Telaraña Follow story

lucadomina Luca Domina

En ocasiones las pequeñas decisiones se entrelazan y provocan grandes sucesos.


Short Story All public.

#terror #araña
Short tale
11
1.6k VIEWS
Completed
reading time
AA Share

Telaraña


El estridente ruido de la motosierra desapareció en cuanto la apagó. Se quitó las gafas protectoras y se pasó la mano por la sudorosa frente. En el lado izquierdo del mono azul de trabajo, a la altura del pecho se leía: MADERAS S.A, y en el lado derecho: HUGO. Sostuvo la motosierra con una mano y dejó su puesto de trabajo; era la hora del almuerzo. Caminó sobre un piso de hojas resecas y cortezas, y zigzagueó entre los tocones hasta llegar a un camino de tierra húmeda. Se unió a varias docenas de compañeros de trabajo. Mientras marchaba cabizbajo y el sol del mediodía le abrasaba la nuca, miró por casualidad a un viejo tacón a un lado del camino.

—Uno de los primeros en ser talado. —se le vino a la mente.

Era muy viejo. Pero eso no fue lo que le llamó la atención; algo se había movido furtivamente entre los recovecos de la madera, o eso imaginó. La vibración de un gran camión que pasó cerca lo distrajo, era de un amarillo chillón y en el chasis decía: MADERAS S.A. Las ruedas eran más altas que el propio Hugo.

Abandonó la motosierra en el área asignada y se dirigió los casilleros. Abrió su taquilla y guardó el casco de trabajo; el mismo amarillo chillón que el camión. Sacó una mochila del interior, y antes de cerrar la puerta, observó por unos segundos una foto de cuando tenía diez años; sonreía de oreja a oreja mientras abrazaba a un perro más grande que él, y muy peludo. Hugo sonrió; el perro era Walter, y solo Dios sabía cuánto lo extrañaba, aunque hubieran pasado más de 40 años. Abrió la mochila; en el interior había una muda de ropa y una fiambrera de plástico que contenía los sándwiches que le había hecho su esposa. Le encantaba el de salame y queso y nunca se cansaba de comerlo. Y eso hizo, pero no con los demás trabajadores. Mientras lo saboreaba se vio de regreso junto al viejo tacón. Se detuvo y lo contempló sin dejar de masticar. Casi se ahoga al ver que algo efectivamente se movía. Terminó de tragar el pan que le quedaba y se descolgó la mochila, la abrió y sacó la fiambrera. Bajo el caluroso sol, los sonidos de un coro de motosierras, y camiones desfilando de un lado a otro, sostuvo la fiambrera en una mano y la tapa roja de ésta en la otra. Se inclinó, y como una de esas leonas que había visto en Animal Planet, se acercó sigilosamente. Quien lo viera en ese momento hubiera pensado que se había vuelto loco; Hugo diría que se sentía como en su juventud.


Se detuvo con el recipiente a centímetros de la madera y quedó petrificado. Una mancha negra destacaba sutilmente entre la madera grisácea. La mancha se desplazó a penas un centímetro; ocho peludas patas le daban impulso. Hugo esperó un poco más; no quería perder la oportunidad. La cosa volvió a moverse, dejando atrás la oscuridad formada por la sombra de su nuevo observador y alcanzando el lado iluminado del tocón por el sol de mediodía. Hugo abrió los ojos como plato al contemplar la enorme araña, que en realidad no era tan oscura, sino que, vista bajo la luz, era del color de los ladrillos.

—Es enorme. —pensó.

Había visto más grandes, pero siempre en la televisión. Uno de los locos de los programas de Discovery no le daría importancia, pero para Hugo era todo un hallazgo. La araña avanzó hacia el sol una vez más, y se detuvo cuando sus patas delanteras hicieron contacto con el plástico. De inmediato intentó regresar sobre sus pasos, pero era demasiado tarde. Hugo la esperaba con la tapa del recipiente. Trató de trepar por la rojiza superficie, pero sus patas resbalaron y cayó de espalda dentro de la fiambrera. Hugo la cerró en un segundo, y una gran sonrisa se le plasmó en la boca. Se propuso mirar a la criatura detenidamente, pero fue interrumpido por la molesta bocina que ponía fin a la hora de almorzar. Hugo perdió la sonrisa y masculló un insulto. Odiaba esa bocina; le recodaba a la de los bomberos y le hacía pensar en horribles accidentes.


La molesta bocina volvió a sonar cuatro horas más tarde; había llegado el final de la jornada laboral. Hugo juntó sus pertenencias y se paró en una larga fila. Uno a uno, colectivos de color verde se llenaban de trabajadores y se alejaban; MADERAS S.A, decía a los lados del vehículo con grandes letras. Hugo saludó a varios compañeros, subió al colectivo y se sentó en la parte trasera junto a una ventana. Normalmente dejaba la mochila tirada a sus pies, pero ésta vez, la llevaba sobre el regazo y la protegía con las manos. Un hilo de nerviosismo le recorría el cuerpo, a pesar de que no tenía por qué estar nervioso. PROHIBIDO APROPIARSE DE HERRAMIENTAS O MATERIALES DEL TRABAJO; señalaban varios carteles por todo el lugar, y Hugo recordaba haberlo leído cuando firmó el contrato.

—Una araña no es propiedad de la empresa. —pensó, y se relajó.


Despertó 15 minutos después, cuando el hombre sentado a su lado; el mono de trabajo estaba marcado como EDUARDO, le zarandeó por el hombro. Hugo le sonrió por el favor, y de inmediato tanteó con las manos el interior de la mochila; la tapa seguía en su sitio. Fue el único en abandonar el colectivo en la primera parada. Vivió toda su vida de casado en las afueras de la ciudad, o por lo menos, lo que antes eran las afueras de la ciudad. Avanzó por una calle de tierra que parecía haber sido arreglada recientemente por alguna de las maquinas del estado; que en los últimos años se mostraban muy dispuestos a mantener su barrio impecable. Pero no era por él, no. Recorrió unas 10 cuadras, la mayoría de los lotes poseían un cartel de SE VENDE. Hugo jamás dejaba de sorprenderse por el precio; 50.000 dólares esa semana, y quien sabe la próxima. Cuando él compró el terreno, le costó 1.000 dólares. En los demás lotes, los esqueletos de las casas avanzaban a paso firme y las filas de ladrillos se reproducían como insectos (no como el de su mochila).

Llegó a su hogar, pero no lo contempló en absoluto; ya lo conocía de memoria y nadie necesitaba decirle que parecía una casa vieja (y lo era). En su lugar prefirió mirar la casa de sus vecinos (desde hace un año).

—No conocen lo que es la privacidad. —pensó.

La casa tenía más ventanas y vidrios que paredes, y se asemejaba a un cubo de cristal. Afuera del garaje estaba estacionado un FORD deportivo último modelo, y Hugo sabía que dentro había un MERCEDES negro descapotable. Sus adinerados vecinos (lo únicos hasta ese momento) trabajaban en empresas de electrónica, el marido; un joven delgado y un tanto afeminado trabaja en algo llamado GOOGLE. En realidad, era de lo poco que conocía sobre ellos; se saludaban, pero siempre estaban demasiado ocupados con el celular adherido al oído, como si sus vidas dependieran de ello. Y también tienen una hija…

En ese momento, una mujer delgada de cabello corto salió de la casa hablando por celular; su vecina. Vestía camisa blanca y una falda negra. Una cartera negra le colgaba del hombro, y sobre ésta, se distinguía un saco negro. A penas lo miró, le levantó la mano de manera fugaz para saludar, sin dejar de hablar en ningún momento. Hugo devolvió el saludo meneando la cabeza y se dispuso a entrar a su hogar.


—Una criatura horrenda. —exclamó su esposa al posar la vista en la peluda araña.

No parecía tener simpatía alguna por la nueva mascota de su esposo. Hugo no sintió enojo hacia su mujer, la amaba, pero por alguna razón extrañó a su madre; falleció por culpa de un cáncer fulminante hace 5 años. Había sido un pan de Dios, una persona de gran corazón y completamente entregada a su hijo; el pequeño Hugo, que no tenía amigos y por ese motivo compartía todo su tiempo con animales, incluso insectos. Y ella permitió que su hijo conservara cualquier criatura que quisiera dentro de un frasco.

—¡No la quiero dentro de la casa! —sentenció nuevamente.

Hugo, como buen esposo, le hizo caso, pero no del todo. Llevó a su nueva amiga hasta el cobertizo detrás de la casa; un pequeño rectángulo de tablas pintadas de rojo, una ventana y una puerta precaria. Sopló la superficie de la mesa antes de apoyar la fiambrera y una nube de polvo se arremolinó en su rostro. Tomó un frasco, junto algunas viejas herramientas que ya no usaba, GRANOS DE CAFÉ rezaba la etiqueta. Con la precisión de un cirujano, movió a su amiga de la fiambrera al frasco y la contempló; era la araña más grande que había visto fuera de la televisión, de patas peludas y del color de la arcilla. Con la ayuda de un clavo y un martillo, hizo unos pequeños agujeros de respiración en la tapa de metal.

—Te buscaré algo que comer. —le dijo, y acarició el cristal con un dedo.

Su jardín no poseía división con el jardín de los vecinos; Julia y Marcos, y su pequeña hija Julieta. Ni siquiera un cerco precario, y eso siempre había molestado a Hugo, pero no tenía tiempo para hacer uno (y claro que debía ser él quien lo hiciera) tal vez cuando al fin se jubilara. Pero en ese momento nada los separaba, y al salir del cobertizo y dar un par de pasos, se topó con una pequeña visitante. La niña le regaló una sonrisa pícara, mientras las coletas doradas en ambos lados de su rostro angelical se meneaban con la brisa.

—Hola señor. —le saludó, y meció el oso de peluche entre sus brazos.

Hugo la observó, sin demasiada alegría, y la ignoró. Salió disparado hacia su casa con largas zancadas. No odiaba a la niña, pero algo le decía que se alejara de ella; le caía mal, simplemente eso.

—Sus padres son jóvenes y están aprendiendo a educarla. —le había dicho su esposa. —Es un diablillo. —había juzgado Hugo.

Al regresar, la niña ya no estaba. Eso no importó demasiado a Hugo, quien se sentó frente a su nueva mascota. Abrió el frasco con delicadeza.

—Espero que te guste. —murmuró.

Dejó caer un par de moscas; las que puedo atrapar en su casa. La araña se abalanzó sobre los insectos muertos y se los llevó a la boca en un segundo. Hugo quedó fascinado, le brillaban los ojos como a un niño pequeño ilusionado.


—2—


Al día siguiente, antes de irse a trabajar, Hugo agarró el frasco y lo movió hasta la punta de la mesa, donde la luz (la que pasaba a través del sucio cristal de la ventana) lo iluminó, junto con su inquilina.

—Para que te calienten los rayos del sol. —le explicó.

Salió del cobertizo y apoyó la puerta; la apoyó, porque la cerradura estaba rota, a pesar de que juró que la arreglaría, algún día. Lo que no sabía, es que había dejado a la pobre araña a merced de una gran amenaza; que no era el clima, y tampoco un animal salvaje, sino una pequeña y hermosa niña; un diablillo


Se escuchó el rechinar de las oxidadas bisagras y una leve brisa recorrió el interior del cobertizo; la araña permanecía inmóvil con sus patas delanteras apoyadas a la pared de vidrio de su nuevo hogar. Una llanura dorada rodeó la mesa y se detuvo junto a la silla; primero aparecieron dos coletas sostenidas por cintas azules, y fueron seguidas por el rostro angelical de una niña. Julieta se arrodilló sobre su propio vestido azul; no le importaba si se manchaba con la polvorienta silla de madera, la mucama lo lavaría. Apoyó los codos contra la mesa y contempló con ojos bien abiertos a la araña. La miró, y la miró, y no dejó de mirarla por varios minutos; el tiempo no era un problema, sus padres casi nunca estaban en casa, y su niñera era una adolescente de 18 años que en ese momento se debía hallar desparramada en el cómodo sillón de su casa, mirando el enorme televisor que compraron sus padres.

Julieta ladeó la cabeza lentamente de un lado a otro, como cuando un gato encuentra algo interesante, y los labios no pudieron evitar crear una marcada sonrisa; la araña continuaba inmóvil, pero si en ese momento pudiera haber conocido la razón detrás de esa sonrisa, seguramente hubiera tratado desesperadamente de huir, pero no lo hizo, era una simple araña. Julieta abandonó la silla de un salto; dos grandes manchas marrones aparecieron en su vestido. Se acercó a la puerta, la entreabrió un poco y espió hacia su casa; era una suerte tener enormes ventanales, pudo observar cómo la imagen del televisor cambiaba frenéticamente; la niñera estaba hipnotizada. Miró en dirección de la casa de los vecinos; el señor que se parecía a Papá Noel, y su mujer, que tenía ese olor tan raro. rancio, pensó. Al contrario de su propia casa, la de los vecinos se hallaba sellada, con persianas cerradas y sin una luz; la vieja rancia debía dormir mucho. La niña recordó a su propia abuela; también dormía mucho, y olía a rancio.


Regresó a la misma posición arrodillada sobre la silla. Se estiró sobre la mesa; el vestido se manchó aún más. Y con las puntas de los dedos atrapó el frasco de café; la araña seguía inerte. La acercó a su rostro y la escudriñó al detalle; la primera palabra que se le vino a la mente fue fea, la araña era fea, no le gustaba. Además de ver lo obvio; que era grande y peluda, vio algo más, algo que el propio Hugo no había visto, tal vez por lo fascinado que se hallaba, o tal vez porque el día anterior eso no estaba, o no era tan visible; a Julieta no le gustó particularmente el extraño bulto blanquecino que la araña poseía debajo de su cuerpo; similar a una pelotita de esas que dé a miles protegían a el televisor dentro de la caja cuando sus padres lo compraron; una de las pocas cosas que hicieron juntos.


Una pequeña llama se encendió dentro de ella. No era precisamente un incendio forestal, pero le molestaba, la irritaba. Y siempre había algo que le ayudaba a calmarse cuando estaba irritada, pero ahora ya no. El gato se había ido, desapareció días atrás, ya regresara le dijeron sus padres, pero ella sabía que no regresaría. A lo primero nunca se iba, a pesar de que siempre lo estrujaba para calmarse, jamás se iba. Pero necesitaba calmar la irritación todos los días, y el gato, Pelusa, se llamaba, eso no le gustaba. La bola de pelos se había vuelto astuto y escurridizo, y la dejaba con la llama encendida y la obligaba a llorar; y odiaba llorar delante de sus padres, Mamá y Papá lloraban a solas sin que los demás los vieran. Al final, cuando Pelusa aparecía, lo apretujaba por todos los días de ardor; los días que no veía a sus padres, los días que nadie le hacía caso, los días que los encontraba llorando, o cuando se peleaban, todos esos días. Y Julieta tenía la seguridad de que pelusa había huido para siempre, gato traidor.


Pero al ver a la fea araña, sonrió; la fea araña no puede salir corriendo y no volver. De golpe, y sin previo aviso, apretó los labios sin mostrar los dientes, y los ojos se le achinaron. Y sacudió el frasco; lo sacudió, zarandeó, y volvió a sacudirlo sin parar. La araña volaba desde la base de vidrio hasta la tapa y regresaba, como si fuera la pelotita de ping pong en la final de un partido profesional entre los dos mejores asiáticos de la historia; la velocidad con la que chocaba de un lado a otro la hacía parecer una mancha de pintura en el lienzo de un loco; o un genio.

Y tal como empezó, se detuvo; el rostro de la pequeña Julieta retornó al terso rostro de una niña. Ya no se encontraba irritada. El sacudir a la araña fue mucho mejor que cualquier terapia.

—Mucho mejor que hablar con la señora López. —pensó.

La señora López era una mujer delgada, de cabello blanco, que dedicaba su tiempo a la psicología infantil. Con la delicadeza de una niña muy responsable, apoyó el frasco junto a la ventana; la luz se reflejó en el cristal, y por un momento la araña parecía estar muerta. Se hallaba con las patas hacia arriba, medio cerradas como los pétalos de una flor cuando comienza a oscurecer. La extraña pelotita de telgopol adherida a su vientre continuaba en el mismo lugar, protegida por las peludas patas. Julieta se inclinó contra la mesa, cruzó las manos, y recostó la pera entre sus dedos; y se quedó mirando a la araña ¿estaría viva o muerta?

—Ojalá esté viva…


Y lo estaba. Una de las extremidades se movió lenta y mecánicamente. Continuó otra, y la de al lado la siguió, hasta que las ocho entraron en funcionamiento. Con sacudidas raquíticas, y después de resbalar varias veces al intentar utilizar los lados del frasco para darse la vuelta, la araña logró erguirse. Tanteó la pared de vidrio con sus patas delanteras e hizo un esfuerzo para quedar de pie solo con sus patas traseras; las otras seis se afirmaban al vidrio traslucido en dirección a la niña. Ambas se miraron. Los negros y vacíos ojos de la araña se reflejaron en los celestes, vivos, y maliciosos ojos de Julieta. La niña sonrió sin descubrir los dientes y se marchó. Los órganos de visión de la criatura la siguieron hasta que dejó el cobertizo, y en ese momento, y si las arañas son capaces de sentir algo, se sintió irritada, muy irritada.


Era la primera, pero no la última vez que visitaría a la araña, su nueva amiga, durante los siguientes días, hasta que sucediera lo impensado…

­


—3—


La señora araña se acostumbró a tener dos visitantes diarios; uno era Hugo; el humano malvado que la arrebató de su hábitat natural y la encerró en esa estrecha prisión de cristal. Pero que también podía considerar como el hombre que la cuidaba; y la alimentaba con lo que parecía ser una reserva infinita de moscas mientras le hablaba con la voz chillona que algunas personas usan con los bebés.

Aquiií tiiienes tuu comidiiiita. —le decía, y dejaba caer el cadáver de la mosca directo a sus fauces.

Eso estaba bien, necesitaba alimentarse, ella y las niñas, pero su captor/cuidador aún no se había percatado de la pelotita blanquecina que crecía poco a poco en la parte baja de su abdomen.


Por otra parte, aparecía ella; el demonio de rubios cabellos, el diablillo. Cuando la sonriente niña empujaba cautelosamente la puerta herrumbrada del cobertizo, la araña tanteaba cada milímetro del cristal en busca de una salida. Los celestes iris se posaban sobre el arácnido y le contemplaban tranquilamente como un verdadero niño en un zoológico. Pero, desde el León más salvaje y valiente, hasta el roedor más inseguro y cobarde, que pudieran hallarse en cualquier zoológico, se le erizarían los vellos como a la araña en presencia de Julieta.


Alargaba las manos y éstas se cerraban en torno al frasco. Apretaba los labios hasta que empalidecían, y esa era la señal de peligro. Inmediatamente comenzaba a canalizar su irritación en forma de violentas sacudidas que ponían el mundo de la araña de cabeza, una y otra vez, aumentando la velocidad como un auto de 6 velocidades en una carretera desierta con kilómetros y kilómetros de recta. Si alguien, Hugo, su mujer, o alguno de sus padres (lo que era poco probable), la encontraran con las manos en la maza y le preguntaran ¿Por qué? ¿Qué la incitaba a hacer algo tan malo? Julieta no sabría qué contestar, no conocía una razón, solo sentía irritación, sin razones para la niña, pero si con tal vez…


Tal vez el martes estaba irritada, malhumorada, tal vez se descargaba con la indefensa araña porque su padre había mirado el dibujo que tanto esfuerzo y cariño le había costado realizar (ella, él, y su madre, los tres tomados de la mano en el parque) y de su boca solo salió un —Que lindo— sin una pizca de gracia o emoción, y de inmediato había vuelto la mirada a su Tablet, y a sus problemas de adultos.


Tal vez el miércoles hubiera seguido irritada, molesta porque su madre le había regalado una nueva muñeca, MADE IN CHINA, según la caja; un bebé que reía cuando se le apoyaba el biberón en la boca. El regalo estaba bien, pero a Julieta le molestaba porque tendría que hacerse cargo del bebe sola, al igual a las otras docenas de muñecas desparramadas en su habitación. Todas eran hermosas y le gustaban, pero le gustarían más si su madre le ayudara a cuidarlas, vestirlas y alimentarlas, pero no, nunca se encontraba en casa, y cuando regresaba de sus viajes y reuniones, aprovechaba su tiempo en otras cosas; clases de tennis, peluquería, amigas, y, sobre todo, a discutir con su padre; algo sobre stress, tiempo y dinero.


El jueves, mientras el peludo insecto de ocho patas giraba bruscamente como la ropa sucia dentro de un lavarropas, Julieta sentía como liberaba la irritación; la frustración de una simple respuesta. Había ido llorando a moco tendido hasta el living donde sus padres se encontraban en una de sus charlas no aptas para niños. Extrañaba a Pelusa y quería recuperarlo.

—¡Quiero a mi gato! —exigió y suplicó entre sollozos.

En primera instancia la irritó el —¿Qué sucedió con el gato? — de su madre al escucharla; ignoraba que faltaba la mascota de su hija. Pero lo que terminó de desencadenar su frustración fue el —No te preocupes linda, te compraré otro. —de su padre.

Ella no deseaba un regalo; UN GATO MADE IN CHINA. Lo que deseaba era que la ayudaran a buscar a Pelusa, y también hubiera sido feliz con un simple abrazo y palabras consoladoras, pero las de verdad, las que salen del corazón.


El viernes simplemente se había sentido sola; sus padres no estuvieron en todo el día. Y la niñera permanecía hipnotizada por sus dos amos electrónicos; un celular con una manzana mordida dibujada en la parte de atrás, y el enorme televisor de pantalla plana. Julieta se cansó de jugar con sus muñecas; eran demasiadas y cuidarlas era una tarea muy exigente. Fue al patio en busca de Pelusa, pero desistió después de gritar su nombre un par de veces; el gato no regresaría. Y terminó por ir a visitar a la fea araña, que no podía escapar y abandonarla. Arrodillada contra la mesa, y sin siquiera saber la razón, sujetó el frasco de café y lo zarandeó sin parar hasta que se sintió satisfecha.


Sin saberlo, esa había sido la última vez que Julieta liberaba su irritación con la pobre araña de Hugo, pero no la última vez que se verían, para desgracia de la niña…


—4—


El sábado antes de irse a trabajar, Hugo fue a darle de comer a su araña, y por primera vez se percató del cambio; el saco blanco pegado en su abdomen resaltaba a simple vista.

—¿Qué es esto? —se preguntó a sí mismo.

Elevó el frasco hasta la altura del rostro y lo acercó hasta casi tocarlo con la punta de la nariz. Lo miró detenidamente por unos segundos y de inmediato su cerebro comenzó a funcionar a toda marcha; recolectaba años de documentales de animales y libros sobre la naturaleza. Alejó un poco el frasco y lo giró lentamente de un lado a otro; estaba claro, la araña iba a tener crías. Sintió un tenue malestar en el estómago y dejó el frasco de nuevo en la mesa. Se sentó. En el zoológico en miniatura que había coleccionado y poseído de pequeño nunca había logrado que los insectos prosperaran; hormigas, arañas, mariposas, gusanos, todos ellos morían en algún punto temprano de su encierro. Y mientras digería el hecho de que docenas de diminutas arañas se contorsionaban dentro del saco, se sintió aliviado por no haberlo conseguido.

—No está bien. —se dijo en un murmullo.

Una cosa era un insecto adulto; nadie siente verdadera compasión por un insecto cuando muere, pero los insectos recién nacidos eran como bebés, y que uno muera, sin importar su especie, siempre toca las fibras más sensibles de las personas (o por lo menos las de las buenas personas). Había pensado en comprar una pecera y adornarla de un modo selvático para que la gran araña se hallara a gusto, pero no tenía ni idea de cómo cuidar a las pequeñas.

—No te preocupes. —le dijo a la araña mientras acariciaba el cristal con el dedo. —Mañana que no trabajo, te liberaré.

Podía llevarla al trabajo y soltarla en el mismo tocón donde la había atrapado, pero pensó que lo mejor era ir a alguna parte más alejada de la civilización, y, además, había escuchado claramente el pronóstico en la radio cuando se despertó; SE ESPERA UNA FUERTE TORMENTA PARA EL DÍA SÁBADO A LA NOCHE. Lo mejor era esperar al domingo.


Pero los pronósticos no son del todo exactos, y el clima decidió dar un tenue adelanto de lo que se avecinaba.


Cuando Julieta sujetó el picaporte de la puerta que daba al patio, recibió una rotunda negativa:

—Hoy no puedes salir a jugar, quédate dentro. —dijo su niñera.

La adolescente no cesaba de escribir en su celular, y solo elevó la mirada con ojos que decían, ¿Qué esperas? Ve a tu cuarto. Julieta apretó los labios y las mejillas se le tornaron rojizas, pero no lloró, dio media vuelta y subió corriendo las escaleras hasta su habitación. Dentro, deslizó la cortina con dibujos de pequeños ángeles risueños, y observó a través del ventanal; el cielo de verano se había teñido de gris, y una molesta llovizna había comenzado a caer; no podría ir a visitar a su amiga. Giró y se dirigió al armario donde guardaba la montaña de muñecas, las contempló y pensó en la niñera:

—¡Eres fea y por eso nadie te quiere! —hubiera querido gritarle.

La niñera encendía su llama interna, la irritaba; y ese mismo día, una de las tantas muñecas fue apretujada hasta la muerte, o en su caso, hasta que sus extremidades de plástico MADE IN CHINA reventaron…


—5—


A la medianoche del sábado; porque todas las cosas extrañas y misteriosas del mundo suceden pasadas la medianoche. Las estrellas desaparecieron detrás de voluminosas nubes negras. Y el rugido de un trueno desató una lluvia torrencial que se estrelló contra los techos de las casas como un ataque de ametralladoras. Los fuertes vientos silbaban de manera espectral y arrancaban del suelo hojas, bolsas de plástico, colillas de cigarrillo, y cualquier cosa que no tuviera el peso suficiente para aferrarse a la tierra.


A las 12;03 a.m. del domingo; según el reloj digital en la mesa de noche de Julieta, quien dormía plácidamente por el momento, Hugo se levantó de la cama. Un golpe seco se repetía una y otra vez, y había llegado a despertar a él y a su esposa. Atravesó descalzo, en calzones y con solo la remera blanca que usaba para dormir, el comedor y abrió la ventana; de inmediato fue atacado por una ráfaga helada producto del viento y la lluvia, pero después de un par de intentos entrecerrando los ojos, consiguió sujetar el postigo de madera y cerrarlo como era debido.


En ese mismo momento, y debía ser ese, porque si no Hugo hubiera podido escucharlo (si su mujer lo escuchó, no dijo nada), las violentas ráfagas atraparon la vieja puerta del cobertizo y la azotaron hasta que las bisagras fallaron. Se desprendió de sus goznes y quedó tirada en el patio como un pedazo de chatarra.

El viento penetró en el cobertizo y se apoderó de cada centímetro de espacio. Constantes rayos surcaban y se bifurcaban por el cielo, y su fulgor atravesaba la ventana del cobertizo, iluminando el interior. Una nube de polvo se elevó cuando una ráfaga barrió la superficie de la mesa; el frasco de café se tambaleó, pero se mantuvo en su lugar. Uno de los clavos oxidados de donde colgaba el martillo no aguantó el movimiento pendular de éste, y se desprendió; la herramienta cayó sobre la mesa con un golpe seco a escasos centímetros de la araña, la cual se agitaba dentro del frasco. El viento volvió a golpear dentro del interior del cobertizo y sacudió con un poco más de intensidad el frasco; que se tambaleó con una inclinación mayor. En ese momento, en una gran casualidad, la araña irguió las patas delanteras y avanzó con su peso hacia el mismo lado de la inclinación. El frasco se mantuvo en una posición diagonal por un segundo de suspenso, y después se volcó. Rodó hacia el borde de la mesa, mientras la araña ocupaba sus ocho patas en tratar de no girar junto con su jaula de cristal. Y finalmente cayó precipitadamente; el cristal estalló contra el suelo y los fragmentos se esparcieron por todo el cobertizo. Parada sobre un fragmento de vidrio de su mismo tamaño, y en el mismo lugar donde había caído el frasco, la araña continuaba viva, y había conseguido liberarse de casualidad.


O quizás no se trató de una casualidad; tal vez se sentía muy irritada, irritada con una niña en particular. Quizás esa irritación la llevó a tomar la oportunidad, y abalanzar su cuerpo de manera premeditada para que el frasco se voltease. Quizás también, de forma consiente, había impulsado el frasco para que girase hasta el borde de la mesa, cayera, y ser libre. Todo esto, impulsada por un instinto primitivo de venganza. Quien sabe, quizás en ese momento era la Moby Dick de las arañas, y el capitán Ahab había tomado la apariencia de una niña de rubios cabellos…


—6—


Cuando un potente rayo iluminó el cielo por un breve momento y provocó que la tierra vibrara, Julieta se despertó, pero no a causa del estruendo parecido a una explosión. La niña abrió los ojos, el sueño la había abandonado. Miró el reloj en su mesa de noche; 12;13 a.m., señalaban los números digitales de color rojo dentro del vientre de una sonriente Minnie Mouse. Se propuso continuar durmiendo, pero no pudo cerrar los párpados; un extraño sentimiento de preocupación, apenas perceptible, pero presente, le obligó a repasar el espacio de la habitación; todo tenuemente iluminado por un brillo marino procedente de la pecera en diagonal a la cama; en su interior unas pequeñas figuras fantasmales nadaban de un extremo a otro en una exploración eterna debido a su efímera memoria. En la pared, una alargada sombra trepaba sobre la manga de corderos saltarines y casi llegaba hasta el techo. Julieta no sintió temor, bajó la vista hasta el nacimiento de la sombra espectral; una conejita rosa con grandes y alargadas orejas. Inclinó el rostro hacia el otro lado de la cama; todo en orden. Que el armario donde se guardaban la mayoría de las muñecas y toda su ropa, estuviera cerrado era un verdadero alivio. En el pasado un monstruo vivía en el armario y se dedicaba a asustar a Julieta noche tras noche; su mirada amenazadora desde el interior la paralizaba, incapaz de hacer algo, solo esperaba en tensión a que el sueño la venciera. Por suerte, el monstruo se marchó por su cuenta el año pasado

—Seguro encontró otro niño a quien atormentar. —pensó Julieta, porque ella, a pesar del temor que le generaba, nunca había gritado, y a los monstruos le gusta que grites.


Pese a que la habitación era segura, seguía sintiéndose observada. La colcha, de un rosa chillón, la tapaba sobre la cintura, arrugada en el centro y formando un pequeño hueco oscuro. En el interior del hueco algo asechaba ¿estaba imaginándolo o era real? Un nuevo rayo resplandeció en el cielo y la habitación se iluminó por un segundo.


Y fue suficiente; Julieta quedó paralizada, con las piernas como bañadas en cemento. Conocía a la cosa que se ocultaba en su cama, y que estuviera allí no podía traer nada bueno. La cosa avanzó lentamente y Julieta sintió su peso a través del pijama con dibujos de los personajes de una película de Disney. Se detuvo sobre su vientre y elevó dos de sus ocho patas; la araña había ido a visitarla y la niña pensó que debía estar irritada.


La frente se le perló de sudor y un hilillo líquido y caliente se le escapó de la entrepierna, pero no gritó; solo procuró un débil gemido. La araña se adelantó a penas un centímetro. El cuerpo de Julieta se estremeció con un escalofrió eléctrico que se refugió en su estómago y se lo encogió. La criatura elevó dos más de sus extremidades y enseñó el saco, antes blanquecino, y que ahora era traslucido; en su interior docenas de diminutas arañas luchaban por romper la delicada membrana. En ese momento supo que la araña no iba a lastimarla, iba a dejar que sus bebés la comieran en cuanto nacieran. Las lágrimas brotaron de sus ojos y llegaron hasta la comisura de los labios. Con un gran esfuerzo, Julieta abrió la boca y comenzó a murmurar palabras casi inentendibles:

—Perdón, perdón…, perdón.

Sabía que no la perdonaría, la araña se hallaba irritada, ella conocía ese sentimiento, y la araña necesitaba liberar su malestar. Y eso hizo; lo liberó tomando la forma de docenas de diminutas versiones de ella misma que se desparramaron sobre Julieta en cuanto la membrana cedió.


Por un momento esperanzador, Julieta consideró que podía estar viviendo una pesadilla y pronto despertaría, pero toda la ilusión se derrumbó en cuanto la primera de las arañas tocó su piel desnuda. Se deslizaban por cada recoveco del pijama haciéndole sentir cosquillas terroríficas. Cuando la más intrépida de las criaturitas alcanzó la altura de su cuello, Julieta ya no aguantó más. Todo el pánico contenido durante la breve liberación de las arañas, escapó de su garganta en un grito desconsolado. Su propio grito rompió las cadenas de miedo que ataban su cuerpo a la cama. La abandonó de un salto, mientras se sacudía la ropa y el pelo para quitarlas antes de que fuera tarde…


A las 12;18 a.m. (según la panza de Minnie Mouse) las luces de la casa de los vecinos de Hugo se encendieron. En el interior, el padre y madre de Julieta corrían a trompicones al cuarto de su hija. Marcos entró a la habitación solo con los calzoncillos puestos, prendió la luz y lo primero que observó, fue la cama desecha, pero sin la niña dentro. Escudriñó las cuatro paredes y la halló; su hija estaba en un rincón, en posición fetal y llorando a moco suelto. Julia llegó detrás y casi se lo lleva puesto. Se acercó y cuando trató de abrazarla, Julieta gritó y se agitó. Tardaron por lo menos una hora en calmarla lo suficiente para que cuente que había pasado. Marcos buscó las arañas de la que hablaba su hija con una determinación ni que el mismo creía; nunca la había visto tan asustada. Pero después de poner la habitación patas para arriba no encontró nada, ni una simple telaraña, y pensó que su hija había experimentado una horrible pesadilla.


—7—


Al día siguiente, Hugo tampoco encontró a su araña por ninguna parte. Se sintió tan mal que se prometió no volver a apresar a ninguna criatura, y se puso manos a la obra en arreglar la puerta del cobertizo bajo las amenazas de su mujer. La pareja vecina tuvo una extensa charla, en la cual, decidieron prestar más atención a su hija.


Y en un tocón lejano, una araña se resguardó del calor del sol.

Jan. 31, 2020, 5:41 p.m. 8 Report Embed 9
The End

Meet the author

Luca Domina Tengo 28 años. Lector a tiempo completo. Abierto a todos los géneros, pero en especial al terror. Mi escritor favorito es Stephen King. Intento de escritor. Escribo todos los días y me esfuerzo por mejorar. Mi sueño es ser escritor profesional. Gracias por leerme. Aprecio las críticas constructivas.

Comment something

Post!
Dece Scott Dece Scott
Impresionante ,impactante,increíble! Tenes una forma de narrar fabulosa,de verdad es muy atrapante, sin dudas tenes que seguir escribiendo.Por momentos recordaba al señor King pero con aires Argentinos. Espero que sigas dándole forma a tus historias hasta que puedas llegar a ser un grande,felicitaciones!!!
February 10, 2020, 23:05

  • Luca Domina Luca Domina
    Muchas gracias! Creo que voy a imprimir tu comentario y lo voy a colgar en mi pieza! Saludos!!! February 11, 2020, 01:44
ana hoy ana hoy
Wow me encantó ! En verdad lo atrapa a uno y no lo deja parar de leer. Felicitaciones!
February 05, 2020, 17:14

  • Luca Domina Luca Domina
    Me alegra que te guste! Muchas gracias por comentar! Saludos!! February 05, 2020, 17:51
Rose Marie Rose Marie
Hola. Me gustó mucho tu historia, atrapa bastante y los personajes se sienten muy reales. Construyes muy bien el momento que ya se ve venir con las cientos de arañas y resulta aterrador. A mí las arañas me parecen preciosas, pero sin duda la idea de que se me tiren encima me aterra. Me alegra que la niña sólo pasara un susto y se vislumbre algo más feliz para ella, me gustó ese punto de vista de ella como la villana contra la araña, pero que se explorara de forma concisa porque actuaba así. La venganza de la araña resultó piadosa. Admito que por un momento me imaginé lo peor porque aquí en mi país hay una araña muy venenosa y muy común. Pero por el tamaño de la de la historia, imagjno que debió ser una tarantula o algo cuyo veneno es inofensivo para el ser humano. Saludos, quizá visite otras historias tuyas.
February 04, 2020, 14:25

  • Luca Domina Luca Domina
    Hola! A mi me gustó mucho tu comentario! me alegra haber conseguido lo que me propuse con los personajes y su forma de actuar. Que yo sepa, en mi ciudad no hay arañas peligrosas, pero puedes encontrar de buen tamaño. Ojalá puedas leer otras de mis historias, aprecio las criticas constructivas. saludos!! February 04, 2020, 17:04
María Sorén María Sorén
Hola,me encantó. Me atrapó desde el principio. Ahora voy a empezar a leer, Historias obscuras. Los relatos de terror y suspenso siempre me han gustado me encantaría escribir algo pero no sé, debo pensarlo mucho. Y gracias por comenzar a leer mi historia, ojalá puedas seguirla hasta el final y decirme si te ha gustado.
January 31, 2020, 19:06

  • Luca Domina Luca Domina
    Muchas gracias! La mayoría de mis relatos son de terror. La voy a seguir hasta el final! Y no lo pienses, escribe! Como consejo te recomiendo comenzar utilizando situaciones de tu vida diaria que te hayan generado miedo. Puedes usarlas para crear un relato autentico. Saludos!! January 31, 2020, 21:35
~