzaba que su madre supiera que había faltado a la escuela. Pensando en qué iba a inventarse, escuchó la bocina del autobús y abandonó la cama.
Cuando llegó a la sala y vio llegar a su hermano con la gafas negras de siempre le dijo, curioso.
— ¿Qué te preguntaron en la prueba del libro?
—La suspendieron.
— ¿Cómo qué la suspendieron? Me estás mintiendo—dijo enfadado, y su hermano avanzó por el pasillo tanteando la pared y entró a su habitación, sin decir nada.
La puerta de la entrada se abrió, repentinamente, y la madre, que venía contenta, colgó su sombrero detrás en el perchero y dejó la bolsa de la compra sobre la mesa.
— ¿Qué tal la escuela?—y la mujer dejó el dinero que había sacado de la venta de las flores también sobre la cubierta— ¿Terminaste de leer el cuento, verdad?
Y cuando iba a responder con la verdad, oyó a su hermano que salía de la habitación.
—La suspendieron para mañana.
— ¿Cómo que la suspendieron?
—Sí. Porque faltaron muchos niños hoy, mamá—y ella sonrió y atrajo a ambos con sus delgados brazos hasta su vientre.
—Entonces aprovecharemos la tarde, juntos, y lo leeremos una última vez.

A eso de las seis de la tarde, la mujer organizaba los pedidos de girasoles de la semana en una hoja de papel. El niño ciego imitaba con su silbido a los pájaros y su hermano, desde la ventana de la habitación, lo observaba con una cerilla encendida en la mano.
Cuando el ciego dejó de silbar, escuchó a su hermano a lo lejos.
— ¿Dónde escondiste el cuento?
— ¿De qué estás hablando?
—Vamos, necesito saber qué paso con el perro. ¿Lo escondiste, verdad?
—Yo no lo he cogido, hermano.
—Sé que lo escondiste, tonto. Déjate de bromas.
—Aunque lo hubiese hecho, no te serviría de nada.
—Me estoy enfadando y no me importa que seas el perrito enfermo de mamá.
—No me amenaces—dijo el ciego, que se quitó las gafas, se acercó a la ventana y expuso su cara sin defenderse a su gemelo—Además no te sirve de nada leer el libro. Ya hicieron la prueba y cuando mamá se entere que no fuiste a la escuela recibirás lo que mereces— y el ciego se dio la vuelta, entró a la casa y dejó a su gemelo hablando solo.

En mitad de la noche, en su desesperación, en medio de la oscuridad, despertó a su hermano ciego.
— ¿Qué pasa? ¿Ya es hora de ir a la escuela?—dijo el niño, desanimado, sin quitarse la almohada de la cara.
—No. Solo quiero saber qué pasa con el perro.
— ¿Qué perro?—dijo el no vidente.
—El del cuento.
—No te lo voy a decir. Eso te pasa por no escuchar a mamá—dijo el ciego, y se puso a reír—Parece que el perro enfermo es otro.
—Vamos dime. No seas mal hermano.
— No insistas—y se reincorporó sobre la cama, se puso los zapatos y abandonó el cuarto.
Como pudo se arrastró por las paredes hasta llegar a la habitación de su Mamá, quien no le dijo nada cuando este subió a la cama y la abrazó.
Su hermano, a pesar que no veía nada por la oscuridad, fue hasta la cocina y cogió una caja de cerillas, las flores que mamá no había vendido en la ciudad y las regó sobre la cama donde ella y su hermano dormían.

Por la mañana, mientras lloraba y miraba la casa desde el patio, sintió que alguien le tocó el hombro.
— ¿Hay alguien más dentro? — dijo un bombero, que hacía gestos para que sus compañeros, que arrastraban más rápido la manguera, entraran a controlar el incendio.
—No lo sé—dijo el niño, que se limpió las lágrimas—Yo no vi nada— y se puso las gafas.
Las llamas volvían el cielo amarillo y crecían por un fuerte soplido que no se sabía de dónde provenía.

Feb. 6, 2020, 3:48 p.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

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