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dan-aragonz1552556782 Dan Aragonz

Un guerrero visita un pueblo perdido en busca de Akramea.


Fantasy All public.

#AKRAMEA
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AKRAMEA




En Chambers se celebraba la fiesta más famosa del reino. Hasta la pocilga de Nodos, el deforme, habían llegado decenas de errantes para saciar sus vicios y disfrutar del sórdido ambiente de la taberna. Sabían que en ese pueblo allí se preparaba el mejor licor de raíz de la zona, además de una carne asada preparada por su propio dueño.
Sin embargo, Nodos desconfiaba de las dudosas batallas y paisajes inimaginables que se murmuraban bajo la tenue luz de las antorchas colgadas de los muros de piedra de su bar. Por la sencilla razón que no eran más que ladrones y estafadores que venían a cerrar sus turbios negocios en su antro.
Dejó de limpiar la barra y observó, claramente, como las jarras derramaban la bebida entre el brindis entre fortachones de barbas tupidas y extrañas criaturas de reinos lejanos. Las mujeres a su vez danzaban sobre las mesas y emitían guturales quejidos como muestra de su instinto primitivo para atraer a sus nuevos clientes. Lo que era suave y dulce música para los oídos de Nodos y el cajón de monedas que manejaba bajo la barra.
Afuera, en las construcciones de piedra y pasadizos sin salida, donde se engañaba a los visitantes con trueques y monedas falsas, los ignorantes campesinos entonaban canticos y derramaban la sangre de las gallinas degolladas, que sostenían entre sus manos, en agradecimiento a las benignas aguas caídas del cielo y al crecimiento de los campos. Siempre enalteciendo la majestuosa imagen de Wilmar, el rey de Chambers. Hombre que, como contaba la leyenda, había sido capturado en batalla contra los horribles ogros de la montaña muerta y decapitado por un verdugo de nombre desconocido.
A Odan, el salvaje, que venía a bordo de su caballo después de varios días de viaje, los extraños bailes de los campesinos no le sorprendían. A él simplemente le interesaba encontrar lo que buscaba y entre esos hombrecillos no estaba la solución a su maldición.
De seguro en la taberna, donde escuchaba gritar a mujeres y borrachos, le dirían algo. Y si no, su espada de hierro que descansaba sobre su espalda, que parecía un muro de piedra sólida, los obligaría a hacerlo.
Dejó a su compañero fuera del bar y entró.
Las miradas de los presentes, al verlo cruzar y dejar su escudo de madera sobre la barra eran de absoluta desconfianza.
Sin embargo, eso a él lo tenía sin cuidado. Sabía que aquel lugar estaría lleno estafadores que esperaba no reconocer si es que se los había cruzado alguna vez. Odan solo necesitaba tomar una jarra de licor y apagar el fuego que lo quemaba por dentro después de tan largo viaje.
Nodos, el deforme, al verle acercarse no tardó en llenarle una jarra con licor de raíz.
—No quiero problemas en mi bar—le dijo con su grave voz, al ver que cargaba una filosa hoja de acero sobre su espalda.
Sin embargo, Odan lo miró y no dijo nada. Solo dejó caer una bolsa de monedas sobre la cubierta. Luego sacó un par de ellas, las dejó caer sobre el mesón y estás rodaron durante unos segundos eternos para todos los curiosos que miraban atentos bailar el oro sobre la barra.
De un sorbo se acabó la jarra.
—Busco a Elvrich, el mago—dijo en voz alta, y escuchó una silla, que raspó el piso con un tosco sonido, y un balbuceo de continuo desagrado que se acercaba por su espalda.
En un ágil movimiento esquivó a su agresor, agarró su cabeza y lo neutralizó. Con sus fuertes brazos como si fuera una potente tenaza redujo al gigante, que lo doblaba en tamaño, y en vez de rajarle el pecho con el filo de su espada, hundió su horrible cara de ciclope en una vasija llena de licor para que se ahogara.
Pero Nodos golpeó la cubierta.
— ¡Basta! ¡Ya te lo advertí hombre salvaje!—y el cantinero, enfadado, indicó a tres borrachos, sentados en una mesa, que sacaran la cabeza del gigante de la vasija.
—Busco a Elvrich—dijo Odan, nuevamente, y abrió su pesada bolsa de monedas sobre la barra.
Nodos pasó un paño sobre la barra e indicó a todos quienes miraban atentos desde las mesas, con un simple gesto de su mentón, que dejaran de chismear y se preocuparan de sus asuntos.
—Una jarra más y te largas, guerrero—dijo Nodos y seguido se arrimó a atender a una mujer que contaba sus ganancias a un costado de la cubierta.
El guerrero bebió otro sorbo de licor y barrió el antro con su mirada; las decenas de borrachos abandonaron la pulpería y se escuchaban sumarse a los cánticos de los campesinos, quienes continuaban fuera derramando la sangre de animales muertos en agradecimiento al rey fallecido de Chambers.
Odan estaba a punto de levantarse cuando un anciano de largo cabello blanco se acercó a la barra. El viejo, sin decir nada, dejó al descubierto unos extraños cristales de colores sobre la cubierta, pero Odan no le prestó atención.
Nodos se acercó a los diamantes, hipnotizado, y los cogió entre sus gruesos dedos. Los contempló hasta que su dueño le golpeó las manos con su bastón.
— ¿Buscas a Elvrich?—dijo el viejo que miraba con atención la bolsa de monedas—Soy Slav y si necesitas algo solo tienes que pedirlo, jovencito.
Pero el guerrero lo miró y no le respondió.
Se alejó de la barra y se dio cuenta que el anciano insistente le seguía el paso.
Abandonó el antro y al salir vio a dos borrachos que rodeaban a su caballo. El animal relinchaba tratando de zafarse de las cadenas que le habían lanzado al cuello. Odan enfurecido corrió hacía ellos y con el brillo de su espada de hierro forjado espantó a los ladrones.
—Si andas en busca de magia tienes a Aguara—dijo Slav, que venía detrás apoyado de su bastón de madera— Tiene trucos, pero nada fantástico—y el anciano, que no despegaba su mirada de la bolsa de monedas de Odan, levantó su bastón en dirección a los campesinos que rodeaban el espectáculo de la hechicera.
—Solo te lo voy a preguntar una vez más anciano ¿Sabes dónde encuentro a Elvrich?—, y obligó al viejo, con la punta de su espada, que quedó delante de la cara arrugada del hombre, como una cobra hipnotizada a punto de lanzarse en ataque, a que le contestara.
—Dicen que está muerto—dijo Slav— ¿Por qué lo buscas? ¿Te debe algo?
Pero Odan no le respondió.
Guardó su espada y se arrimó a su caballo. Su compañero parecía inquieto porque no le gustaba la gente del pueblo de Chambers. Al montarlo, su largo cabello negro, similar a un lobo nocturno, cayó sobre su torso desnudo y se arrimó con calma a mirar el espectáculo de la hechicera, mientras la noche bajaba sobre el pueblo.
Los campesinos habían dejado de entonar canticos alabando al rey muerto de Chambers, y Aguara, mitad mujer, mitad serpiente, mantenía entretenidos a los hombres con sus trucos baratos de magia para hacerse, cuando estuvieran desconcentrados, con sus pertenencias.
Odan rodeó el circulo de hombres, que contemplaba a la hechicera, cuando un humo blanco cubrió todo a su alrededor. La bolsa de monedas le era arrebatada de su cinturón, y eso, lo enfadó. Apenas la respiración de la mujer resonó en el aire y delató su posición, Odan lanzó su espada como un boomerang contra su escondite, y la mutante cayó del árbol junto al botín robado.
Los borrachos, al salir de su trance, se abalanzaron sobre la bruja para recuperar sus míseras fortunas. Aguara, en cambio, mareada, sin saber qué había cortado la rama donde se camuflaba, saltó de susto cuando el caballo de Odan relinchó.
—No le agradas a mi compañero—le dijo Odan, que se bajó del animal, recuperó su espada, que regresaba volando, y le pisó la cola a la ladrona— Pero si me dices donde está Akramea, te dejaré libre.
La hechicera abrió sus ojos de reptil y sacó su bípeda lengua antes de contestar.
—No puedo ayudarlo, mi señor. La ciudad de Akramea es solo un mito. No existe.
— ¡Mientes, mujer serpiente!—dijo Odan y levantó su espada para cortarle la cabeza.
— ¡No lo haga, señor!—dijo Aguara en tono sumiso—Lo único que puedo decirle mi señor, es que Elvrich puede ayudarlo. Pero…
— Está muerto, lo sé.
— ¿Muerto? ¿Ese sin vergüenza? Muerto debería de estar por engañar a tantos forasteros.
— ¡Habla mujer serpiente! ¿Dónde lo encuentro?— y la agarró del cuello, mientras la hechicera se sacudía porque se ahogaba por la presión de los dedos de Odan.
—Está en el bar, mi señor—dijo la hechicera, apenas.
— ¡Mientes! He estado allí y un anciano me ha dicho que... Un momento—dijo Odan y soltó a Aguara, que cayó al piso.
—Puede tomar la forma que quiera ese viejo brujo—dijo Aguara mientras miraba como Odan se alejaba hacia el bar.
La hechicera compuso su respiración y contó las monedas que le quedaban en la bolsa. La mayoría eran solo trozos metálicos de escaso valor que carecían poder llegar a pagar una jarra de licor.
Se enfadó cuando pensó que, quienes la timaron, se gastarían su dinero en las termas de las mujerzuelas del bar.
Sin embargo, se olvidó de eso y buscó un escondite, apenas vio que la puerta del antro de Nodos voló por los aires junto con su dueño, Nodos.
Odan salió detrás cargando del cuello a un enano que intentaba liberarse del guerrero.
— Así que tratabas de engañarme, Elvrich—y su caballo al oírlo se levantó de su descanso— Te lo preguntaré una vez más ¿Dónde está Akramea?
Y la mujer serpiente salió de su escondite y se acercó arrastrándose a Odan—Es solo una leyenda, mi señor.
— ¿Es verdad lo que dice la hechicera?—dijo Odan, mientras sacudía al enano con sus manos.
—Suéltame que me haces daño, maldito salvaje—dijo Elvrich, tratando de zafarse.
—Entonces, habla de una vez o mi espada de cortará en trocitos.
—Siento defraudarte salvaje. Pero el único que sabe cómo llegar a la ciudad de Akramea es Blokham, el oscuro—dijo Elvrich— Pero quien ose interrumpir su sueño sufrirá con su veneno por la eternidad.
—No seas embustero, Elvrich. Esa ciudad es una mentira. No existe. Solo tratas de engañar a mi amo—dijo la mujer serpiente.
— ¡Calla Aguara! Y guarda tu asquerosa lengua para engatusar a esos campesinos desagraciados. Solo Blokham, el oscuro sabe cómo llegar a la majestuosa ciudad de Akramea—y Odan soltó al enano que se golpeó contra el piso.
— ¿Dónde encuentro a ese Blokham? —dijo el guerrero, y silbó a su caballo que corrió en círculos junto al enano con una cuerda en la boca y le rodeó las piernas hasta que el pequeño mago cayó al suelo.
—No lo sé. Solo sé que vive cerca del pantano eterno—dijo Elvrich que se levantó del piso sin darse cuenta que estaba amarrado de los pies.
Odan montó a su potro negro y se alejó a paso lento, arrastrando al enano, que trataba de ponerse de pie. Sabía que Elvrich, el mago, en algún momento soltaría la lengua.
Aguara, la hechicera, intrigada por la revelación del enano, solo observó cómo se marcharon y se perdieron a lo lejos.

Tras varias horas de caminata bajo los cuatro soles, Elvrich desistió de su cabezonería y entró en razón. Como no soportaba el dolor de sus pies, de su boca seca, producto del polvo que había tragado durante todo el camino, murmuró.
—Detente cabeza de piedra. Hemos llegado.
Odan tiró de las riendas y abandonó a su caballo de un salto. A su alrededor, una gran cueva, que parecía derrumbarse parecía ser el hogar de Blokham, el oscuro.
En la otra dirección, un extenso lago de agua podrida, como las tierras gélidas de Himalú, apenas se movía por el viento. Lo único agradable en ese lugar era un verde prado a la orilla del pantano que relajó con su hermosura al fuerte guerrero.
Sin embargo, al darse cuenta que su caballo también caía en un estado de somnolencia, desenvainó su espada y le cortó una oreja a Elvrich que continuaba atado a la cuerda.
— ¡Tratas de engañarme, nuevamente, enano maldito!—dijo Odan, que dejó de prestarle atención a los cabellos verdosos de aquella vegetación que ya no se sacudían con la corriente del Este.
— ¡Maldito salvaje!—gritó Elvrich, que contuvo la oreja que le colgaba con ambas manos y se desató de las cuerdas aguantándose el dolor.
— ¿Esa es la guarida de Blokham o no?—dijo Odan y con una palmada en la cabeza ordenó a su caballo que se quedara cerca— Es la última vez que te lo pregunto.
—Dicen que vive allí, pero yo nunca lo he visto—dijo el enano, que sacó algo de su bolsillo, similar a un rollo de hilo, y se cosió la oreja cortada probando si podía volver a escuchar.
Odan avanzó hasta la rocosa entrada, que emulaba las fauces de una colosal bestia. Mientras la sombra de la entrada comenzó a extenderse sobre su espalda. A medida que se internaba en el irregular túnel, un pesado olor a magia negra, invadió sus pulmones y sacó su espada para estar alerta si era una trampa del enano.
Más adelante, cuando la sombra cubrió toda señal de luz externa, Odan guardó su espada al ver que el lugar estaba deshabitado. Sin embargo, cuando continuo avanzando, escuchó que algo aleteaba rápido chillando como una rata y se acercaba volando desde el fondo hacia él.
En un movimiento certero lo atravesó con su espada y lo lanzó lejos al sacudirla. Era un amorfo engendro, de alas similares a un cuervo y el hocico de un lobo. La criatura manchó de sangre la pared y se arrastró hasta caer y azotarse contra el piso.
—Muy bien hecho—dijo Elvrich, que apareció por su espalda con la oreja pegada con hilo—Acabas de matar a la única criatura que podía decirte donde se encuentra la ciudad de Akramea.
—Ese bicho alado no puede ser Blokham ¿Estás mintiendo?
—Claro que no, cabeza de piedra. El problema es que yo tampoco sé cómo luce Blokham, el oscuro—dijo el enano.
— Espero que no trates de engañarme.
—Es la verdad. Nunca nadie lo ha visto— y puso atención al final del túnel donde solo había oscuridad.
—Más vale que camines delante de mí—dijo Odan, insinuando sacar su espada para cortarle esta vez más que una oreja.
Elvrich hizo aparecer un trozo de madera que encendió con su magia y se adelantó por el túnel. El improvisado fuego entre sus dedos solo iluminaba un radio menor.
—Es hora de regresar a Chambers—dijo el enano—Aquí no hay nada. Me temo que aquella historia no sea más que una mentira.
Sin embargo, cuando dio un paso más se detuvo en un movimiento reflejo; un extenso precipicio se extendía delante de ellos y el olor a magia negra en esa zona era insoportable.
Odan se detuvo delante del abismo y sin previo aviso le cortó la mano a Elvrich con su filosa espada. El enano se sacudió de dolor y su mano que cargaba el fuego cayó e iluminó parte de la oscuridad. Pero no reveló nada a pesar que descendió hasta que tocó fondo. Sin embargo, lo que vieron, cuando Odan obligó al enano a asomarse al abismo y aumentar la potencia del fuego con su magia, los sorprendió; una montaña de diversos especímenes de huesos de todos los tamaños se alzaba y en su cúspide el brazo mutilado del enano iluminaba con su llama de fuego.
—Vámonos. No es buena idea seguir aquí—dijo Elvrich, y otra brazo le creció donde antes no tenía y se alejó del abismo y regresó a la entrada.
Odan no le hizo caso y miró el precipicio una vez más. Necesitaba hallar a ese Blokham, el oscuro, para regresar a sus tierras. El polvo de los huesos en el aire sería el único recuerdo que se llevaría a la montaña si no lo encontraba. De pronto, su caballo que lo esperaba fuera de la caverna, relinchó. Conocía a su compañero y sabía cuándo estaba en peligro.
Echó a correr hasta la entrada. Cuando llegó vio al enano que miraba como el animal daba vueltas en círculo y lanzaba patadas sin razón.
—Yo no le he hecho nada a tu caballo—dijo el Elvrich, en tono afable, esperando que su rastrera actitud lo transportara de vuelta a Chambers.
— No es por ti—dijo Odan, que sacó su espada cuando vio que del pantano, un enorme y escamoso hocico salía a flote—Es por Blokham, el oscuro.
— ¡Corre! —dijo Elvrich, cuando vio la enorme cabeza de la criatura fuera del agua.
Su inmenso lomo, cubierto de escamas, se asomó y sus alas se azotaron en el aire en un choque estridente. Tras despegarse del pantano en dos aleteos, se elevó el doble de su tamaño y su colosal sombra cubrió el rostro sorprendido de Odan y Elvrich.
—Debes convencerlo de que me diga cómo encontrar la ciudad de Akramea—dijo Odan, y empuño su espada con ambas manos, mientras miraba como el enorme dragón eclipsaba los cuatro soles.
— ¡Búscate la vida!—dijo el enano, y corrió hacia la cueva buscando refugio.
Blokham, el oscuro, que descendía aminorando su poderoso aleteo, posó sus enormes patas cuando aterrizó a pocos metros del guerrero. Cuando lo tuvo de frente le lanzó una ola de fuego que por un momento cubrió a Odan que enaltecía su espada como escudo.
Sin embargo, el guerrero al empuñarla, como si sostuviera el peso de una montaña, contuvo el ataque. El fuego solo lo cubrió sin hacerle el menor rasguño y su caballo que iba a socorrerlo, desistió de hacerlo cuando el dragón Blokham lo espantó con su aliento.
—Antes de matarte por despertarme de mi largo sueño, quiero saber algo— dijo el dragón, mientras estiraba sus alas y acercaba su rostro a Odan— ¿Por qué llevas contigo la espada de Hokwar de la montaña?
—Eso no te importa Blokham, el oscuro. Te perdonaré la vida si me dices como encontrar la ciudad de Akramea—dijo Odan, mientras observaba como el dragón se reía y algo de humo salía de sus fosas nasales.
—Podría matarte ahora si quisiera, pero si conoces a Hokwar puedes marcharte. Te perdonaré la vida solo esta vez. No puedo luchar con quien conoce a un viejo amigo—y el enorme dragón replegó sus largas alas sobre su lomo.
—Hokwar está muerto.
Y Blokham dejó salir algo de fuego de su aliento por su enojo.
—Debo encontrar a Akramea para poder regresarlo a la vida.
—No puedo ayudarte, discípulo de Hokwar—dijo Blokham, y salió de su posición de descanso y aleteó con la intención de regresar al pantano que se meneaba con los poderosos pasos del dragón— Akramea solo abre sus puertas a quienes llevan valiosos tesoros.
—Pues tenemos el tesoro más valioso que puede existir por estas tierras—dijo Odan, y silbó hacia la cueva.
— ¡Elvrich! ¡Trae la joya que cargamos durante todo el camino!
Blokham, curioso, giró su largo cuello y vio al enano, que se acercaba cargando un brillante diamante entre sus manos apenas podía cargar entre sus brazos.
—El Miratum será más que suficiente para abrir las puertas de Akramea—dijo Odan y bajó su espada y le quitó de un manotazo la joya al enano, que miraba temeroso al inmenso dragón que desplegaba sus alas y las sacudía con fuerza.
—Si tratan de engañarme juro que sufrirán por la eternidad—dijo Blokham, que extendió sus alas y bajó su mentón hasta el piso—Los llevaré hasta la ciudad de Akramea.
Odan no dijo nada y abordó por el cuello a la bestia y se aferró a la gruesa coraza del dragón. Elvrich, nervioso, tratando de no pisarle la oreja a Blokham, cayó sobre sus escamas tras el brusco movimiento con que el dragón despegó de un brinco de la tierra y emprendió el vuelo.
En un abrir y cerrar de ojos dejaron atrás el pantano, que se convirtió en una pequeña mancha brillante mientras ascendían hacia las nubes. Al internarse entre la nubosidad perdieron de vista la tierra.
Sin embargo, cuando dejaron atrás la montaña blanca de nubes, que no dejaba ver nada, se quedaron asombrados al verse sobre una superficie de color naranja brillante como la fruta más dulce jamás imaginada.
A lo lejos, un enorme palacio de dimensiones inimaginables y detalles arquitectónicos hipnóticos, flotaba en el aire sobre un enorme relieve de roca magnética. Se decía en leyendas que los antiguos dioses habían ocupado aquella piedra para crear aquel planeta.
Al aterrizar sobre las nubes donde se podía permanecer de pie, antes de acercarse a la enorme entrada de aquel descomunal palacio, que parecía salir, con sus torres más altas de los límites del reino, Elvrich vio a dos sujetos con armaduras que se acercaban a toda velocidad corriendo y cargaban entre sus manos unas lanzas que parecían tener la cabeza de una serpiente en la punta.
— ¿Que buscan en las tierras del rey de Akramea?—dijo uno de los guardias, que se detuvo y miró con desconfianza a Odan que sostenía entre sus manos el Miratum.
—Venimos a hablar con su majestad para ofrecerle una ofrenda en agradecimiento por su dedicación a nuestras miserables vidas—dijo Odan, que miraba atento al otro guardia.
— ¿De dónde vienen forasteros?—dijo el guardia que miraba al dragón como si quisiera quedárselo como mascota.
—Somos oriundos de la tierra de Himalú y sin la grandeza de vuestra alteza, no podríamos sobrevivir a las poderosas inclemencias que nos azotan cada temporada—dijo Elvrich.
—El rey los recibirá en el círculo central. Pero deben entregarle lo que traen y no hablar demasiado. No le gusta malgastar su valioso tiempo.
—A su orden, señor—dijo Elvrich, que miraba como Blokham en sus ojos deseaba bañar con fuego a los guardias.
Caminaron por la nubosidad que parecía disolverse a medida que avanzaban hacia el castillo.
—No mires abajo—le dijo Blokham al enano, que avanzaba sacudiendo sus alas levemente por si debía reaccionar y emprender el vuelo.
—Silencio—vociferó Odan, cuando vio que se acercaban a una enorme estatua ubicada en el centro de una plazuela central redonda, rodeaba de enormes columnas de diseños extravagantes y recubiertos con los metales más preciosos que había visto en su vida.
—Pero si esa es estatua es la imagen de...—pero una voz omnipresente calló a Elvrich.
—¿A que debo su visita?—dijo la voz de un hombre, que descendió de una de las torres levitando y sacudiendo su larga capa azul al caer a pocos metros de las estatua que era su vivo retrato.
— ¿Qué te pasa enano?—dijo Odan cuando vio la cara de Elvrich que observaba con atención y sorpresa al rey de Akramea
—Es Wilmar. Todos en Chambers creen que está muerto. Pero era verdad ese rumor que era capaz de vender a su pueblo por su ambición—y le arrebató el diamante a Odan de las manos.
— ¿Quien los ha enviado?—dijo Wilmar, a los visitantes.
—Solo venimos a pedirle su majestad que me acompañe hasta la montaña de hierro para volver a la vida a mi maestro, Hokwar el sabio—dijo Odan, y ordenó a Elvrich con una mirada que le entregara la ofrenda brillante que cargaba entre sus manos.
—De eso nada—dijo el rey, que lanzó un rayo que volvió a su estado fosilizado el falso diamante—Han osado robar mi tiempo y me pagaré de su ofensa con sus miserables vidas—y lanzó otro rayó de mayores proporciones sobre la enorme estatua que de inmediato despegó sus rocosos pies de la base circular que lo mantenía apresado.
—No deberíamos de estar aquí—dijo el enano, cuando alzó su mirada y vio que la gigantesca estatua daba un paso y estremecía la tierra que casi los hace caer a él y a Odan.
—Siento no poder seguir con su compañía. Pero debo atender algunos vicios que no me dejan tranquilo—dijo, el rey de Akramea, y ascendió volando hasta la torre desde donde había salido.
La estatua, tras despegarse por completo, dejó caer su gigantesca pisaba sobre Odan. Pero él con sus fuertes brazos contuvo el pie de piedra y lo hizo caer, haciendo que sus trozos se esparcieran sobre las nubes.
— ¡Engañaste a los ignorantes de Chambers! ¡Pagarás caro tu ambición!—dijo Odan, que se subió al lomo de Blokham y le indicó que lo llevara volando a lo alto de la torre.
Wilmar vio al dragón alzarse por sobre la torre. Luego levitó y dijo en voz alta.
— ¿Qué harás si ni siquiera puedes acercarte a mí? No tienes suficiente clase maldito salvaje. Eres igual a esos ignorantes de Chambers—y vio venir la espada que Odan le lanzó—Esto no es nada—y esquivó la hoja de acero que pasó cerca de su cuello.
—Mi espada limpiara tu alma podrida—dijo Odan y Wilmar comenzó a reír.
Sin embargo, el monarca no se dio cuenta que la espada regresó como un boomerang y le cortó la cabeza que cayó y rodó por el piso.
—Ahora me acompañaras—dijo Odan, que recuperó su espada, que regresaba hasta su mano abierta y cogió la cabeza del rey de Akramea, que aún exhalaba su último respiro.
Abandonó la ciudad oculta en el cielo junto al enorme dragón y regresó a su tierra. Allí reviviría con los ojos del traidor de Chambers, a su maestro, Hokwar de la montaña.

Feb. 6, 2020, 3:39 p.m. 0 Report Embed Follow story
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