Una noche cualquiera Follow story

saul-urquidez-rios1573966584 Saul Urquidez Rios

Una noche, aparentemente tranquila, dos sicarios de una plaza extranjera, llegan a un club famoso. Ellos solo vienen a divertirse, pero todo eso es interrumpido por la llegada de Don Roberto Quijada, líder del cartel más peligroso de todo México. El señor llega con una intriga, le han robado algo muy valioso y debe encontrarlo y no se irá, hasta que ese objeto este en sus manos. Varias son las personas que interactúan con la situación, dos sicarios contrarios, una camarera asustada, tres adolescentes que por mala suerte terminaron ahí, el hijo del Don y una bailarina. Todos ellos intentaran ejecutar un plan, o encontrar al tipo que robo el objeto, antes de que el reloj marque las doce de la tarde.


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#club #drogas #armas #noche #dinero #mafia #violencia
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Una Noche

Justo encima de una loma, de una pendiente teñida de negro, con letreros de colores extravagantes, que anuncian la parada del automóvil. Justo en ese lugar, resplandecía colores de neón azulados y morados, letreros brillantes, como una estrella. Frente a ellos, el lugar donde los coches descansaban, mientras que los dueños disfrutaban de un buen rato dentro. Ya habían, tardado un par de minutos en encontrar un lugar donde aparcarse, estaba repleto, como si fuera algún concierto de una banda famosa. A la tercera vuelta dentro del estacionamiento, Néstor encontró el lugar predilecto. Enseguida de la entrada, custodiada por un guardia, con rostro inexpresivo y más grande que una pared de un reclusorio. En el rostro resaltaba una espesa barba oscura, mientras que la cabeza solo brillaba gracias a las luces de los letreros.

Néstor bajó del auto con animó, saltando como si tuviera diez años y fuera alguna fiesta de un amigo. Caminaba con gracia, mientras en su mano llevaba la cartera, gorda como una ballena, los billetes color verdes, morados y cafés, sobresalían como icebergs en el mar. La vestimenta era casual, unos pantalones azules ajustados, una camisa del mismo color, y sobre la cabeza, un sombrero vaquero. Las botas color negras de piel de lagarto, impresionaban a cualquiera. Así iba el galán de telenovelas, pero justo detrás de él, lo acompañaba su compañero. Él era el opuesto a Néstor, su nombre era Gustavo. Solo llevaba una camisa negra y unos pantalones oscuros. El cabello era corto, como un soldado, y en el rostro emergía unos cuantos pelos debajo de la boca.

No se miraba entusiasmado, se observaba más obligado, como si en su cuello llevase una correa, siendo atraída por Néstor. Los dos se posicionaron justo enfrente del guardia. Gustavo se sorprendió de la estatura del tipo, parecía un oso erguido o una muralla con piernas. El guardia solo hizo un gesto y abrió la cadena para que ellos pasaran. Néstor sacó uno dos billetes de doscientos pesos y los introdujo dentro del bolsillo del guardia.

—Cuídame la troca, compadre —dijo Néstor al oído del guardia.

El guardia asintió moviendo la cabeza y los dejo entrar.

La puerta se abrió y con ella salieron distintos olores, alcohol, cigarros, pero más que nada uno olor a loción femenina. Néstor de inmediato se dirigió a la primera explanada del recinto. Una sala con diferentes mesas, en donde las chicas con lencería o sin ella, navegaban como barcos buscando puerto. Este era la sala más tranquila, la música apenas se podía percibir, más que nada, era puesta de fondo, como si estuvieras dentro de un elevador. Música tranquila, no era la ruidosa banda, sino algo más cómodo, como pop o un rock suave. Las mujeres llegaron con ellos, como mosquitos esperando extraerle sangre, que para ellas era dinero.

Néstor la tomó de la cadera y se llevó al lugar designado. Una mesa redonda rodeada por cómodos sofás color violeta. Néstor le agradeció a la chica golpeando los glúteos, ella solo gimió tenuemente y se fue. Gustavo se sentó sobre el sofá y sacó el celular.

—Otra vez con esa mierda —dijo Néstor mientras sacaba un cigarrillo del bolsillo.

—Te había dicho que yo no quería venir.

—Te falta vivir experiencias como estas, son estos lugares los que forjan a los hombres, son estos lugares en donde los hombres se separan de los maricas.

—También son los lugares en donde probablemente, salgas con una enfermedad.

—Eres un mamon.

Néstor hizo un gesto con la mano para que viniese la chica. Esta no era como las otras, llevaba una vestimenta, más bien para ser una mesera. Una camisa negra y unos pantalones, el cabello recogido y unos anteojos. Llegó y de inmediato sacó la libreta para anotar las ordenes.

—Mi plan, Gustavo, es ponerme hasta el culo, emborracharme hasta no recordar nada y después pagarle a una de estas putas, para que me chupe el pene. ¿Qué te parece?

—Haz lo que quieras, es tu dinero.

—Van ordenar algo —dijo la chica interrumpiendo la conversación.

—Tú enserio no entiendes, ¿verdad? Tú harás lo mismo que yo, y nos divertiremos como los amigos que somos.

—No confundas las cosas, Néstor, nosotros dos no somos amigos, solo venimos a Hermosillo por una mercancía y mañana temprano, nos iremos a Culiacán.

La chica seguía ahí con el bolígrafo apuñalando la hija de papel, la tinta chorreaba y comenzaba a caminar por la hoja.

—Eres puto, ¿verdad?

—Piensa lo que quieras.

—Perfecto, no me interesa que me acompañes en esta velada, así que por favor que tal si te largas de una buena vez.

—Me iré hasta que termines con esta estupidez que estás haciendo.

—¿Por qué no te vas? Déjame aquí solo, encontrare a alguien que me haga compañía —los ojos de Néstor color avellana, escanearon a la chica que seguía parada frente a ellos, más nerviosa que des costumbre.

—Me iría, eso tenlo por seguro, pero te tengo que cuidar, no solamente porque eres parte de nosotros, sino también por que Don Carlos me mataría si te pasara algo.

—Disculpen, si no van a ordenar, me voy retirar, me pueden avisar cuando estén listos.

Néstor tomó a la chica de la camisa y sonrió.

—No te preocupes, mi amor, ya vamos a ordenar.

La mesera quitó la mano de encima y levantó nuevamente la libreta.

—Van hacer tres cubetas llenas de cerveza, hasta el tope y una botella de whisky.

—Bien, lo traeré enseguida.

—Antes de que te vayas, preciosa, ¿me podrías decir tu nombre?

—Claro, me llamó Susana.

—Qué bonito suena, saliendo de tus labios.

—Enseguida regreso.

Susana salió huyendo de ellos, con tan solo escuchar algo relacionado con mercancía, y con Culiacán, un miedo irreconocible la inundó, como un río atravesando las montañas. Retiró la hoja de la libreta y la entregó al barista. Esperó unos minutos y el barista le entregó la cubeta repleta de cervezas, una cubeta helada por el hielo, tan fría como agarrar nieve con las manos. La tomó, pero dudo en acercase de nuevo a ellos. La sala estaba llena, así que no habría inconvenientes, las personas entraban y se quedaban, si sucedía algo con los dos varones de ahí, Carlos, el guardia, la salvaría, ya que era su trabajo y hermano. Caminó hacia ellos, varios hombres también solicitaron sus servicios, cada uno levantaba la mano, como si estuvieran en un salón de clases. Ella se acercaba a cada uno de ellos, y le decía que en un momento los atendía. Los ojos estaban marcados en ellos dos, como una puerta a punto de ser abierta. Cuando llegó, los dos tipos seguían discutiendo sobre lo mismo, una discusión acalorada, tanto que no se dieron cuenta de que la chica estaba parada enseguida de ellos.

—Ya me vas a dejar en paz —dijo Gustavo molesto.

—Me encantaría hacerlo, pero tu presencia en verdad me molesta.

—Genial, dile a otro que le importe.

Susana carraspeó un momento y los dos voltearon a verla, cargaba con la cubeta, en donde las gotas de agua helada, escurrían por las paredes metálicas.

—En unos minutos traeré las otras dos y la botella —dijo Susana.

—Gracias —contestó Néstor.

Antes de que se fuera, la voz de Gustavo la hizo quedarse. Una voz ronca, pero precisa, como un locutor de radio. Ella solo lo miró por unos segundos, algo le daba más miedo de Gustavo que de Néstor. Ella miraba la frialdad en los ojos de Gustavo, como unos ojos que debían de ver visto lo peor de lo peor. Ojos punzantes color marrón, parecidos a un cuchillo apuñalando a su humanidad.

—Me podrías traer un refresco.

—Claro.

Ella salió de ahí, aun con más miedo. Sintió que esa voz seria como la de un verdugo, pidiendo al hombre que iba ejecutar, sus ultimas palabras. Llegó nuevamente a la barra, sobre ella yacía la otra cubeta, ahora repleta de otra cerveza, una marca extrajera, clara como el agua. Susana volvió hacia donde estaban Gustavo y Néstor, depositó la cubeta y se fue sin decir nada más.

Néstor tomó una de las botellas de vidrio, la abrió con maestría, sin utilizar el destapador, con el encendedor apoyado en el pulgar, accionó la tapa y la expulsó. Bebió hasta acabársela y después pegó un suspiro largo. Gustavo seguía dentro del celular, observando y murmurando cosas. La luz golpeaba su rostro, en donde las pupilas brillaban como dos centellas. Néstor bebió otra cerveza, solo que al terminar con ella golpeó la mesa con la botella. El estruendo interrumpió a Gustavo, pero no le dio importancia.

—¿Por qué no te diviertes? —preguntó Néstor con un aliento de alcohol.

—Porque esto no es divertido.

—Déjate de mamadas, esto es el Disney para los adultos, en que otro lugar, puedes manociar a las viejas sin que te digan nada.

—Es por eso que no es divertido —lo ojos de él seguían dentro del celular.

—Bueno, haz lo que quieras, yo me iré a ver a las putitas bailar, y tal vez a ver si pasa algo.

Gustavo no contestó, los dedos seguían tecleando en el celular. Con ojos puestos dentro del objeto, se pudo ver lo que hacía. Estaba dentro de la aplicación de WhatsApp, navegando por diferentes chats, hablando con cualquier persona. Pero una de esas personas, era la que los ojos no se movían de ahí. Leticia, era el nombre, y la foto de perfil de ella y su hijo en la playa. Era una dama de cabellera rubia, con una tez blanca como las nubes, una sonrisa brillante y unos labios pintados de color rosa. Abrió la imagen y se quedó observándola por unos minutos, que parecieron días. La conoció varios meses atrás gracias a las redes sociales, se pasaban horas conversando sobre sus vidas, él obviamente, jamás le contó acerca de su trabajo y ella por igual, era un tema que nunca se tocaba. Ella hablaba horas de su hijo, de cómo se sentía orgullosa de tenerlo y de cuanto lo amaba, eso era algo que atesoraba de aquella mujer, un lado fraternal de una madre, una calidez que, a pesar de nunca verla visto en persona, sabía que existía. Se imaginó al lado de ella, en esa hermosa playa, con el sol bañando sus cuerpos. Acostados encima de la ardiente, pero cómoda arena, juntos como en una película romántica, con el agua del mar llegando a los tobillos. Ella se sube encima de él, que sonríe, una felicidad ansiada como ninguna otra.


La puerta se abrió y de ella entraron cinco hombres, tan diferentes que de inmediato se notó algo raro en ellos. Dos iban al frente, como murallas protegiendo al del centro, al igual que los dos de enfrente los de atrás hacían lo mismo. Justo en medio de estos cuatro pilares, iba un señor de una edad avanzada. Llevaba sobre la cabeza un sombrero negro elegante. Vestía un traje negro y corbata, la estatura era mínima, pero se alcanzaba ver por las rendijas que provocaron los guardias. La presencia fue tal, que Gustavo lo volteó a ver, supo de inmediato que era alguien de mucha importancia, pero no alcanzaba a visualizar el rostro del hombre para saber quien era. Susana estaba cerca de Gustavo, llevaba el refresco de él en la mano, pero cuanto observó a las murallas moviéndose, un temblor la invadió, derramando un poco del refresco.

Gustavo divisó a la chica y la tomó del hombro tirando de ella, el refresco termino por derramarse por completo. Susana estaba a punto de gritar, pero lo apaciguó, ahora mismo temía más del viejo, cubierto de cuerpos humanos.

Ella se sentó al lado de Gustavo, más nerviosa que de costumbre, temblaba, y sudaba todas las partes del cuerpo.

—No te preocupes, yo no voy a hacerte daño —dijo Gustavo.

A pesar de las palabras, ella aún no confiaba en él, seguía pensando en la frialdad de la voz y en sus ojos, algo rasgados, que demostraban fiereza.

—¿Qué necesitas? —preguntó Susana.

—¿Quién es él? —el dedo apuntó hacia el viejo siendo custodiado por los cuatro guardias.

—Don Roberto, el dueño de este lugar.

El nombre de Don Roberto, apuñaló el cerebro de Gustavo, que casi caí al suelo, gritando. Roberto Quijada era el nombre de aquel viejo, un nombre que al pronunciarlo invadía un temor a cualquiera, como una sentencia de muerte. Todos los carteles sabían de él, era uno de los capos más viejos que seguían vivos, pero también uno de los más osados y atrevidos. Controlaba todo el pacifico, y norte del país, menos Sinaloa y Durango, que era propiedad de Carlos Almada, jefe de Gustavo.

—¿Qué hace aquí él? —preguntó Gustavo lleno de preocupación.

—No lo sé, es la primera vez que lo veo. Sé que es dueño de aquí, pero nunca, desde que trabajo aquí, había venido.

—No me debe de conocer, si nos vamos no pasará nada.

Gustavo se levantó del asiento, dejando a Susana sentada en el sofá. Caminó entre las mesas buscando la entrada al salón principal. El acceso era una persiana, que emitía un ruido cuando la movía. Esa parte del club era la más grande, una explanada gigante, con tubos en cada rincón de la sala. Las mujeres aquí caminaban sin ropa, o con una lencería. Justo en medio estaba la pista central, en donde una de las bailarinas hacia su rutina, al ritmo de Another bites de dust, de Queen. La chica tenía un cuerpo envidiable, una cintura delgada, con un vientre plano, unas piernas largas y aceitadas para que brillaran junto con la luz del lugar. Los senos eran grandes, se movían de arriba y abajo, junto con el ritmo de la música. Paulatinamente, la chica iba despojándose de la última prenda de vestir que quedaba. La braga iba descendiendo por las piernas, mientras que los hombres gritaban y pedían más y más. Los billetes volaban como pájaros en un parque. La chica terminó de bajar las pantaletas, y comenzó a bailar como dios la trajo al mundo.

Frente a ella, estaba Néstor arrojando todos los billetes que podía. Los ojos surcaban el cuerpo de la bailarina, como abejas rodeado a una flor. Gritaba y bebía de su cerveza, era el que parecía más animado de todos. Pero ese trance en el que se encontraba fue interrumpido por unos jaloneos de Gustavo.

—¡Así que te animaste después de todo! —soltó una carcajada de aliento alcohólico.

—¡Debemos de irnos, ahora!

La música estaba muy alta que apenas se podían escuchar las voces, la única forma de comunicarse era gritarse directamente en el oído.

—¡¿Qué dijiste?!

—¡Que debemos de irnos, ya!

—¡Estas todo pendejo, yo aún no me voy a ir!

—¡Estamos en peligro, ha venido Don Roberto!

—¡¿Don qué?!

—¡Roberto Quijada, pendejo, el líder del Cartel del Pacifico!

—¡¿Dónde está para matarlo de una buena vez?!

El tambaleo de Néstor, mostró el verdadero problema de la situación, el tipo ya estaba ebrio. Empujó a Gustavo a un lado y caminó hacia la salida de la sala principal. Gustavo lo intentó tranquilizar, pero era tarde, Néstor desenfundó la pistola que cargaba y la apuntó hacia Gustavo.

—¡Quítate o también te mato! —dijo Néstor tan ebrio, que apenas podía gesticular las palabras.

—¡No lo hagas!

—¡Vete a la mierda, le hare un favor a Don Carlos!

Néstor cuando pronunció esas palabras, frente a él estaba las murallas con piernas, que protegían a Roberto Quijada.

—¿Qué fue lo que dijiste? —preguntó el viejo.

—Que voy a matarte

El arma apuntó hacia ese cumulo de cuerpos humanos, pero todo fue negado con una botella impactando la cabeza de Néstor, dejándolo noqueado y tirado en suelo. Gustavo sin titubear, había noqueado a su compañero, que estaba a punto de cometer un suicidio.

Los dos guardias se apartaron y salió el viejo a ver lo que sucedió. Fue ahí cuando pudo verle el rostro. Era alguien de poca estatura, pero en su rostro se notaba firmeza y convicción. Las arrugas de la frente y de los ojos eran muy visibles, pero le daba un aspecto aún más temible. El viejo sacó del bolsillo, un reloj y observó por un instante la hora.

—Medianoche, perfecto —dijo con un tono de voz suave.

La música se detuvo y todos voltearon a ver a Don Roberto, que se situaba encima de todos, justo en la entrada de la sala principal. Se acomodó el sacó y la corbata.

—Justo aquí, me han avisado que se encuentra un objeto que para mí es importante. Así que les pido, cordialmente a todos que puedan buscarlo y me lo entreguen lo más rápido que se pueda. No quiero causar algún malentendido, como el que hizo el señor de ahí, pero si ese objeto no aparece dentro en veinticuatro horas, considéreme un enemigo. No podrán salir, hasta que ese objeto aparezca, ¿entendido?

—¿Qué pasa si salimos? —preguntó uno de los hombres

—Morirán, así de simple, afuera está lleno de mis hombres, con la orden de matar a cualquiera que salga de aquí. Así que no hay salida.

Gustavo aún perplejo por la situación se alejó unos pasos de Roberto.

—¿Cuál es el objeto que buscas? —preguntó Gustavo.

—Un diamante, del tamaño de la palma de mi mano.

—¿Qué harán con él? —preguntó Gustavo apuntando hacia Néstor que seguía inconsciente tirado en el suelo.

—Enciérrenlo en el almacén, cuando despierte, me lo traen para hacerle unas preguntas.

Uno de los guardias levantó a Néstor dejando en el suelo el sombrero. Caminó hacia atrás y lo metió en un cuarto lejos de la sala.

—Así, casi se me olvidaba, para evitar inconvenientes, desearía que pusieran el celular dentro de esta caja —uno de los guardias levantó una baja de cartón y la depositó frente a Roberto.

—“¿Cómo saldré de aquí?” —pensó Gustavo mientras todos los demás depositaban el celular dentro de la caja.



Nov. 17, 2019, 5:19 a.m. 0 Report Embed 1
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