canelaroja Antonella Gimenez

Podía amarla en silencio y dejarme caer en las mareas tormentosas que desembarcaban en los recuerdos de lo que habían sido en el pasado y que no volverían de nuevo. Ella era la marea que combaba el timón de mi corazón, simplemente necesitaba tenerla cerca para que en mi naciera la protección y el cariño. Quería que fuera solo mía, pero lo que una vez se perdió entre aguas profundas, no se vuelve avistar nunca jamás. Solo queda esperar a que se desvanezca con el tiempo.


Romance Young Adult Romance Not for children under 13. © Obra totalmente de mi autoria

#fiesta #euforia #desapego #limerencia #verdad #drogas #compromiso #sinceridad #amor
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Capítulo 1

Habíamos decidido en la mañana asistir una reunión con nuestros antiguos compañeros de clase. Nos acostumbramos a aceptar las invitaciones de Friedrich y Quinea, ellos organizaban reuniones agradables. Sin embargo, hoy era un día extraño. Una pareja que no recordaba haber compartido la misma clase en la primaria, se sentaron en el sillón contiguo.


Continué la conversación con Romeo; tenía un aspecto desgarbado y despreocupado. Hablamos hasta que decidió irse al baño, las cosas marchaban de maravilla. La pareja aprovechó la oportunidad para empezar a besarse en el sillón ignorando que yo era el único en el sitio. Me revolví el pelo incómodo. Quería salir corriendo para no ser parte del show que se montaban encima del otro, observaba como el chico —ni siquiera sabía su nombre—, metía su mano adentro de la falda de la chica que besaba.


Definitivamente estaba muy incomodo mientras los contemplaba haciendo sus cosas. Una mano pequeña que reconocí al instante me tomo del brazo, y suspiré aliviado. Amalia, mi amiga de la infancia, había aparecido para salvarme. Era muy bella, los que más me atraía eran sus ojos claros, casi mieles que siempre transmitían dulzura. Me encantaba su voz; su tono me hacia acordar al romance y esa manera de expresar lo que sentía me tenía descolocado, impaciente por poder besarla. Pero ella no me veía se esa forma, ni siquiera captaba mis indirectas cuando le soltaba alguna estupidez, no me miraba como yo acostumbraba hacerlo; me habían dicho que mis ojos se iluminaban en cuanto la tenía presente.


Quería algo más, pero no le gustaba, no sentía lo mismo que yo. Ella me quería porque lo demostraba cuando se preocupaba por mí. A primera hora estaba en mi casa con el desayuno en la mano, aunque yo le insistía que no viniera y no se preocupara porque me alimentaba bien en el almuerzo, se quedaba y comíamos juntos.


Incluso, se recostaba a un costado de mi cama vestida con un pulover de felpa y yo al otro lado con la cara pegada a la almohada y en pijamas. No me daba vergüenza compartir con mi mejor amiga, porque teníamos la confianza suficiente y un respeto recíproco que parecía inquebrantable. Me costaba no agarrar sus delicados labios entre los míos y demostrarle cuanto me gustaba, cuanto deseaba que me diera una señal de que también estaba interesada en mí.


Quería que me amara como yo lo hacía, pero sabía que era algo imposible. Amaba a Lautaro y yo no podía hacer nada para cambiarlo. A veces, me sentaba en mi cama y miraba directamente a la pantalla de la computadora extraído de la realidad; pensaba en lo infeliz que me sentía cuando ella estaba con él, en lo mal que la pasaba cada vez que ella me llamaba por teléfono. Me la imaginaba con los ojos revueltos en lágrimas y la voz apagada pidiéndome que la buscará de la casa de su novio.


En ocasiones, deseaba odiarlo porque me obligaba a mentalizarlo como uno de esos novios violentos y abusivos. Pero era estúpido pensarlo, lo conocía. Habíamos forjado una buena amistad cuando Amalia me lo presentó como su pareja. Él se había convertido en una persona importante, tantas sensaciones me embargaban cuando tenía la posibilidad de hablarle. Nuestra amistad era firme, un tanto melindrosa, pero manteníamos un respeto mutuo. No podía traicionar su confianza, él se había transformado en la persona que estaba para mí en mis momentos más difíciles. No podía odiarlo ni tampoco traicionarlo, así de sencillo era.


—¿Por qué sigues callado? —profirió una vez que pasábamos el semáforo.


Tenía razón, me había quedado callado cavilando en mis pensamientos y no presté mucha atención al camino de regreso a su casa. Conducía mecánicamente, sabiendo mi lugar de destino.


—Estoy cansado, Amalia —mentí para que no fuera obvio que pensaba en ella. La mayor parte del tiempo estaba pendiente de su vida, de lo que le sucedía, de cómo se sentía y no quería que ella lo supiera.


—Vaya, pero no me dejes hablando sola. Te pregunté si querías venir conmigo y Lautaro. Sus padres estuvieron entre manos la preparación de una despedida de año.


Doy una negativa con la cabeza.


—No sé si sea muy adecuado que vaya. ¿Ellos se ofrecieron a invitarme?


— ¡Claro que sí! Ellos se aprecian mucho, Agus. Eres un buen chico, además hiciste un hermoso arreglo en su jardín, y te aseguro que es difícil complacer a los padres de Lautaro cuando de estética de trata. Por favor, ven...


—Está bien. Iré, pero luego tengo que trabajar.


— ¡Genial! Te esperamos, no llegues tarde— , ¡Cuidado! ¡Es aquí! —soltó un breve risa y yo le sonreí.


Su risa era como un aliciente de calma para mí, sentía mis músculos destensarse solo cuando escuchaba su brillosa voz. Estaba definitivamente jodido y atado hasta las pelotas.


—Nos vemos, Amalia.


Esgrimió una breve risotada y me sonrió para luego darme un escueto beso en la mejilla. Ese simple beso que rozo mis mejillas, como siempre lo hacia, despertó en mí una sensación de tristeza. La deseaba, quería besarla, quería decirle como me sentía en cuanto asediaba mis barreras y estas colapsaban cuando teníamos contacto. Si algo había aprendido con el pasar de los años, era el saber disimular y actuar con normalidad aunque por dentro no me sentía de esa manera. A veces, pensaba que algún momento, iba a colmar la gota el vaso y sabía que explotaría; sería una inundación de sentimientos.


Moví la cabeza de un lado a otro cuando el conductor de otro vehículo tocó el claxón, haciendo hincapié en que debía acelerar, ya que el semáforo estaba en verde. Suspiré tratando de apartar mis pensamientos y removí el celular de la guantera cuando escuche el sonido de una notificación.


Cecilia había venido a mi casa. Su sonrisa no había aparecido en ningún momento mientras me contaba como su madre la había echado de la casa. La escuché como siempre con atención.


Lloró en mi hombro y la acobije con mis brazos. No la podía soltar, sentía a un pequeño pimpollo que se desvanecía en mis brazos. Mi paciencia con ella era de acero sólido y con frecuencia me descubría defendiéndola ante todo, aunque ella fuera la principal causa del problema, yo no podía juzgarla. Ahora solo la contenía entre mi cuerpo, y dejaba que se descargara en mi pecho. Siempre terminaba bañado de sus lágrimas caprichosas.


Su madre tenía razón, era una niña que jamás había recibido un alto por sus travesuras cuando era pequeña. Ahora parecía que las consecuencias no tenían retorno, y se observaba en la manera que tomaba decisiones para afrontar el mundo.


—Vamos, no llores. Ya pasara, tu madre no estará enojada contigo todo el tiempo. Es cuestión que le pidas perdón, Ceci. —Agarré con suavidad uno de sus hombros y la apoyé en el sillón de la sala.


Soltó un pequeño berreo ronco y comenzó a sollozar de nuevo.


—Tú no lo entiendes, ¿verdad?. Ella me echo, me botó como si fuera caca de perro y tiró mi ropa a la calle. ¡La odio! ¡Ella me odia! ¡Yo la odio!


Sacudió la cabeza en negativa y la sostuve del hombro mientras comenzaba a llorar, esta vez esperé el llanto y no tardó en esgrimir una acústica digna de una obra de teatro.


Mi pecho se congeló de la angustia por no poder hacer nada para acallarla, quería que se detuviera para así preguntarle que había sucedido realmente.


—Ya, ya... Cálmate hermosa, todo pasará y podrás ir a casa. —Acaricié su pelo y la retuve entre mis brazos.


Dejé que soltara todo lo que tenía retenido en su pecho y me quedé en el completo silencio hasta que ceso el llanto.


—¿Qué paso? —inquirí, acariciando su melena castaña.


Estornudó.


—Me duele la cabeza Agus y tengo mocos. ¡Que asco!


Sonreí un poco y fui a la cocina para buscar pañuelos. En cuanto regrese la descubrí tapándose con unas sábanas que yo había dejado la noche anterior en el sofá.


Me senté a su lado con una sonrisa, y ella me dedico una mirada llena de tristeza. Sus ojos estaban rojos al igual que su respigada nariz. Tan delicada como el pétalo de una flor, la hermosa silueta de su rostro había sido corrompida con el paso del tiempo por el monstruo de las adicciones. Ya no quedaban rastros de la niña que había sido, y eso no solo le dolía a su madre, a mi me dolía verla caer de a poco.


Contemplaba como su organismo se dañaba tras el paso de las horas, los días y los meses, pero ya había intentado todo por ella. No era suficiente, sentía que se alejaba incluso de mí y se escapaba de mi realidad. Yo no podía hacer un milagro para que tomara conciencia de que se hacía daño, un daño irreversible que le traería severas consecuencias.


Su pequeña luz se deshacía de entre mis manos al igual que un montículo de granitos de arena y yo solo me quedaba observando como un espectador. No hacía nada para detenerlo.

Dec. 27, 2019, 12:37 a.m. 0 Report Embed 0
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