Los últimos días Follow story

gregrivers L. Gregorio Torre Rivero

Gregorio Sawa comienza a experimentar una pesadilla recurrente y siniestra. Ello precipita y determina su marcha de la gran ciudad, obsesionado con un futuro apocalíptico y con los deseos de supervivencia. Inicia un viaje hacia las montañas, sabiendo que, al final, nadie puede escaparse de su destino y, que a los sumo, solo podrá elegir el lugar donde vivir "los últimos días" .


Adventure Not for children under 13.

#cambio-climático #supervivencia #aventura
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El accidente

La caída desde el puente le dejó aturdido durante unos segundos; se fue hundiendo lentamente en el río, atrapado en el interior de su vehículo. Dominado por el pánico intentaba liberarse del cinturón, observando desesperadamente como, tras deslizarse por una falso fondo, caía hacia un lecho más profundo, quedando recostado en el limo sobre el lateral opuesto a su asiento; se dio a sí mismo cinco minutos de vida; el agua comenzaba a filtrarse e inexorablemente iba inundando el habitáculo; desenfundó su pequeña y vieja Browning nueve milímetros, efectuando un solo disparo sobre la luna trasera, al mismo tiempo que con el brazo izquierdo protegía cara, cuello y torso de las esquirlas de cristal fragmentado en mil pedazos que volaban a su derredor a velocidades supersónicas.


Mientras Un torrente impetuoso anegaba el vehículo, aspiro profundamente, guardó el arma en un bolsillo de su cazadora de cuero y cogiendo una pequeña mochila del asiento trasero, tomó impulso deslizándose afuera; el agua estaba helada; con los pulmones a punto de estallar por la presión alcanzó la superficie y en unas pocas brazadas la accesible orilla opuesta.


Caía la noche y las lejanas luces de la ciudad teñían de naranja y azul cobalto el horizonte. Recuperó el aliento, sus fuerzas se hallaban al límite. Sintió un reguero de sangre caliente, discurrir por su brazo izquierdo; un pequeño cristal puntiagudo se había incrustado en el mismo a la altura del hombro. Abrió su mochila, sacó su pequeño botiquín de supervivencia y, después de extraerlo con unas pinzas con sumo cuidado y claras muestras de dolor, desinfecto y curó la pequeña herida, cerrándola con cuatro puntos de sutura, adhiriéndole, por último, un apósito con una pomada antibiótica.


Una fina lluvia comenzó a caer, se había levantado aire, un aire húmedo y pegajoso, tiritaba de frío; se hallaba en un camino que discurría por un bosque de ribera. Busco refugió bajo las ramas de un viejo álamo.


Rápidamente de su mochila extrajo una cajita estanca, con los útiles necesarios para improvisar una hoguera. Utilizó una pastilla de alcohol encendiéndola con una chispa de su pedernal. Los árboles más cercanos a la corriente suelen tener parte de sus raíces al descubierto, a menudo se forman oquedades en sus troncos y estas contienen restos de corteza, ramitas, hojas secas y madera en descomposición. En rápidos movimientos hizo acopio de una buena provisión de materiales con los que alimentar el fuego.


Acto seguido, tras proteger la hoguera con piedras apiladas, que recogió de la orilla, extendió una cuerda, anudándola entre dos árboles con sendos nudos ballestrinque a sesenta centímetros de altura, y sobre la misma dispuso un tarp cuyos cabos sujetó al suelo mediante picas, a modo de canadiense, proporcionándole un cómodo refugio donde protegerse de de la lluvia y del aire.


Instalado el provisional campamento, se despojó de su ropa mojada, depositándola al calor de la hoguera; extrajo de un sobre sellado una manta térmica y, envolviéndose en la misma, acurrucado, fue recuperando el calor necesario para desentumecer sus agotados músculos.


Luego, hirvió en un pequeño recipiente de aluminio que depositó sobre unos rescoldos, la tercera parte del agua de su cantimplora, añadiendo a la misma el contenido de un sobre de sopa de fideos liofilizada con pollo al curry; tras tomarla bien caliente, volvió a hervir un poco más para prepararse un té con azúcar que consumió a pequeños sorbos, acompañándolo de unas galletas; y notando ya en su cuerpo una reconfortante energía, se dispuso a dormir, hecho un ovillo en su resistente manta térmica, sobre el mullido suelo formado por una espesa capa de hojarasca otoñal, bajo la cubierta del tarp.


Había estado a punto de morir en un estúpido accidente, consiguiendo salvarse de forma milagrosa, gracias a su buena estrella y su instinto de conservación y no podía por menos que dar, por ello, gracias a Dios.


Era un tipo metódico, que no dejaba nada al azar; en los últimos tiempos se había obsesionado con los problemas derivados de la supervivencia en entornos hostiles: se preparaba para cualquier desenlace, ya que era de los que esperaban que algún desastre natural o provocado nos dejaría inermes e indefensos ante la furia de elementos o fuerzas descontroladas.


Eran los últimos preparativos para mudarse de casa y del lugar habitual de residencia; había comprado a precio de saldo, tras vender su piso de Madrid, una vieja casona en la montaña, en un paraje aislado y boscoso, trasladando allí la mayor parte de sus pertenencias con gran acopio de víveres.


Quizá este fuera el último de los viajes; deseaba perder de vista, definitivamente, la ciudad; en el maletero llevaba tres bolsos repletos de ropa y otros enseres y pertenencias personales y una mochila grande con sus pertrechos para travesías.


Necesitaba dormir y reponer fuerzas. Más antes de caer rendido por el cansancio y el sueño, ideó la forma de rescatar dicho equipaje del fondo del río.


A la mañana, con el amanecer, encendió una hoguera, extrajo de su mochila un rollo de diez metros de cordino de unos ocho milímetros de grosor y su cuchillo de monte; ató un extremo a una raíz semihundida en la orilla, y anudando el otro cabo a su cintura se lanzó al agua.


Afortunadamente el lugar era un remanso de aguas cristalinas, por lo que divisó su vehículo sin dificultad. Descendió los escasos cuatro metros que le separaban del fondo; el maletero estaba semiabierto como consecuencia del impacto; forcejeó hasta abrirlo por completo y extrajo los bolsos y la mochila; introdujo la cuerda por las asas y emergió rápido por donde hacia pie; tiró de ella y los bultos fueron subiendo a la superficie, sin dificultad, arrastrándolos a continuación hasta la orilla.


Se secó con una toalla de fibra y dispuso alrededor del fuego las bolsas de ropa y la mochila; se vistió; su vestimenta aún conservaba restos de humedad; se acercó al fuego y vertió en el cacillo agua de su cantimplora, añadiendo te una vez hervida, que consumió junto unas barritas energéticas, a modo de desayuno.


Sobre el horizonte, aun plagado de luminarias, el resplandor de las primeras luces crepusculares teñía de rojo y amarillo el cielo; el sol, se levantaba tras las sierra. Era un paraje campestre de la provincia de Guadalajara, pintado de ocre siena tostado al sol, no distante más allá de cuarenta kilómetros de la capital; se le había cruzado, de improviso, una piara de jabalíes en el camino, intentó esquivarla y se precipitó al vació. El resto es historia.

Nov. 11, 2019, 10:03 a.m. 1 Report Embed 2
To be continued... New chapter Every Monday.

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nathaly lira nathaly lira
Me gusto :)
2 weeks ago
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